Buscando más allá de Plutón
Creo que en algún punto empecé con la ciencia ficción por miedo, y no creo que exista terapia o fórmula zen o ritual estoico que me quite ese miedo a la muerte. Siendo más específico, me refiero a ese inevitable día en el que toda mi conciencia se desvanecerá, mientras el mundo seguirá girando. Seguramente aparecerán nuevas tecnologías, nuevos intereses y entretenimientos, que de nuevo tendrán poco, pero, paradójicamente, por nuestra capacidad de olvidar y nuestra disposición a disfrutar, lo tendrán todo. En lo personal, no me importaría experimentar un mínimo de esa “renovación”, sin embargo, no podré hacerlo porque estaré muerto.
Salvándome de esa pequeña tragedia personal, siempre ha estado la imaginación. Y mejor que la mía, la de esas personas que han especulado sobre el futuro, dando un vistazo, antes que a una realidad innegable, a una posibilidad del mañana, a una latencia. Es por eso que para calmar mis ansiedades he estado reconstruyendo un viaje en el tiempo al leer y ver Pluto. Asimilando cómo Osamu Tezuka imaginaba el año 2003 desde la década de 1950, cómo Naoki Urasawa lo transforma desde el 2003 y cómo, 10 años después, Netflix saca el animé de esa obra.
Para iniciar, creo que es conveniente contar una historia de amores. La de los mangakas mencionados: Tezuka y Urasawa. A inicios de los 50, ve la luz el manga Astro Boy en Japón, protagonizada por el androide Astro. La historia en general aborda la convivencia entre robots y humanos, la humanización de lo que en principio es considerado una herramienta y, a lo largo de los 16 años en los que se publica, la serie juega con lo que implica todo esto: la discriminación, la identidad humana y la aceptación. El manga como industria recién se consolidaba y, obviamente, la guerra había dejado su marca en los nipones. No es casualidad que el nombre de Astro sea Atom en su país de origen.
En lo personal, solo recuerdo dos cosas de la serie Astro Boy, imagino que de la última de las tres adaptaciones que se hicieron. La primera: su brazo convirtiéndose, minuciosamente, en un cañón; y la segunda, su origen: fue construido con el propósito de reemplazar al hijo muerto de un científico. Es decir, que había eso que hace tan disfrutables a algunos animes: las peleas y cierta profundidad emocional a la que, en esos tiempos, no se animaban las series estadounidenses. Sin embargo, pasó para mí sin mucha pena ni gloria. No fue así para Urasawa.
En 2003, se celebró el cumpleaños ficticio del personaje y los cuarenta años de la primera serie. Era una fecha especial, y Makoto Tezuka, hijo de Osamu, al poseer los derechos de su ya fallecido padre, autorizaba la creación de una nueva serie de TV. Al festejo quería sumarse Naoki Urasawa, que ya era muy reconocido en el medio con obras como Monster y 20th Century Boys. Su proyecto era hacer un remake de Astro Boy, de uno de sus arcos narrativos: “El robot más fuerte del mundo”, que habría sido el primer manga que leyó y, uno puede imaginarse, dio origen a su vocación artística. Fue rechazado al principio, pero luego Tezuka aceptó con la condición de que no replicara el dibujo de su padre, sino que hiciera el suyo propio. Un gran consejo de edición que cambió totalmente el rumbo que el mangaka quería darle a su remake.
***
Leí “El robot más fuerte del mundo” apenas terminé Pluto, a veces es imposible contener ese deseo de más que te deja una obra. Por suerte, en el mundo de las redes, todo es accesible y gran parte de las cosas son gratis arriesgándose a los virus y troyanos. Salía de una bien enredada trama de conspiraciones y asesinatos, y me sumergía a un género muy distinto. Recordemos que el manga de Tezuka estaba fuertemente influido por Max Fleischer y Walt Disney, y que es producto de un país que, hasta hoy, es muy específico en cuanto a la demografía de su entretenimiento, en este caso varones aproximadamente de 12 a 18 años. No es necesario decir que la textura es otra.
En Astro Boy no hay tiempo para los personajes secundarios, es solo un arco. Conocemos al robot que da nombre a la serie: Pluto, y a su amo. Su misión: derrotar a los otros siete robots más fuertes del mundo para gobernar a los robots. Por supuesto, Astro tendrá que evitar que eso pase y, como sabemos sin leer el manga, eso pasa. Tan abarrotado de historias como es nuestro tiempo, es natural que nos sorprenda poco, pero sugiero que más que la ansiada sorpresa, están las resonancias que surgen entre y a través del tiempo. Y, claro, los toques del autor.
Hay dos cosas que resaltan entre las viñetas con chistes gráficos a lo Betty Boop que tiene Astro Boy: la libertad y la esperanza, ambas grandilocuentes e inocentes, pero efectivas. Por ejemplo, en una viñeta, la hermana robot de Astro, Uran, le dice a Pluto: “Yo sé que tú realmente eres un robot bueno, es la persona que te diseñó la que es mala”, haciendo referencia a la incapacidad del robot a desobedecer las órdenes de su creador. Por el otro lado, está el protagonista desobedeciendo a su tutor y figura paterna, poniéndose en riesgo hasta que Astro aprende una lección: la valía de un robot no se mide en la batalla, sino en su capacidad de decidir por sí mismo.
A pesar de su obvia intención moralizante y educadora, es sugestivo ver la figura del robot, literalmente esclavo de las órdenes, tomar conciencia de sus actos. Me recordaba que Hannah Arendt decía que en una estructura de poder burocrática se puede llegar a banalizar el sentido del “bien” o del “mal” para aquella persona que recibe las órdenes, impidiéndole reflexionar sobre sus actos. Tezuka pareciera querer darle un giro más esperanzador: incluso alguien sujetado por órdenes intrínsecamente programadas en él, es capaz de elegir lo correcto, eso le convierte en el “robot más fuerte del mundo”. Entonces, para Tezuka no existe una diferencia psicológica entre lo que un humano y un robot como Astro pueden llegar a ser. La búsqueda de su manga parece enfocarse en qué es “Lo humano”, aquello a lo que ambos tipos de vida deben aspirar.
***
Recuerdo que encontré divertido el nombre de Pluto la primera vez que lo vi en los tops de los mejores mangas. No sonaba a nada. Lo único que me decía “dale una oportunidad” era el nombre del autor que me había enamorado con Monster. Lo que determinó la decisión de leerlo fue que una breve reseña lo clasificaba como “ciencia ficción”. Así, descargué la primera parte y solo la solté un par de veces para ir al baño. Urasawa sabe generar suspenso y guardarse algunos secretos, recursos propios de la novela policial.
La competencia por ser el robot más fuerte se dejaba de lado y la linealidad de Astro Boy se cambiaba por un entretejido más complejo, añadiendo algunos personajes, por ejemplo, su propio Hannibal Lecter. El enfoque central de la historia también difiere. Urasawa, quizás como me sucedió a mí, pudo sentir una atracción por el diseño de los personajes secundarios, esos otros robots cuyas historias se narran brevemente en la versión de Tezuka, pero que en el remake ocupan todo un volumen. Así, la historia personal de cada uno sostiene a Pluto, dándole más carne a los personajes y a la trama.
Con esto no quiero entrar en una competencia de qué autor tiene un mejor producto, sino comparar cómo esas decisiones de producción, junto a su tiempo, determinaron trascendentalmente el resultado. En la versión de Urasawa, la acción de las batallas es reemplazada por una pregunta común en muchas historias de ciencia ficción: ¿pueden soñar los robots?
Y para mostrarnos esto, no hay mejor forma que la imagen antes que la palabra, por eso es un manga donde abundan los planos detalle de objetos, las viñetas donde los rostros van sin la compañía del diálogo, creando esos silencios que dicen más con menos palabras. Las caras te atrapan, es la especialidad del autor el hacer una infinidad de expresiones que hablan, junto con esas escenas tan cotidianas en las que se relacionan los robots con las personas y entre ellos.
Al leer las dos obras es visible, al instante, cómo ha ido evolucionando el lenguaje del manga, que empezaba a estructurarse con Tezuka. Además, entre otros aspectos, los imaginarios se expandieron de un siglo a otro. No solo estaba la idea de las leyes de Isaac Asimov para pensar en la robótica, sino que autores como William Gibson ya habían reflexionado sobre temas como la inteligencia artificial y la digitalidad, por mencionar algunos, abrieron nuevos horizontes. En ese marco, el robot ya no es solo una máquina de fuerza bruta, sino que es una herramienta versátil que puede cambiar cuerpos, comunicarse a largas distancias con solo el pensamiento y compartir sus memorias. Todos estos recursos hacen más intimidante la comparación entre hombre y máquina. A pesar de eso, y quizás por eso, la adaptación se siente fiel al original, pues se mantiene una búsqueda de “Lo humano”, ya no con el ideal esperanzador que se veía en Tezuka, sino como una pregunta de los robots para sí mismos.
La trama gira en torno a Gesicht, un robot investigador europeo, que debe atrapar al culpable de la destrucción de robots y los científicos que los crearon. Por esta razón, reúne pistas y habla con la mayoría de los posibles blancos, es decir, los robots más avanzados. A diferencia de la primera versión, los robots externamente son indistinguibles de los humanos. Incluso en los gestos, que, como se explica en la historia, son imitaciones para no hacer sentir incómodas a las personas. Pero esta convivencia mundana y lo que dice de ella es lo que hace tan disfrutable la obra.
En una escena, Gesicht, que viajó a Japón para advertirle a Astro del destructor de robots, se queda mirando con atención cómo el niño robot saborea su helado.
–¿Qué pasa? –dice Astro.
–Solo estaba pensando… realmente parece que lo disfrutas –le dice su compañero–. Quiero decir que mi acto de beber té es falso, ¿me comprendes?
–Al fingir… con el tiempo, sientes como si pudieras entender.
–¿Entender qué?
–Que sabe bien.
“Lo humano” se presenta en las pequeñas cosas, ya no en las grandilocuentes. En una sonrisa, en una foto, en la mirada. También está en todas aquellas emociones poco funcionales. En el arrepentimiento, en la ira, en el perdón. Así, el robot busca su reflejo en el humano, mientras este también se ve a partir de lo que antes era su herramienta, y ahora es su esperanza para gestar algo nuevo. Ahí, otra vez, se aproxima ese tono esperanzador que recuerda mucho a Tezuka.
***
Entonces, para quien vea el recién estrenado animé de Pluto, le recomiendo el manga, y a quién haya leído el manga, le recomiendo la primera versión. Ya que considero que, en una época llena de remakes, la conversión que hizo Urasawa es una gran lección de equilibrio, de ir más allá que la repetición de la historia sin atropellar el trabajo original. Incluso puede que, ahora que está de moda el ChatGPT, la herramienta que supuestamente nos va a quitar el trabajo con el tiempo, sea bueno tomar la palabra a Astro, y pensar que llegará el día en que humano y máquina colaboren en armonía.
Pero bueno, para cuando eso pase lo más probable es que ya estaremos muertos.

