Con la pierna izquierda

En esta crónica, Daniela Renjel traslada el fútbol de la cancha al aula en busca de una respuesta sobre un tema polémico: por qué no logramos una nueva clasificación a un mundial de fútbol. Las razones son complejas, pero todo parece apuntar a una forma de vivir los duelos y batallas a lo largo de nuestra historia.

“El fútbol es la tragedia de la postmodernidad”, dice uno de los ensayos que pido a mis estudiantes que escriban cada que termino un curso de redacción básica. El tema es siempre el mismo: ¿por qué la selección boliviana de fútbol no volvió a clasificar a un mundial desde 1994?, pero, a fin de que no se asusten ante la pregunta, especialmente algunas mujeres que pueden no saber o gustar del tema (lo que pocas veces ocurre), enfatizo el hecho de no complicarse buscando respuestas sesudas o que intenten solucionar lo que en casi 30 años no se ha solucionado. Es más, les digo que con que puedan sustentar que el sobrepeso de un jugador es un problema para un correcto rendimiento cardiovascular es suficiente. En cada grupo, no obstante, dos tipos de respuestas persisten: las ‘emocionales’ que, por lo general, apuntan a lo que la gente entiende como falta de amor a la camiseta, y las que yo ─diletante de un buen partido como herencia materna─ clasifico de ‘complejas’. Ambas, en todo caso, difíciles de probar.

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Está claro. No se ha vuelto a amar a ningún otro deté tanto como a Xabier Azkargorta. Guido Loayza fue quien lo trajo a Bolivia. / Fotografía: Daniel Vera.

El pasado mayo, una de las estudiantes, de quien me reservaré el nombre, ignoró la explicación que intenté sobre la imposibilidad de usar un amorómetro o algo que produzca conocimiento medianamente científico acerca de los sentimientos de un jugador hacia su camiseta y el resultado de esta relación en una eliminatoria. Ella, sin dar tregua, ratificaba su esperanza en la voluntad y la pasión por el terruño para revertir tanta mala suerte mundialera, a pesar de los argumentos de sus compañeros. No faltaron los de verdad convencidos en que los problemas eran el sobrepeso, la mala alimentación y la vida disipada de algunos jugadores, pero tampoco faltaron argumentos que sostuvieran la responsabilidad de la inexistencia de centros de alto rendimiento o a la falta de proyectos estatales de fútbol formativo.

Tan caldeada se puso la sesión, entre lo que se señaló primero como ‘obvio’, ‘elemental’ o ‘de conocimiento general’ y luego ‘absurdo’, ‘obtuso’ y ‘pobremente informado’, que, después de considerar no volver a pedir tesis sobre un tema tan contradictoriamente fatuo como delicado, decidí munirme de argumentos como docente para contener una avalancha pasional de posturas más o menos informadas a partir de lecturas y más visualización de deportivos.

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“Para Wilma con todo mi cariño y reconocimiento”, dice la dedicatoria del libro que encontré en el apartado de novelas de mi biblioteca. Por título se lee Difícil de entender; imposible de olvidar, aunque ciertamente en el título no hay ningún punto y coma. Wilma es mi mamá, pero ella ni compró ni leyó el libro. Olvidé dárselo. Recuerdo comprarlo y hacerlo autografiar emocionada. Recuerdo una foto con Azkargorta. Recuerdo una recompra para el hijo de mi esposo. Recuerdo un segundo autógrafo. Recuerdo comenzar a leerlo ahí mismo y emocionarme, yo, que no sigo copas ni ligas, pero me encanta ver jugar a la selección, porque en algún lugar insensato de mi conciencia guardo la esperanza de un buen partido, de una victoria, de un orgullo delegado que nunca llega o que ya no llega, pero que una vez llegó. El libro de Azkargorta me recuerda un tiempo de felicidad nacional, pero lo mejor es sentir que, al leerlo, lo escucho hablar y hasta puedo llevar sus palabras incluso al canto y otros terrenos.

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Antonio Valencia es el periodista deportivo al que César Farías,  exdirector técnico de la selección boliviana de fútbol, invitó a su casa para preguntarle por qué le daba tanto palo. “Es que a mí no me gusta”, dice Valencia, pero no le achaca todo el descrédito de la selección a él, sino a la falta de condiciones tácticas de los seleccionados que tampoco son enteramente culpables de no saber lo que no saben. “Si el jugador desde pequeño no ha tenido rigor táctico, así venga Guardiola no le va a entender ni le va a hacer caso”. A mi mente viene el poema de Benedetti “Táctica y estrategia” que nunca me aclaró verdaderamente la diferencia entre ambas, pero Valencia continúa hasta que lo entiendo: “El rigor táctico no es cómo vas a preparar un partido, es desde cómo te paras y recibes un pase”. De la mano de esta carencia vienen otras, como es la falta de centros de alto rendimiento y la profesionalización real de los jugadores; creérsela, vivir de acuerdo con eso.

Pero para Valencia “el jugador boliviano es nomás un caso aparte. Se enoja si no va a jugar, sube de peso, se fija en el sueldo y decide jugar mal si no está de acuerdo. En Bolivia las camarillas para que el técnico se vaya son comunes. Bolivia es el lugar donde más detés se contratan y despiden”, según un informe del Observatorio de Fútbol del Centro Internacional de Estudios Deportivos (CIES) que estudió las 84 divisiones más altas del planeta. Un total de 766 equipos muestran que Bolivia cambió de director técnico 9,13 veces en cinco años: del 2015 al 2019. En esto sí ganamos.

Está claro. No se ha vuelto a amar a ningún otro deté tanto como a Xabier Azkargorta. La selección del 94 era también otra cosa, una “camada dorada” para Valencia, aunque mitificar no sirva de nada, porque entonces se jugó con lo que se tuvo y se pudo. Leí en el libro del español: “Nadie creía en la selección, incluso llegué a recibir amenazas de muerte por carta si no clasificábamos para el mundial. Pero poco a poco fue cambiando la cosa, ganamos en credibilidad lógicamente con resultados, que por desgracia es lo que da credibilidad en el fútbol, el equipo fue adquiriendo personalidad y sobre todo autoestima, que era uno de los puntos más débiles del grupo humano que formamos. Siguiendo las pautas de ese gran maestro que es Santiago Coca y sus ideas magníficamente expuestas en el libro “hombres para el fútbol”(sic) trabajamos en mensajes sencillos y profundos como el “hombre antes que el futbolista”, “aquí y ahora”, “se juega como se vive” y “querer es poder, sólo si le unimos la inteligencia”.

Para Ronald Arana, exseleccionado nacional y actual director del City Club Academy del Club Bolívar y el City Football Group en Santa Cruz, el problema en nuestras selecciones es que compiten muy poco. Coincide, como casi todos, en la necesidad de instaurar procesos formativos de largo aliento que apuesten por una pedagogía sostenida en niños y adolescentes, “como en la Argentina”, enfatiza, país al que mira mucho por su cercanía y coincidencias. Arana afirma que mientras para “nosotros” pensar en menores es un “gasto”, en Argentina hacerlo es una “inversión”. “En Argentina, cada club invierte 10 millones de dólares en sus divisiones menores. Nosotros, ni uniéndonos todos los clubes, gastamos un millón”, dice algo frustrado. El poco tiempo para entrenar que tiene un convocado no supera los dos meses. Cómo pedir peras al olmo si ni presupuesto para los desplazamientos hay.

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“El jugador boliviano, cuando se pone la camiseta de la selección, se rompe el alma, aunque parezca que no hubiera ganas”. / Fotografía: Daniel Vera.

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Llegué a la siguiente clase segura de que por más que el tema amoroso fuera indemostrable, era moralmente injusto sostener semejante desapego solo por la cantidad de derrotas coleccionadas. Me resistía a creer que Brasil nos superara por la profundidad de sus sentimientos patrios y nosotros seamos incapaces hasta de profesar ese gesto. Mi sedentarismo extremo no podía configurar la certeza que Valencia traería a mi mente unas semanas más tarde, afirmando que “el jugador boliviano, cuando se pone la camiseta de la selección, se rompe el alma, aunque parezca que no hubiera ganas. Bolivia no es un equipo que tenga el balón, sino que se defiende. Yo nunca he visto una selección boliviana que salga, que quiera ser protagonista. Uno se cansa más cuando defiende que cuando ataca, ya que la pelota se mueve más que el jugador. Quien sepa de fútbol te va a decir que el jugador de la selección sufre, porque las otras selecciones son precisas, tienen un fútbol tan dinámico que al jugador boliviano no le queda más que correr y eso te cansa muchísimo más”. No, no es causa de desamor.

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Gonzalo Escobar Gutiérrez, estudiante de otro de mis cursos y autor de la cita fatalista que inicia este texto, escribió un bellísimo ensayo inédito afirmando al respecto que “las derrotas del club del que se es militante [...] son las frustraciones en la vida personal de cada hincha. En cuanto colectividad, las derrotas de la selección nacional son la reminiscencia de los fracasos nacionales en la historia. La esencia del boliviano, a partir del fútbol, queda maltrecha al constatar que cualquier esfuerzo que se haga es estéril”, y ya en este punto el optimismo cuesta, no solo al hincha, sino también a algunos de los propios jugadores.

“Es impresionante cómo juegan ─me cuenta Valencia que le confesó Diego Bejarano, seleccionado boliviano, hablando de la selección brasilera─. Uno sabe que en Bolivia es de los mejores, pero ya es inhumano ir a competir contra ellos. Me da rabia que sean mejores, no ser mejor yo, no poder competir de igual a igual…”.

Sin embargo, Arana no esconde el optimismo naciente ante la tarea que ha emprendido su club, tratando de profesionalizar al máximo las posibilidades del entrenamiento de los menores, a partir de una formación integral que incluye desde la alimentación, pasando por las prácticas y terminando por el respaldo psicológico y escolar que recibe cada niño en la Academia diariamente, lugar donde pasa tantas horas como lo hace en el colegio. Me dice convencido que hoy tienen un proyecto que permitirá generar mejores futbolistas y, por ende, la posibilidad de tener a nuestra selección potenciada. “Ojalá”, digo para mis adentros.

Valencia también es positivo al augurar grandes cambios para el fútbol nacional en los próximos años, gracias al trabajo táctico que se viene emprendiendo con infantiles y juveniles. Yo, en mi ignorancia, espero más del tenis, del ráquet o de la literatura, donde nos va mejor, pero pocos lo saben. Nuestro pueblo no se refleja en duelos de titanes tanto como en gestas libertarias o “guerras sublimadas”, como decía mi alumno. Por lo pronto, he decidido continuar la enseñanza de la argumentación a partir de las derrotas de la selección boliviana de fútbol, un terreno fértil para las victorias verbales.

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