Vampirín
Me acordé de él al ver a un homeless, un gringo sin hogar tirado en una sucia calle de Berkeley. Lo lechoso de su piel debajo de las capas de grasa y mugre fue lo primero que mi mente asoció con aquel otro hombre en Bolivia. Pero fueron los ojos, esos ojos abisales, de iris negro, de no-vida, los que trajeron el aluvión de datos al presente desde memoria. Me acordé de Vampirín…
Esta es su historia. O lo que sabemos de ella…
UN INGENIERO PECULIAR…
Le decíamos —y aun nos referimos a él como— Vampirín, porque era pálido como un vampiro. Es que, en serio, no era blanco, sino blancoide, como esos kaimas que juran ser europeos y viven en la Zona Sur o el Urubó, esos que darían lo que sea para blanquear en algo sus pieles y afinar sus narices, por decolorarse… no, no era de esos. Tampooooco es que fuera albino, no… era color hueso pulido, un pálido de leche recién ordeñada, contrastando JO-DI-DO con unos ojos negros y profundos, similares a los de un Tiburón. Coronaba todo con su cabello: una mata masiva, tono castaño oscuro, de cabello ondulado que delataba una juventud que se perdía y creo que que aun se pierde a cuentagotas entre cuatro paredes de adobe y abulia.
No daré su nombre, por motivos más que obvios, así como obvios resultarán los hechos para aquellos que sepan a quién me refiero. Mas, prosigamos.
Vampirín no era cualquier cosa. Un ingeniero químico y de alimentos de puta madre, un maldito genio atormentado por los vicios más básicos, más deliciosos, esos que se pueden olvidar, que se busca perdonar… “perdonar” entre comillas, siempre y cuando este nuestro muchacho superdotado siga haciendo sus aportes magníficos a la ciencia y a la paupérrima academia de este país dejado de la mano de Dios. Pero un día o, mejor dicho, una noche, entre esas horas donde todo y nada sucede bajo la superficie falsa de las buenas costumbres, a Vampirín le falló el cálculo; los vicios fueron más que los beneficios, el negocio ya no cuadró, no salió la ganancia y Vampirín terminó adentro.
CUANDO LAS COSAS NO SE CIERRAN CON CLARIDAD
Feo como él solo, Vampirín siempre se presentó como alguien con la profundidad sombría del mar abisal. Oscuro y calculado en sus formas, divertido y retorcido en sus observaciones, frágil y a la defensiva cuando comentaba su caso, los “hechos” que dieron lugar a su encierro y a un proceso judicial eran como él: perdidos entre sombras y pálidos, traslucidos, difusos y claroscuros.
A esa muchacha, a quien él llamó “la tipa”, los medios la nombraron como la víctima, pero nosotros nos referiremos a ella como la “Otra”… porque “novia” había y se enteraría muy de sopetón de esta historia. El lugar: una ciudad atribulada ahí arriba, alejada y, en cierta medida, olvidada de los intereses de quienes “importan”. Un barrio infame de luces mortecinas, callejones retorcidos y, dentro de ese gueto, un hospedaje sucio, maldito… Aquel fue el campo de batalla, el marco de la escena, donde sucede, mejor dicho, sucedió “todo”, también entre comillas…
Hay que ser claros: Vampirín no era, lo que se puede llamar, un individuo nítido en sus explicaciones. Lo único luminoso ahí era el brillo de su piel ante la luz solar del altiplano, refractario cual espejo pulido. “Todo” es un concepto muy subjetivo, respecto a lo que esperamos que sea ese “todo”; “no ilumines que oscureces, amigo Vampirín, porque nos escondes cosas, no te culpamos, pero lo sabemos”.
Una noche… no queda claro si fue algo planificado, espontáneo o mezcla explosiva de ambos extremos… extremos que se tocan en tales situaciones, así como que se quiere, pero no, como que no, pero sí… ya me entienden.
Esa noche la Otra, quien efectivamente fue un antiguo interés amoroso de Vampirín ―un interés cumplido―, se encontró con el susodicho al otro lado de la ciudad, en ese extremo de burbujas de colores y matices seductores. Café va, café viene, charla se entabla y recuerdos salen a la superficie. Desde los ridículos, los ingenuos… hasta los picantes y sensuales; la mesa fue servida… el encuentro “casual” cumplía su único y legítimo cometido.
Como parte de los claroscuros y bailes de sombras que caracterizaron a Vampirín, este, a tiempo que comentaba las previas de la “injusta” desgracia que sufría y sus consecuencias, —que supongo aun sufre—, dejó mucho cabo suelto. Primero, ¿por qué se trasladaron de un extremo a otro de la urbe altiplánica? Un día te decía que acompañó a la tipa, su “amiga” (así se refería a la Otra cuando estaba de buenas) al aeropuerto. Al día siguiente sostenía que ella le insistió en trepar hasta el techo del mundo debido a una emergencia que acontecía y que requería la presencia de la damisela, así como de nuestro astuto ingeniero… Otro día señaló que ella insistió en pasar la noche en el hostal de mala muerte y etcétera... Vampirín no era cojudo, bajo la superficie calma de la explicación de una injusticia nadaba el obvio “carcharodon”, el tiburón depredador motivado por el fogoso deseo de cogérsela a como dé lugar, donde sea… como sea.
Esos remembers. Donde hubo fuego, cenizas quedan, dirán no pocos… bueno, lo que sucede es que la joven y Vampirín terminaron alquilando una habitación con baño privado, en el décimo piso de un hostal ruidoso y de iluminación precaria, allá por el techo del mundo. Llevaron botellas de singani, Seven Up, Sprite, Coca Cola, cigarrillos, condones y hielo… además de otros menjunjes que te despegan del aburrido y gris mundo…de los que te llevan a otra galaxia, no pocos dirán.
Y eso es lo que estos dos querían… buscaban algo extraviado o no encontrado en las relaciones o remedos de relaciones que sostenían durante ese tiempo. El hambre y las ganas de comer se dieron encuentro después de un proceso algo largo de tira y afloje. Entre líneas, con frases cortas, pero contundentes, Vampirín lanzaba dardos haciéndonos entender que aquel “final” supuesto a esa relación, previo al reencuentro desafortunado no fue nunca un adiós, sino un… “al rato no vemos…”
Respecto a ella, conseguimos por parte de él datos inconexos. Piezas de rompecabezas sueltas; ni muchas ni pocas, pero con suficientes signos y símbolos condensados ahí ―en esas formas irregulares de bracitos convexos y espacios cóncavos― que, pariendo algo así como un monstruo de oídas y medias verdades, nos permitió crear un retrato sentido y hablado de ella, de la “Otra”.
No le daremos nombre, pero alguna vez trabajó con él. Claramente menor que Vampirín y, según este, la conoció en algún laboratorio de una equis universidad pública atiborrada de burócratas y reactivos químicos; sintió los calores, el impulso de la libido en las caderas que una protegé, bajo el ala del mentor, puede ―muy a menudo― llegar a sentir.
Nos los imaginábamos sobre los mesones fríos, entre matraces y pipetas… ella rodeándolo con las piernas mientras las pantaletas colgaban de un tobillo, él con los pantalones abajo, apoyado en los azulejos, impeliendo sobre la joven mientras le tapaba la boca para que la “pequeña muerte” de la que disfrutaban en las horas de almuerzo no molestara a sus colegas de batas blancas y formol.
Tal como la describía, no era una mujer de belleza “despampanante”, de esas que te quitan el aliento… pero de que podía atraer interés masculino, más allá de las convenciones socialmente aceptadas, podía. Seguramente de familia disfuncional, sin una figura paterna, por la dependencia reverencial que hacía que Vampirín fuera la piedra angular de una relación torcida, sin límites claros… algo que después decantaría en lo sucedido.
Y es que tampoco fue difícil para nosotros caer en cuenta que este no fue el encuentro fortuito que se salió de control, como nuestro detenido amigo deseaba pintarnos la cosa. Este pelmazo no controló algo y se le fue la mano sobre la minita a la que se pulía cuando quería.
Así de simple y claro.
Cuando quería, donde quería y como quería… sin importarle mucho lo demás y los demás. Mucho menos ella ―como dije― y no por cuidado o estrategia, sino por un egoísmo rampante, una deshumanización cual bandera de guerra, Vampirín no la menciono mucho, casi nada… y cuando lo hacía se refería a ella como a algo ajeno, a algo que no tenía que ver con él, provisional, alienado… prácticamente accidental; un jarrón roto, una luz de automóvil quebrada. Es que a todas luces ―y como verán después―, ella no importaba… lo dije: ni el nombre nos daba.
Él, más allá de lo que ya hemos mencionado, realmente era una lumbrera en su campo; se encargó de equipar los laboratorios de varias universidades públicas y privadas en todo el país, incluyendo aquel donde nos lo imaginábamos dándole rienda suelta a los placeres con la pobre muchachita con quien, por así decirlo, efectuó su último “experimento”.
De seguro lo rapaz, lo predador, nació ahí. Le crecieron las ínfulas, lo mamó desde las probetas y reactivos detrás de los que se escondía para observar las curvas y senos apretados de las estudiantes, mientras trepaba de escalón en escalón hasta llegar a donde llegó.
Así Vampirín se regodeó de poder y, como el aprendiz de mago en Fantasía, algo se le salió de control.
UN CÓCTEL EXPLOSIVO
Siempre que lo visitábamos, lo sentíamos más y más distante de su situación real, como soltando, paso a paso, una cuerda cuyo cabo terminaba en un hoyo negro y denso, petrolífero; Vampirín dedicaba horas y horas a entrenar su cuerpo en el gimnasio, logrando desarrollar músculo en forma masiva. No era para menos, como ingeniero de alimentos era conocedor de toda la información más reciente respecto a nutrición, procesos químicos internos, etcétera. Fue viviendo disociado en una rutina que lo desconectaba, de rato en rato ―no todo el tiempo―, de lo sucedido, de lo acaecido. O, mejor dicho, de lo hecho por él.
Con todo lo previamente mencionado, se acumuló la suficiente información para discernir y armar la “estructura básica” de los hechos. Mismos que sorprenderían a todo dios. “¡Quién se lo imaginaría!”, dirán algunos, no pocos ni pocas, sino muchas y muchos. Entiéndase, a estas alturas, que, gracias a mi morbosa e ilimitada curiosidad, que no conoce ni conoció de barreras, a fin de saber que pu… pasó ahí, nos dedicamos a esta tarea tortuosa, pero muy satisfactoria. Como Vampirín, jugamos con los elementos de una tabla periódica inestable, de dobles raseros y medias verdades. Armamos lo que, hasta el más neófito de los químicos, ingenieros eléctricos, de alimentos, etcétera, comprendería como una bomba de tiempo, un cóctel muy explosivo.
DE LOS ELEMENTOS, LA SEPARACIÓN, PASANDO POR LA EMULSIÓN, HASTA LA DECANTACIÓN
Los dos mantenían una relación casual. Ante los problemas respectivos que cada uno enfrentaba en sus relaciones “formales”, se buscaban para ponerse al día entre sábanas o en rincones semiescondidos de la ciudad para así darle un poco más de sabor a la vida, la cual ―al parecer― resultó ser algo insípida, especialmente para nuestro peculiar sujeto de estudio, el elemento más reactivo e inestable de este cóctel.
De la forma de interacción que vimos de él con las mujeres, no podemos decir que fuera un machista. Mejor dicho, sería un misógino light. La cosificación era una marca de agua que subyacía y, de seguro, aún subyace debajo de cada saludo, cada sonrisa y “buen trato” dado a las damas. Esos ojos de tiburón, esas redes suaves de académico, de intelectual y científico dedicado, podían tener un efecto soporífero en ciertas féminas que rondaban alrededor suyo; sobre él había una reacción química ignífuga: se le encendía la corteza. Fuego salvaje e incontrolable.
A esta altura, es necesario señalar que nuestro amigo mantenía dos relaciones paralelas ―y quizá aún las mantiene durante el tiempo que ha estado, y de seguro aún está, tras rejas―: la “Oficial”, quien nunca lo visitaba ―esto a pedido de él―, y aquella “Otra” que era ―y quizás aún es― quien se comía y come los marrones; peleas, escenas, berrinches putasos y descargas sexuales a la hora del “celdeo”. Una, la santa lejana, impoluta y resguardada de las bajezas del hampa. La “Otra” sucia, furcia y dispuesta a complacerlo hasta en los rincones más apestosos del mundo. Esta ambivalencia de macho no deconstruido, frágil y dependiente fue el descubrimiento más importante, El Dorado de este trabajo químico y criminológico. Vampirín resultó ser una especie de Doctor Jekyll y Señor Hyde criollo; no usa los lentes de marco grueso, esos de pederasta que puedes encontrar en las portadas de canales del crimen en Youtube; no era sucio ni repulsivo, sino levemente… tontamente encantador, de los que piensas que no hacen nada, que están detenidos por un tema de papeles, nada de monstruosidades; alguna estafa de poca monta que se arregla con un acuerdo y una garantía suficiente… mas no era ―no es― así.
De este punto en adelante se mezclan las elucubraciones del cómo se dio el resultado. Un resultado tétrico, digno del Rey de Amarillo, del mundo torcido donde nada es como debe ser.
Retomemos los cabos: un residencial de mala muerte, dos amantes en el subterfugio entre las sombras y las fronteras de lo humanamente debido, aceptado y deseado, y que han sido totalmente borradas esa noche.
Jugueteaban… se toquetearon, rieron, besaron y acariciaron en el taxi. Le daba más sabor a lo clandestino… se regodeaban de saber que le estaban pintando un buen par de cuernos en la mollera a sus novias y novios respectivos. La risita por debajo de los labios, entre la culpa y el goce. Las manos de Vampirín en los senos de ella. Ella invadiendo los muslos de su amante. El chofer con mirada de radar, admirando el cachondeo que subía de nivel. Su cara de póker.
Las cámaras del residencial los mostraron ingresar sonrientes y muy melosos, cargando las bolsas de enseres para la fiesta privada. Pero hubo algo en el rostro de la administradora, una muchacha no mayor que la “Otra” que pintó todo de negro, gris y rojo sangre… quizá una intuición portentosa, o algo que escuchó, sintió o vio ahí le torcieron los ojos. Se nota, llama la atención en ese video pixelado, en esas imágenes aburridas. Un grito silencioso, un escalofrío que traspasa la pantalla… algo que dedeó, ahogándose en la culpa.
De seguro, al subir las gradas, ya que el ascensor no funcionaba ―qué novedad―, le metía mano y ella rozaba las caderas hacia su amante… una sesión más, una noche más de placer culposo… ya verían qué decirles a ese cornudo y a esa pobre mujer que aguanta todo. Las excusas sobran.
Quizá la mano subía, poco a poco, desde los glúteos, pasando por esa espalda hermosa, acariciando la espina delicada, recta y totalmente funcional para terminar en el cuello… punto suave que encajaba a la perfección en la mano de Vampirín, posando la extremidad ahí con el firme cariño del macho. Un poco de presión… una advertencia velada, nada…
Advertencia cobarde, porque se ahogó debajo de la caricia esperada, la que amasa la piel de la hembra para que, retorciéndose, pida más, más sesiones, más rounds… sabía, en su fealdad, cómo preparar el lugar. Vampirín era un Dionisio criollo.
No piden mucho al paupérrimo y cutre residencial, ya nos lo imaginamos… luces parpadeantes con ruidos censurables, gritos, insultos, quejidos y quiebres irregulares ametrallando los oídos, la habitación mugrosa con un catre deforme se vería, quizá, como un refugio, el cubil para follar escondidos.
Nada nuevo.
En un primer momento pensamos que una rutina existió. Que esos encuentros eran planificados, pero los detalles demostraron que no era así; se daban cuando se podía y cuando el calor escocia, meses, semanas, años o días de lapso. Al parecer había que sacar todo el jugo a la situación, a lo que venga.
Los testigos de oídas, porque no hubo de vista ni directos respecto a “lo sucedido”, prestaron declaraciones ambiguas y temerosas; risas, gemidos, gritos, silencios, pasos acelerados… gritos inteligibles y una caída final, un cierto número de escalones, una cierta distancia.
Retomemos el ingreso al dormitorio frío y algo sucio, pero funcional. Imaginemos que los toqueteos y caricias, junto con risas y frases gronchas, llevaron a la pareja a la cama de colchón viejo. ¡No olviden el hielo ni las bebidas! Hay que colocarlas en un lugar adecuado… no hay minibar, qué va… usaron el lavamanos, usaron lo que había en ese alojamiento clandestino, de letreros de vinilo, rejas mal pintadas, registros incompletos e historias crudas.
Una y otra vez… él encima, ella encima… de costado, caricias, sonrisas, miradas profundas mientras se llegaba a la cima… la petite morte…
Hay sed, hay gusto, van y vienen los chuflays, las cubas libres… quizá había papitas para picar, con algo de picante… de esas que “no enchilan ni madres”, como dicen los mexicanos, pero distraen al estómago.
¡Cigarrillos en el after, porro…! ¡Qué noche!
Se sabe que llegaron a las once… calculamos que, para un tiempo después de la medianoche, sumando las sesiones amorosas… el alcohol, nicotina y marihuana acumulados en los organismos de estos dos enrarecieron las conciencias y el ambiente… lo caótico apareció para dictar un destino.
Nadie dijo nada porque solo eran ellos dos. Nadie hasta ahora ha explicado a ciencia cierta, valga decir con un ciento por ciento de certeza, el orden de los hechos acaecidos ahí dentro, entre las cuatro paredes de esa habitación. Quejidos, gritos, risas, gemidos, pasos lentos y acelerados… nadie anda pendiente de los ruidos y asuntos ajenos a la madrugada de un sábado cualquiera… salvo que las cosas se salgan de control.
Apareció en las gradas… unas diez gradas antes del descanso previo que conecta con el siguiente juego de gradas y así. Pero el daño no era digno de una resbalada resultado del alcohol y las drogas, no… ella no dijo nada después de eso, después de que la muchacha de administración, junto con Vampirín, la llevaron inconsciente y balbuceante a una clínica de un barrio bohemio, ahí, de nuevo, en la ollada.
La cargaron desde el descanso. Un Vampirín desesperado y totalmente alterado gritaba que había caído de las gradas después de salir de la habitación. El informe y la declaración de la administradora señalan que, efectivamente, Vampirín estaba fuera de sí… nervioso y asustado, se agarraba la cabeza, se jalaba los pelos, gimoteaba caminando de un lado a otro… un accidente, obviamente, algo que se salió de control.
¿Un accidente?
Pagó todo, eso es innegable. Les fue difícil encontrar un taxi que se atreviera a llevar a alguien en tal estado físico, apestando a alcohol y drogas… acompañada de un desaforado que gritaba incoherencias, amenazas, ruegos… más etílico y drogado que la “Otra”. Pero… ¿en qué estado estaba… la “Otra”?
La caja torácica reventada, una de las flotantes rota, la bóveda craneal hundida con un edema cerebral lacerante, en este caso en el parietal izquierdo con tal presión que el ojo correspondiente saltó de su órbita.
Los senos… dos montes de tierra morada y negra con jaspes verduzcos. Haciendo juego con el resto del cuerpo pintado por manchas similares, en degradé… camuflaje donde la vida se escondió y dejó de ser vida, dejó de brillar.
Pedazos pelados del cuero cabelludo, escoriaciones en la espalda con la espina torcida, los glúteos eran dos pelotas moradas, un hombro ―no recuerdo bien de qué lado― dislocado, resultado de presión y no de la gravedad. No fueron las escaleras… no, no lo fueron.
No lo fueron porque apenas tenía ese cuerpo magullado, unas cuantas marcas angulares; líneas de bordes de cemento y azulejo… o quizá pretina de aluminio, ¿madera? Mucho menos… no fueron las escaleras ni la gravedad maldita que causa la caída… no.
Y él se hizo cargo… dejó sus datos, dejó fotografía de la cédula en la clínica… algo no cuadraba.
Retrocedamos, vamos a las horas de los hechos.
De la escueta prueba se colige que los condones, bolsas de hielo, botellas de las diferentes bebidas, colillas de pitillos y cigarrillos, estaban atiborrados en un pobre canastillo de basura, de esos de plástico que uno consigue a dos pesos en la Uyustus… La salida no fue una huida, no fue espontánea, sino que todo sucedió ahí adentro, tomó su tiempo. Vampirín se tomó el tiempo necesario para acomodar todo, no se encontró sangre… solo en el cuerpo de ella y no era mucho más que unas cuantas manchas, sobre todo en el rostro… desde la nariz, desde el ojo salido, goteando de los oídos…
Tampoco él tenía manchas, quizá supo cómo hacer para quitarlas…
Veamos los hechos. El grado alcohólico era alto en ambos, pero existía conciencia por parte de Vampirín, el susto de seguro le bajó el trago a las rodillas. Ella nunca más dijo nada.
Palabras, discusiones, dimes y diretes… ¿Dijo ella algo que no le gustó? Quizá… ¿Lo tenía planificado? O no… ¿Puede ser que él haya reclamado algo? Tal vez una práctica que cruzó más allá de lo convencional, un poco de chocolate y almendras al sexo vainilla, ya me entienden, un límite roto y todo decantó.
Y pasó ahí dentro. Vampirín fue demoledor, el edema cerebral presionaba hacia afuera, deformando más todavía el ya roto cráneo y, hacia adentro, moliendo los sesos, llenándolos de más sangre de la debida, de coágulos ya no rojos sino negros y espesos, con núcleos duros y crueles.
Los nudillos no tuvieron ni la más mínima piedad hacia esa mujer que era un aditamento secundario. Fueron una masa contundente que rompió todo… lo que no importaba. El parietal es un hueso débil, casi un remedo tonto de su primo hermano el frontal, que puede detener hasta una bala, según el calibre y otros menesteres. Vampirín sabía dónde pegar… y cuántas veces… quizá solo quiso lesionar de gravedad o mutilar… lisiar, ilusos… todo entra en una sola bolsa: dañar.
La espina ―lo primero que mencionó el médico, porque se nota que le impresionó― torcida, resultado de varios golpes contundentes en un punto específico con un objeto romo y mediano… no suena para nada al pretil de una puerta, de un clóset… tampoco un puño. Es una rodilla, o las dos rodillas… no lo dudamos nunca, la saña, el poder sobre la víctima, sobre el objeto deshumanizado que se puede disponer a gusto y disgusto, para dejar botado en un rincón, en un basurero… en una clínica.
Los senos, seguro eran bellos, turgentes… suaves y cálidos al tacto, dulces al gusto. No por nada Vampirín caía en la repetición de los encuentros furtivos… de la rapaz sensualidad, del fruto prohibido. Y, como dije, los convirtió en tierra removida, deforme, machacada… siendo imposible, o casi imposible, recordar las curvas que le decían no a la gravedad, las copas del néctar.
Nada de eso quedó.
Es ahí donde comenzó a resonar una palabra: “salvajismo”. La impresión inicial del galeno, quizá por el cansancio a las cuatro de la madrugada y aquel turno frío de noche paceña, hayan embotado sus sentidos, mas no su capacidad de representación.
El mismo término utilizaría la fiscal adscrita al caso ante los hambrientos medios de comunicación: “salvajemente golpeada”, vejada.
El hombro al final resultó ser una combinación entre esa vorágine salvaje y una caída de verdad. De que ella se cayó, pues se cayó, pero no como la mujer ebria que no supo manejar sus pasos, sino como un bulto, un bulto que incomodaba a Vampirín.
Esta “Otra” internada un sábado en una clínica pequeña de un barrio acogedor, sería inducida en coma inmediatamente; nunca sabremos sus últimas palabras, fallecería el lunes al mediodía.
Volvamos. ¿Quizá ella le dijo adiós, que había alguien mucho más importante ahora en su vida? O peor, le exigió que deje a la “Oficial”, que vuelvan. Todo eso puede ser… O, peor aún, que le contaría todo a la pobre cornuda que no tenía ni idea, ni aún la tiene, respecto a las andanzas de Vampirín.
Hay posibilidades iguales o más grandes de que todo fuera al revés… que el macho herido, dañado en su orgullo frágil, débil cual castillo de barro, no haya soportado la humillación del rechazo, la burla ante un burdo chantaje…
Por último… tal vez una flácida hombría detonó esto… solo Vampirín sabe, lo guarda en murallas de silencio, no consta en los expedientes, tampoco en declaraciones, más allá de esas versiones que él mismo modifica, ya sea por conveniencia, gusto, mala memoria, etcétera.
PERO ESO NO ES LO MÁS PERTURBADOR…
Nos comíamos los sesos (y aún lo hacemos) tratando de encontrar el móvil, las cosas que hicieron que este individuo con peculiaridades muy específicas y sutiles, sumadas estas a características bajas ―esas de lumpen y marginal― que lo hacían ―y aún hacen―, en cierta medida imperceptible encerrada en medio de esa masa anónima de una determinada cárcel de este país, obrar así…
No fueron las gradas, no fue la caída, no y no.
¿Qué lo llevó a acompañar a su víctima hasta la clínica para quedar totalmente expuesto? ¿La culpa, el pasado amoroso con la “Otra” apretándole la conciencia, moliéndole la vida? No sabemos.
¿Qué lo llevó a impedir, a toda costa, que la familia de la víctima, quien se supone cayó de unas gradas, se entere? Vampirín era un químico y lo es aún, salvo que haya renunciado a su título y a los beneficios del curriculum vitae. Y, como todo hombre de ciencia, guarda sus experimentos en frascos, los aísla en formol.
La “Otra” era eso: un sujeto de prueba y material de trabajo para Vampirín; ya lo mencionamos, un “experimento”, un algo… no una persona. No malentendamos las dimensiones y profundidad de esta forma de relacionarse con los demás que este individuo y otros individuos de todo genero, clase, sexo, color, creencia o no, pueden tener: hay una conexión emocional muy fuerte entre el sujeto y el “objeto”; hay amor, hay cuidado, hay temor a la pérdida… proyección de un futuro junto al objeto, pero, al final de cuentas, es eso: un objeto.
Cual niño con su juguete preferido, o quizá, en el “mejor” de los casos, una relación amo―mascota retorcida, donde el primero parte de su superioridad intrínseca. Vampirín experimentaba la pérdida del objeto… no del sujeto “amado”. Vampirín es ―no solo era, sino que es― un psicópata, ya que, a pesar de lo explicado antes, ella no importaba; lo importante era él respecto a ella.
No tomamos el caso por su falta de sinceridad. Los abogados, con todas las capas de repulsiva mala fama que nos hemos ganado a pulso por siglos y generaciones, somos curas, confesionarios y gente de confianza que debe saber la verdad de los hechos, por más terrible que estos sean… no tomamos el caso y quizá mi bolsillo lo resiente cada vez que la economía aprieta. No tomamos el caso porque lo turbio lo hizo repugnante, incomprensible y temiblemente fascinante…
La última visita fue peculiar. Nos ofreció un queque de chocolate que su madre había cocinado para él. Estaba delicioso, todo en su punto, lo que hizo más difícil explicarle que no podríamos llevar adelante su defensa por los óbices ya mencionados. Su respuesta fue una combinación entre resignación ante lo obvio y molestia por una oportunidad perdida.
No hay razón para profundizar en el detalle de la conversación que puso fin a nuestra corta relación, pero al final tuve que lanzarle un reclamo solapado, escondido entre las capas y capas de información amorfa acumulada en este caso: “Pero, flaco, ¡si le has reventado el cráneo!”, grité con la fuerza de su familia, tanto la de él como la de la muerta. No nos dijo nada, el rostro no mostró nada… solo esos ojos, los ojos negros y profundos que invitan a lo abisal. Retrocedió unos pasos y se dio vuelta, no había nada para él ahí. Nunca más escuché o tuve noticias de Vampirín.
Hace frío… el otoño está llegando a la bahía. El atardecer del Pacifico Norte es considerado el más hermoso del mundo… más ahora el sur me llama y me recuerda estas cosas, los misterios de los Andes con sus bellezas y monstruos, son síntomas del dulce homesick…
Allá nos vemos.

