La desaparición

Hace más de 40 años, el hijo de un conocido mafioso en Estado Unidos fue atropellado. Fue un accidente fortuito, un error sin malicia de un ciudadano común de clase media que torció la vida de un poderoso jefe de la mafia y por ello desapareció. Y en este brillante texto, Carlao Delgado nos revela todo el drama y los detalles de esta historia.
Editado por : Adrián Nieve

El 18 de marzo de 1980, John Favara atropelló a un niño en el vecindario neoyorquino de Howard Beach. Las autoridades declararon una muerte accidental y no levantaron cargos en su contra. Cuatro meses después, el 28 de julio de 1980, John Favara desapareció. 

Barrio de Howard Beach, Condado de Queens

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John Gotti cargando a su hijo Frank. /Foto: Allthatsintersting

Howard Beach es un vecindario al sudoeste del condado de Queens, en Nueva York. Está compuesto por manzanas con casas de un solo piso, jardín trasero y un ático en el que reposa el techo. Son, más que nada, familias de clase trabajadora con ingresos modestos que se acomodaron e hicieron crecer sus hogares. Los vecinos se conocían entre ellos y sus hijos se visitaban para jugar. Ahí llegaron John Favara y su esposa Janet para formar una familia. Tenían dos hijos adoptados. Vivían en la calle 86 de Howard Beach, en un vecindario separado del resto de su condado por una autopista de seis carriles denominada Belt Parkway. 

Todas las casas de su calle eran iguales. Dos pisos con frontón de madera en la planta baja y arriba un exterior de tejas grises. El jardín delantero estaba bien cuidado y lo adornaban diferentes especies de árboles nativos. Detrás de la casa, colindantes por sus jardines traseros, estaban sus vecinos, los Gotti. La casa de ellos era un poco más grande. Tenía chimenea, porche de entrada y varias antenas de televisión, además de un garaje tan amplio como el frontis principal. Ambas casas se daban la espalda, con la única frontera de una cerca de madera que no impedía que los niños de ambas familias compartieran sus juegos. Los pequeños eran amigos y varias veces se quedaban a dormir el uno en la casa del otro. 

Los Gotti ya llevaban un tiempo viviendo en Howard Beach. La familia estaba compuesta por John Gotti, su esposa Victoria DiGiorgio y los cinco hijos del matrimonio, entre los que estaban el primogénito John A. Gotti, su hermana menor Victoria y Frank Gotti, el menor de todos, con doce años. Eran una de las muchas familias de ascendencia italiana que vivían en los barrios neoyorquinos. Los hijos iban a la escuela y Frank era amigo de los hijos de sus vecinos, los Favara. Ese era el vecindario de Howard Beach, lleno de niños jugando en la calle, todos amigos en el colegio, esperando hasta la puesta del sol para volver a casa.  Era el vecindario donde todos vieron el rostro de John Gotti en las noticias y en el periódico antes de que él y su familia llegaran. Era el Don de la familia Gambino, una de las familias más peligrosas de la mafia italiana que, bajo su mando, se convirtió en el sindicato más poderoso del crimen organizado. 

Puntos ciegos

En la tarde del 18 de marzo de 1980, Victoria Gotti volvía a casa luego de almorzar en el McDonalds de Howard Beach cuando vio a su hermano menor Frank. Jugaba a la pelota en la calle con los otros chicos del barrio. Ella los conocía bien, pues más de una vez se quedaron a dormir en su casa. Ejerció toda su autoridad de hermana mayor y le recordó a Frank que debía volver a la hora de la cena. Frank le aseguró que así lo haría y se despidió de ella. Fue la última vez que hablaron. Cuando Victoria llegó a casa, colgó el bolso y llamó a su madre, como hacía siempre que llegaba, cuando el teléfono sonó. Era su vecina, la señora Marie Lucisano, para decirle que había ocurrido un accidente en el vecindario. 

Victoria DiGiorgio, la madre de la familia Gotti, se encontraba en casa. Más temprano ese mismo día, su hijo menor Frank volvió del colegio, con la alegre noticia de que lo admitieron en el equipo de fútbol. El muchacho saltaba de emoción, así que se despidió de su madre y salió a jugar a la calle con sus amigos. Victoria lo recordaría siempre así: un muchacho alegre, de sonrisa fácil, que se preocupaba por las cosas importantes de la vida: el fútbol escolar y jugar con sus amigos. Luego se miró en el espejo de su dormitorio, con total tranquilidad, sin sospechar que esa noche ella misma lo rompería e intentaría quitarse la vida cortándose las venas. 

Kevin McMahon tenía la misma edad que Frank. Salió de su casa manejando su mini motocicleta con dirección a la puerta de la familia Gotti, el punto de reunión de siempre. Era el hijo menor de otra de las familias del vecindario de Howard Beach. Conocía a Scott Favara y a los chicos Gotti, y además era buen amigo de Frank. Cuando Kevin llegó en la mini motocicleta, sus amigos ya lo estaban esperando. Lo primero que hizo Frank al verlo fue pedirle prestada la moto. No esperó a escuchar la respuesta. Seguía eufórico por haber ingresado al equipo de fútbol de su colegio. Arrancó a toda velocidad, seis calles en dirección de 157th Avenue, donde un enorme contenedor de construcción estaba descuidadamente parqueado en toda su longitud en plena esquina del lado izquierdo de la calle. El sol le calentaba el lado derecho del rostro. La mini motocicleta corría con fluidez por el asfalto. Era un muchacho feliz y nada en el mundo marchaba mal para él. 

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John Gotti, el conocido mafioso / Foto: Historica

John Favara manejaba camino a casa. Su día terminaba como todos los demás: con el retorno a su casa en el corazón de Howard Beach. Pensaba en el trabajo, en volver lo antes posible y en su hijo Scott, cuando su auto se sacudió con violencia. Todo tomó a Favara desprevenido. Delante de él, la calle estaba vacía. En el espejo lateral de la derecha veía un enorme contenedor en plena esquina, pero nada en el espejo de la izquierda. El retrovisor mostraba un auto a lo lejos. No sabía qué lo había golpeado o desde qué ángulo. No podía ser un auto. Lo habría visto venir. Lo habría oído. No había nada a la vista, pero la nada no sacude tu auto cuando la golpeas. Los gritos lo hicieron reaccionar. Niños corriendo, una joven y otras personas le gritaban y sacudían los brazos. Alguien incluso golpeó el capó de su auto. Le pedían a John que se detenga. Recién entonces se dio cuenta, con horror, de que el auto seguía avanzando, con su pie en el acelerador, pero dentro de los límites de velocidad permitida para el área urbana. Pronto hubo tanta gente alrededor del auto que tuvo que detenerse. Frenó lentamente y el auto se detuvo frente a la casa de la familia Lucisano. Bajó del vehículo y volteó, pensando que lo que sea que haya golpeado se quedó detrás de él. Se equivocó. Bajo su auto vio a un niño de diez años gritando atrapado entre las llantas junto a una mini motocicleta. Lo había arrastrado por todo el manzano. Detrás de él, marcas de neumáticos hechas con sangre se extendían por una distancia de 60 metros. 

Accidente no culposo

La policía atendió de inmediato a la llamada de los vecinos de Howard Beach. Era una noticia estremecedora. Habían matado al hijo de John Gotti, a unas cuadras de su casa. Gotti era un hombre de interés para la policía. No por la familia de la cual era el padre, sino por la familia siciliana de la cual era el capo: la familia Gambino. La cosa no pintaba bien.

El año en que nació el pequeño Frank también fue el año del primer gran arresto de John Gotti por tres cargos de atraco a vehículos y camiones cerca del aeropuerto John F. Kennedy. Gotti dirigía las actividades más lucrativas y más cruentas de la mafia, pues las había cometido todas mucho antes de que la policía lo detuviera: chantajes, tráfico de drogas y extorsión. El precio de hacer negocios sucios en Nueva York era hacerlos con él. 

Los médicos de emergencia llegaron antes que la policía. Los muchachos de Howard Beach recordarían como recogieron de inmediato a Frank, aún con vida, y lo llevaron al hospital. Detrás de la ambulancia iban Victoria DiGiorgio y su hija, manejando a toda velocidad. 

En la sala de espera del hospital, ambas mujeres vieron llegar al patriarca de su familia, John Gotti. Lo primero que hizo el hombre ancho y de profundos ojos oscuros fue abrazar a su esposa, que se sacudía violentamente por el llanto. Su hija Victoria le contó lo que sucedió: cuando habló con Frank, la mini motocicleta, el accidente, y el viaje al hospital detrás de la ambulancia. Victoria nunca vio a su padre actuar tan lentamente, abstraído de la tragedia que sucedía a su alrededor. Como si viviera en piloto automático. Un grupo de doctores entró a la sala de espera, y uno pidió hablar con él en privado. Lo esperaban para darle la noticia: su hijo Frank falleció apenas llegó al hospital, consecuencia del accidente que sufrió más temprano, y necesitaban que identificara el cuerpo. John Gotti volvió en sí. "Es la primera vez que tengo miedo en mi vida". 

Cuando las patrullas llegaron a Howard Beach, resolvieron el caso con bastante más rapidez de la que hubieran esperado. Bastó una evaluación de rutina. John Favara volvía a casa, dentro de los límites de velocidad. El contenedor de construcción le tapaba la visibilidad, a lo que debe sumarse que manejaba con dirección a la puesta de sol. No tenía grado alcohólico ni antecedentes por accidentes de tránsito. No había marcas en el asfalto que indiquen que el auto aceleró. Ese no era el caso de Frank Gotti. Manejó la motocicleta a toda velocidad, saliendo de un área residencial hacia 157th Avenue, una de las avenidas principales del barrio, prácticamente arrojándose al auto de Favara. No había necesidad de investigar más. Mientras el sol se ocultaba, los vecinos miraban expectantes a la policía, entre ellos John. Los agentes concluyeron en que no podían arrestar a Favara. Se trataba de un accidente no culposo. 

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Foto: Historica

La desaparición

La familia Gotti volvió a casa con un miembro menos. Ya en casa, Victoria DiGiorgio rompió el espejo de su dormitorio, tomó los cristales rotos e intentó cortarse la muñeca con los pedazos. Tuvieron que sedarla para que descansara. Al día siguiente debían realizar uno de los actos más dolorosos para cualquier padre: el funeral de su hijo.

Era el 20 de marzo de 1980. Victoria DiGiorgio atendió el llamado a su puerta, y encontró al pequeño Kevin McMahon acompañado de su padre. Ambos lucían incómodos, como si no quisieran estar ahí, y al menos el padre tenía esa mezcla entre apenado y asustado que era tan evidente en los hombres cuando estaban junto a sus hijos. La familia McMahon ya les dio su pésame, así que les preguntó por el motivo de su visita. Le preguntaron quién iba a pagarles por la motocicleta destrozada en el accidente de antes de ayer. Ninguno dijo nada después. En cambio, otra cosa llamó la atención de Victoria. Era el ruido estridente de música y, por encima de ella, una risa que venía desde la casa de su vecino de atrás. Dejó a los McMahon en su puerta y rodeó su jardín trasero, desde donde pudo divisar luces de fiesta en la casa de los Favara. Fue suficiente para Victoria. Tomó un bate de baseball y corrió todo el trayecto hasta la puerta delantera de su vecino, donde encontró a nadie menos que John Favara, quien al ver a Victoria le dirigió una sonrisa. Curiosamente, lo que hubiera o no pasado, fue impedido por una persona con todos los motivos para permitir que golpearan a John Favara con un bate de baseball. John Gotti llegó a tiempo para detener a su esposa e impedir que el encuentro pasase a mayores. 

Al día siguiente, John recibió una visita de la policía. Una llamada anónima les dijo que Favara iba a ser eliminado. El aludido no le dio mayor importancia al aviso de la policía. John sabía que no era responsable por lo que había sucedido. Fue un accidente del cual ninguna autoridad, divina o terrenal, podía culparlo. Él cumplió con todas las normas de tránsito y de cuidado, y fue el pequeño Frank el que manejaba de manera imprudente y en un área urbana un vehículo pensado para atravesar el campo. “Además”, les dijo, “eso solo pasaba en las películas”. En Norteamérica, los ciudadanos podían descansar tranquilos porque tenían la certeza de que, por sobre todas las cosas, estaba el imperio de la ley, y la ley en este caso amparaba a John. 

La llamada anónima fue solo el comienzo. En los días posteriores, una fotografía de Frank Gotti con la invitación a su misa fue clavada en el buzón de correo de los Favara. La mañana del 22 de mayo de 1980, John salió de su casa y encontró la palabra "ASESINO" pintada en su auto con pintura roja. Aunque John acudió a la policía, no había mucho que ellos pudieran hacer para encontrar a los responsables. La única inquietante certeza era el vínculo entre estos hechos y la muerte de Frank Gotti. 

En la mañana del 28 de mayo de 1980, Victoria DiGiorgio volvió a tomar el bate de baseball y salió hacia la casa de los Favara. Sin previo aviso, golpeó el auto de John sin parar, dirigiendo su furia y dolor contra el vehículo bajo el cual su hijo había muerto. Cuando el dueño del vehículo salió de su casa para reclamarle por el ataque, Victoria volteó su ataque hacia él. Nuevamente, fue John Gotti el que detuvo el ataque cuando llegó para llevarse a Victoria. John Favara, desde la puerta de su casa, les gritó a ambos reclamando el pago de los daños. Victoria le diría después a su esposo que esa sería solo otra muestra del carácter de Favara, insensible al dolor, preocupado por un auto, pero no por la vida que había arrebatado con él. No le importaba lo que dijeran las leyes sobre los accidentes no culposos. La ley de la mínima decencia dictaba que, como mínimo, John Favara debería visitarlos para disculparse por el daño que le había causado al arrebatarles para siempre a un miembro de su familia. Debería ofrecer palabras de consuelo y, dado que no había nada que pudiera hacer para reparar el daño, al menos hacerles presentes su arrepentimiento. Ese encuentro nunca sucedería. 

El ataque con el bate de baseball hizo pensar a John Favara que debía hacer algo al respecto. Habló con uno de sus amigos de la infancia, cuyo padre solía ser uno de los antiguos capitanes de la mafia siciliana. El consejo que le llegó fue contundente: John Favara debía vender su auto e irse de Howard Beach lo antes posible. Favara lo escuchó. Clavó el letrero en su jardín, un comprador apareció rápidamente, y acordó la entrega y el traslado para fines del mes de julio. John Favara seguía sin aceptar todo lo que estaba pasando. Como orgulloso estadounidense, siempre pensó que las leyes en su país se respetaban y cumplían. Él era inocente, y lo que pasó el 18 de marzo de 1980 ya era parte del pasado. Pero no contaba con que los Gotti vivían bajo sus propias reglas. 

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Casa de John Favara en Howard Beach / Foto: Historica

Los amigos cercanos de John Gotti contarían que después del incidente de su hijo Frank, simplemente ya no era el mismo. Vivía muy cerca del dolor, justo a pasos del lugar donde su hijo perdió la vida en un terrible accidente de tránsito. Eso fue lo que lo decidió. Se llevó a su familia de viaje a Florida, para que pasen el luto en un clima más amigable que el de las ahora silenciosas calles de Howard Beach. El 25 de julio de 1980 John Favara pudo ver, no sin alivio, que los Gotti dejaban todo atrás para unas vacaciones familiares. 

Tres días después, el 28 de julio de 1980 en la noche, John Favara salía de la fábrica de muebles en la que trabajaba. El restaurante donde acostumbraba cenar le quedaba perfecto para el trabajo. Solo estaba a dos cuadras de la fábrica y tenía un parqueo donde dejaba el auto todo el día. La visión del auto lo hizo entrar en razón. Era un buen momento para venderlo, considerando todo lo que pasó con el niño de los Gotti. Mientras pensaba en esto, a medio camino de su restaurante habitual, una furgoneta se paró a su lado. Los testigos inmediatos contaron cómo un grupo de hombres bajó, golpeó a John en el estómago y en la espalda, y lo metió al interior del vehículo, para luego alejarse a toda velocidad. Otro grupo de testigos contarían a la policía que, además, escucharon los disparos de un arma con silenciador, y que recién entonces lo raptaron. La única certeza, era que ellos serían las últimas personas que verían con vida a John Favara. 

Conjeturas

La policía esperó a que los Gotti volvieran de su viaje para visitarlos. El 4 de agosto de 1980, cuando John Gotti los invitó a pasar, no esperaban ser recibidos también por su esposa. Victoria DiGiorgio parecía tener la respuesta lista a la pregunta obvia que formularon con dificultad: el destino de John Favara. "No sé qué le pasó, pero no lamentaría si le pasó algo. Nunca me envió una tarjeta. Nunca se disculpó. Ni siquiera reparó su auto". John Gotti fue más lacónico. "Desearía poder ayudarlos caballeros, pero lo siento, no sé nada sobre esto". Se hundió en sus hombros y levantó los brazos. "Él mató a mi hijo". 

La policía de Nueva York no podía decir que Gotti fuera un sospechoso. Coincidían en que tanto él como su esposa tenían un móvil para querer ver muerto a Favara, y si alguien contaba con los medios para ordenar la desaparición de un enemigo, ese era John Gotti. Pero ni siquiera tenían las pruebas para decir que John Favara había sido asesinado. Se encontraban en un punto en el que no podían hacer nada más para encontrarlo. Parecía haberse desvanecido.

Con el tiempo, las investigaciones realizadas a la mafia italiana arrojaron esporádicamente datos sobre la posible ubicación del cuerpo de John Favara. Los infiltrados del FBI oían el nombre cada tanto, cuando algún soldado de la familia decía haber oído sobre el verdadero lugar donde fue enterrado el hombre que se atrevió a matar al hijo de John Gotti. Los rumores probaron ser mucho más que chismes susurrados entre los soldados de la mafia. La información recabada por los infiltrados ayudó a descubrir un cementerio de la mafia oculto en Ozone Park, e incluso sirvió para enjuiciar a Charles Carneglia, el macabro ejecutor de la familia Gambino, que presumía de haber descuartizado a Favara con una sierra eléctrica y de haberlo disuelto en un barril de ácido. 

Pero ninguna pista fue definitiva, y nunca se encontró el cuerpo de John Favara. Victoria DiGiorgio, con la misma rabia con la que aprendió a lidiar con el dolor, fue siempre directa ante cualquier pregunta sobre la búsqueda del hombre que mató a su hijo, y respondía siempre con una frase que dejaba entrever que contaba solo una parte de lo que sabía: "Pueden buscarlo si quieren. Les iría mejor si buscaran los huesos de Jesús". 

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Casa de John Gotti en Howard Beach / Foto: Historica

En 1983, una corte de Nueva York declaró a John Favara como presuntamente muerto.

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