Crónica a vuelo de mosca
Nadie está preparado para afrontar el fin del mundo. Yo no lo estaba aquel distante 2012, la segunda vez que me encontré frente a frente con ese miedo. Es cierto, en aquella ocasión nos basamos en algo más bien ambiguo para decir que el ocaso de la humanidad estaba cerca. Además, habíamos pasado tantos cataclismos falsos antes que este parecía ser uno más, pero esa vez el tema fue tan bien explotado por los creadores de entretenimiento que no había lugar en donde no se encontrara.
Aún recuerdo estar acostado cambiando los canales de la tele antes de ir a mis clases de natación. En los programas de “divulgación científica” repartían sus hipótesis. Cada una más aterradora e irreal que la anterior.
Eso siempre me dejaba amargado, pensando que quizá todo acabaría mientras yo nadaba. ¿Cómo saldría de la piscina entonces? Sería imposible. Es más, imaginaba que la Tierra se partía mientras yo estaba en el agua y me tragaba entero junto con toda la estructura. No habría tiempo para nada, ni para las despedidas. Eso me generaba desconsuelo. Por eso no quería ir y siempre me metía temblando, pensando que algo sucedería al yo estar dentro. Sin embargo, nunca ocurrió nada y la vida siguió. Igual me sentí orgulloso de poder decir que sobreviví al fin del mundo.
Aunque esa sensación se fue bastante rápido. De hecho, hoy me siento avergonzado de haberlo pensado, pues en un medio de comunicación chuquisaqueño me encuentro con la siguiente declaración: “estaba sentada en una silla y como un viento ha venido y me ha hecho mover, he salido ese rato a la calle, he saltado. Estoy temblando”. Esto fue dicho por Sonia, una oriunda de Aiquile. El nombre de esa comunidad recuerda al desastre, por el terremoto de 1998, catalogado como el más terrible para Bolivia en el siglo XX. Si bien esto dicho podría pensarse como alguna data histórica de aquel suceso, lo cierto es que ocurrió recientemente luego de un sismo registrado el 5 de noviembre de ese año. Lo que hace más aterrador el hecho, es que Sonia haya estado temblando. Más que por el susto me parece que fue por la memoria del cuerpo ante el desastre. Porque las células recuerdan más allá de lo que nosotros podemos y las sensaciones simplemente reaparecen ante acontecimientos similares. Esto me dejó con dos preguntas en la cabeza: ¿qué ocurrió entonces?, ¿hay algo que impida que vuelva a pasar?
Aquella vez, a 193 km de la comunidad, en un edificio de la calle Antezana de la ciudad de Cochabamba, Mary Cruz, una residente del lugar, intentaba calmar a su perro Kiko que daba vueltas debajo de la mesa y aullaba, aullaba. Ella no pudo leer el presagio, sino hasta que todo pasó. Como siempre, se fue a la cama luego de cepillarse los dientes pensando en su perro. Ya entre sueños, sintió los movimientos, acompañados del ruido de la vitrina, y las tazas temblorosas. El edificio se tambaleó de un lado a otro, aun así no salió de la cama. No parecía algo tan serio, pero lo aparente es engañoso ante los sentidos. Ella no fue consciente del desastre, como el resto del país, hasta la mañana del día siguiente. Pese a que todos sintieron algo esa noche, lo ignoraron.
Mientras tanto, en Aiquile, Totora y Mizque eran las 00.40 de la madrugada del 22 de mayo. No hay forma de saber con exactitud lo que le sucedió a cada poblador en aquel momento, pues no hay registro del segundo exacto. Solo son los relatos los que pueden dar un pantallazo de lo acontecido. Como el de un señor que aparece en YouTube en una nota realizada dos años después del incidente. Aquel hombre llevaba un sombrero negro junto la marca del tiempo en su cara y su bigote. Su voz era lenta, sus ojos resignados y miraban constantemente hacia la tierra. Como si algo los atrapara ahí. Quizá el recuerdo de la sorpresa del momento. “Esa noche, al primer sacudón, yo estuve en cama y mi señora también. Sintió fuerte. Ella saltó hasta la calle y yo quedé todavía, pensando que iba a pasar ese asunto. Pero a los 3, 4, 5 minutos sacudió una cosa imposible. Tuve que levantarme, salir”, dice aquel hombre.
Los minutos de lucidez de los que gozó esta persona entre sueños, fueron un margen que no todos tuvieron. De haberlos tenido, los daños no pasarían lo material. Sin embargo no fue así. Casos como el que doña Charo, una vecina mía, le contaría a mi abuela años después, demostrarían por qué. Pese al gran movimiento, ella no se despertó por nada. Fue la caída del primer escombro lo que la hizo levantarse sobresaltada, tomar a su hija y salir cual película de acción. Lo malo de la escena, que rozaba lo épico, era que este no era un set de filmación y ella no era la protagonista. Al llegar a la puerta un gran bloque le golpeó la espalda, dejándola con un dolor insoportable para toda la vida. Al salir malherida de su casa, solo pudo ver como se caía todo dejando, nada más, que rastros de escombros agrupados y polvorientos. Los mismos que se podían ver en varias casas en el video ya mencionado. Ese que también recuperó tomas del día después. Se recorrían las calles de tierra repletas de vigas de madera y adobes. La gente movía todo intentando recuperar algo perdido, tratando de encontrar un poco de esperanza en algún sobreviviente. Sin embargo, no corrían como uno imaginaría y se veía muy poco llanto. Todo esto ya habría pasado la noche anterior y solo quedaba el golpe de la resignación en rostros adustos. La tierra se lo había llevado casi todo. Incluida la esperanza de una población que se obligó a renacer los años siguientes. Un proceso que, sin duda, tomaría tiempo.
Han pasado 25 años desde entonces. Lo notamos todo tan alejado como un suceso irrepetible. Claro, para recordarlo tenemos la ficha técnica que los medios dejaron del día después. La noticia a partir de fríos datos es que hubo un terremoto de 6,8 en la escala de Richter. En principio, como señaló el diario español El País, al menos eran 48 los muertos. Posteriormente, los periódicos parecerán acordar implícitamente en señalar que fueron más de un centenar. Las casas dañadas entre los tres municipios afectados fueron 1012. Entre las cuales 385 estaban totalmente destruidas, 312 parcialmente y 315 levemente rasgadas. Sin embargo, y aunque repasemos una y otra vez los números, la magnitud de tal suceso nos parece algo ajeno. Como si nunca hubiese pasado ni pudiese ocurrir algo similar.
Justamente, la noticia del sismo del 5 de noviembre, la que me hizo escribir todo esto, incluye el dato de que en Aiquile ocurren estos sucesos con cierta frecuencia. Deberíamos universalizar esto afirmando que en todas partes pasan cosas así. Estas son impredecibles y su magnitud es un misterio. Aunque las ignoremos en la mayoría de los casos. De modo que, como decía a un inicio, nadie está preparado para el fin del mundo. Este, sin embargo, puede ocurrir si no lo pensamos como un evento de magnitudes globales. Más bien, imagino mundos particulares destruidos en segundos. Hoy alguien puede toparse con la misma noticia, pasarla de largo, recordar números y planear su próxima salida a la discoteca más cercana. La ciudad es artificiosa y nos hace ignorar lo más humano de lo humano, la fragilidad, a través de su imagen de aparente inexpugnabilidad.
Sin embargo, nunca nos podrá librar del todo de la finitud y la implacabilidad de la tierra. Ya si por azar sobrevivimos, quizá solo entonces podremos decir con orgullo que el fin del mundo no nos acabó, pero la amenaza seguirá. Como ocurre con Aiquile, siempre sigue presente como una sombra acechante.

