Todo comenzó con un café
Pasaron otros hombres, no tan amables (gentle) ni tan caballeros (men). Pasaron otras mujeres, no tan jóvenes (young) ni tan señoritas (ladies). Durante nuestra coqueta amistad, una vez le dije que algún día sería presidenta del país y que quisiera que él fuera el primer hombre. ¿Me estás proponiendo que nos casemos? —preguntó—; le respondí que sí, que a eso me refería. Él, incrédulo tanto del matrimonio como de mi sueño, me dijo que sí. Bueno, ya es mi esposo, iré por la otra parte del acuerdo después.
Trabajábamos en el mismo lugar y una tarde, en la cafetería, se me acercó mientras tomaba el café de cortesía que daba la empresa. Hablamos de todo: universidad, periodismo y personas. Hoy ya sé que desde entonces le gusté. En mi caso, tomó un par de citas, besos y mimos.
A pesar de todo, no nos establecimos como pareja, primero —por mucho tiempo— fuimos amantes; entiéndase “amantes” no en el sentido prohibido o superficial de la palabra, sino más bien en sentido literal: nos amábamos. Todo el tiempo que pasábamos juntos, ya sea una vez al mes o cada tres meses, nos amábamos. También reíamos, comíamos juntos, paseábamos y hablábamos. ¿Acaso eso no es también amarse?
Un día me fui del país, y creí que ahí se terminaría, pero no, siguió igual: hablábamos, reíamos…, nos seguíamos amando. Cuando volví, fue como apretar el botón de continuar, todo estaba ahí, intacto.
Conforme pasó el tiempo, mis perspectivas cambiaron. Quería un compañero de planes, alguien que esté a mi lado incondicionalmente. Entonces, le dije que tal vez no era él, y que estaba bien, pero que iría en busca de eso que anhelaba. Fue entonces que me dijo que era él a quien yo buscaba, y se disculpó por no haberlo notado antes. Decidí darme la oportunidad de tener a ese hombre a mi lado y él decidió dejar todas las otras opciones para darse la oportunidad de estar conmigo. Y entonces todo fue perfecto, románticamente adorable.
Una tarde, en medio de un arrebato, se arrodilló y dijo: ¿me dejas ser tu primer caballero?, y acepté. Luego de una bella boda, nos convertimos en estos Young Gentleman y Young Lady que no saben nada de cómo vivir una vida de adultos, pero que están descubriéndolo juntos.
La otra tarde le dije que me antojé un cappuccino. Él se ofreció a prepararlo. Hizo uno especial, con ingredientes secretos y todo. Salió delicioso. Mientras lo tomaba, recordé que todo comenzó con un café.


