Encuentro con el bosque
El viaje se produjo unos días antes de que comenzaran a arder bosques y pastizales en diversos lugares de Bolivia durante más de un mes. La Amazonía, la Chiquitanía y el norte tropical de La Paz, fueron víctimas de voraces incendios que destruyeron más de 3 millones de hectáreas.
La antesala
Trinidad fue el inicio de un viaje prometedor. Tocó hacer hora comiendo unas viandas cambas en las que no faltó el típico plátano verde y un fresco jugo de acerola. De sobremesa, un breve paseo por la ciudad en moto taxi, no con palo, como se hacía hace años para que el pasajero espante a los perros, sino con sombrilla incorporada, un verdadero glamour. Con la brisa tibia en la cara, pero con sombra móvil, mi compañera —una viajera contumaz— y yo recorrimos las principales calles de la capital beniana.
La llegada a Riberalta significó un importante aumento de temperatura. Claro, entrábamos a la Amazonía boliviana por una de sus puertas grandes. El calor no nos dejó ni en el sol ni en la sombra, oscilando entre 37 y a veces 40 grados.
En contraste con la Riberalta que conocí hace treinta años, esta se desveló más moderna, pero sin perder su encanto de ciudad intermedia del Oriente boliviano. Su plaza grande, bien cuidada, rodeada por árboles frondosos, está enmarcada por calles asfaltadas por las que ruedan miles de motos a las que sólo las detiene el paso firme de los azorados peatones. Sí, esa modernidad expresada principalmente por algunos comercios corporativos, contrasta un poco con la falta de semáforos.
A unas cuadras, un encantador mirador al que se accede caminando y desde el que se ve el encuentro del río Beni con el Madre de Dios, un paisaje único iluminado por un sol que comienza a morir rojo brillante a las seis de la tarde.
Rumbo al bosque amazónico
Saliendo de Riberalta, dos tramos cortos de camino de tierra y un cruce del río Beni nos trasladaron al departamento de Pando. Nuestro primer destino: la localidad Gonzalo Moreno, cabecera municipal.
Cruzar el río Beni, con nuestro vehículo subido en un precario pontón empujado por una rústica barcaza a motor, fue una experiencia algo inquietante. A eso se añadió una sensación de pena por saber que ese hermoso río, igual que el Madre de Dios, está cada vez más contaminado de mercurio por las actividades mineras en la región. Lo peor es que gente indígena como los Ese Ejja, los Takana, los Tsimane y los Mosetene son los que más sufren esta contaminación. Comen el pescado que sacan envenenado y, paradójicamente, no tienen ninguna relación con esas acciones extractivas, menos un beneficio.
El paisaje amazónico es de contrastes cromáticos. Resalta el verde intenso de la vegetación tupida y también la tierra colorada que, cuando levantas la mirada, se contraponen al celeste del cielo infinito.
La primera parada fue la casa de don Miguel Cordero que, como la gran mayoría de las viviendas de la comunidad, tiene techo de palma de motacú o de jatata. Bajo ese techo que traía sombra, en un calor cercano a los 40 grados, varias personas nos reunimos en círculo para entablar un diálogo colectivo sobre la importancia del bosque. Luego don Miguel nos llevó a conocer su bosque sembrado hace más de 20 años por él mismo y su familia.
De joven, don Miguel fue peón jornalero, pero un buen día, tras verse beneficiado con una parcela gracias a la titulación de tierras (Ley INRA), decidió tener lo suyo y plantar unas 50 especies de árboles frutales y maderables. Hoy tiene un bosque clasificado como secundario en contraste con los primarios, donde no intervino nadie. Es uno de los diez “bosques educativos” de la región amazónica.
Este hombre de mediana edad encontró siempre los caminos para vivir feliz en el campo. Uno de ellos fue la solidaridad. Hace 40 años descubrió una fuente de agua de manantial que aún provee de agua a diez familias, a través de lo que en el oriente boliviano se llama pauro, una corriente natural de agua que brota de la tierra y que fue reconducida para favorecer a decenas de personas.
Ahora en el bosque, don Miguel disfruta la vida explicando a sus nietas las cualidades de cada especie agroforestal plantada por él. Es el caso de los árboles de Siringa que sembró, que tienen atributos medicinales y artesanales, pero que, además, para los bolivianos significó la pérdida de casi 188 mil km cuadrados con Brasil en la guerra del Acre, por la disputa por la goma y el caucho que se producen con su resina. Mientras hablábamos del tema, don Miguel sacó su cortapluma, le hizo un tajo a uno de los árboles de siringa y, para gran sorpresa nuestra, comenzó a correr esa leche valiosa, cayendo dentro de un recipiente que llaman tichela.
El bosque de don Miguel no solo es suyo. Es también el aula abierta de cientos de niñas, niños y jóvenes que lo visitan con sus maestros de las dos unidades educativas de Puerto Gonzalo Moreno, capital del municipio del mismo nombre.
Luego del tour agroforestal, las señoras de la comunidad, comandadas por doña Nimia Amutari, esposa de don Miguel, nos recibieron con un banquete de variados platos de pescado amazónico, la infaltable yuca y ensaladas. Pacú a la brasa, surubí en tacuara, sudado de paiche, dunucuabi en hoja de japaina y sopa de buchere, un festín gastronómico tropical disfrutado con una deliciosa bebida lechosa de majo, fruto de una palmera amazónica.
El bosque, un aula abierta
El vínculo de los estudiantes con el bosque está promovido por el proyecto piloto “Bosques educativos”, una iniciativa del IPDRS (Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica), que ha reclutado a 2000 estudiantes y decenas de maestros de trece escuelas de cinco municipios de Pando (Bella Flor, Puerto Rico, El Sena, San Lorenzo y Gonzalo Moreno). Los maestros reciben capacitación en contenidos de valor agroforestal que están incluyendo en las materias que enseñan.
La propuesta también ha comprometido a familias de una decena de comunidades rurales, indígenas, campesinas y semiurbanas que siempre han puesto a la escuela como prioridad irrenunciable.
Presenciar una clase en el bosque es una experiencia asombrosa. La actitud de los estudiantes es muy estimulante. Pareciera que la frescura del bosque —que contrasta con el calor dentro de las aulas— liberara sus espíritus y, entonces, se produce un encuentro cómplice con los seres que habitan la selva amazónica. Árboles, plantas, aves, felinos salvajes, insectos e incluso deidades y seres mágicos invocados por quienes conocen los saberes ancestrales y los comparten. De ahí que no fue raro escuchar a varios de las y los jovencitos declamar poesías inspiradas en el bosque. Carmelo, de once años, risueño, relató con picardía y gran solvencia El cumpleaños de la apasanca. Un fragmento decía: “Si hasta el oso hormiguero bailó con la sicurí, mariposas multicolores adornaron bien la selva, se asemejaron a las flores con sus vestidos de gala. Con la orquesta de los grillos esta fiesta concluyó, ya borracho el tucancillo a todingos despidió. Así terminó este buri (festejo), donde todos la gozaron, quedó saltando el conejo y lloró el guajojó. Gracias”.
La clase ha comenzado. El profesor habla sobre las plantas medicinales que los alumnos tienen en casa. Cada uno menciona una y su beneficio para el ser humano. Osmar, de once años, dice que el ahora cotizado asaí, del que se hace jugo, helado y otros derivados, sirve también para “no estar débil”. En otro grupo, Carmelo, de 17 años, habla del patujú, esa bella flor roja y amarilla, símbolo emblemático del oriente boliviano y del país, que también cura la lesmaniasis y, su agüita, los riñones.
Pero no solo profesores de ciencias naturales dan clases en el bosque. Casi todas las disciplinas tienen cabida. El profe de historia, que habla de la siringa y la guerra del Acre contra Brasil. El de literatura que incentiva a los alumnos a escribir y narrar sobre los personajes reales y misteriosos del bosque. El maestro de matemáticas, que explica sobre temas de medición, de estimación, de cálculo de perímetros y áreas geométricas, entre otros. Todos estos docentes están adaptando sus contenidos a esta vivencia y prácticas educativas.
También los directores de las escuelas están ajustando estos conocimientos en la malla curricular educativa regional con el aval de las autoridades departamentales de educación. Y los padres de familia no hacen menos cuando alientan a sus hijos con saberes tradicionales que, paradójicamente, siempre estuvieron a su alcance, pero que ahora se redescubren en espacios donde se juntan las historias de los abuelos con el conocimiento formal. Por ejemplo, se da un encuentro de lo ancestral con lo científico en la identificación de los nombres de los árboles. El árbol de la mara se llama “Swietenia macrophylla”, el mapajo se llama “Ceiba petandra”. Son centenares.
Se advierte entonces el inicio de la construcción de un sistema educativo rural ensamblado, donde los principales engranajes son el bosque y la escuela, bienes preciados y considerados patrimonio mayor de las comunidades.
La filosofía del bosque
La filosofía del cuidado del bosque trae consigo la idea de que este no es un museo en el que no se debe tocar nada. Lorenzo Soliz, investigador y pieza clave de la ejecución del proyecto, afirma que no debe haber “un cuidado intocado, queremos convivir con el bosque, vivir del asaí, del majo, del turismo bien concebido”.
Esta filosofía también conlleva el convencimiento de que se puede vivir bien cerca del bosque, o en el campo. Carmen Beatriz Ruíz, fundadora de la institución, reflexiona sobre la necesidad de asimilar que el área rural es una opción de vida. No solo por la paz y la quietud que allí existe, sino por la maravilla de ver nacer los productos y aprovechar lo que la tierra ofrece. “La vida en las áreas rurales, no es estática, sino que permite a la población, por un lado, una especie de reserva de un lugar donde ir que te acoge y, por otro lado, esto que llamamos las despensas de las ciudades, que incluye la parte de salud, de los medicamentos y, finalmente, porque hay una movilidad permanente entre el campo y la ciudad, de gente que va y viene, porque tiene sus padres, porque tiene sus abuelos, porque todavía mantiene su pequeña parcela”, dice Carmen Beatriz.
La dura realidad
Y mientras unos aprenden a cuidar y a apreciar el bosque, otros lo destruyen de la forma más agresiva: con fuego. A los pocos días estar en la Amazonía, comenzaron a arder bosques muy cerca, en el municipio de Puerto Rico, también en Riberalta y en Guayaramerín, en Santa Cruz (en la Chiquitania) y en el norte del departamento de La Paz (Palos Blancos, Teoponte, Guanay y Mapiri). Estos fuegos descomunales, producto de las quemas descontroladas de agricultores y ganaderos irresponsables, pero también de fuertes vientos y de la sequía que avivaron su voracidad, le valieron a Bolivia el segundo lugar en el mundo como país con más incendios, después de Australia y antes de Brasil, Mozambique y Chad en el mes de octubre.
Luego de varias semanas ardiendo, se quemaron más de tres millones de hectáreas de bosques y pastizales. El Beni fue el más afectado con más de dos millones de hectáreas. Según algunos especialistas, los coautores materiales son los ganaderos benianos y los llamados interculturales o colonos collas en el oriente boliviano, muchos de ellos sembradores de coca. También se habla de los autores indirectos, que son las autoridades nacionales y subnacionales, cómplices, instigadores y encubridores de la crisis climática y ambiental, “(...) el funcionario de bajo rango que cobra coimas en la burocracia cotidiana, los mandos intermedios que lucran con los permisos y las autorizaciones y, como no, las autoridades de alto rango que firman decretos oscuros y leyes ambientales regresivas”, afirma Gonzalo Colque, investigador y exdirector de la Fundación TIERRA.
Finalmente, están quienes sorprendentemente se unieron para profundizar la condición extractivista del país: organizaciones campesinas, interculturales e indígenas oficialistas, y los grandes agropecuarios cruceños. La alianza se materializó en un paquete de medidas conocidas como “leyes incendiarias”. Este paquete de normas viene desde 2013 y siete de estas leyes fueron aprobadas en el gobierno de Evo Morales y Álvaro García Linera. Estas normas están enfocadas en la expansión de la frontera agrícola y han provocado deforestación, en la mayoría de los casos con incendios descontrolados para “habilitar” los suelos para agricultura o ganadería bovina.
“Bosques educativos” es un ensayo que está creciendo con la firme intención de llegar a otros países de Sudamérica comenzando con Brasil y Perú. El proyecto se desarrolla en Bolivia en medio de amenazas tan destructoras como la deforestación por el fuego y la tala indiscriminada e ilegal. Pero, además, hay otros delitos graves como el contrabando de maderas preciosas, el tráfico de tierras, la minería del oro ilegal que contamina los ríos con mercurio y, también, la corrupción. El ingeniero forestal Roly Mamio cuenta que “hay maderas preciosas como el cedro y la mara que se siguen comercializando cuando esto está prohibido porque son especies en extinción. Estas valiosas maderas son trasladadas camufladas con otras especies y salen a merced de las coimas”.
Mucha gente de las comunidades percibe con enojo e impotencia este daño y cree que no deben ser indiferentes. Edgar Amutari, presidente de la comunidad Gonzalo Moreno, está convencido de que además de conservar el bosque, se debe aprovechar responsablemente sus recursos, de modo que así, a partir de una sana y dinámica convivencia con él, se logre su sostenibilidad. Esperanzado comenta: “Sale nuestra madera, nuestra castaña, también otros productos como el palma real y el asaí. Están saliendo de manera indiscriminada, entonces, yo diría que la solución es empoderarnos con estos programas que, a la larga, concientizan a nuestra gente para saber valorar lo que tenemos, para defender el bosque”.
¿Cómo defender al bosque de agresiones tan devastadoras como el fuego o la tala ilegal e incluso legal que ahora, con máquinas automatizadas y robotizadas y con topadoras, van atropellando y desplomando todo lo que se les pone en frente?
Fuimos testigos de una escena que bien puede ser la analogía de esta dura realidad. Mientras esperábamos cruzar el río Beni para volver a Riberalta, una iguana grande, de casi un metro, nos encontró en el camino. Se quedó estática por un buen tiempo, mirándonos de frente, consciente de estar exponiendo su belleza ante nosotros, lo que permitió que se le saque varias fotografías. Súbitamente apareció por detrás del bello animal una vagoneta 4x4 que al estar de subida no parece haberla visto y, cual topadora arrolladora, le aplastó el cuerpo. Un silencio desgarrador invadió el ambiente, el retorno a nuestro hotel fue triste por este episodio.
A pesar de la desolación, quizá Edgar tenga razón. Proyectos como “Bosques educativos” aparecen como el camino para proteger las reservas agroforestales y para aprovechar sus beneficios. Llegar a las conciencias de los más jóvenes, de manera que crezcan apreciando y valorando el bosque, tiene que tener el rédito de contar con seres humanos conscientes y comprometidos con él en el futuro. Sin duda una tarea larga y difícil, dados los constantes atropellos de los que es víctima.
Devolverle al bosque lo que se le ha quitado
¿Cómo devolverle al bosque lo que se le ha quitado? ¿Reforestando? ¡Sí! ¿Impidiendo los desgarros del bosque amazónico con quemas y talas? ¡Sí! La excusa de que son tareas muy complejas no es válida, es cuestión de vida o muerte de esa rica biodiversidad e incluso de nosotros mismos.
¿Qué más hacer? Si no hay árboles, pastizales, animales, insectos, biodiversidad no habrá agua. Lorenzo Soliz hace caer en cuenta de algo muy serio que ya está comenzando a ocurrir, “en la medida que vayamos talando, quemando, vamos a secar acuíferos y lagunas. Y es el bosque el que retiene la humedad y el agua. Donde hay bosque la lluvia cae y se queda eso absorbido por todo el sistema que está debajo del suelo. Donde no hay bosque no hay follaje, es prácticamente agua que resbala”.
La esperanzadora realidad
El retorno a Riberalta fue amargo. La muerte trágica de la iguana siguió invadiendo nuestra mente y estrujando nuestro corazón por mucho tiempo, incluso cuando volvimos al otro día y vimos que ella seguía en el camino, inerte, descartada ante los ojos indolentes del afán de la sobrevivencia.
El último día fue de turismo. Reparó emociones en un lugar paradisíaco: Tumichucua, un complejo balneario natural que, en lengua takana, quiere decir “isla de los motacuces”. Se encuentra a media hora de Riberalta y consta de una laguna, una isla y una variada oferta gastronómica de viandas tropicales, principalmente pescado.
Cruzamos en bote a motor hasta la isla donde nos esperaba un guardián mapajo gigantesco que nos dejó sin aliento. Más de 40 metros de alto y un perímetro de como 10 metros. ¿300, 400, 500 años tendrá ese coloso de la naturaleza? Por su sola presencia y tamaño se intuye que conlleva un complejo habitado por seres de toda índole, dejando perplejos de asombro a sus visitantes.
Dejamos la Amazonía con una sensación de optimismo al ver que existe una apuesta pedagógica seria y real, además de ambiciosa. La formación, los conocimientos y el liderazgo ambiental de estos futuros adultos tienen que ser el sustento sólido que genere nuevas destrezas para valorar y cuidar el bosque amazónico desde diferentes áreas de manera que sus múltiples funciones respondan por las necesidades de seres vivos y el planeta.
Fue un viaje con mochila ligera, compañía grata y vivencias sorprendentes e inolvidables que develaron que un contacto más consciente, afectivo y respetuoso de la gente con los bosques es posible.

