Descifrando los múltiples rostros del amor

El amor es un tema omnipresente en nuestro entorno, tan arraigado que deja de ser meramente una reflexión para transformarse en una idealización. Ante esta perspectiva, Keila Barrientos representa al amor como una búsqueda constante, desvelándose gradualmente a través de reflexiones cotidianas, experiencias oníricas y canciones memorables.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Existió un tiempo en el que no comprendía nada sobre el amor. Claro que creía hacerlo perfectamente, nada más alejado de la realidad. Mi viaje a ese entendimiento comenzó en la infancia, una etapa repleta no solo de curiosidad, sino también de aprendizaje, y continuó hasta mi juventud. Sin embargo, debo aclarar que no tengo una anécdota amorosa clásica que relatar o un relato conmovedor de corazones rotos como iluminación de mi camino. En cambio, esta travesía se nutrió con la observación tranquila de las relaciones e interacciones a mi alrededor; fue una reflexión continua desde las sombras. No solo contemplaba parte del mundo real, sino también lazos que se revelaban en películas, libros variados, incluso en juegos, canciones y otros, que basados o no en experiencias reales, aún terminan siendo relatos idílicos lejanos.

Recuerdo en particular una colección de juegos educativos para PC llamada “Pipo”, eran interactivos y tenían títulos diferentes: Aprende inglés con Pipo, Los animales con Pipo, Imagina y crea con Pipo, entre otros. En algunos de estos, participaban miembros de la familia del personaje principal, que era, por supuesto, Pipo. Todos se mostraban siempre contentos y colaborativos. Incluso en sus fotografías familiares, donde permanecían rígidos como maniquíes sonrientes, se percibía una exhibición de personas contentas gracias a todas las cualidades humanas que transmitían con su simple mirada. También estaba su hogar, donde con solo identificar cada objeto y comprender su función, posición y lugar se interpretaba el estilo de vida que había en aquella estancia virtual. Este panorama ficticio era apacible y risueño a la vez; mostraba una especie de modelo de vida adecuado, el cual, para un niño, se transformaba en una expectativa a satisfacer al verlo como un modelo universal.

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El amor no solo es romántico, también parece ser un sentimiento de conexión profunda que trasciende las especies. /Fotografía: Keila Barrientos.

A este recuerdo inusual le siguen otros diferentes porque aunque no lo notemos, el amor parece estar presente en cada rincón de la existencia. Sin embargo, a veces hace sentir su naturaleza perfeccionista, y dado que somos humanos, nos toca aprender a vivirlo. ¿Por qué menciono esto? Sucede que algunas veces parecen enseñarnos indirectamente que el sentir esa singular emoción se produce de manera natural. Y cómo cuestionar algo que parece ser irrefutable por ser considerado preciado: “todo lo bueno de la vida nace con amor”. 

Abriendo el baúl del pasado, recuerdo un video de una canción infantil: “Bueno debes ser”. Aún tengo en mi memoria su melodía. En el video, se mostraban tres flores coloridas que cantaban sobre ser buenas personas desde la infancia. Una de sus líneas me dejó reflexionando, decía: “Aún en tiempo de cenar, nos debemos comportar y hasta en tiempo de jugar, buenos deben ser”. Esto me hizo pensar que quizás el interés del amor va por ese camino: ser correctos. ¿Por qué? Pues hacer lo correcto siempre será juzgado como bueno y aunque no se intente demostrar amor directamente, este aparece de todos modos de manera implícita. Ahí es donde conocemos el origen del amor: un mar de acciones correctas que llevan a la bondad del espíritu.

Desde este punto de vista, rara vez se intenta pensar que el amor podría ser conocido mucho después de la infancia, la niñez, la adolescencia e incluso la adultez. Esta noción del amor innato –cuestionada raramente– parece no arribar muy lejos de la superstición; algunas personas comprenden finalmente lo que significa amar solo cuando se encuentran en su lecho de muerte. Es como la escena clásica de películas donde el personaje principal, e incluso a veces uno secundario, toma la antes problemática decisión de al fin decir la verdad en un momento de destino incierto. Pienso que pasa algo similar con algunas personas que están a punto de cerrar los ojos para siempre: recuerdan a quienes lastimaron injustamente, con quienes fueron crueles en el pasado, y luego piden perdón. ¿Cuál es el significado de ese perdón?, tal vez las lágrimas por los errores de ayer demuestran un amor naciente en el fin de todo, como el momento mágico en que el sol se pone en el horizonte arrojando una luz dorada y cálida antes de desaparecer.

Todo lo anterior, evidentemente, trata solamente del amor hacia un ser humano, ya que el amor no se limita a percibir afecto hacia alguien. De hecho, tal vez no exista un número claro para fijar los tipos de amor hallados en el mundo gracias a la mente humana. ¿Por qué?, para responder esto, doy espacio a las siguientes historias:

Recuerdo que una vez, en las vacaciones del colegio, mi madre me contó una adorable experiencia de mi abuela:

Era un día cálido cuando mi bisabuela había partido. La tristeza llenaba los rincones de la casa. Mi abuela, su hija, se encontraba sola en el pequeño patio. Sus lágrimas brotaban y el mundo a su alrededor parecía desvanecerse. Fue entonces que el perrito de la familia, un compañero especial, notó la aflicción de mi abuela. Se acercó a ella con pasos suaves y ojos llenos de preocupación. Sollozando bajito se sentó a su lado, mirándola fijamente. Luego, como si comprendiera su pena, soltó unas nítidas lágrimas que se deslizaron desde sus ojos. Mi abuela, con asombro y gratitud, vio aquello como un gesto de consuelo.

El perrito, con un corazón de animal, saltó sobre mi abuela y la abrazó con sus patas delanteras. Sus lamidas suaves y reconfortantes se convirtieron en bálsamo para sus heridas. En ese momento, en medio del dolor por la pérdida de su madre, mi abuela no se sintió sola. Sintió un consuelo único que no encontró en las condolencias de la gente.

Ahora, sumergiéndonos en el mundo onírico, ¿no les ha pasado que en algún momento de sus vidas tuvieron un sueño inolvidable? Pues eso fue lo que vivió Ali, mi amiga, quien era una soñadora excepcional. Ella cuenta que se encontraba en medio de una feria. Había mucha gente y por lo tanto, bullicio, algo ordinario, como en cualquier feria de la ciudad de La Paz.

Extrañamente sus excompañeros de colegio estaban a su alrededor. Ninguno se le acercaba y algunos solamente la miraban. No le dio importancia, pues tenía mucha sed, así que se dispuso a buscar un puesto de licuados con la mirada. Lo encontró y, estando ya allí, pidió su bebida. Luego, se sentó en el banco que estaba al frente del puesto a disfrutar del licuado de mango. 

De repente, escuchó una voz llamándola desde atrás. Volteó y vio que una joven desconocida se dirigía hacia ella desde lejos. Mientras eso sucedía, se preguntaba quién era aquella persona porque nunca la había visto ni en su vida, ni en sus sueños. Al estar ya cerca, le saludó con cierta desconfianza y le preguntó si se conocían. La misteriosa joven le respondió afirmativamente, diciendo que fueron amigas hace tiempo y se conocieron años atrás. Ali, sorprendida, dejó su licuado en la mesa del puesto, no podía creer lo que le decía, pues eso significaba que había borrado de su memoria su amistad con aquella muchacha. 

Luego de pensar en silencio por unos minutos mirando el cielo y la tierra, se disculpó por haber perdido los recuerdos y le preguntó cómo se habían conocido, pero la joven parecía no querer decirle. Riendo un poco, le insinuaba que ella debía recordar por sí misma. Y después de unos intentos más de saber la historia, solo le respondió sonriendo que le contaría después. 

Repentinamente, le jaló del brazo diciéndole que vaya con ella y ambas se dirigieron hacia un camino largo de tierra casi vacío que estaba cerca de la feria. En ese instante, todo a su alrededor parecía ponerse en cámara lenta; todo el bullicio y ruido de la feria iba desapareciendo poco a poco. Ella solo se dejaba guiar por la mano de su recién descubierta amiga. No le salían palabras para describir lo que sentía en ese momento; estaba confusa y, durante toda la caminata, se notaba en su rostro una sorpresa sin igual por la confianza que la joven tenía con ella. Esto significaba que fueron muy buenas amigas en algún momento, pero le extrañaba el hecho de que no haya ni un solo indicio de que la conocía. Su recién o antigua amiga, de vez en cuando, la miraba sonriendo, de la misma forma en que lo había hecho al llamarla por su nombre. 

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Un sueño o una visión también pueden llegar a generar sentimientos profundos. / Imagen: Keila Barrientos.

En el momento en el que estaban a punto de llegar al final de esa calle, le quiso preguntar cuál era su nombre, tal vez así la recordaría, pero su acompañante le decía que se lo diría después. Luego de una última mirada a esta persona con un semblante risueño, Ali despertó. No fue un sueño normal; lo sabía desde que había abierto los ojos. Sintió que debía completar su sueño de alguna manera, pues no había obtenido el nombre de su amiga. Esto sucedió hace un año atrás, y ella aún tiene esperanzas de encontrarla, ya sea en el mundo de los sueños o en la vida real...

Ambas experiencias, reflejan la diversidad del amor, ya que se manifiesta en una amplia gama de formas: uno puede amar a su mascota, a su jardín, a su trabajo, al conocimiento, a una historia, a un recuerdo, a un ser sobrenatural, a algo que exista solo en su imaginación...

A lo que quiero llegar es a ilustrar un mundo diverso en torno a este tema; algunas personas no aman a otras y otras tratan de amar a todo el mundo. En otros términos, se ama diferente por distintas razones; aunque nadie puede medir el sentimiento, ni apreciarlo viendo dentro de otro, muchos lo valoran, pero para algunos solo significará parte de un estado mental necesario. De hecho, en algún momento, explorando Internet, descubrí una realidad distinta: la de las personas incapaces de amar. Leyendo sobre el tema, vi que estas personas, llamadas psicópatas, se caracterizaban principalmente por nunca sentir empatía por los demás. Ese aspecto del ser humano me hizo cuestionarme si el sentimiento del amor nos pertenece a nosotros o a nuestro cerebro, o si nosotros en realidad somos ese cerebro y lo demás es simplemente un complemento necesario.

Entonces, seguí con las preguntas y la búsqueda de respuestas día tras día hasta que, en un paseo familiar, escuché a alguien hablar de la Biblia. Nos encontrábamos en un minibús rumbo al bosquecillo de Pura Pura, y esta persona le insistía a su acompañante en que las personas debían perdonar a sus enemigos e incluso amarlos; que no importaba la tristeza y el enojo en la tierra causado por los enemigos porque la venganza era de Dios y no de ellos. Esas últimas palabras hicieron que al final del día buscara ese escrito en el libro sagrado y al encontrarlo solo me dije a mi misma: “Lo encontré. Decía la verdad”. Ese día me di cuenta de que algunas personas estaban dispuestas a amar a todos sin importar nada. Desde mi perspectiva, considero que es una carga demasiado pesada.

Así fue como más respuestas aguardaban a ser reveladas. Por lo que solo cuando llegaron las muchas interrogantes y la curiosidad sobre este tema, fue cuando comencé a comprender lo que significaba el amor, pero esto no terminó allí porque continuaba cuestionándome. Aparte de lo ya mencionado, me pregunté si aquellos que no tuvieron una fuente de amor en la infancia, sentían con franqueza algo por esas personas que por diferentes circunstancias no conocían. Un día, me pregunté: “¿Cómo algunos pueden amar a individuos dañinos?”. Después de haber formulado mi interrogación al aire solo para expresar mi protesta, saqué mis propias conclusiones: según yo, no lo hacían, solo fingían por instinto para sobrevivir. 

En otra ocasión, vinieron a mi mente humanos que llegaron a amar seres inanimados e inertes, humanos que dejaron de amar y humanos que prefirieron amarse a sí mismos. Además, reflexioné sobre aquellos que no experimentaron sentir amor por razones varias, lo más penoso fue sospechar que fueron otras personas las que no les dejaron amar, ni ser amados. Aquí es donde entra una de esas “canciones del ayer”, “Soy rebelde” cantada por Jeanette y escrita por Manuel Alejandro. Al escuchar por primera vez esa canción y prestar atención a su letra, uno empieza a deducir que de seguro no es la primera ni única canción con un mensaje que no apunta al romanticismo. Es entonces que comencé a buscar canciones con otras perspectivas de la vida y otros intereses aparte de los vínculos tradicionales amorosos.

Específicamente, recuerdo unas líneas de la canción de Jeanette que se quedaron resonando en mi memoria por mucho tiempo: “Y soñar. Y vivir. Y olvidar el rencor. Y cantar. Y reír. Y sentir solo amor”. Estas frases expresaban que había una persona que sentía mucho rencor hacia los demás y que eso bloqueaba de algún modo su capacidad de amar. Esto nos lleva a una reflexión que sería evidente de no ser porque muchas veces no se la toma en cuenta de manera consciente: estando en la tierra, podemos inferir que la gente a nuestro alrededor es la responsable de la mayor parte de nuestras muestras de emociones positivas y negativas. Y considerando la variedad de personas que hay en cada parte del mundo, es de suponerse que sobre las vidas de unos influyen otras, entonces, quizás personas sin la noción del llamado amor fraternal, son quienes quitan a ciertos individuos las ganas de sentarse a apreciar las cualidades humanas.

A pesar de toda la búsqueda, sentía que faltaba algo, y era cierto. A la distancia, unos fragmentos de la realidad se vislumbraron ante mis ojos, demostrando amor sincero. Solo hace falta observar los momentos en los que las personas se sienten tranquilas, sin ganas de perturbar esa paz momentánea. Estos fragmentos le echaban luz a momentos tan simples como cantarle a un infante, sonreír por el regreso de la familia a casa, preparar una sorpresa para el que se emociona con los regalos, dar consejos a quienes lo necesitan, ayudar por amabilidad. Menciono estos ejemplos porque los he presenciado e interpretado como gestos destinados a expresar cariño.  Personalmente –recordando el pasado otra vez–, lo que era más curioso para mí, era sorprender a mi abuela hablándole a sus gallinas y conejos. Creía que solo los niños hacían eso, que solo yo tenía esa manía extraña, pero me equivoqué. Me pareció que ella y otros adultos se sentían también refugiados al hablar con esos seres, a menudo percibidos como carentes de razonamiento, quizás incluso con una mayor disposición a la de un amigo.

Todo ese recorrido de experiencias, para mí, muestra que en los matices del amor, presentes en diversas formas, hay esperanza. Y aunque reconocemos el encanto del amor humano, también debemos aceptar sus limitaciones, porque lastimosamente un amor real, en su pureza y perfección, se presenta como un ideal inalcanzable imposible de ser expresado por nosotros, en tanto somos seres humanos. Además, eso, para este mundo y esta vida, es pedir demasiado. Entonces, en este mundo solo se llega a un amor humano; un amor imperfecto creado por personas imperfectas.

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Este texto forma parte del especial La Corin Tellado que hay en mí