Vidas de un día

Es tan común que alguien te diga que “hace toda una vida” que no te ve. Pero, ¿cuánto tiempo es toda una vida? A Farah Rahib esta pregunta la lleva a escribir este hermoso texto, donde explora medidas, ecuaciones y memorias desde lo racional y lo subjetivo.
Editado por : Adrián Nieve

¿Cuánto tiempo debe transcurrir para que una vida se considere vida?

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“Toda una vida” / Imagen: Sergio Rahib

Antes de entrar en ambivalencias cronológicas y/o físicas de la relatividad en torno al tiempo, se antepone esta duda en la que, más que un qué, tal vez la interrogante sea, ¿quién determina que una vida sea una vida según su tiempo de duración?

Hace unos días, en medio de una conversación trivial, se vio mencionado el tiempo que un gato, mi gato, había vivido conmigo antes de morir, remarcando los quince años de su existencia como lapso temporal suficiente para soltar el comentario final de “toda una vida”. Sin saber si se refería a la mía o a la del felino, esas tres palabras quedaron resonando en mi cabeza, como lo que se dice en una cueva donde el eco se replica en una cadena de mi propia voz. 

"Toda una vida".

Después de autolesionarme levemente con pensamientos melancólicos en relación a la ausencia que mi gato dejó, la frase continuó tintineando, insistente, llevando a mi mente a escarbar entre ese cúmulo de recuerdos que mi instinto básico de acumuladora almacena bajo la premisa de “ese dato random poco útil que tal vez me sirva en un futuro”. Y allí, guardado —junto a la canción Mis ojos lloran por ti y el comercial “lo que la gotita pega, nada, nada lo despega” —, estaba aquello que buscaba, adjuntado a otras reseñas y enunciados, dentro una caja con la inscripción de “por si acaso”.

Había encontrado la frase referida en un puñado de recuerdos aleatorios, sin orden preciso ni necesario, repitiéndose en diferentes años y situaciones: conversaciones que encapsulan la ecuación tiempo-relación-vida, imágenes borrosas y diálogos pintados con negrilla, como esa de alguien diciendo: “mi hijo lleva cinco años de casado”, y otro alguien respondiendo: “eso no es nada; mi hija está casada veinte años, toda una vida”. Voces ya sin rostro que aún hacen eco en alguna parte de mi cabeza: “llevo cuarenta años en este puesto de trabajo; toda una vida sin hacer otra cosa”; voces conocidas o familiarmente desconocidas uniendo adjetivos y pronombres para formar un clásico: “aún no sabes lo que es vivir; te falta una vida de mucho, de esto, de aquello y de todo para llamarla vida”. Así que, en una conclusión prematura y superficial, podría entender que una vida es tal mientras más tiempo contable exista en su haber; lo demás, según ojos de quien lo mire, serían medias vidas. 

Ahora bien, si se me ocurre crear una leve comparación entre los hoyos y la vida, no porque la segunda vaya a terminar dentro el primero en algún momento, sino bajo la lógica que no existen medios hoyos; un hoyo es y siempre será un hoyo sin importar su profundidad, por más mínima que esta sea. Entonces una vida que no sabe medirse en gramos, experiencias, metros o días, será una vida, aunque la misma sea contada por los pequeños dedos de mi hija menor.

En medio de esa búsqueda de conceptos y datos relacionados a la vida como existencia, caí en la tentación de divagar entre las ramas del tema principal, lo que me llevó a teclear en el “todolosabeysinoseloinventa” Google extrayendo los datos mencionados a continuación: una libélula ronda los dos meses de vida concluyendo su estado larval; las abejas obreras tienen una media de vida de cuarenta y cinco días; las hormigas macho viven un aproximado de tres semanas y nacen específicamente para reproducirse con la reina, una vez cumplido el cometido, ya pueden morir. Y la vida con el menor tiempo de duración pertenece al efemeróptero, un insecto de la familia de las libélulas, el cual es más conocido como efímera, nombre dado por la duración de su vida adulta, ya que la palabra deriva del griego ephemeros (que vive un día), cuya existencia puede ser incluso de menos tiempo, como la especie Dolania americana que muere a los cinco minutos de mudar de piel; lo que lleva a este peculiar insecto a nacer, reproducirse y morir incluso en pleno vuelo. Esta información, más allá de remarcar la copulación como eje central de existencia en el mundo de los insectos, refuerza el contenido del párrafo anterior, en el que una vida es tal sin importar el tiempo transcurrido dentro la misma.

Sin embargo, referirse a la temporalidad existencial de otras especies, si bien aporta cierto contenido al objetivo de esta nota, no lo avala en su totalidad, ya que la existencia vivida es ínfimamente comparable entre una vida humana a la del resto de las especies del planeta tierra, por el sentido de raciocinio implicado de dicha especie en la que nos ubicamos. Es, en este punto, que me permito volver a esa interrogante inicial, ¿qué hace que una vida se considere como vida en su totalidad?

Para algunas personas, la respuesta se cobija bajo un latido: el que pertenece a esas pequeñas, minúsculamente inmensas, vidas que llegan a palpitar un frágil corazón para luego apagarse a los pocos minutos entre las manos de quienes anticiparon su llegada en un mar de emociones, convertido de repente y sin previo aviso en un huracán al comprender que debían despedirse mucho antes de lo deseado. Son estas vidas de un día, las vidas esperadas y ausentes con demasiada prontitud, las que posiblemente hacen que para que una vida sea una vida, baste un latido, si acaso menos.

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