(Des)amor en seis cuerdas

Las historias de amor están, muchas veces, marcadas también por los desamores que las acompañan. Porque así se van construyendo las historias de vida, por encuentros y desencuentros, por intermitencias y permanencias. Precisamente, a través de la presencia intermitente de un muy particular compañero, Natalia Rocha va narrando episodios que marcaron fuertemente el transcurso de su vida.
Editado por : Lourdes Reynaga

En la redonda
encrucijada,
seis doncellas
bailan.
Tres de carne
y tres de plata.
Los sueños de ayer las buscan,
pero las tiene abrazadas
un Polifemo de oro.

Federico García Lorca,
Adivinanza de la guitarra

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Cortesía Natalia Rocha.

Como suele ocurrir en las grandes historias de amor, nos conocimos cuando éramos niños. Yo era muy pequeña en aquel entonces, tenía quizás alrededor de dos años. Nunca pude olvidar la vez que mi padre lo trajo a la sala: moreno, robusto, imponente, cálido, misterioso. Jamás en la vida había sentido tanto magnetismo y nunca volvería a sentirlo. Mi papá se sentó al frente mío y el espectáculo comenzó. Cada vez que mi padre movía la mano derecha, aquellos seis cabellos hirsutos se ondulaban armoniosamente. De su profunda boca salían sonidos entrelazados, los cuales cambiaban de tanto en tanto a medida que mi viejo los acompañaba con canto. Quedé asombrada por esas armonías celestiales producidas por ese dúo tan hábil. Sobre todo, quedé prendada por ese magnífico ser de seis cuerdas. El canto de la madera era tan sublime que simplemente me enamoró.

Después de ese primer encuentro, un par de veces intenté domar a la bestia de seis cuerdas, que en ese entonces era más grande que yo. Al menor descuido, aprovechaba la oportunidad para tomar el cielo por asalto. Por más que lo intentase, mis pequeñas manos apenas le rozaban los cabellos. Con mi infantil torpeza, era casi imposible lograr la monumental construcción de sonidos que mi padre había realizado. Aunque todavía no entendía ni un rábano de acordes y notas musicales, estaba segura de que necesitaba aprender a hacer lo mismo que hacía mi viejo. Notando mi fascinación por el asunto, mis padres decidieron comprarme una pequeña bestia que sí pudiese domar, o al menos intentarlo. En rigor, esa fue mi primera guitarrita, “Mi pequeño amor” (como la canción de Juan Quintero).

Desde que tuve a mi primera guitarrita poco a poco fui descubriendo el maravilloso mundo de la música: zampoñas, bombitos, quenas... Percibiendo mi amor por la música, mi abuelo Ñoño me enseñó a cantar el himno nacional y me convidó de sus apreciados tangos. También mi abuelita Nati –de quien heredé el nombre, pero no las habilidades culinarias– me enseñó a bailar morenada, además de cantarme algunas dulces melodías que espero nunca olvidar. La música y la guitarra me estaban envolviendo en un baile extrañamente grato.

A veces la distancia y la volatilidad de los recuerdos de la infancia hacen que olvidemos a nuestros amores, al menos por un tiempo. Mi vida entera cambió el día en el que tuve que acudir a ese lúgubre lugar llamado “colegio”. Presa de las odiosas tareas de caligrafía y las agotadoras jornadas de estudio (o a veces chacota), durante mi niñez me olvidé por completo de la música y la guitarra. En reiteradas oportunidades me refugié del tedio cotidiano en otras querencias como el ajedrez, la lectura o la astronomía. Empero, con cierto airecito kantiano de por medio, parece que todo lo que está destinado a ser en algún momento llega a serlo.

Durante unas vacaciones escolares invernales, como lo hacíamos todos los años, fuimos durante unas semanas al pueblo de mi padre. En los exóticos confines de los Yungas era difícil aburrirse con tantas mandarinas, café y saya. Al explorar la casa de mi abuela paterna, en una esquina del depósito me encontré con un objeto bastante familiar. Aunque estuviese cubierto de un estuche blanco, su silueta era inconfundible. En algún momento de mi niñez la guitarra había desaparecido de la casa e ido a parar allí. Como si hubiese (re)descubierto la pólvora, saqué al ser de seis cuerdas de su estuche y le pedí a mi padre que hiciese música, tal y como en los viejos tiempos. Fascinada por el brillante trabajo en equipo entre cuerdas y voz, volví a intentar domar a la bestia. Con paciencia, mi padre comenzó a enseñarme un par de acordes para la mano izquierda, así como me instruía en el fino arte del rasgueo con la mano derecha. Después de tres días y con mucho dolor en los dedos, había logrado ‘sacar’ mi primera pieza, una cueca bastante coquetona. Nuestra historia se estaba reanudando.

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“Mi pequeño amor”. / Cortesía Natalia Rocha.

Sin pensarlo dos veces, saqué a la guitarra de su exilio y la traje a La Paz. Los siguientes meses fueron sublimes, llenos de descubrimientos sonoros y motrices. Era grato pasar las tardes explorando los recodos de ese maravilloso ser de madera, conociéndolo cada vez más. A medida que aprendía más de él, también llegaba a conocerme mejor. El proceso de mutuo conocimiento entre nosotros fue muy intuitivo y muy propio a su manera, pero sentía que necesitaba alguna guía para encontrar los matices más profundos de ese ser de seis cuerdas. Al iniciar mi adolescencia, mi madre, siempre con su buen tino, realizó las gestiones necesarias para que pudiese entrar a estudiar música al Conservatorio. Por un breve momento me sedujo la idea de escoger al violonchelo como instrumento, empero, escogí a la guitarra. 

El primer año de estudio fue algo tedioso e insípido. Tenía unas ganas inmensas de comerme al mundo, las cuales no siempre eran correspondidas por el entorno. Algo desilusionada, una tarde que salía de clases vi en el panel de anuncios del Conservatorio el afiche de un concierto de guitarra que lo iba a dar un dúo argentino justo esa misma noche. Mi corazón dio un vuelco, algo me llamaba a asistir. Esa noche fui a escuchar al dúo Bocaccio-Gallino.

Intenso, atrapante, encantador. Aquellas sonoridades en perfecta dialéctica me cautivaron. Al escuchar al dúo me percaté de los infinitos matices del sentir que se lograban al volverse uno con la guitarra, más aún cuando dos personas que habían alcanzado el nirvana se asociaban para hacer música juntas. Esa noche juré amar a la guitarra para siempre y asumir todas las consecuencias de esa decisión. Insuflada de pasión, volví a casa directo a practicar con mi instrumento. Desde ese día todas las jornadas le dedicaba bastantes horas a conocer a mi instrumento y perfeccionarme en las artes guitarrísticas, esperando el arribo de mejores días en el Conservatorio. Sin que transcurriese mucho tiempo, encontré en el Conser a bastantes profesores y compañeros que también rebalsaban de pasión por ese mundo en seis cuerdas. También, la guitarra comenzó a invadirme en la vida cotidiana. El colegio era insípido y aburrido, así que nunca desperdiciaba las oportunidades para pasar un rato con mi amado. Mi vida estaba envuelta en seis cuerdas: mi guitarra y yo; yo y mi guitarra. Junto a mi amante de seis cuerdas bailaba sobre una nube, suspendidos en “La maja de Goya”, de Enrique Granados.

De entre tantas personas increíbles que se cruzaron por mi camino en esos años, conocí a un guitarrista bastante peculiar. La primera vez que lo vi fue una noche en los pasillos del Conser. Como una estatua, él se encontraba sentado con guitarra en mano. Quieto, concentrado, con los ojos cerrados. Una ráfaga de electricidad me recorrió tan solo por observarlo. Anticipando lo que iba a ocurrir, me agazapé en una pared, al acecho. Sus manos se posaban firmemente sobre las cuerdas, listas para tirar del gatillo en cualquier momento. Después de un certero respiro, la batalla comenzó. Armonías seductoras comenzaban a tejerse en el aire. Sus dedos y las cuerdas se fundían en un exótico e intrincado baile que solamente ellos conocían. Sobre el lienzo vacío del silencio, el talentoso artista era capaz de crear paisajes sonoros de otro mundo. Ese rostro desbordado de sentimiento era el pincel que retocaba la música. La totalidad de su cuerpo y su ser estaban envueltos en un remolino que amenazaba con devorar todo a su paso. Mientras lo escuchaba, sentía como si estuviese atrapada en un ascensor en caída libre. Antes de que el ascensor se estrellase contra el piso, hui del lugar bastante agitada. Algo distinto había comenzado a arder dentro de mí.

Quizás lo que me cautivó de su persona fue la pasión desenfrenada que sentía por el instrumento. Esas chispas en los ojos eran parecidas a las mías. Su buen humor y el arte tan sublime que era capaz de realizar junto a su guitarra me encandilaron. Él había recorrido un poco más de sendero, no fue egoísta al enseñarme algunos trucos del oficio. A medida que lo iba conociendo también iba conociendo a mi guitarra. Gracias a sus chispazos intensos fue también que mi fuego comenzó a crecer, a desbordarse, a devorarme. En algún momento, nuestros fuegos se encontraron; decidimos andar por un sendero compartido. La vida comenzaba a consumirse al son de “La danza del molinero”, de Manuel de Falla.

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“Esposo sonriendo” / Cortesía Natalia Rocha.

Estaba en una vorágine: loca por mi amante de carne y hueso, loca por mi amante de seis cuerdas. Como una fiera, me abalanzaba sobre todas las piezas habidas y por haber. Era un caballo salvaje galopando hacia el abismo. Me consagré completamente al arte y al amor. El clímax de la sinfonía llegó cuando me propuse tocar por mi propia cuenta una pieza llamada “Luceros” de Juan Gallino (creo que no fue una casualidad de la vida haber escuchado al dúo argentino aquella noche). Con la esperanza de poder regalarle ese trozo de música a mi madre en nochebuena, me encerré día y noche a practicar. Amaba tanto a esa pieza que cada compás dominado me producía una alegría inconmensurable. En ese resquicio musical, mi amado y yo habíamos encontrado la sinergia perfecta entre técnica y sentimiento, entre pasión y ternura, entre carne y madera. Sentí tanta dicha cuando al fin pude hacer cantar a mi guitarra, más aún al percatarme que la voz de mi guitarra era mi voz. Ignotas facetas mías iban emergiendo: a ratos coquetas, a ratos osadas, a ratos sublimes. Todo lo que nunca podría ser era posible si tenía mi guitarra entre manos.  Junto a mi amado de seis cuerdas bailábamos en nuestro mundo secreto, pero no era suficiente. Compartir, eso era lo que quería. A partir de ese día quería que todo el mundo sintiera ese fuego, que se contagie de él y que se dejase abrigar por las brasas. Cada vez que daba un concierto me preocupaba menos por la técnica y me esforzaba en compartir con el prójimo la ráfaga de sentimientos que lográbamos tejer con mi guitarra.

Cuando conversaba con amigos que no eran músicos era difícil explicar la naturaleza de mi amor por la guitarra debido a su aparente incoherencia: abstracto y concreto al mismo tiempo. Es verdad, yo amaba a la guitarra y podía tocar mis piezas en cualquier objeto con seis cuerdas, pero también amaba a mi guitarra, a la que era mía de mí. Aunque cada guitarra se construye bajo un modelo más o menos universal, no hay dos instrumentos iguales en todo el mundo. A pesar de ‘saber’ tocar guitarra, era muy distinto el proceso de ‘conocer’ a tu guitarra. Puede ser sobrecogedor que las guitarras se asemejen tanto a los seres humanos: todas con un carácter particular, con potencialidades y limitaciones. Había tenido muchas guitarras a lo largo de mi vida, pero nunca les había puesto nombres de personas. Además de mi guitarrita y de la guitarra de mi viejo, en mis años de estudio compré y gané en concursos muchos especímenes. Cada uno de ellos tenía una ‘chapa’ diferente: ‘choco’, ‘rubio’, ‘guapo’... A la última guitarra que compré, coincidentemente al mismo tiempo que compartía camino con mi amante de carne y hueso, decidí llamarla ‘esposo’. Debo admitir que estuve tentada a colocarle su nombre a mi guitarra, pero presentía que hacerlo era un sacrilegio. En ese momento, mi ‘esposo’ se convirtió en el compañero infaltable e infalible de mi vida. Nunca había congeniado tan bien con otra guitarra, éramos el uno para el otro. También le escogí el nombre de ‘esposo’ porque iba a ser el único ‘hombre’ que cargaría sobre mis espaldas durante mi vida. Con esa convicción, mi esposo y yo continuamos danzando ígneamente.

El fuego que es demasiado intenso corre el riesgo de consumirse muy pronto. En una tarde lluviosa en la que acompañaba a mi amante de carne y hueso, el mundo se congeló. Como diría Matilde Casazola, “Se apagó el amor como un fueguito, como un fueguito muerto de frío”. La pasión por el mundo en seis cuerdas no era suficiente como para mantenernos juntos. Esa misma noche en mi cuarto, con la luz apagada y con guitarra en mano, solamente fui capaz de llorar. El suceso me había afectado tanto que durante muchos días no pude hacer nada, ni siquiera tocar guitarra. Al volver a acercarme a las seis cuerdas me percaté con horror de que mi esposo me consolaba, pero al mismo tiempo me recordaba a él. De alguna forma, tanto mi esposo como mi querido de carne y hueso se habían vuelto ‘mejores amigos’, indisociables uno del otro. Había dejado que el Caballo de Troya entrase en mi castillo. Había dejado que los fuegos se confundieran.

Pedazo a pedazo intenté sacarlo de mí, me esforcé por separarlos. Seguí danzando con mi ‘esposo’ durante muchos años más, pero la chispa no era la misma. Con nuestros altibajos, intentamos sortear los obstáculos, las incertidumbres y las ausencias. “Nuestro juramento de amor” (a lo Julio Jaramillo) era difícil de sostener y, lo peor, ya no estaba segura de querer hacerlo. Para rematar el asunto, en las penúltimas vacaciones escolares que tuve me lesioné los tendones y no pude tocar guitarra por bastante tiempo. A pesar de recuperarme lentamente, sentí que yo no era la misma y que el fuego que alguna vez ardió también se estaba apagando. Poco a poco mis ojos comenzaron a deslumbrarse por otras pasiones: el tarot, la poesía, la composición... Sin alejarme de la música, intenté explorar otros lares y al mismo tiempo no soltar a mi amado. Ya cursando la promoción, estaba segura de que mi amor por la guitarra no era tan intenso como antes, y que posiblemente iba a ser difícil sostenerme en él para dedicarme a la música por el resto de mi vida. En esos últimos meses había descubierto una pasión abrasadora: la sociología. Cada vez más embriagada por su encanto, no dudé en apuntarme a los exámenes de admisión en la universidad. Aunque estaba rebalsando de felicidad por mi nuevo amor, intenté aferrarme con todas mis fuerzas al Conservatorio y la guitarra. Durante mi primer año de universidad procuré sostener ambas carreras paralelamente, sin embargo, los espantosos choques de horarios y el cansancio de mi cuerpo me derrotaron. Consciente de que el camino se bifurcaba, sin dudarlo me abalancé hacia los brazos de mi nuevo amor.

Quise cortar completamente mi relación con la guitarra, quise rehacer mi vida y rehacerme, pero fue imposible. En un momento de rencor tiré al basurero todas las cuerdas viejas que había guardado como prueba del camino andado. Empero, parte de mi identidad estaba amarrada a esas seis cuerdas. Mi antiguo amor se convirtió en mi mejor amigo dentro de la Carrera de Sociología. Juntos hacíamos música en los pasillos de la universidad, siempre atrayendo miradas. Incluso mi esposo fue de ayuda en las conquistas hacia los especímenes de carne y hueso. A los ojos de los demás, nosotros seguíamos siendo un solo ser, seguíamos irradiando fuego. En un arranque de nostalgia, escogí como tema de investigación de un trabajo universitario a los guitarristas y su oficio de hacedores de música. El volver a acercarse a ese mundo me sedujo tanto que volví a tocar guitarra como en los viejos-buenos tiempos y me animé a concursar de nuevo. Ese fue mi último concurso, pero también fue un gesto de renuencia a soltar el pasado. De hecho, por practicar para el concurso casi repruebo la materia anual para la cual estaba realizando el trabajo. No me arrepiento de nada porque junto a mi amado logramos ganar el primer lugar, además de grabar el único registro sonoro-visual que existe de nuestro amor compartido. 

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“En un momento de rencor tiré al basurero todas las cuerdas viejas que había guardado como prueba del camino andado.” / Cortesía Natalia Rocha.

Al pensar en el amor creemos que este se reduce a una dicotomía:  eterno o efímero, completo o ausente, doble o nada. Creo, más bien, que el arte en el amor y la música lo hallamos en los diferentes matices que puede asumir, en los diversos colores con los que pintamos aquello que amamos. El amor no siempre es una constante matemática. Al contrario, como si de una llama se tratase, oscila y muta a lo largo del tiempo. Incluso cuando se hace cenizas es capaz de renacer. Al igual que las sinfonías, creo que el amor es un hecho que se despliega a lo largo del tiempo, lleno de pianos y fortes. Para que la música pueda existir es necesario que exista el silencio, sino ¿Acaso la música no se transmuta, no se reinventa?

Cuando había comenzado a salir con mi querido guitarrista, en una tarde de ocio dejé que me leyera las líneas de la mano. No me sorprendieron los vaticinios en torno a mi buena fortuna académica y financiera. Como buen artista, el músico se había guardado el clímax de la lectura para el final: mi suerte en el amor. Mientras sostenía mi mano, sus ojos caminaban atentamente por los recodos de mi destino. Después de un largo silencio, esbozó una sonrisa temblorosa en el rostro y dijo: “Tienes una línea del amor sinuosa, fragmentada ¿Ves? Tu línea se divide en dos partes, como una cadena. Hay un amor que te entrelaza, te atraviesa y te perfora. Se juntan y se separan. Ya lo has conocido; a veces más cerca o a veces más lejos, este amor te va a acompañar el resto de tu vida”. Sobrecogida por sus palabras, no pude hacer nada más que mirarlo. En ese momento estaba segura de que mi querido guitarrista era ese fantasma con quién iba a jugar al pesca-pesca para siempre.

Ya han pasado demasiados años, querencias y desilusiones desde aquella profecía. Convencida de que mi camino era otro, procuré reconstruir mi vida lejos de esas sonoridades. En una triste noche pandémica, cuando comenzó a pesarme su ausencia, recordé el encantamiento/maldición que había puesto sobre mí desde el instante en que develó mi destino. Al repasar minuciosamente las palabras del otrora hechizo, me percaté de que el guitarrista había mencionado a ese mentado ‘amor’, pero que no había especificado que ese amor fuese una persona de carne y hueso. De pronto todo se tornó diáfano: mi amado no estaba lejos en algún confín de la ciudad, mi amado estaba aquí, acompañándome en mi cuarto. Como lo hacía todas las noches, mi preciado esposo me sonreía con sus seis cuerdas resplandecientes, tentando a mis dedos. A pesar de haberlo engañado con una carrera universitaria, él seguía ahí, deseándome. Aunque me costaba reconocerlo, yo también lo deseaba. Sin perder más tiempo, desterramos el silencio que nos separaba y nos fundimos una vez más en ese baile que solo nosotros conocemos. Está escrito en mis manos perseguir los ecos de este (des)amor en seis cuerdas por la eternidad.

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Este texto forma parte del especial La Corin Tellado que hay en mí