¡Qué cojuda, la IA!
Una vez mi madre me dijo: “Esta música debe ser ideal para escribir. ¿No?”. “¡Ni idea!”, le contesté. “Yo escribo en silencio”.
Desde pelau me atrajo la sonoridad de las palabras que no se pronuncian, las que escribía en papel o en computadora para que suenen en mi mente, con el silencio de fondo. Usaba la imaginación; y el sonido imaginario formaba, en la tranquilidad de mi cabeza, un contraste que me estimulaba. Así se dio la cosa durante más de treinta años, hasta que una noche me pareció raro esto de que los cucos machos seguían tan locos como en el calor tundeante del almuerzo y tuve que decirle a mi hijo, que estaba echado en su cama: “¿Vos los escuchás a esos infelices?”. “¿A quiénes?”, me preguntó el pelau. “A los cucos… ¡No se callan!”. “Se callan”, me dijo. “Apenas hacen bulla. Después se callan”.
Así me enteré de lo de los acúfenos, que no son sonidos extraños, porque, como ciudadano de a pie, ya me había topado desde niño con ellos: en Santa Cruz hay acúfenos por todas partes, hasta en las aulas hay grillos ‒y “acúfenos de grillo”, les vamos a decir‒. En los hospitales y en las bibliotecas también se los escucha a los desgraciados, que son tercos en su intermitencia. Y están los árboles: en este lado del país, el árbol más humilde está cundido de cucos, de modo que no deja de zumbar como acelerón de moto de un solo cambio. Y los curichis: el más chico de los charcos con piedras o grama tiene diez raningas bullangueras ‒“acúfenos de rana”, vamos a decir‒. El que ya paseó a pie por Santa Cruz sabe que estoy contando la verdad.
Otra vez, cuando era pelau, me paré solingo en medio de los mangales ‒todavía queda algo de eso entre el Cuarto y el Quinto Anillo de la Beni‒. El escándalo de los bichos era una locura, pero me las arreglé para jugar con eso: me tapaba los oídos y los destapaba, cada vez más rápido; feliz, yo, porque controlaba la bulla, ¡hasta le puse ritmo a la tronadera con el poder de mis manos abiertas! Tapaba y destapaba ‒“jocha de pelau”, podemos decir‒.
Pero el acúfeno como síntoma de que ya uno está cacharro es otra cosa.
“Se recomienda evitar el silencio”, me largó la Inteligencia Artificial cuando le pregunté qué carajos hacer con la Tinnitus, que es como se llama lo que tengo. Me propuso que me haga el opa, que viva rodeado de ruido y trate de olvidar que existe el silencio. Y, bueno… En las noches más tranquilas dan ganas de…, no sé, dislocarse la mandíbula para descongestionar el oído; o de concretar dos o tres proyectos y olvidarse de llegar a viejo, porque no es chiste echarse a “descansar” con curichis y árboles tronadores metidos hasta el tronco en la cabeza. Solo pa’ que sepan les cuento.
La cosa es que los proyectos que me interesa concretar son de escritura. Y escribir nunca fue fácil con mi medida de talento, pero ahora es casi insoportable. En mi cabeza, las palabras ya no suenan en el vacío. Tengo que imaginar sus sonidos como si estuviera parado ahí, en el bollo de curichis que la Beni tenía en los 90, bien en medio de los mangales.
Y, bueno…, tampoco es que como escritor de las marginalidades cruceñas tenga derecho a pedir otra cosa, si al final de cuentas también soy uno de los millones de bichos que vuelan y se arrastran por aquí. O sea, llevo en la sangre el instinto de preservación de las demás especies y por eso, para no fallarle a don Carlos Darwin, todavía escribo a pesar de que la bulla me jodió los esquemas.
ADAPTARSE O MORIR DEJAR DE ESCRIBIR
Metiéndole cabeza al asunto, acaba siendo una jugada maestra de la naturaleza, porque, para lograr mi arte, nunca quise ser uno, sino muchos, habitar el cuerpo y la mente de otros y así crear personajes convincentes. ¡Y qué kafkiano me salió el negocio! Me eché a dormir una siesta y me volví cuco. Y cuco hembra, encima, porque para sobrevivir me tengo que amigar con lo que más me cabrea en el mundo y usar los zumbidos a mi favor. ¡Ajá! Ya vamos a ver qué sale.
Igual, a la IA le respondí esto:
“¿De qué silencio me hablás, cojuda, si a la bulla la tengo bien metida en el cuerpo? Bien adentro la tengo. ¡Inútil!”.
Ya está. Ahuringa termino de entregar esta narración y la llamo a mi madre. Que me diga, a ver, cuál es la famosa música “ideal para escribir”.

