Amor imposible

Cuántas veces nos relacionamos con infinidad de personas en el diario vivir sin percibir la complejidad de sus rutinas, vidas y pensamientos. Cuántas veces coincidimos con otros seres humanos, sin pensar en todo aquello que su interioridad esconde. En este texto, el autor se aproxima a la historia del amor –nunca realizado– de don Isaac, portero de una escuela.
Editado por : Lourdes Reynaga

“Ningún hombre lo amó.
A nadie reveló su pasión y los juegos”

(Ismael Serrano)

Junio, siempre es junio cuando le llega el alfiler frío al corazón. Don Isaac, el portero más antiguo de la escuela, espía el cielo y recorre mil imágenes como de película por su mente. Aprieta la mano y la arruga como si dentro de ella se pulverizaran varias letras que componen su secreto, ese secreto que lo condenó, lo desgració y lo sepultó en vida.

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Sobrevivir a un amor imposible en el ocaso de la vida. / Ph. NoName_14 en Pixabay.

La mañana aparece con rayos amarillos mezclados con naranja. Se abriga. El frío empieza a congelar toda el agua estancada de las aceras, su cara está con escarcha y nieve. Se acerca  a la última flor que todavía se anima a salir. Lo distraen las sonrisas de los niños, cientos de niños que comienzan a llegar, a los que él los recibe con la alegría de siempre.

La mamá de un estudiante le regaló un lluchu de color azul, desde ese día hizo un inventario de sus pertenencias, tiene pocas, añadidas al secreto que se llevará a la tumba porque es su única posesión en este mundo que lo ha golpeado como si fuera un clavo bajo un martillo.

Llueve. Llueve, y él solo observa cómo se arrebujan muchos niños como gatos corriendo rápido a sus aulas para evitar mojarse. Su alma se acongoja con las primeras gotas del cielo de invierno que caen dentro de su saco. No es el frío de la leve llovizna lo que le hace temblar; es el recuerdo oculto de su vida ahora que está pronto a ser descubierto por unos ojos negros y profundos.

Recibe en su mano las tibias manecitas de los niños, y el calor que emanan hace que se libere un poco del frío de invierno. Sonríe, siempre sonríe a la vida, sonríe, y saluda, les desea un buen día pese a su malestar. Un frío que sacude siempre su alma en el mes de junio, ese junio eterno que nunca sale de su vida.

“¡Qué bella es la sonrisa de un niño!”, probablemente piensa. “Son las mejores frutas del mundo, las más frescas e inocentes acompañadas con sus dientes de leche”.

¿Qué puede hacer un hombre solo y viejo a sus setenta y dos años? Solo combatir la monotonía dura de su vida melancólica y vacía. Por las tardes, después de estar toda la mañana compartiendo con sus colegas y con los niños, su vida se torna vacía como una hojita que se ha caído de un árbol otoñal.

En el barrio donde vive de la zona de las Antenas por Amachuma todo es soledad, tristeza y aburrimiento. Es una zona caliente, pero para él es un desierto. Desde ese lugar tiene que caminar de lunes a viernes por una hora hasta la zona de Senkata de donde toma un minibús hasta la famosa Feria 16 de julio.

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La soledad puede ser una pesada carga cuando sobrevive el secreto de un amor imposible / Ph. Sam Williams en Pixabay.

Pero es en esa calle solitaria que se abre la flor de su secreto. Le llegan en sueños los recuerdos que están en el cielo, en las nubes y en el brillo de esos ojos que le pesan como a la mujer que arrastra sobre su espalda a su hijo dentro del aguayo. Llega a su mente esa cita que hizo hace un montón de años. 

Se siente un Adonis cuando se presenta a esa cita soñada, esperando al ser que se ha convertido en su ángel, al ser más hermoso que se le ha cruzado en la vida. Se arregla y perfuma. Solo para el dueño de esos ojos negros al que nunca le ha declarado su amor, al que en secreto ama y del que se enamoró.

Don Isaac siempre fue el mamarracho del barrio, siempre estuvo, incluso antes que él, el vendedor de helados, el que fabrica los vidrios, o el que hace el pan. Nunca fue el conversador exhibicionista al que le encanta hablar de su trabajo y de su vida. Siempre ocultó su secreto al mundo. Nunca pudo decir “te quiero”, siempre se ocultó como un escarabajo del río.

Cuando come las famosas “sopitas” en el puesto de doña Cristina siempre la escucha decir: “¿A quién le importa lo que le ocurre a un pobre viejo?”. Don Isaac es uno, al que le aburre su vida, al que envuelven las pesadillas y las lentas gotas de una clepsidra (el reloj de agua que mide el tiempo cuando cae el agua de un vaso a otro). El tiempo del amor nunca ha pasado por su corazón, nunca recibió una caricia del ser amado al que nunca le declaró su amor. Solo siente que con cada paso va a caer en un vacío muriendo por su amor imposible.

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Este texto forma parte del especial La Corin Tellado que hay en mí