Escuchar a las mujeres, a propósito de las Tres Marías, una novela que asiste a la historia nacional

Ruth Bautista explora la novela 'Tres Marías' (2019) y su poderoso retrato de la agencia femenina en la historia de Bolivia del siglo XX. Una obra llena de matices que revela la riqueza de las experiencias de las mujeres y su influencia en el proyecto nacional.

Tres Marías (2019) es una extensa novela histórica que busca rescatar la agencia de las mujeres en el entretejido familiar y su relación con los eventos históricos más importantes de la Bolivia del siglo XX. Al menos a mí, me ayudó a rellenar algunos huecos de la historia, pues pinta muchos matices sobre el proyecto nacional, el complejo abanico de mestizajes, todo desde la narrativa de las mujeres, sus subjetividades y sus miradas propias. 

A continuación, expongo algunos aspectos que me parecen importantes para abordar su lectura. Espero así, reflejar un poco de la intensidad e interés que me suscitaron al leerla.

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Portada del libro "Tres Marías"

La peculiar perspectiva y la escucha de las mujeres 

La autora, D. Lucy Avilés Irahola es una académica boliviana que radica en Bonn (Alemania) desde hace muchos años. Desde que sus estudios de postgrado la llevaron de las aulas universitarias de su país hasta diferentes cuidades de Europa, se especializó como profesora de ciencias agrícolas y sociales, y, a lo largo de su trayectoria, descentró la intensidad de su vida familiar tejida a la historia de Bolivia. 

Con un amplio ejercicio en la dramaturgia, Avilés tal vez no sospechó que entre los papeles representados en los escenarios y los desarrollados en su propia vida, también se perfilaba una escritora compleja. La perspectiva de Avilés podría ser la de cualquier mujer boliviana; sin embargo, la que es su primera incursión en la narrativa literaria, parte de una perspectiva experimentada en la crítica social, en la obra teatral y en la vida migrante. 

Avilés permite que su escritura migre del lenguaje académico hacia una narrativa literaria, a veces testimonial y a veces ficcional. Además, creo entender que esta narrativa corresponde a una escucha atenta que la autora realiza a lo largo de su vida. Escuchar a las mujeres es, pues, un oficio que se perfecciona con los años. 

La novela es una propuesta que, a través de su narración cronológica, se presenta como un espejo en el que es inevitable reconocer los propios recovecos e indiscreciones familiares; un espejo en el que se hacen evidentes las propias formas de examinar el origen social, la valoración racial y el ejercicio de las, como diría Silvia Rivera, “exclusiones eslabonadas” que caracterizan a sociedades como la boliviana, condenadas a los abismos y al desencuentro. 

Tras la pista de las mujeres

Las tres Marías se desprenden de la abuela Nora, una matrona invencible, con añoranzas por una lejana raíz española y ciertas ausencias bien disimuladas, instalada en un perdido pueblo de Chuquisaca a fines del siglo XIX, Tomatillos. Se trata de un caserío en torno a una plaza que, aunque no reuniese a mucha población, bastaba para exponer todas las complejidades sociales de la “gente bien”, de la indiada en rebelión, el debate político-ideológico glocalizado y un sinfín de posibilidades para sus personajes. De Nora y ese pueblo se despliegan la incursión a la Guerra del Chaco, la construcción de las vías del tren, el trajín de los telegramas, del ansiado desarrollo y de la inevitable Revolución Nacional. 

Si no fuera por los apasionados debates y cálculos político-ideológicos, Tres Marías podría ser una novela de amores y amoríos marcados por el colonialismo —donde las indias y cholas son amantes ocultas o cuidadoras disimuladas—. Sin embargo, sus personajes sobreviven a sus penurias e importunos románticos porque deben aprender oficios, cuidar el prestigio, organizar sindicados, asistir a rebeliones, escapar del fuego cruzado y cuidar sus preciados bienes. 

Territorialmente, el caserío de Tomatillos, atrapado en la nostalgia, queda entre el ferrocarril y el centralismo que lo construye, los cuales llevan a las y los protagonistas al tumultuoso centro de la ciudad de La Paz. 

La sociedad, caracterizada en al menos tres generaciones de esta familia, construye un espacio que establece figuras masculinas muy marcadas. Entre los cuales hay guapos, fuertes, sabios, traidores; independientes políticamente, subordinados gremialmente; dependientes de madres, amantes de esposas, amantes de amantes; paternidades languidecidas, paternidades ausentes y paternalismos emocionales. Este abanico muestra a los padres, parejas, hijos y hermanos de las Marías, quienes circulan en la vida de estas, con apariciones apasionadas, largos silencios y compañías modestas, siempre en torno a ellas y los hilos que ellas ovillan, tejen y destejen, a su voluntad y según su sentir. 

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La lectura de un buen libro puede ayudarnos a comprender aspectos esenciales de la condición humana. / Ph. lil_foot_ en Pixabay

La novela tiene varias protagonistas, Teresa, la hija de Nora; María Juana, la hija de Teresa; María Luz, la hija de María Juana; y María Rosa, hija de María Luz, nieta de María Juana y Rafael Garay. Teresa y su amante Hernán Koch que, haciéndola esposa, práctica pero circunstancialmente, la abandona por su febril trabajo en las vías férreas, la construcción de su certeza nacionalista y una amante. Entre los hijos de Teresa, destaca María Juana, quien instaura un vergonzoso y doloroso divorcio en esa familia que, pese a sus antecedentes, insiste en las buenas formas. María Juana es una hija resentida por una traición paterna, una esposa embaucada por un hombre débil ante su madre, y una renovada mujer de familia, obligada a ejercer diversos oficios para disimular la precariedad. Su hija María Luz y su corta existencia nos muestran el tránsito entre la Revolución Nacional, la dura etapa dictatorial y la emergencia de la democracia. 

Estos hitos históricos son a la vez hitos en la vida de las mujeres. Así como se enfrentan los partidos políticos y las ideologías, se desencuentran los familiares, se enfrentan los hermanos, padre e hijo en diferentes bandos de la contienda; así, desaparecen familiares; se despoja a algunos y se capitaliza a otros. ¿Qué familia boliviana no ha vivido estas contradicciones? ¿Qué manera es esta de vivir en sociedad? 

Frenéticamente, los personajes corren por las calles buscando a sus seres queridos, esquivando balas y asegurando sus puertas, se oye lo estrepitoso de la historia, del trizamiento social que deja a su paso una fragmentación incierta; y ahí, cuando todo parece roto, ellas cocinan el picante de pollo que reúne a todos, que retorna la música, las risas —los nombres que no se nombraban— y se saborea bien. La comida, la música, el habitus boliviano se dispone a simplemente a habitar y dejarse habitar por la diferencia y la distancia. 

María Rosa debe crecer con su padre, sin todas las tensiones de sus predecesoras y sin la guía materna que la expone como una niña frágil y con pocas expectativas sobre ella. Así también se exponía la etapa democrática, el crecimiento de la ciudad y las crisis político-económicas que se iban inscribiendo como parte del cotidiano. Sin embargo, María Rosa se sabe sostenida por el pilar de subjetividades y destrezas que construyeron Nora, Teresa y María Juana, y toma opciones diferentes, que le permiten traspasar los roles y expectativas que se inscriben en su ser, opta por estudiar, retornar al campo desde un lugar propio y no así, como lo haría a través de parte de su familia potentada. María Rosa observa críticamente a sus diferentes entornos sociales y viaja; se enamora, pero no se detiene; busca sus espacios y muy pronto, el país complejo de sus ancestros, no le es suficiente.  

Una novela histórica para comprender el presente

Si bien el género histórico en novela está bastante trabajado en Bolivia, la propuesta de Avilés representa una peculiar mirada –y escritura– desde las mujeres. Además, desde un espacio que transita entre lo autobiográfico y lo ficcional, relación que enriquece el gran bagaje de recuerdos y datos reiterados, recreados y a veces olvidados entre las generaciones y narrativas familiares. 

La novela atiende al gusto del relato detallado, aquel tan latinoamericano que permite palpar texturas y sentir olores, e incorpora canciones y poemas para narrar y construir atmósferas. No se agota en el castellano y recurre a términos quechuas para ilustrar correctamente la colonialidad y las resistencias indígenas. Expone la cultura criollo-blancoide tan nutrida por su relación con la cultura indígena, como tan distante de ella. Esfuerza trabajar la subjetividad de las mujeres, pero no la justifica en sus debilidades. 

Tal vez no sea la intención de la autora, tal vez sea el momento en que la leí, en el año 2022, poco después de la última revuelta social del país, en momentos –como este– de pocas certezas y altos grados de fragmentación; pero la lectura de su novela me reconfortó algunas veces y me agitó en otras. La novela ayuda no a resolver, tal vez a seguir ensayando caracterizaciones y explicaciones para entender el presente. Cuántas veces nos va fragmentando la historia y cuántes veces más, los núcleos familiares, los núcleos de amistades deben reconstruirse para hacer posible la convivencia y el tejido social. Avilés nos muestra que este camino es sinuoso y cíclico, a veces colectivo y a veces solitario. 

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