Bienvenida de nuevo, maldita primavera
I don’t think you trust
In my self-righteous suicide
I cry when angels deserve to die.
(“Chop suey” System of a down)
En verdad nunca hablamos de ello, ni oficial ni extraoficialmente, no como grupo al menos, no a partir de lo que habíamos sentido o pensado cuando pasó; mientras tanto, de a poquito, como quien no quiere la cosa, el silencio fue construyendo un muro pesadísimo alrededor del trauma. Porque fue un evento traumático para toda nuestra generación, aun cuando hubiéramos optado por callar como la única forma posible de superarlo, fingiendo que el enorme elefante que se paseaba alrededor de la sala —tumbando muebles, destrozando piezas de cerámica y porcelana, y dejando huellas evidentes en los suelos irregulares— no existía.
Pasó en 1996, el último día de abril o quizás el primero de mayo. La precisión en cuanto a fechas, cada vez me cuesta más. Lo que sí recuerdo es que mi mejor amiga, Mayra, y yo habíamos pasado toda la tarde hablando por teléfono. Me recuerdo cambiando de posición en el sillón verde de la sala de mi casa, mientras sostenía el auricular del teléfono de disco ya fuera contra una oreja o contra la otra. Sé que hablamos del colegio, de las tareas y nos reímos como locas respecto de algunos chistes sobre el libro que estábamos leyendo para literatura (y que creo era La niña de sus ojos). Ya había anochecido cuando colgamos. Por ello me sorprendí cuando el teléfono volvió a sonar cinco o diez minutos después y escuché su voz al otro lado de la línea para pronunciar, en algunas palabras, una noticia que iba a marcar definitivamente a todo nuestro curso, Jerry, uno de nuestros compañeros, había muerto.
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El tono de la voz de la chica se mantiene levemente agudo, como el de muchas jovencitas en la red y fuera de ella. No mira de frente a la cámara y, aunque mantiene activado un filtro, es evidente que, de cuando en cuando, sus ojos se humedecen por las lágrimas y leves sollozos van interrumpiendo su discurso. Se trata de la usuaria conocida como Any_cemar en TikTok y, aunque no consumo su contenido, por alguna razón el video me ha sido sugerido por el algoritmo de la plataforma y me quedo viéndolo:
“Una amiga se dio de baja de la vida —comienza—. Si bien ella vivió muchas cosas que no merecía, que la hicieron llegar a ese punto, hubo otro factor importante que la hizo decidir todo esto y fueron sus comentarios. Fue gente culera filtrando sus fotos. Fue gente diciéndole que ya no despertara nunca. He visto a muchos creadores de contenido perder su brillo, su esencia, desarrollar trastornos, ansiedad, depresión a causa de comentarios y de acoso que les dan las redes sociales. De la exposición y la ansiedad que les da no poder equivocarse. De alguna manera, dejar de ser un ser humano. De las últimas cosas que ella hizo fue poner en Twitter que se sentía mal y gente le ponía ‘pues, sácatelas. Ojalá ya no despiertes nunca. Tómate tal cosa para ya no despertar’. Y ella lo hizo, tomó lo que le aconsejaron y se fue”.
El video me hiela la sangre. Necesito volver a verlo para comprender bien a qué se refiere. Tardo un poco en asimilar que se trata del suicidio de una influencer, sucedido pocos días antes de la publicación del video, en julio de 2023. El algoritmo detecta que he reproducido varias veces ese video y que tiendo a pasearme por los de Mili y los mundos sociales (en todas sus versiones), sobre todo aquellos que se refieren a salud mental y neurodivergencias, así que me sugiere más contenido relacionado con la muerte de la chica. Miny Naranja, otra usuaria, decide salir de personaje y comentar a partir de su experiencia lidiando con el hate de la plataforma. Y así me llegan algunos videos más hablando de la chica en cuestión y lamentando lo sucedido.
Desde luego, la censura de la plataforma obliga a las usuarias (son mujeres en su mayoría las que el algoritmo me sugiere) a usar un lenguaje codificado. No pueden hablar abiertamente de muerte ni de suicidio, al menos no si esperan que sus videos no sean eliminados. Recurren a eufemismos que quienes estamos en TikTok ya reconocemos, “desvivirse”, “cancelar su suscripción a la vida”, “darse de baja de la vida”, “desuscribirse del mundo”, entre otros. Como si evitar mencionar las palabras en cuestión pudiera evitar que dichos eventos sucedieran o que al menos protegieran a los usuarios de los tremendos comentarios de odio que se les lanzan porque sí.
Y es que, en países tan próximos geográfica y culturalmente, la atención a la salud mental está tan dejada de lado que de alguna manera sentimos que la censura aplicada al lenguaje es suficiente para anular una realidad compleja que nos afecta a diario. Y que lleva muchísimo tiempo haciéndolo. Una realidad que toca (quizás no de la misma manera, pero lo hace) a personas de distintas edades, estrato social y género. Porque, y cuesta decirlo, hay (y hubo) una enorme tendencia a no hablar de ciertas cosas.
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Cuando Jerry murió, ninguno de nosotros recibió ningún tipo de charla o acompañamiento, más allá de alguna alusión casi casual que nos recomendaba no atacar a otro de nuestros compañeros de curso. Teníamos entre 13 y 14 años y nos tocó afrontar el evento en completa soledad. Porque, aun cuando no éramos sus mejores amigos, lo conocíamos, convivíamos con él a diario, habíamos estado cuando la profe Aida se fijó en su particular forma de caminar, habíamos compartido algún momento de alguna materia, algún grupo de exposición, alguna charla casual, éramos los que sabíamos deletrear la particular grafía de su apellido; en suma, su ausencia sí se trataba de algo que había cargado el ambiente de una densidad pastosa que nos marcaba de alguna forma.
Yo me recuerdo en el velorio, con el uniforme de colegio y mi terror a entrar en la habitación en la que estaba el féretro. Me recuerdo caminando en el patio con varios de mis compañeros, quienes hablaban con el tío de Jerry, que cambiaba el grifo de la lavandería y nos explicaba a todos un truco usando una zanahoria, para evitar que la presión del agua estorbase el proceso. Nos enseñó una canción en quechua del colegio en el que había estudiado (el mismo en el que estudiábamos nosotros, pero en otra ciudad), y nos contaba algunas cosas más. Nunca he podido olvidar sus palabras cuando, en medio de otras cosas, sentenció: “Yo lo he encontrado al Gordito, pero ya era tarde”.
Le cuento eso a Mayra en un audio, le digo que me acuerdo cómo nos dirigieron durante el velorio, cantando canciones religiosas de la agenda del colegio, mientras el profesor de religión afirmaba que eran las que le gustaban a nuestro compañero y todos sabíamos que no era cierto. Le cuento de la sensación extraña que tuve y de cómo todo parecía tan pero tan raro. Ella me responde con otros audios, recordando la caminata de regreso, después del entierro, con Patty y Christian, los cuatro en silencio, sin saber qué decir, cómo actuar, qué hacer. “Imagínate con 13, 14 años ir al funeral de tu compañero de curso —me dice— ha sido bien surreal y bien raro. Porque luego, en el entierro, [estábamos] con los uniformes, como si estuviéramos en desfile”.
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Ya iniciando septiembre, las polémicas en TikTok son otras, una influencer acusa a otra de haber borrado su comentario, le cancelan otra cuenta más a Mili y ella crea una nueva, un tipo finalmente responde a las acusaciones de tres de sus exnovias acerca de lo abusivo que fue en sus relaciones y afirma que no pagará el iPhone que una de ellas le compró. El algoritmo me lleva a más videos que hablan de literatura y de salud mental, me sugiere contenido relacionado con feminismo y con posturas antipatriarcales, me lleva a nuevos filtros y videos de gatitos. De cuando en cuando, alguna publicación me recuerda que septiembre, además de ser el mes de la primavera y del amor, es también el mes destinado a la prevención del suicidio. De cuando en cuando, me muestra también las consecuencias del hate en varios creadores de contenido que ven su salud mental afectada ante la recurrencia de los comentarios negativos y violentos que reciben. De cuando en cuando, me sugiere series con las que me es fácil engancharme y en cuyas tramas me pierdo. Porque así, mientras Xica da Silva seduce por enésima vez al Comendador, mientras Meredith Grey salva a otro paciente y Laura Ingals le roba un beso a Almanzo Wilder, vestida de payasita, es más fácil no mirar lo que sucede alrededor, es más fácil no pensar en los momentos en los que mi fe se fue diluyendo de a poquito, en los que la vida misma fue perdiendo sentido para convertirse en la mera pulsión por sobrevivir un día más, esperando que alguno sí resulte ser el que valga la pena, el que hará el cambio en la rutina, el que me hará decir “confieso que he vivido”, y es más fácil entender también a los haters que tiran venenito en contra de sus víctimas.
Y escucho de nuevo los audios de Mayra, los recuerdos que se han disparado a partir de un sencillo comentario y cómo nos tocó seguir adelante, fingiendo que nadie veía al elefante en la sala, con tanto ahínco que, en determinado momento, terminó por desaparecer. Porque, como ella misma me dice: “La forma de superar eso ha sido, no se habla de eso y punto”. Y añade: “No sabíamos [y quizás nunca sabremos] cómo abordar el tema”.

