La Toña

Uno de los tópicos frecuentes en donde investigadores sociales y escritores tienden a encontrarse es en los espacios que pertenecen a los márgenes de las ciudades. Los grupos humanos que los habitan, sus problemáticas y sus historias. Pero ¿cómo contar estas historias sin revictimizar a sus protagonistas? ¿Cómo despertar en el lector una cierta empatía que lo aproxime a personas con las que probablemente no interactúa en el día a día? Estas parecen ser algunas de las preguntas que la autora de “La Toña” se plantea. Partiendo de un lenguaje ciertamente poético, Zu Linares se aproxima a una de las historias de tantas personas que existen en esa otra cara —la que no queremos ver— de la ciudad.
Editado por : Lourdes Reynaga

Todos los días son iguales. Siempre el sentimiento de angustia, de desdén, de miedo, de soledad. Solía mirarla a veces con toda la ternura que solo las madres les tenemos a nuestros hijos. Ahora la miro únicamente en mis recuerdos. Cuando ella era muy niña, tuvimos que escapar lejos de aquel verdugo que un día había prometido cuidarnos. Él era bueno, pero el desempleo lo había orillado poco a poco al alcohol, al juego y a los sucios negocios de drogas en que andaba metido. Su consumo y la mala vida lo transformaron de pronto en un hombre vil, tosco y violento que incluso terminó por obligarme a distribuir las dosis. La vida se convirtió en una pesadilla. Tuve que llevarme a mi niña porque el miedo y la desesperación eran constantes. Aquella noche que vi a la Toñita atrapada por la fuerza en los brazos de su padre, me dio el valor para marcharme. Llena de rabia corrí hacia ellos con lo primero que encontré para herirlo y defender a mi hija. Estaba oscuro. Un minuto después, las dos corríamos calle abajo y al llegar a la esquina, por suerte, un micro paró. Estoy segura de que solo le hice algún rasguño pues desde el micro logré verlo corriendo detrás de nosotras, tratando de alcanzarnos. 

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“Al cumplir sus quince años, la Toñita tenía, además de malas amistades, una adicción cada vez más creciente a la pasta base”. / Ph. Leroy Skalstad en Pixabay.

Ahora éramos libres, pero mi situación seguía siendo mala. No tenía dinero y lo único que sabía hacer para ganarlo, era vender drogas. Entonces busqué un contacto y seguí en el negocio porque necesitaba mantener a mi niña que era lo que más quería y aunque creía haberme encargado de mantenerla lo más lejos posible de este bajo mundo, no lo logré. Yo jamás había probado mi material, lo que vendía, es ley entre los puntos no consumir lo que vendes porque sería tu perdición.  Sin embargo, por algún descuido mío, al cumplir sus quince años la Toñita tenía, además de malas amistades, una adicción cada vez más creciente a la pasta base. A sus veinte, pusimos una tienda para intentar arreglar nuestras vidas, pero a los veinticinco, ya casada y con tres hijas, ella volvió al vicio. Al crecer, todas aprendieron de su madre aquel negocio que yo ya había dejado atrás. De todas, solo la Toña fumaba.

I

“Toñita, ¡Toña! Mira, ya va a dar la novela… ¡Toña!”.  Ella no mira la tele, no le interesa en lo más mínimo el llamado de mi abuela. Pasarán horas tras horas y ella seguirá ahí, muda, nerviosa, distante, fumando. Un momento cerca de la puerta, otro detrás de la vieja cortina, prendiendo y apagando las luces hasta el amanecer. No me gusta ver así a mi madre. Cuando éramos niñas, poco recuerdo que haya compartido con nosotras. Unas dos veces en el parque y otra oportunidad en la que llegó un circo, esos son los recuerdos de los días más hermosos que guardo en mi memoria al lado de ella y mis hermanas. Ahora que mi hermana mayor está en la cárcel hace dos años, a veces la culpo con un odio terrible de nuestras desdichas, de todas nuestras carencias. La culpo por su abandono, por la enfermedad de la abuela, que aun así, cansada, diabética y vencida la mira con una ternura que no logro comprender. ¡A mí me hace renegar la Toña! me roba la plata y la merca para perderse como mínimo tres o cuatro días y volver peor de lo que se fue. Está tan mal que hace dos meses le han diagnosticado falla renal y ni la hemodiálisis de día por medio la aleja del vicio. A veces falta a sus sesiones, no toma sus medicinas y cada recaída en el hospital es un gasto tremendo de dinero. A veces pienso que preferiría ver muerta a mi madre, yo misma la mataría para poner fin a nuestras desventuras... A pesar de todo así la quiero, es mi madre.

II

La Rosa no pudo haberla matado, aparte de que esa noche no había llegado todavía a su domicilio, la Toña era su madre, además se nota que el sufrimiento por su pérdida es sincero pues ha llorado mares. Mi esposa, la Rosita, es bien buena persona, no es capaz de violentar a nadie y menos a la Toña, la quería mucho, le aguantaba todo. La Rosa se encargaba responsablemente de comprar las medicinas de las viejas. A la abuela hay que inyectarle dos veces al día la dosis de insulina que la mantiene aún con vida y para la Toña, una lista interminable de más medicamentos, Enalapril y Amlodipino para su presión, Nitrofurantoína y Amoxicilina para sus constantes infecciones urinarias, otras cinco clases de pastillas como suplementos alimenticios, Alprazolam, Diacepan, Fluniacepan y otros ansiolíticos para intentar quitarle la adicción. De esos últimos, siempre me calcaba un par para poder dormir después de sesionar con la Toña hasta bien entrada la madrugada. Era canija la vieja, les robaba a la Rosa y a sus otras dos hijas. La mayor, la Martita, está en la cárcel porque la Toña la ha vendido con los pacos por no ir a ella misma a parar a la chirola. Era una mala madre, solo me caía bien porque a veces me compartía su botín, aunque era manipuladora y me tenía cansado con sus constantes amenazas. Por lo menos, ahora ya no podrá contarle a la Rosita que su sobrinita, la última wawa de la Pame es mi hija.

III

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“Doña Mery, de casi 74 años de edad, una anciana fuerte pese a la diabetes y al maltrato de la vida, despidió a su amada hija en medio del consuelo de sus familiares allá en el lejano cementerio de Villa Ingenio”. / Ph. Tri Le en Pixabay.

Cuán lastimeros, cuán desgarradores se escuchaban los gritos de socorro de doña Mery aquella fatídica noche. “¡Toña, Toñita, hija levantate, no te mueras, yo te quiero, juntas vamos a salir de esto, te vas a curar! ¡Auxilio, mi hija se muere!”. Unas dos horas pasada la medianoche, el cuerpo de la Toña, más tieso que nunca, se encontraba tendido en el suelo de la salita de su casa en medio de una profusa hemorragia producida por una herida al nivel de la articulación del codo, en el antebrazo izquierdo, justo donde se hallaba la fístula arteriovenosa por la cual recibía el tratamiento de hemodiálisis. 

La fístula es como una vena gorda a punto de explotar, resultado de una operación en la que se unen una arteria principal y una vena. Dos gruesas agujas son inyectadas día por medio en la fístula de un paciente con falla renal. El catéter azul sirve para sacar la sangre que se descontaminará en una máquina que cumple la función de los riñones. La sangre limpia retorna luego al organismo mediante un segundo catéter naranja inyectado en la misma fístula un poco más abajo. Se ha registrado que una buena parte de pacientes renales no mueren a causa de la propia enfermedad sino de una mala praxis en la obturación de la fístula al terminar el tratamiento. O por descuido mismo del paciente. Si la fístula revienta, la muerte es inminente.

Sábado veintitrés de diciembre de 1998, 03:30 de la madrugada. El sonido de las sirenas y el llanto de familiares estallan en el domicilio de la calle diecisiete, número veintidós de la alejada zona de Villa Huayna Potosí en El Alto. El capitán Cusicanqui, jefe de la división de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico, realiza, acompañado de los demás peritos, el levantamiento legal del cuerpo de Antonia Laura Mamani de 48 años de edad, alias “la Toña”. El informe primicial revela muerte por hemorragia de fístula arteriovenosa lacerada. Al parecer, un suicidio. Sin embargo, con al cadáver también se llevan aprehendidos por sospecha de presunto homicidio a Marco Suxo Guerrero, el yerno, junto a su concubina Rosa Mayta Laura y a Pamela Mayta Laura, la menor de las hijas de Antonia. Doña Mery se queda al cuidado de las wawas en aquella humilde casita hecha un mar de lágrimas y sin poder asimilar aún la muerte de su hija. La Toña ya descansa para siempre. 

Quien le suministraba la insulina a doña Mery casi siempre era la Rosita, pero la Toña también lo hacía de ser necesario. Esa noche, la dosis de insulina para la abuela era urgente y la Rosita todavía no había llegado. Como todos los días, ella se hallaba cumpliendo su “ruta”, un largo camino de entregas de pequeños bretes (sobres) de pasta base y cocaína que recorría las principales calles desde la populosa zona del Cementerio hasta culminar en la intrincada Pérez Velasco. Esa noche, casi al borde de una crisis que podría provocarle un coma, la abuela había llamado a su hija unas tres o cuatro veces para procurarse la atención que requería, pero la Toña ni se inmutaba. Solo cargaba una tras otra las pipas de estaño con sata o papa como vulgarmente suelen llamar a la pasta base. Tras cada larga bocanada, la Toña parecía estar en otro mundo, en alguna especie de pandemónium, asustada, paralizada, perseada. Por sus efectos, no en vano la llaman satuca, aludiendo quizás a la maldad de satanás y a su poder de opresión, o al miedo escondido que la esencia de aquella droga infame destila a la par de sus nefastas consecuencias para quien la consume.  

El informe pericial determinó que la Toña había muerto por una sobredosis de pasta base que, al acelerar su ritmo cardíaco además de un paro, desencadenó la hemorragia en la fístula de su brazo izquierdo. Doña Mery, de casi 74 años de edad, una anciana fuerte pese a la diabetes y al maltrato de la vida, despidió a su amada hija en medio del consuelo de sus familiares allá en el lejano cementerio de Villa Ingenio, donde los pobres descansan de sus infortunios. Con una tenue sonrisita y un extraño semblante de paz dibujado en su rostro, la abuela echó tres cruces a la humilde tumba, y a pesar de que sus nietos tal vez cumplan una larga condena por microtráfico de “sustancias controladas” en la cárcel de San Pedro, la vida sin la Toña, en la tiendita, al lado de sus bisnietos, quizás iría pintando sus últimos días de un mejor color. 

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