Conjunto vacío: la narración como un boomerang

¿Puede una novela narrar sin palabras? En esta reseña, Adrián Nieve nos habla de Conjunto vacío de la mexicana Verónica Gerber Bicecci, una novela que encuentra la forma de narrar una historia muy íntima sobre la soledad y las dictaduras con diagramas de Venn.

Narrar no es solamente un asunto de palabras. Está en las entonaciones, los gestos, los silencios y varios elementos que los carismáticos emplean para robarse el corazón de los borrachines en una guitarreada, por poner un ejemplo.

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Con ilustraciones sencillas, esta novela de Verónica Gerber puede narrar situaciones muy complejas. / Foto: Editorial Almadía

En una novela, lo usual es que la narración dependa más de las palabras y que sus límites estén en la maestría con que un autor pinta en la imaginación del lector, siempre valiéndose de su uso del lenguaje. Sí, hay cada vez más libros ilustrados, o que incluyen fotografías, pero la mayor parte del tiempo estos apoyos visuales son complementos a la narración. Casi como una traducción visual que narra lo mismo que el texto, pero en sus propios términos.

Eso no es lo que sucede en Conjunto vacío, primera novela de la autora mexicana Verónica Gerber Bicecci, en la que seguimos a una mujer que, tras una dura ruptura amorosa, reconstruye la historia de la desaparición de su madre —una exiliada de la dictadura argentina— mientras ilustra con diagramas y palabras cómo esa ausencia repercutió en ella, en su hermano, en sus relaciones, en sus silencios y en su universo.

Desde el final de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño que no sentía que una novela me narraba algo desde la espacialidad y la tridimensionalidad. Gerber utiliza diagramas de Venn para narrar pues: “a través de ellos se puede ver el mundo ‘desde arriba’, por eso me gustan los diagramas de Venn. No hay mucha documentación al respecto, pero durante la dictadura militar en Argentina se prohibió su enseñanza en las escuelas. Sabemos, por ejemplo, que un jitomate pertenece al conjunto de jitomates (JI) y no al de cebollas (C) ni al de chiles (CH) ni al de cilantro (CI). ¿Dónde está la amenaza en un razonamiento como ese? En la teoría de los conjuntos, los jitomates, cebollas y chiles podrían darse cuenta de que son alimentos distintos, pero también de que tienen cosas en común, como el hecho de que todos podrían pertenecer al conjunto salsa pico de gallo (SPG) y, al mismo tiempo, al Universo (U) de plantas cultivadas (PC) y, tal vez, unir fuerzas contra algún otro conjunto o Universo (U), por ejemplo, el de la salsa picante enlatada (SPE). En pocas palabras, hacer una comunidad de vegetales. Los diagramas de Venn son herramientas de la lógica de los conjuntos. Y la dictadura, desde la perspectiva de los conjuntos, no tiene ningún sentido porque su propósito es, en buena medida, la dispersión: separar, desunir, diseminar, desaparecer. Tal vez es eso lo que les preocupaba, que los niños aprendieran desde pequeños a hacer comunidad, a reflexionar en colectivo para descubrir las contradicciones del lenguaje, del sistema. Visto así, ‘desde arriba’, el mundo revela relaciones y funciones que no son del todo evidentes”.

Pero luego Gerber va añadiendo cada vez más elementos gráficos y lingüísticos para ilustrar el diálogo interior de su protagonista, tantos que hasta parece un juego, uno que sin querer queriendo nos señala los límites del lenguaje y, por lo mismo, un juego que Cortázar envidiaría.   

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“Los diagramas de Venn son herramientas de la lógica de los conjuntos. Y la dictadura, desde la perspectiva de los conjuntos, no tiene ningún sentido porque su propósito es, en buena medida, la dispersión”. / Foto: Editorial Almadía

Tu mente de verdad se mueve con la de la protagonista gracias a los diagramas, pero también gracias a que la autora, a medida que avanza el libro, decide hacer párrafos cada vez más cortos, capítulos brevísimos, hasta que casi solo quedan recursos gráficos y un epílogo que nos hace caer en cuenta de que esta historia está en desorden, que es un caos, que no tiene principio, ni final, que “en el diálogo interior todas las palabras regresan como boomerang”.

Porque al final eso es lo que es Conjunto vacío: un diálogo interno. La mente de una mujer cuyas rupturas amorosas la transportan a la ausencia primordial de su vida: su madre desaparecida. Y así vamos entendiendo que al principio de libro está el final, pero que el final también podría ser el medio, o el clímax; que Conjunto vacío no empieza ni termina porque son las preguntas y respuestas que se hace una persona en varios puntos de su vida y que “las respuestas a menudo son construcciones individuales, y las preguntas, me parece, pueden llegar a configurarse como espacios en común; estados de irresolución permanente, pero compartida”.

Y, al terminar de leer, es irresistible el volver a hojear el libro, tratar de armar este caótico rompecabezas, volver sobre las páginas como un boomerang, con la maravillosa sensación de que la narrativa es mucho más que una línea recta y que todo lo que pensamos y “todo lo que escribimos termina por borrarse, creo Yo(Y). Así debería ser”.

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