Dorada Arce

Por casualidad, la autora de este texto se aventura entre las calles de una conocida avenida de La Paz, y sus formas despiertan en ella un interés particular; capta, entre muchas otras cosas, colores, presencias y luces que antes le eran indiferentes. Después de leerla, caminar por esos lugares no será lo mismo.
Editado por : Alicia Mariscal Monge

Pienso que ser estudiante, todavía, hace que tu vida sea algo rutinaria; y sí, eso incluye la ruta por la que atravieso todos los días para llegar a mi colegio. Poco o nada de atención le ponía al trayecto; es decir, salgo de casa y todo es igual: edificios, calles, avenidas y a veces hasta la misma gente siguiendo su propia rutina en la mañana. Un día, sin embargo, me tocó bajar del auto y caminar por una avenida llena de embajadas, de edificios, de árboles y otras pequeñas (grandes) cosas. Fue así que me vi caminando por la famosa avenida Arce.  

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“Irene es la ciudad que se asoma al borde del altiplano a la hora en la que las luces se encienden” (Las ciudades invisibles, Italo Calvino)./ Ilustración: Pupilo Rojo (@pupilo_rojo).

Desde mi punto de vista, la avenida es especial porque, de alguna forma, “me ha visto crecer” ―pero ¿a cuántos más?, ¿cuántas historias ha presenciado este lugar?―. Mientras avanzo, veo la asombrosa manera que tiene el sol de posarse por las mañanas, convierte el verde de las hojas de los árboles en el verde más bonito que he visto; y los autos, hasta el más antiguo o destartalado resplandece, incluso los vecinos que viven por sus inmediaciones y salen en pijama a pasear con sus mascotas, se ven elegantes, como si la avenida les concediera un toque distinguido a quienes la cruzan.  

No podemos hablar de la Arce sin tomar en cuenta las embajadas, cada una con su propio estilo. La de EEUU, que con su arquitectura me hace sentir como si pasara por ese país. Al cruzar la calle, siento que voy caminando hacia un castillo dorado, la embajada de Brasil. En esta última se escondía el alma de la Avenida, y muchos sabrán de qué (quién) hablo; y sí, efectivamente, me refiero al gato negro que todos los días, a ciertas horas, se posaba en medio de la vereda con el único objetivo de llamar la atención de quienes caminaban por ahí y recibir su cariño. Un día la Arce se quedó sin gato y entonces perdió una parte de su alma, pero el recuerdo es ahora su esencia.  

Si continúo subiendo un poco, hacia la plaza Isabel la Católica, hay una casa blanca, hermosa, que siempre me ha impresionado por su diseño, y debo confesar que quisiera vivir ahí. Es perfecta para escribir una historia de crimen o misterio ambientada en ella, la verdad es que jamás he visto a alguien salir o entrar. Un día, un señor ya mayor me contó que hace muchos años la Arce no tenía árboles ni jardineras, y que fueron los dueños de esta casa los que se encargaron de darle vida con plantas. Gracias a él me enteré también que es una de las casas más costosas de la zona.  

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“Los viajeros del altiplano, los pastores con los rebaños trashumantes, los pajareros que vigilan sus redes (…) todos miran hacia abajo y hablan de Irene…” (Las ciudades invisibles, Italo Calvino). / Ilustración: Pupilo Rojo (@pupilo_rojo).

Me atrevo a decir que la esencia de este lugar también está en quienes la frecuentan, desde esos autos  que te dejan perplejo hasta los estudiantes y trabajadores que caminan por sus aceras. ¿Qué sería de la Arce sin las risas de los  jóvenes?, ¿sin las bocinas de los autos? Es increíble cómo es tan perfecta que no le hace falta nada. Si te faltan cosas de casa, están los supermercados; si te aburres, están los centros comerciales; si quieres estudiar, hay un colegio; si buscas una librería o farmacia, incluso clínicas también las encuentras ahí. Finalmente, está la boquilla de una arteria principal que une el sur con el norte, el Teleférico.  

No me quedan dudas, la avenida Arce es mágica. Si Platón la viera, diría que es esta la avenida ideal. Todo en ella adquiere un toque elegante, rústico, un toque dorado como de cuento... 

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