El wabi-sabi del guapurú

¿Qué tienen en común las negociaciones del litio en Bolivia, un concepto estético japonés, las ideas revolucionarias del Che y una fruta nativa de Santa Cruz? La respuesta es el texto que escribe Diego von Vacano: una historia de amor de este tiempo, marcada por la pandemia.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

La imagen digital apareció de repente. En la pantalla del Zoom había como cincuenta personas, y en el centro estaba ella. Me habían invitado a dar unas charlas para la Escuela de Cuadros del Último Soldado del Che. La invitación fue hecha por el hijo del Señor Presidente. Al finalizar la charla, la imagen de su rostro, taciturno y lacónico, se me quedó grabada en la mente. Era la hija del último soldado del Che.

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La plenitud de “un instante cuando todos tus sentidos despiertan, se maravillan ante la vida y el tiempo”. / Fotografía: Bruno.karklis (Wikipedia).

Pasaron los meses y tuve que ir a Bolivia por asuntos de asesoría al Señor Presidente. También iba frecuentemente por trabajo en el sector del litio. Habían pasado días muy turbulentos, con el golpe de estado, el fraude, el exilio. Mi carrera como profesor de filosofía política marchaba bien en Texas, EE.UU., pero los eventos de Bolivia me llamaban como una sirena llama al marinero perdido. El calor de Texas, las riñas académicas y la sensación de tener algo pendiente con la patria me hizo regresar a menudo. Ese amor por mi patria que me seguía llamando desde que me fui del país a causa de un golpe militar.

Ya de vuelta, un día de junio en Santa Cruz de la Sierra me fui a jugar fútbol con Patricio, un amigo de infancia. Fuimos a jugar con un grupo de cambas de la Fraternidad los Holgazanes. Después de más de dos horas de patear la pelota, meter goles, y al final tomar limonada muy dulce con los nuevos amigos, me fui a mi hotel. Ahí, en Los Tajibos, tenía una cita con la hija del Último Soldado del Che (su nombre no importa). Todo eso parecía muy interesante, ya que fui admirador del Che y del Último Soldado desde mis quince años. Yo ya estaba entrando en mi medio siglo de vida (según Vargas Llosa, el punto caramelo de la edad de un hombre). 

Esa noche, la hija (así la podemos llamar) tenía que llegar a las ocho de la noche para la cena. Esperé más de una hora viendo un partido de fútbol. Poco después de las nueve, ella apareció corriendo, disculpándose. Vestía una blusa negra, pantalón negro, tacos altos y tenía aros de oro. La primera impresión que tuve fue la de ver a una mujer que parecía madura a pesar de su corta edad, y que me hacía recuerdo a alguien, pero no podía decir quién exactamente. 

Entre varios cubalibres, charlamos de todo. No solo de su padre, el Último Soldado del Che, a quien yo hubiera querido conocer antes de su muerte unos meses antes de nuestro encuentro. Parecía que su fallecimiento le había marcado profundamente. Pero también hablamos de todo lo acontecido en el país en los últimos dos años, desde que la Presidenta de Cabello Teñido había subido al poder. Pero lo más interesante fue hablar de Kafka, de Neruda, de la música de Silvio Rodríguez, y hasta de fútbol, ya que ella entendía bien el juego. Pasaron las horas, las cubas y las risas. De ahí le dije que le quería mostrar mi libro. Viendo a medias una película, leímos mi libro, hasta culminar en la pequeña muerte del amanecer.

Observándola me di cuenta que me hacía recuerdo a Letizia Ortiz Rocasolano, por su apariencia, pero aún más bella. Cabello castaño con algo de tinte de achachairú, ojos de guapurú, y la sonrisa amplia y brillante, reflejo de una mente rápida, alma profunda y risa de una niña-mujer, un pichón, de más o menos treinta años que parecían haber sido alegres en general, aunque su identidad definitivamente dependía de ser la hija del Último Soldado del Che.

Un profesor y escritor, de más de cincuenta años de edad, no podía tener nada serio con una mujer mucho más joven, aun si ella, hija del Último Soldado del Che, fuera muy inteligente y madura. Un ‘gringo’ como yo no tenía nada en común con una ‘cambita’ como ella. Además, la conocí a través del hijo del Señor Presidente, algo que me hizo pensar que posiblemente había algo entre ellos. Igual, no lo pensé mucho y disfruté de ese primer día. 

Esa tarde teníamos una parrillada con los jóvenes de la Escuela de Cuadros. Una hora más tarde, recibí un mensaje suyo, diciendo, “mejor no le digas nada a M.”, el hijo del Señor Presidente. M. no era nada tonto y hasta parecía decente. Su bigotito de Cantinflas no ocultaba su corta edad, y su cuerpo redondeado delataba su gusto por la cerveza. No lo veía como alguien peligroso, más bien parecía un peluche. 

En la parrillada conocí a muchos jóvenes interesantes, comprometidos con la Revolución, pero también con ganas de conseguir una buena pega en el gobierno. Yo, inocente como buen académico semi-yanqui, no tenía idea de que este grupo en realidad quizás era una escuela de operadores políticos al servicio del Señor Presidente. Yo simplemente quería ayudar a los discípulos del Último Soldado del Che, fundador de la escuela ‘elena’ del Guevarismo. Entre las charlas y los asados de la parrillada, yo miraba a la hija del Último Soldado de vez en cuando. Muy locuaz y gregaria, con humor ingenioso, estaba de polera y jeans, muy diferente a la noche anterior. Casi parecía otra persona, pero no lo pensé mucho. 

Antes de llegar a la parrillada fuimos al supermercado a comprar carnes con el hijo del Señor Presidente. En su camioneta, me agradeció por ponerlo en contacto con ejecutivos de la empresa rusa interesada en extraer el litio en Bolivia. Pero seguidamente me decía que la empresa nos podía pagar comisiones para lograr su objetivo. Ahí se me cayó el corazón al estómago porque me di cuenta que estaba insinuando la posibilidad de una coima. No dije nada más, pero entendí el mensaje. Si ayudábamos a la empresa, recibiríamos unas comisiones importantes. Yo le dije que no me gustaba el plan, y que él debería alejarse del sector energético del país porque, siendo hijo del Señor Presidente, podría ser un caso de nepotismo. Pero él no respondió nada y regresamos a la quinta donde iba a ser la parrillada. En ese instante me di cuenta que estaba en el umbral de un mundo de sombras. 

En los días siguientes, tuve que ir a La Paz por trabajo. Aunque no quería, volvía a recordar esa cena en Los Tajibos, con una persona que parecía tener la inteligencia, chispa, buen humor y compromiso socialista que yo había pensado encontrar en alguien algún día, desde mis dieciocho años. En mi vida en EE.UU. nunca fue posible por razones obvias; y cuando regresaba a Bolivia, me encontraba en círculos mucho más afines a la Zona Sur de La Paz, del Colegio Franco Boliviano o del Colegio Alemán que a cuadros socialistas. Por eso, esa semana cuando paseaba por la Plaza Abaroa o por la Iglesia de San Miguel, recordaba la charla sobre Kafka, Silvio, Maquiavelo, Marx y Nietzsche que tuve con la hija del Último Soldado del Che. 

Esos días, entre reuniones de trabajo en La Paz, muchas sobre litio, me di cuenta que estaba pensando demasiado en ella. Me distraía, me despistaba y me hacía perder el control, como dice la canción de Miguel Mateos. Para un académico serio y maduro como yo, eso era lo menos deseable. Perder el control, sobre todo en un momento importante de investigación académica, de reuniones de trabajo y contactos políticos. Esa semana lo pensé bien. Sabía que si seguía en contacto con la hija, ponía en riesgo mi postura ante el gobierno.

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Como la belleza efímera de la naturaleza, el amor tiene sus estaciones. / Fotografía: Pixabay.

Después de pensarlo bien un par de días, decidí seguir en contacto con ella. La vía moderna es el WhatsApp, y nos enviábamos mensajes con emoticones de besos y corazones. Al principio, era obvio que era solo un juego. La brecha entre nosotros era demasiado grande. Pero tuve que regresar a Santa Cruz para volver a EE.UU. y tenía un par de días en el Oriente. Traté de verla, pero la hija decía que estaba “de viaje de trabajo en el Chaco”. Esos días hubo un incendio terrible en las afueras del aeropuerto Viru Viru, y me tuve que quedar dos días más. Esperé, trate de verla, pero sin éxito, mientras las llamas y el humo cercaban al aeropuerto yo sentía un ardor en la boca del estómago al no poder verla. 

Ya de regreso en Texas, comencé el semestre. Ese bonito recuerdo por un lado quedaba en el olvido porque yo no sabía si iba a regresar a Bolivia, pero por otro lado la Escuela de Cuadros me animó mucho. En mis cursos de Teoría Política Latinoamericana decidí incluir textos del Último Soldado del Che. Escribí artículos sobre él, y muchos de mis alumnos en EE.UU. quedaron fascinados por la experiencia guevarista boliviana de los años 60 y 70. Mientras daba estos cursos, nos escribíamos cada día. Planeamos traducir el libro de su padre para publicarlo en el inglés. Queríamos ir de viaje para dar charlas sobre el Último Soldado del Che.  Decíamos “dejarlo todo y simplemente viajar por el mundo”. Por momentos parecía la mujer ideal, casi perfecta. Parecía algo posible.

Entre esos mensajes diarios, a veces pasaban dos o tres meses en los cuales ella desaparecía. Al principio me angustiaba mucho no saber de ella. Pero el lado racional se imponía, gracias a mis charlas con Fernando, un gran amigo sabio que reside en Londres. Uno se debe basar en los hechos y no en las fantasías. Además, una mujer joven, inteligente y hermosa, obviamente tendría muchos pretendientes. Y yo que estaba con mi vida hecha en EE.UU. y sin planes de ir a vivir a Bolivia, además de tener una vida romántica complicada en EE.UU. Pero cada cierto tiempo volvían los recuerdos de esa noche pasajera. 

En esos días, escuchaba canciones del grupo italiano Thegiornalisti. También del cantautor italiano Giorgio Poi. Su canción “Stella” me hacía recordar a ella, por la brillante estrella fugaz que me parecía. Además le gustaba ‘parlarle italiano’, y la cultura de Italia en general. Nos gustaba charlar en nuestro italiano-boliviano de vez en cuando. Ella compartía las fotos de su viaje a Venecia, y yo recordaba el tiempo que pasé en Roma. Recordaba la canción de Jovanotti, y por eso yo le llamaba “Ragazza Magica”. Esa canción retumbaba en mi cabeza en los días de verano de Texas, cuando tenía que ir a la piscina a diario por el calor infernal, y cada día que pasaba, sentía latidos cada vez más fuertes en mi corazón, más sensación de mareo como si estuviera flotando en la estratosfera. Sensaciones que no sentía por más de veinte años. En las noches a veces me quedaba escuchando esa música en la oscuridad, sumergido en mis sueños, leyendo los mensajes de “amore” que intercambiábamos. 

Un par de meses después, tuve que regresar a Bolivia por trabajo otra vez. Cada vez que regresaba iba por solo unos diez días. En ese entonces el enfoque era en lo político y mi trabajo en el sector del litio. Pero pasé unos días en Santa Cruz porque el avión de EE.UU. llegaba ahí. En esa segunda ocasión le compré un abrigo con diseño andino en una tienda al lado de la iglesia de San Francisco en La Paz. Cuando la vi, esta vez en mi hotel preferido, Casa Alfonsina, le obsequié el regalo. Entre los cuadros del hotel, que son de películas italianas de los años 60 con figuras como Marcello Mastroianni y Sofia Loren, la hija parecía una actriz de cine italiano, pero con su abrigo andino. Una noche de abrazos y besos dio luz a un amanecer con el aire húmedo del oriente. 

Unos días después, cenamos otra vez con varias cubas. Le regalé uno de mis libros, dedicado a ella. Ella dibujaba corazones en la primera hoja. Nuestras manos haciendo empanadas y con sonrisas infantiles aunque hablábamos de Nietzsche y Maquiavelo. Esa noche me llevó al aeropuerto para mi regreso a Miami. Agarrados de la mano, ella manejaba con la mano izquierda en el volante y cambiaba la caja de velocidad con esa mano. Noté que su auto estaba muy desordenado por dentro. Fue quizás mi primera sospecha. Le regalé un bolso con la imagen de Van Gogh, que había comprado en Ámsterdam unos meses antes. Al llegar, nos dimos besos muy cálidos. Ella puso su rostro sobre mi pecho por un buen tiempo al dejarme en  Viru Viru.

Estos momentos fugaces los viví de una manera a la que los japoneses llaman ‘wabi-sabi’. Momentos efímeros, de algunos segundos, en los cuales uno siente la belleza de la vida, precisamente porque duran poco, o casi nada. Como el caer de una hoja en el otoño de Kioto. Como el volar de un colibrí sobre una flor de cerezo. Un instante cuando todos tus sentidos despiertan, se maravillan ante la vida y el tiempo. No era necesario decir o hacer mucho, simplemente estar presente en esos segundos cuando se detiene el reloj. 

Ya en Estados Unidos, yo sentía el sube y baja de las emociones. La distancia daba la sensación de que lo vivido en Equipetrol o Porongo simplemente fue un sueño. Otros días, sentía muy presente a la hija. Por su inteligencia, yo creía que ella fácilmente podría estudiar para una maestría en una universidad como Yale o Princeton. Le ayudé para que ella diera una charla sobre salud de adolescentes en Bolivia en un simposio organizado por Yale. Lo vi por zoom, y para mí esa fue la hija en su apogeo. Con una inteligencia y madurez más avanzada que gente mucho mayor, su exposición fue fácilmente la mejor. Se la notaba nerviosa al principio, pero con su chamarra negra de cuero y su cabello liso, parecía ya una docente universitaria. Hasta me hizo pensar que ella debería postular a un doctorado en Yale. 

Hasta ahora pienso que es una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida. Creo que podría llegar muy lejos en algo de importancia. Pero nunca entendí realmente si ella quería eso. En otra ocasión en Bolivia, cuando fui al Salar de Uyuni por el tema del litio, ella insistía en que iba a verme en Uyuni, pero eso nunca ocurrió. Cada vez me di más cuenta que estábamos en armonías distintas y que ella nunca terminaba lo que comenzaba. Entre lo dicho y lo hecho, una gran brecha. 

No era fructífero pensar en viajar a Oporto o La Habana, cuando ni siquiera podíamos coincidir en vernos en Uyuni. Hablábamos de vernos en la Ciudad de México, pero ya para entonces yo sabía que eran más palabras vacías que planes concretos. La “palabra de mujer revolucionaria” que ella me dio al prometer vernos en México, yo ya había aceptado que era solo eso, palabras. No valía la pena cambiar mis planes por alguna idea que nunca cobraría vida. 

Pero el sabor a néctar de esos días y noches de abrazos y besos, o de mensajes tiernos que ella me enviaba, como “eres lo más grande y bello que me ha pasado”, hacían que me olvidara del sabor agrio que dejaba cuando no cumplía lo que decía que iba a hacer, algo que ocurrió mil veces. Yo simplemente me olvidaba de eso, y la miel de su piel me hacía olvidar las pequeñas mentiritas con las cuales ella condimentaba nuestros diálogos. O llegar tarde a una cita, o nunca cumplir con la redacción del libro de su padre, o no postular para una maestría en EE.UU. Esas quimeras, que por unos instantes me traían mucha angustia, desaparecían cuando leía sus palabras o la veía enfrente de mí. 

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“Cunumicita linda, que tienes / ojos de guapurú, / dame el encanto amada / de tu boquita roja de achachairú” canta el taquirari compuesto por Gilberto Rojas, evocando la intensidad de unos ojos oscuros. / Fotografía: Archivo.

Así pasaron los meses. Más de un año con viajes a Bolivia cada dos o tres meses, durante la época de la pandemia. Fue un amor en el tiempo del cólera moderno. Una mezcla de visitas por zoom, besos presenciales, cariños virtuales y fiebres desesperadas de mi parte. En tiempos de muerte por el covid, me hizo sentir más vivo que nunca. 

Ya para noviembre de 2022, cuando todo era incierto, tuve que regresar a Bolivia para ver unos temas de dos empresas de litio, una china y otra de EE.UU. Yo no quería ir, porque unos meses antes había recibido una amenaza del hijo del Señor Presidente. Lo que me gustaba era estar con ella por esos momentos fugaces: como comer pizzas con un vino italiano viendo Brasil-Suiza durante el Mundial de Qatar; o estar toda la noche escuchando Silvio y Pablo al lado de la piscina. 

Fui al Mundial de Qatar, por dos semanas. Siempre que voy a un Mundial, luego termina un romance. Debe ser una broma de Dios. En Doha, mientras comía un cordero rodeado de cientos de hinchas argentinos cantando “Muchachoooo….”, ella me dijo que deberíamos pasar Año Nuevo juntos, “donde sea”. Eso me alegró, pero al mismo tiempo sabía que lo más probable era que fueran palabras vacías. Ella mencionó ir al Lago, o a Bonito, Brasil, un pueblo en la frontera. Habíamos pensado en ir a un hostal mágico en Samaipata, donde había una capilla de ensueño.

Cuando regresé a Bolivia después de presenciar la victoria de Messi en la gran final, ya me recuperaba de la ‘gripe del camello’ que me dio en Qatar. Fue una ola de gripe que afectó a mucha gente. Realmente me sentía como si un camello se hubiera sentado sobre mí por una semana. Mucha gente en mi crucero en Doha se había enfermado con lo mismo. Tal vez adivinando el regalo ideal para una mujer del Oriente, le llevé un espejo del Oriente más lejano.

Llegué a Bolivia justo la semana de la violencia por el arresto del gobernador. Las calles de Santa Cruz ardían con barricadas. Tuvimos que contentarnos con ir a Porongo, un viaje mágico para mí. Paseamos comiendo achachairú, tomando fotos, y al regreso cantando “Volare” en el auto. Me sorprendió su aguante con las Quilmes. Pero luego pasamos la noche de Año Nuevo por la piscina con mucho vino y muchas uvas. Al día siguiente yo estaba con mucho chaki para hacer mucho más. 

Tuve que ir a La Paz a renovar mi pasaporte para viajar de vuelta. Con mi amigo el “Diablo” Etcheverry fuimos a la embajada. Le conté de la hija al Diablo. El Diablo, que sabe más por viejo que por diablo, se rio, y me dijo: “¡Solo un colla-gringo se enamora de una cambita bonita que tiene la mitad de tu edad! Es solo una muñeca, hermano”. Terminamos el café en Hotel Ritz por la Plaza Isabel la Católica y me despachó. Yo me sentí como un chango de veinte años que recién había descubierto cuán ridículo te pone el amor, pensando en algo que podía haber durado dos, o veinte o cien años. 

Todo llega a su fin, y en este caso se trata de la Abuelita Ayahuasca. La hija, cuando yo seguía en Qatar, me había mencionado de una ceremonia de beber ayahuasca en Santa Cruz, que ella dijo tenía muchas ganas de hacer. A mí me pareció interesante, porque leí que te puede despertar el subconsciente, algo parecido a lo que hacía el Último Soldado del Che como médico, con una técnica que aprendió en Moscú. Ya al llegar a Santa Cruz, aunque me sentía muy mal del chaki de Año Nuevo, con acidez y dolores de estómago, igual decidí hacer la ceremonia.

Aunque yo bebí solo la mitad de la dosis, igual fue un viaje cósmico. Veía estrellas por todo lado, escuchaba voces, luces de todos los colores y sonidos bestiales. Yo era el único varón, aparte del chamán, que era el medio. Las demás personas eran como ocho mujeres. La hija llegó (tarde como siempre) y se sentó en su lugar, lejos del mío. Me pareció muy extraño que casi no me dirigiera la palabra, aunque unos días antes estábamos abrazados en la piscina. Ahí me di cuenta que sería la última vez que la vería. Me dije, algo raro pasa dentro en una persona que un día está dando abrazos y besos en una piscina y tres días después se pone fría como una noche de Uyuni. Me di cuenta que detrás de esos atrasos, juegos, y falta de cumplir la palabra, existía un carácter (demasiado) ensimismado. Como Narciso a punto de entrar a su espejo. 

Los efectos del brebaje, que el chamán llamaba “la Abuelita Ancestral Ayahuasca”, mezclados con el sonido del tambor del chamán, sus cánticos y los aullidos, vómitos y gritos de algunas de las mujeres, me despertaron el subconsciente. Yo no vi a mi padre o mis abuelos, como muchos (incluyendo a la hija) decían. Simplemente fue una orgía de colores y sonidos que me hicieron perder el sentido del tiempo y el espacio. Tampoco vi a una cholita o un indiecito con chullo. Ya la nostalgia por el país que dejé de niño se había desvanecido hasta de mi subconsciente. La frialdad de la hija del Último Soldado del Che me curó de la excesiva idealización que siempre tuve con Bolivia.  

Al amanecer, sin dormir nada, entre la humedad y el sudor, me levanté de mi esquina del cuarto de la casa ancestral de la ‘Abuelita Ayahuasca’. Vi que la hija iba al cuarto donde habíamos dejado nuestras mochilas. Me acerqué, le abracé y le dije que siempre la iba a querer, aunque sabía que esa era la última vez que la vería. Ella solo sonrió. Me di cuenta que ella siempre estaría a punto de entrar en su espejo. Y que siempre sería solamente la hija del Último Soldado del Che. Pero el Último Soldado del Che ya había muerto. Solo queda el dulce recuerdo del wabi-sabi del guapurú.

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