Memoria del general en Buenos Aires

Hay historias que se construyen a partir de instantes, de breves recuerdos que consiguen delinear cabalmente el carácter de una persona. Una de estas historias es la que Isabel Antelo nos presenta, a propósito de don Edgar Avila Echazú.

Debido al reciente fallecimiento del escritor tarijeño Edgar Avila Echazú, me decidí a poner por escrito alguna anécdota suya para iniciar con este espacio, que precisamente estará dedicado a la remembranza, y así, de algún modo, intentar rendirle honor a lo que él fue en vida. 

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El gran poeta tarijeño buscaba un ejemplar raro, un libro de dudosa existencia, en la capital porteña. / Ilustración: Christian Rojas.

Muchas son las historias que sus parientes y amigos tienen para compartir, pero decidí quedarme con una que me contó su hija Guiomar y que me parece ilustra a la perfección el lado más simpático de su personalidad, ese que yo más apreciaba.

Ya otros hablarán sobre sus grandes hazañas en el mundo del arte, de la literatura, de la política y de la historia boliviana. Otros contarán sus desgarradoras experiencias durante su estadía en la cárcel o durante su exilio en España, o narrarán sus grandes aventuras en México. Por mi parte, prefiero dejar escrita esta anécdota sencilla sobre un par de curiosas experiencias vividas durante un viaje memorable, la que en su simpleza y picardía, resulta ser la más íntima esencia de lo que él fue, o al menos espero fervientemente que esa sea la impresión que le brinde tanto a aquellos que, como yo, tuvieron la fortuna de conocerlo en persona como a aquellos que no. 

De cualquier forma, estas líneas son para él.

***

El año 2004, don Edgar Avila y su hija Guiomar visitaban Buenos Aires, como habían hecho en muchas ocasiones pasadas, con el objetivo de asistir a la Feria Internacional del Libro y festejar el cumpleaños número setenta y cuatro del escritor. La adquisición de libros en ediciones especiales, la búsqueda de revistas especializadas (especialmente la Gramófono) y discos de música de todo tipo, y las visitas nocturnas a cafés con música de jazz de fondo eran las actividades favoritas a realizar.

Una noche, luego de largas travesías por librerías y tiendas, con los pies exhaustos y los bolsillos casi vacíos, padre e hija decidieron hacer una pausa en su búsqueda intelectual para entrar al cine. La película escogida al azar por Don Edgar fue la sangrienta Kill Bill (2003) del director Quentin Tarantino. Mientras miraban la cinta, la hija, conocedora de los gustos refinados del padre, temblaba por la opinión que podría formar este ante tan cruenta muestra de cine. Sin embargo, una vez finalizada la película, Don Edgar le rogó asistir inmediatamente a la función de la segunda parte, que también estaba en exhibición. Tan maravillado estaba por el cine truculento de Tarantino que se atrevió a declarar a Uma Thurman como una de sus nuevas actrices favoritas. En otras palabras, Tarantino, con su cine-cómic moderno, le cambió la vida.

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Don Édgar era un anecdotario andante. / Ilustración: Pedro Sánchez.

Inspirado en la osadía del director de la saga de Kill Bill, al día siguiente, Don Edgar pidió visitar Puerto Madero, barrio que hubo de deslumbrarlo en su juventud. Así que, sin pedir direcciones de ningún tipo, confiando plenamente en su memoria, padre e hija abordaron un colectivo desde La Florida con el objeto de alcanzar Puerto Madero. 

El camino se hizo largo. El paisaje altamente urbano dio lugar a casitas pintorescas que según Don Edgar eran señal inequívoca de que ya se acercaban a su destino. Después de más de hora y media de viaje, la hija, que no conocía Buenos Aires, pero sospechaba algún tipo de equivocación, preguntó a otro de los pasajeros si ya estaban cerca del puerto. La respuesta fue que sí, ya estaban cerca, pero de Puerto Tigre, hotel ubicado en Tigre, una ciudad diametralmente opuesta a Puerto Madero. Habían tomado el colectivo equivocado.

“Nos bajamos del colectivo, dimos una vuelta por Tigre y tomamos otro colectivo de regreso”, cuenta la hija, sonriente, al recordar lo mucho que se rieron ambos al notar su error. Entre la ida y la vuelta se sumaron más de tres horas de viaje que para Guiomar no fueron en vano. “Ya nunca conocí Puerto Madero, pero no importa, porque esas tres horas fueron muy valiosas”. Con ojos brillosos, ella recuerda la charla entretenida de su padre, su sabiduría infinita, su humor característico. Recuerda conversar extensamente durante esas tres horas de viaje sobre arte, literatura, música y cine, todas pasiones de Don Edgar. Recuerda anécdotas dentro de anécdotas. La dureza de la dictadura, retazos de la vida en España, memorias de Doña Maritza (apenas habían pasado dos años de su muerte en ese entonces), Kill Bill y la violencia tipo comic de Tarantino, los discos de Gardel en la biblioteca de Erquiz y todo aquello de lo que pueden conversar padre e hija en una inútil y larga travesía hacia ningún lado.

Además de los nuevos gustos cinematográficos adquiridos y de la visita fallida a Puerto Madero, Guiomar recuerda otras pequeñas experiencias únicas de ese viaje. Como la visita a un café con el nombre de una de las nietas predilectas del escritor en donde tuvieron el privilegio de descubrir fabulosas melodías de jazz y al que él pediría regresar en muchas ocasiones de años subsecuentes. O la búsqueda de un libro de dudosa existencia titulado El enigma Sagrado, que Don Edgar aseguraba había servido como base de inspiración para El código DaVinci de Dan Brown (2003), que era tan popular en esa época, pero que no pudo ser encontrado en toda la extensión de la gran ciudad. O las alocadas carreras de librería en librería en búsqueda de cierta edición o cierto libro en específico, en las que la hija desfallecía y el padre, por el contrario, parecía rejuvenecer y recuperar toda su vitalidad pasada. O la expresión traviesa de su rostro, que no perdería nunca, ni durante los últimos días de su vida, cuando finalmente encontraban lo que habían estado buscando o se retiraban de una tienda cargando toneladas de valiosos tesoros de papel.

Ya en el avión de regreso a Bolivia, una vez finalizada la aventura y en medio de una conversación sobre el fervor vivido en Buenos Aires, Don Edgar hizo una pausa, miró a su hija a los ojos y le dijo con completa seriedad: “Si alguien nos pregunta por qué no fuimos a Puerto Madero, le decimos que porque Puerto Madero ya no existe. Les decimos que Menem se lo vendió a los chinos”.

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