Faulkner ante la ’feudernidad’

El sur. El de Faulkner, el de Estados Unidos, pero también el de Bolivia. Arturo Alarcón nos explica por qué William Faulkner habría podido seguir creando novelas y cuentos inmortales de haber vivido en Santa Cruz, en un texto que hurga sin miedo la, cada vez mayor, brecha que separa a los “unos” de los “otros”.
Editado por : Adrián Nieve

De Yoknapatawpha a Santa Cruz de la Sierra… Pasando por Bolivia

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Faulkner, considerado uno de los mejores escritores de la historia estadounidense, creció en el sur e interiorizó las contradicciones de una región atrapada en la nostalgia de añorar un pasado repudiable. / Foto: Library of America

Las cosas antes eran mejor... o no.
Adoro a William Faulkner (1897-1962). Su obra intrincada, misteriosa y críptica es un reto cuesta arriba; varias pasadas y siempre hay algo más. De igual modo, inmediatamente después de leerle, se tiene energía suficiente para escribir el capítulo entero de una saga. Esa es la potencia de William Faulkner.

Fue alcohólico e inconforme. Siendo ahí donde sus hijos putativos al sur del mundo, quienes le llaman el “Escritor de escritores” (García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, más recientemente Arriaga) se reconocen y, hasta el día de hoy, le rinden pleitesía.

El sur... pero, ¿qué sur? ¿Ese su sur natal de los Estados Unidos o el sur de toda América? No son muy diferentes: regiones derrotadas y postergadas, lugares donde un pasado injusto e idílico es añorado, anhelando su retorno. Eso es lo que ha enriquecido la literatura del “Más grande artista que el sur de Estados Unidos ha producido jamás”, según Paul Ellison. Ahí es donde los escritores mencionados previamente y otros más (entre los que creo me incluyo) se encuentran con este “maestro”; en la fascinación por unas sociedades o, mejor dicho, por una sociedad traumatizada y acomplejada gracias a un victimismo crónico y enfermizo enquistado por generaciones. Imaginen la pléyade de personajes retorcidos, pero verosímiles, que tal paisaje crea… los conflictos poderosos que subyacen en la cotidianidad de tierras donde lo peor de la conducta humana puede llegar a ser considerado una virtud y las virtudes ser vistas con desprecio.

Una sola sociedad, porque el sur esclavista, estamental, racista y retrógrado tiene sus reflejos (o viceversa) cruzando el Río Grande: las versiones criollas, esas que Faulkner, y varios de los mencionados, previamente trataron y tratan aún de descifrar o denunciar.

Novelas suyas como El Ruido y la Furia, ¡Absalón! ¡Absalón!, Intruso en el Polvo. Cuentos como Dos Soldados, Victoria en la montaña o Incendio del Granero son las diferentes miradas de este autor respecto a similares experiencias: la culpa, la derrota, el resentimiento y, más que todo, el racismo. Esas son las piedras angulares, los hitos fundacionales de ese terrible objeto de estudio: la sociedad poscolonial en América a ambos lados del Río Grande. Y, como toda sociedad, es moldeada por sus élites, esas que se encuentran en el ojo de la tormenta.

Faulkner fue un sureño, un hijo del río Misisipi. Venido de los estados debajo de la línea Mason-Dixon, los 13 estados (eternamente) derrotados en la Guerra Civil de los EE.UU. (1860-1864), la tierra que floreció —culposamente— gracias a la esclavitud, cuna del Ku Klux Klan, Dixieland… la tierra de los Dixies, enemigos acérrimos de los Yankis, de los niggers que osaron levantarse en armas y querer ser “iguales” a ellos. Si, ahí también tienen sus razas malditas, quienes no aman a esa tierra… no son de esa tierra, no es un concepto nuevo. A buen entendedor pocas palabras; ya huelen por dónde va la cosa. “Tres son los enemigos del alma para el cruceño”, dijo Gabriel Rene Moreno y así está la cosa.

Heridas abiertas: Gettysburg, Atlanta ardiendo apoteósicamente en Lo que el viento se llevó. “¡Nunca más un Terebinto!”, gritan después de cada discurso los “del gobierno moral”. Heridas que retornan: el trauma del daño, del escarnio, de la violación. Ecos de esa época con negros encadenados, sin yankis carpetbaggers, ni indios alzados o collas oscuros que vengan a mancillar la impoluta pureza. Un pasado que se extraña, del que no se tiene experiencia, pero se idealiza porque el futuro es doloroso ante la clara derrota y la extinción de lo que se cree ser.

Extrañar el pasado real o imaginario crea monstruos. La familia Compson en el Ruido y la Furia, que termina con vástagos tarados; los atentados cobardes de enmascarados de capirotes blancos quemando cruces y colgando negros en Alabama o Virginia. Los malvivientes que apalean mujeres de pollera o quechua hablantes. Las y los beatos que destruyen el arte del arcoíris por no ser verde y blanco o quienes secuestran una ciudad por 36 días a base de temor y violencia. Y después tildan al otro de bestia humana. Así estamos.

Los mitos fundacionales son estructuras psicosociales, puentes entre un pasado idílico, platónico cual Topos Uranus y un presente que falla en reflejar ese mundo donde todo “era mejor” y cumplía el “orden divino”. Faulkner se crió ahí, en las ruinas de una familia aristocrática sureña venida a menos de Oxford, Misisipi. El abuelo fue héroe de la guerra civil, sus progenitores vivían despotricando contra esos negros que ahora tenían derechos, pero William Falkner (como era originalmente el apellido) jamás sintió más cariño por alguien que por su nana de piel de ébano y cabello oscuros como la noche. Sentir que todo tiempo pasado fue mejor es señal de decadencia.

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Faulkner fue considerado el “escritor de escritores” por grandes de la literatura como García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y, más recientemente, Arriaga. / Foto: Magnum Photos

Y Waldmann descubre la "feudernidad"
Adrián Waldmann vivió 15 años en Santa Cruz de la Sierra. Germano-argentino, realizó sus estudios de doctorado en Cambridge.

Faulkner sufrió el Sur al no poder cambiarlo, al mostrar a través de sus letras la tara del odio, de la identidad basada en no ser lo otro. “No sé qué soy, pero no soy eso que aborrezco”. Por tanto, mi identidad debe constantemente afirmar el aborrecimiento, caso contrario, “no soy”. Es ahí donde Waldmann y Faulkner se encuentran, al eviscerar cada uno por su lado el destructivo proceso de retención desesperada de poder de las correspondientes castas superiores —no clases sociales— del Sur respectivo que a cada uno le tocó vivir.

En su libro El habitus Camba, Waldmann no deja títere con cabeza. Con un lenguaje casual enfatiza en la construcción de la identidad camba por oposición a lo colla, la creación del enemigo, explicado ya en el párrafo anterior. Waldmann acuña el concepto de “Feudernidad”, esa mezcla rara entre aspiraciones contemporáneas como ser una economía y estética global que se mezcla con valores tradicionales por no decir retrógrados: racismo, fanatismo religioso, odio a lo diferente, etcétera. Lo feudal con estamentos verticales de superiores e inferiores se “mezcla” con lo “moderno” (en un mundo ya posmoderno) dando lo feuderno.

Ahí florecen estos autores, porque esa contradicción permanente, ese estar partido entre añorar el pasado esclavista, o de “pureza racial” y tentarse con los beneficios del mundo contemporáneo (erróneamente llamado moderno), pero donde hay cosas que no gustan como gente “fea”: diversidades sexuales, negros y collas con “igualdad” de derechos y oportunidades, etcétera, que generan fisuras en la impoluta identidad. El tejido es estirado por ambos extremos y a través de las grietas se vislumbran los verdaderos horrores que torturan el diario vivir de las “élites” decadentes. Por ahí salta la pus.

Faulkner retrata magistralmente los temores subyacentes en la psiquis de la antigua casta señorial sureña. Uno puede encontrarlos amplificados en la casta privilegiada de Bolivia y mostrándose los mismos con mayor rabia en la “feuderna” casta cruceña. Y es que no hablo solo de la pesadilla eterna que supone ver cómo sus privilegios son solo sombras de los que alguna vez los abuelos y bisabuelos gozaron. De cómo el país —que juran haber manejado maravillosamente— ha caído en manos de aquellos, sino que hay un temor capital que hace a la esencia misma de la identidad del gamonal gringo, así como del gamonal latinoamericano…

En ¡Absalón! ¡Absalón!, el personaje principal retorna al sur natal de su familia con ambiciones sociales y económicas contradictorias, pero con un propósito capital fijo, viaja cientos de millas para poder aclarar algo que le tortura el alma: saber si por sus blancas venas corre sangre negra. En Intruso en el Polvo, un patriarca familiar sureño mata al amante de su hija —y padre de su futuro nieto— porque tiene una decimosexta parte de sangre negra, por tanto, para el sur es un negro, aunque tenga los ojos azules, los cabellos dorados y la piel pálida como la luna.

Cómo traiciona la genética más allá de la ignorante superficialidad; los secretos, las vergüenzas torturan el alma. Tiene aquí sentido la lista de los enemigos enumerados por Gabriel Rene Moreno: la mezcla es la vergüenza radical de las castas elitarias en las sociedades poscoloniales. En las obra de Faulkner se vive a cada segundo el golpear constante del terror que les provoca que por atrás salte lo negro, que ese polvo furtivo perdido en el tiempo destruya ese Ser, esa identidad. En las elites latinoamericanas esto toma ribetes patéticos: regodeándose de “no ser indios”, aunque las narices aguileñas, los tonos morenos, los hermosos pómulos afilados con los cabellos negros son regla en cada familia, en cada pariente negado de frente, pero amado a escondidas. Se teme, es una pesadilla constante, que por atrás pique ese indio.

Quien sabe, quizá Faulkner hubiera creado aún más portentosas obras observando la hiperbólica sociedad estamental boliviana. Sus personajes más retorcidos serían solo caricaturas ante el potencial surreal que para nosotros resultan nuestras relaciones cotidianas. El Benji Compson repulsivo, babeante y con retardo mental que conocimos en El Ruido y la Furia seria irrelevante frente los impresentables de la Unión Juvenil Cruceñista que quieren convencerse de ser blancos y ante su innegable y vergonzosa mezcla, no les queda otra que usar un racismo de tercer mundo, acomplejado en una Bolivia donde siendo imposible pensar en “pureza”, recurren a una discriminación subdesarrollada, desviviéndose en ser lo menos indio posible, esperando que aquellos blancos de ese sur de los EE.UU., quienes tienen la propiedad intelectual del concepto de blanquitud, les otorguen una igualdad imposible.

“Me niego a admitir el fin del hombre”
Son palabras de William Faulkner al recibir el Nobel de literatura en 1949. Recordó la tensión eterna entre blancos vencidos y negros negados de aquel sur, aspirando a su reconciliación. Igualmente me niego a admitir el fin del ser humano y de sus mejores aspiraciones.

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Para el autor, y para Adrián WAldmann también, Santa Cruz es un espacio donde todavía prima un fenómeno llamado “feudernidad”. / Foto: Aliz

Bolivia y, por ende, Santa Cruz necesitan asumir la fuerza suficiente para salir adelante cada día, enfrentando el pecado original que nos lastra. Debemos reconocernos como una sociedad acomplejada, fracasada y racista, especialmente (nosotros) los privilegiados. Proyecto de sociedad fracasada al no haber enmendado esa raíz ponzoñosa que nos caracteriza, por la que lastimosamente se nos reconoce en el mundo y que permitimos que aún expela su veneno. Es ese reconocimiento el que permitirá aire nuevo en los pasillos de las casas en la Zona Sur paceña, limpiará de retorcidas miradas las paredes de los anillos cruceños, ayudando a entender que ya no va más la mentalidad provinciana de la que mamó su élite. Que para graduarse verdaderamente como metrópoli abierta al mundo en los hechos y no solo en ensueños, se debe reconocer, duela a quien duela —y como dijo una joven youtuber—, que Santa Cruz es igual de colla que La Paz o El Alto. O, mejor dicho, es más del resto de la humanidad que de quienes enarbolan odio, resentimiento y racismo.

***

Al cerrar este texto, nuevamente, ya que estaba proyectado a publicarse la Feria Internacional del libro de Santa Cruz, rememoro las intensas jornadas vividas entre el envío de aquella versión y el día de hoy. Ha pasado mucha agua bajo el puente…

La mayor estafa en la historia de Bolivia: un funcionario público muerto en “peculiares” circunstancias y una farsa de supuesta bonanza económica que desnuda el eterno retorno de las elites bolitas (paceñas, cruceñas, collas, cambas, etcétera). Enriquecerse a costa de otros, reventando al inferior, a quien se ve como un animal a explotar al no ser uno mismo capaz de procurarse un céntimo con un mínimo de trabajo digno.

Si no es con latigazos y desmembramientos ante las bocas de los socavones, como en la colonia, a través del republicano tributo indígena, arrancado dinero a esos indios barbáricos, como se arranca la leche a una vaca, el metal a la tierra… o bajo la sombra del machete en la zafra, ahora es con engaños y prestidigitaciones financieras contra esos inferiores a quienes se les hizo creer que podían tener una vida mejor… que podían ser como uno, un poquito más iguales; ¡habrase visto tal atrevimiento!

Desde la ficticia Yoknapatawpha, aquella pequeña dirección postal creada por Faulkner, llegando a Santa Cruz de la Sierra, pero no sin pasar por Bolivia en tiempo y espacio, el corazón se me estruja viendo qué tan cerca y lejos estamos de poder cambiar nuestro sino. Ese mismo que porque lo permitimos, arquea nuestro lomo una y otra vez en sufriente regreso.

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