Neonazis hoy

Juan Pablo Obleas nos cuenta dos encuentros que tuvo con residuos del nazismo en pleno siglo XXI, el primero en Alemania y el segundo, quizás más improbable y sorprendente, en Bolivia.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

La Segunda Guerra Mundial es un tema controversial, pero lo es un poco más en mi vida porque fui a un colegio israelita y, por lo mismo, la historia y tradición judía estuvieron presentes desde mis 9 años, siendo mi primer contacto con ella el día de conmemoración del Holocausto.

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"...sin darme cuenta al llegar que tenían una foto enmarcada de Hitler". / Fotografía: Michele Hubacek (Flickr).

¡Qué memoria! Hasta queda grabada la violencia en mí y ni siquiera me tocó experimentarla. Al menos no hasta el 2014, en mi viaje a Múnich, pues ignoraba los efectos del color de mi piel.

Con el recuerdo del Holocausto presente, ya en esa bella ciudad, decidí visitar un restaurante famoso por ser el lugar de la primera cita de Hitler con Eva Braun.

Al instante de mi llegada, las meseras se ocultaron en la cocina y solo me atendieron desde la ventanilla. Nadie hablaba inglés, solo el chef, así que salió para atenderme. Me miró y dijo que el menú es todo lo que hay y que debería irme, apuntando ligeramente con la cabeza a su derecha, justo antes de cerrar la ventana de la cocina. Sorprendido por el mal servicio, miré a la derecha y vi a tres tipos, tatuajes en pecho, brazos y cabeza. Un águila en el brazo, una esvástica a la altura del hombro, un estilo rojo y negro con espacio negativo, bastante “a lo tercer Reich”, en todo el cuerpo. Más musculosos, altos y enojados de todos los alemanes que había conocido hasta ese momento.

Todos mirándome fijamente con una expresión que solamente podría reconocer al pasar por el mercado Hinojosa a las tres de la mañana un poco borracho y celular en mano, entre un insulto con mi presencia y una invitación a que me peguen.

Corrí con mi alma para salir de ahí e irme a un lugar más público, por si me perseguían. Lo único que recuerdo al salir de ahí es verlos en la acera, fuera del restaurante, gritándome.

Interesantemente, todas las imágenes crudas que se muestran para hacer presente el genocidio daban vueltas en mi mente, como si hubiese vivido por unos instantes ese sentimiento. Ese miedo y terror pasan por mi cabeza cada vez que pienso en Yom Hashoah.

***

Muchos años después, hablando con un amigo que conocí en un grupo metafísico, llamémosle Armin, me dijo que podía llevarme a una tertulia, allá por 2018, sin darme cuenta al llegar que tenían una foto enmarcada de Hitler.

Nos encontramos cuatro “nuevos” y Armin por la Plaza Abaroa, subimos hacia la Ecuador, por la Andrés Muñoz nos desviamos a lo que ahora es un snack pero antes era una tienda vacía. Como dije, no me di cuenta de la foto al entrar, solo imaginé una foto mala de Chaplin.

Iniciamos con un tinte místico, los que ya eran miembros estaban con prendas oscuras. Participaban un oficinista de negro, algunos metaleros con canguro y una pareja new age con poleras básicas negras.

Para mí es costumbre iniciar con el énfasis espiritual y lo reconocí, “Iniciamos trabajos…”, dijo el de traje de negro con una venia frente todos. “Un saludo a los presentes, ahora nos presentamos todos…” (cada quien decía su nombre y un poco de sí mismos o su interés en la magia). Llegamos a ser unos diez en total.

Los más “antiguos” al levantarse hicieron una reverencia (que imagino se inventaron en ese momento, porque para algunos era un puño cerrado, para otros era el malocchio, y la pareja hizo una especie de alabanza) en dirección a la imagen.

Desde ese minuto las cosas ya se sentían extrañas, continuaron la reunión recordándonos que esta en particular era para discutir de “filosofía sin barreras” y que éramos libres de expresarnos aquí. El de traje también hizo una reverencia, inició hablando de cómo la magia tenía una característica de concentración de energía que se pegaba a nuestro cuerpo.

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Un recordatorio de cómo los fantasmas históricos pueden resonar en un lugar inesperado. / Fotografía: Pixabay.

Habló con mucho fervor sobre las reglas de la hermética y que el conocimiento solo ingresa a los oídos de quienes quieren oír la “verdad”, que en sí habla de que todo es mental, desde ese punto para mí ya inició el debate.

A Metalero 1 se le salió que el más puro era el que no le hacía caso al “Demiurgo”, que eran sordos aquellos que le habían hecho caso por primera vez. A lo que pregunté “¿Qué es un Demiurgo?” y me respondió con solvencia que se trataba del “hijo que no debió nacer” de la esfera Sophia de la cábala.

En ese momento, Armin me explica que los judeocristianos adoramos a un Dios falso que quiere que lo alabemos y no reconoce nada que esté por encima de él, es decir, ni siquiera su propia madre. La historia es que todas las esferas del árbol de la vida tienen su contraparte que corresponde a la segunda ley, todo existe en un dúo (hombre-mujer) y todos son familia.

Como ya dieron el pie, hice un chiste de Hitler casándose con su prima. La reacción fue inmediata: recibí “la mirada”, como en Múnich, me comenzaron a debatir con principios del gnosticismo, que Sophia quería un hijo y decidió dar a luz a uno por su capricho (como el capricho de Eva al no querer a Hitler); “que nadie quería existir”, pero si existir es un capricho, cada quien puede hacer lo que quiera, además del ‘Demiurgo nos pone en su trampa’ por lo que cada quien puede tener una selección ilimitada de parejas.

Yo trataba de desactivar el conflicto con reveses de la apología del perdón (condición sine qua non del judaísmo), que todos tomamos decisiones diferentes en la vida, eso no nos aleja de la verdad única: la bondad del corazón de uno para perdonarse a sí mismo y a otros. Muchos de ellos suavizaron sus miradas, hasta que les lancé que eso me enseñó un rabino judío, Jonás Shalom.

Las miradas eran de molestia pero ya sabía dónde estaba parado, no podía creer que alguien de mi propio color de piel pueda justificar su antisemitismo y la noción de una raza superior, adorando a los caucásicos como superiores por su blanquitud.

La sala se movía en torno a esta conversación, los ‘antiguos’ contra mí, los ‘nuevos’ ya tenían dudas. Los saqué ligeramente de balance sin propósito real, no puedo decir que mi convicción es luchar contra neonazis, pero ¿es realmente algo que queremos?

Me llovían comentarios del estilo “todos acumulamos vril para ser iluminados”, “mientras más blanco más cerca está el ser humano de la iluminación” y “hacer ‘magia’ verdadera significa ser ‘blanco’ para tener esa capacidad”, parecía casi sacado de un libro de Edward Bulwer-Lytton. Ya con molestia les volví a soltar que, si la blanquitud era una virtud los caucásicos son técnicamente los negros del espectro blanco porque en los balcanes les considerarían así.

Los “antiguos” entraron en un cuarto intermedio, se vieron fijamente y solo el de traje se dirigió a mí y me dijo que este claramente no era un lugar para mí, tal cuál años antes el chef de ese restaurante me dijo que debería irme.

En 2014 no tenía decisión que tomar, era escapar o sufrir. En esa reunión tenía dos decisiones: irme de allí o molestarlos más hasta que me golpeen o me boten. Opté por lo último. Les hablé de que esto es una historia más como la de Voldemort, en Harry Potter, pero si solo los muggles le dieran la razón.

Era más que obvio que ‘metalero 1, 2 y 3’ querían golpearme, me dijeron que claramente no era el lugar para mis ideas, les dije: “Es porque son muy muggles”. Ahí me sacaron del lugar y acepté de buena manera la decisión.

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