Otro

Les traemos una nueva entrega de las entrevistas de Eva Sofía Sánchez que, en su faceta más periodística, habló con los artistas del ámbito cultural cruceño para darnos un breve y poderoso vistazo de quiénes son y cómo llegaron a ser. En esta ocasión visita al artista plástico Douglas Rodrigo Rada, a propósito de su trayectoria, de todas las veces que tuvo que empezar de cero y de cómo llegó a aprender a convivir con su “otro yo”.
Editado por : Adrián Nieve

Douglas Rodrigo Rada
Nació en la Paz, Bolivia, en 1974. Es licenciado en Artes Plásticas por la Universidad De Las Américas (Puebla, México). Ha expuesto en Australia, Chile, España, Italia, Uruguay, Brasil, Argentina y Ecuador, entre otros países. En 2005 fue ganador del primer premio de la Bienal SIART, de Bolivia. El 2011 curó la Bienal CONTEXTOS junto a Ramiro Garavito y participó en el ‘Proyecto Continentes’– Bienal del Mercosur. En 2012 fue ganador de uno de los premios de la Bienal de Santa Cruz de la Sierra. Fue co-curador de la tercera versión del festival de performance CIMIENTOS, en el Centro Simón I. Patiño de Cochabamba. En 2014 co-editó el libro Performance y accionismo en Bolivia desde 1980. Desde el 2016 es curador del proyecto NUBE/ Kiosko Galería.

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Rodrigo Rada es licenciado en Artes Plásticas por la Universidad De Las Américas (Puebla, México)

I

“El problema no es dibujar”, me dice Rada. Es miércoles, son las cuatro de la tarde, estamos en su despacho, en el tercer piso de Kiosko. “Eso es algo que haré durante cuarenta años más. El problema es otro y el problema es grave… el problema es: ¿qué viene después?”

La oficina de Rodrigo Rada es una pecera. Sus dos muros principales están hechos de vidrio, uno de ellos mira hacia el interior del edificio y el otro mira hacia el patio de Kiosko. Veo el balcón, la copa de un Toborochi, los techos de las casas vecinas. La luz que ingresa –escaza, plomiza, pesada, ralentizada– presagia un final de día lluvioso y húmedo. Los otros muros son paredes blancas y están cubiertos, casi por completo, por una cantidad imprecisa de obras de arte. Dentro de este espacio rectangular, de doce metros cuadrados, hay lienzos, fotografías, pinturas, serigrafías, dibujos y tejidos de todo tamaño. Es un desorden práctico e intencional, un caos en el que Rada se siente a gusto, un caos que solo él puede dominar. 

Yo pregunto y él escucha mis palabras, pero se distrae con facilidad, las ideas le sobrepasan. Piensa en los asuntos pendientes, las tareas inconclusas, los mails por responder, las llamadas por devolver; piensa en las exposiciones del próximo mes y las convocatorias que debe redactar, los libros por corregir y editar, los dibujos por realizar; y piensa también en la decadencia de los artistas viejos, y en la soledad y confusión de sus contemporáneos, y en la falta de horizonte de los artistas jóvenes; piensa que todo no es más que un juego, pero que este juego es serio, y que la historia aún se escribe y que la reflexión es una obligación y que la búsqueda no se acabará jamás, nunca, de ningún modo, jamás. 

Bebe Coca Cola y contempla el paso calmo de un gato blanco que atraviesa el balcón de su oficina. El felino percibe el vistazo y se detiene, vuelca el rostro y durante algunos segundos gato y Rada cruzan miradas… Se observan, no pestañean, no maúllan, no hablan, ambos se percatan de la existencia de un mundo ajeno a ellos, fuera de su control, un mundo exterior… El gato pierde el interés y prosigue su andar, se va. Rada me mira y me dice: “¿podrías repetir la pregunta, por favor?”, pero el problema es que yo… ya la olvidé.

II

Douglas Rodrigo Rada es dos personas.

La primera de ellas (la principal, tal vez), es el artista. Como tal, ha construido un cuerpo de obra a partir de la reflexión y la constante elaboración de dibujos, objetos y pinturas. Todo lo que Rada produce está relacionado siempre con “el otro”, es decir, con la alteridad del ser, con las posibilidades de los cuerpos, con los límites de la existencia humana. No es casualidad, por lo tanto, que cada cierto tiempo mencione como referente a Jorge Luis Borges.

Muchos escritores han explorado la figura de “el otro” en sus trabajos de ficción. Basta con recordar a El Doble, de Dostoievsky, o al Hombre Duplicado, de Saramago. La literatura se construye sobre esas tensiones: historias de humanos confrontados con su comunidad; con sus pares; con sí mismos. El conflicto es el corazón de la narrativa. 

En la ficción del escritor argentino, la idea de “el otro” o “el doble” alcanza magnitudes orquestales. Es constante e inquietante, incluso atemorizante. Borges no solo exploró “la otredad”, sino que se sumergió en ella, la representó en forma de espejos y cúpulas terribles, textos académicos inexistentes y fantásticos, relatos de cuchilleros y bibliotecarios y, también, en sí mismo. 

Borges se incluyó como protagonista de sus ficciones. En 1960 escribió: “Yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar”. Borges –el autor– necesitó de la existencia de Borges –el hombre– para comprenderse. Ambos sufrieron la condena de vivir de –y para– el otro.

La influencia de Borges en la obra de Rada es significativa. A través de sus dibujos, pinturas y objetos, Rodrigo trata de explicarse, de mirarse para reconocerse y entenderse. De encontrar su lugar en el mundo y en el escenario del arte. Lo hace desde fuera de las tradiciones locales. No hay costumbrismo en sus dibujos. El uso de la simple línea, de las manchas y tachones, del blanco y el negro, son evidencia de la universalidad de su lenguaje. En ese sentido, su obra es tan global como intimista.

El otro Rada es el curador.

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Filicidio, una de las obras de Arturo Borda , el gran pintor boliviano del siglo XX

El hombre que cumple horarios; el que se plantea objetivos concretos y elabora planes para alcanzarlos; el que pasa el día frente a una computadora, el que escribe mails, agenda reuniones, organiza charlas y talleres, asesora a otros artistas. El que, desde sus años de estudiante, lucha por generar espacios de promoción y exposición; el que abrió galerías y editó libros, ese Rada es el que constantemente se cuestiona el rol que juega el arte boliviano en el escenario internacional y que busca frenéticamente la construcción de un discurso y una plataforma de impulso global para los artistas nacionales. Es el que intenta gestar espacios de diálogo dentro de un país en el que aún se entiende muy poco acerca del arte contemporáneo. Es, además, el que mira a su propia producción artística con sospecha y sigilo.

Ambos Radas, el curador y el artista, están enfrentados.

III

Nació en La Paz, en 1974, fue el menor de cuatro hermanos y pasó su niñez en Sopocachi, uno de los barrios más singulares de la ciudad, una suerte de compendio urbanístico y social de la paceñidad. Recorrió las calles inclinadas, admiró los edificios neocoloniales, rococó, art-decó, modernos y art-nouveau. Descubrió los senderos secretos y ondulares de la zona, las viejas arboledas, las sombras de las plazuelas, ascendió a la loma del Montículo y vio, desde el Mirador, a la grande y alta urbe y al Illimani más allá, a lo lejos, casi una blanca ilusión. 

En 1986 su familia se trasladó a Cochabamba, allí forjó amistad con Alejandra Alarcón1. Él tenía 16 años, ella 14. Compartieron su pasión por el dibujo. Alejandra esbozaba flores negras, calaveras, ataúdes. En sus cuadernos, Rada plasmaba seres imposibles: pirañas con barbas, hombres alargados, paisajes con detalles surrealistas. Formaron un par, exploraron la ciudad del valle, recorrieron las calles y avenidas, visitaron los cementerios. Solían recolectar huesos y espiar dentro de las tumbas abandonadas. 

Acerca de esas épocas, Alejandra recuerda: “Encontrarme con Rodrigo fue como encontrarme con un igual. Nos entendíamos. Éramos cómplices. Él era un galán tímido y rebelde; un roquero, un conquistador”. 

Una tarde, ella le planteó un desafío: “¿quieres ver los cuadros de mi tío, el loco?” Rada aceptó. Se dirigieron a la casa de la abuela de Alejandra, una construcción antigua, de los años cincuenta. Ingresaron y subieron por las escaleras de caracol, se detuvieron frente a la puerta cerrada de una habitación, entraron. Rada vio retratos de Mark Twain, Gandhi y Beethoven; vio una pintura del Illimani con un cielo amarillo detrás del volcán dormido y otra obra en la que un lobo mordía la pierna de un niño y diversas representaciones de la Venus de Milo; vio demonios alados y vio un corazón en llamas con cientos de esqueletos danzante alrededor de él. “¿Y? ¿Te gustan?”, preguntó Alejandra. Eran las obras de Arturo Borda2, el gran pintor boliviano del siglo XX; el “tío loco” de Alejandra Alarcón.

IV

Tras el bachillerato, Rada inició estudios en Ingeniería Industrial y fracasó en el intento, pero gracias a esa derrota se decidió en favor del arte. En 1997 se mudó a Puebla (México) para emprender su formación en la Universidad de las Américas3. Ni bien empezaron las clases, Rada se dio cuenta de tres detalles claves:

No sería fácil. Él sabía dibujar, dominaba –empíricamente, pero dominio al fin– las técnicas del lápiz y el sombreado. Pronto descubrió que dentro de una facultad de arte moderno y contemporáneo esas “cosas” –la técnica, la destreza, el virtuosismo– no importan tanto. La universidad le desafiaba a encontrar algo diferente y propio; le desafiaba a estudiar la historia del arte, para luego ser partícipe de ella y enriquecerla; le desafiaba a estimular su mente con lecturas y relecturas de textos filosóficos y de ficción; a perder el miedo para reflexionar acerca de los conflictos que le interesaban, para diseñar un lenguaje visual que exprese esas preocupaciones, inclinaciones e interrogantes. Rada entendió: el proceso sería exigente. 

La competencia sería dura. Rodrigo recuerda: “en algún momento, durante el primer semestre, recién llegadito, vi de cerca una discusión que me hizo comprender muchas cosas. Mis compañeros debatían acerca de la eficiente construcción de una estructura cuyas partes fuesen objetos encontrados y si sería correcto denominar dicha construcción como ‘ensamblaje’. Yo no hablé, solo escuché. Estaba a años luz de entender aquello. Debía, por lo tanto, ponerme al nivel, disminuir la brecha, trabajar”.

Estaba en el lugar indicado. El campus universitario se encontraba en San Andrés de Cholula, una ciudad con poco más de cien mil habitantes, dentro del valle de Puebla-Tlaxcala. Traducido del náuhatl al español, el nombre de la población significa “lugar de los que huyeron”. Allí no había posibilidades para la distracción, las fiestas o los excesos. La universidad contaba con edificios habitacionales para el alumnado, talleres de pintura y escultura, y un profesorado capacitado tanto en técnicas del arte moderno, como en la enseñanza filosófica que requiere el arte contemporáneo. Las condiciones no podían ser mejores.

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“Observó su creación. La estudió, la analizó, lo presintió y de pronto lo supo: ‘esa’ era su voz”.

Al darse cuenta de sus limitaciones y posibilidades, Rada imprimió doble marcha, solo así podría acortar la brecha. Había llegado de Bolivia, un país cuya tradición artística se encontraba en franco retraso frente al mundo contemporáneo.

Empezó a trabajar…

V

Perseguir “la originalidad” no tiene sentido, es un viaje que no conduce a ningún sitio. Todo ya ha sido hecho, la más sincera posibilidad de trascendencia se encuentra en el camino propio, en la incansable búsqueda por construir una voz única, para colocarla dentro de una canasta de ideas.

El discurso.

Rada se impuso hábitos extremos. Despertaba al despuntar el alba, estudiaba con obsesión, experimentaba y arriesgaba. Una noche, junto a una colega artista, miraron la película Fight Club (1999, David Fincher) y, al finalizar el filme, aún inspirados por el vértigo de la historia, la compañera de Rada le propuso: “¿Y si nos mudamos al taller?” Guardaron sus ropas en maletas y se trasladaron. 

Durante meses, ellos vivieron, durmieron, trabajaron e hicieron arte; vida y creación fueron sinónimos. Una tarde Rodrigo leyó La máquina del tiempo de H.G. Wells. En la novela, el personaje principal viaja al futuro y se encuentra con unos agujeros circulares y profundos, mira hacia dentro y ve sombras que corren por lo bajo. Piensa: “No sé cuánto tiempo permanecí mirando el interior de aquel pozo, necesité un rato para convencerme a mí mismo de que aquella cosa entrevista era un ser humano”. Tras terminar la obra de Wells, Rada dibujó un robusto anillo negro, oscuro y ancho; dentro de él, plasmó el asomo de una silueta. Observó su creación. La estudió, la analizó, lo presintió y de pronto lo supo: “esa” era su voz.

Exploró aquella voz. Aprovechó el minimalismo de las líneas y la simplicidad del blanco y negro. Esquematizó para ser complejo y profundo en sus significados. De esos primeros estudios emergieron figuras como: Amputados –dos siluetas transparentes, una de ellas con muñones en lugar de brazos–, Pierna descolocada –el perfil de un hombre que eleva una pierna como si diese una patada, su rodilla se dobla hacia dentro–, De-forme –un personaje con un pie que tiene la forma de un enorme globo transparente–, Interno –un rostro negro con ambos ojos en blanco, dentro de uno de los ojos, hay una silueta negra–,- Enrollado –un hombre que contorsiona su cuerpo de tal manera que coloca el rostro entre sus muslos–, Armado –un ser con seis brazos– y más.

Eran esquemas corporales, reflexiones acerca de los límites de la realidad, investigaciones despojadas de idealismos y emociones. Hablaban sobre las posibilidades del ser, dentro de un tiempo y espacio imaginario. A la vez, reflexionaban acerca de “el otro”, es decir, el otro Rodrigo; el otro artista y hombre posible; el otro que se mira y no se reconoce; el que atisba dentro del pozo y descubre algo que le obliga a pensar y repensarse constantemente: un reflejo oscuro.

VI

En 2000, tras graduarse de la carrera de Arte, Rada corrió.

Inauguró la galería LAALvaca en Cholula (México), allí realizó su primera muestra individual. Poco tiempo después se mudó al DF. En esa ciudad el arte contemporáneo bullía, artistas como Gabriel Orozco, Abraham Cruzvillegas y Minerva Cuevas se habían convertido en estrellas globales. Rada produjo más dibujos, videos y objetos; realizó exposiciones y participó de talleres. De esas épocas son obras como Dedo en mano, en la que mostró una enorme mano con el dedo índice alargado, alrededor de él, un dedo sin mano. Otra fue Extendido, en la que el artista dibujó su silueta y la alargó sobre un muro. Las líneas de sus trabajos se habían vuelto más sutiles, el mensaje y la reflexión se hicieron más latentes, la idea de “la otredad” tomó cuerpo. Vio a los Misfits en vivo, conoció los clubes de jazz de la ciudad, visitó las ferias en busca de discos piratas. Descubrió la cultura post-moderna de un país hibrido y expuesto a la globalización.

2005 fue el año bisagra.

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Las obras de Rada exploran las reflexiones acerca de las posibilidades del ser, siempre con líneas simples y contrastes entre el negro y el blanco.

Participó de exposiciones colectivas en México D.F., Montevideo, Los Ángeles y Barcelona. En lo referente a exhibiciones individuales, expuso en La Casa de las Novias (México), Casa del Artista (Cochabamba), los Centros Patiño de Santa Cruz, La Paz y Cochabamba y el MartAdero de esa misma ciudad. Ese año, además, participó como invitado en el segundo WorkShop Kilómetro Cero (Santa Cruz de la Sierra) y obtuvo el premio de arte más importante de Bolivia: el Salón Internacional del Arte (SIART).

Tenía treinta años, había encontrado su voz, sus obras exploraban cada vez con mayor libertad y holgura las reflexiones acerca de las posibilidades del ser, siempre con líneas simples y contrastes entre el negro y el blanco, además contaba con suficientes recursos y herramientas como para armar exposiciones diferentes, jamás repetirse. En cada una de sus exhibiciones mostró obras distintas; expuso cuadros pintados con acrílico y esmalte; presentó esculturas realizadas con prendas de vestir. Sus dibujos alcanzaron una mayor profundidad conceptual, uno de ellos, titulado Identidad Especular era simplemente la palabra “Yo” y la sombra de las letras. Otro se llamaba Árbol de dedos, lo cual no requiere mayores descripciones. Rada pensó, entonces, que Bolivia podía ofrecerle una buena plataforma. Lo que deseaba era trabajar y exponer con libertad, aprovechar los espacios que esta nación le ofrecía. Decidió, por lo tanto, retornar al país.

Entre 2005 y 2006 Bolivia inició un proceso de transformación económica y social. Evo Morales ganó las elecciones y, por primera vez, un indígena tomó asiento en el sillón presidencial. Había la sensación generalizada de que algunas cosas cambiarían. Los bolivianos aún no éramos conscientes de lo que vendría. El arte nacional también experimentó una profunda transformación. Poco a poco, desde principios del nuevo siglo, las instituciones, museos y salones de arte dieron paso al nuevo y enigmático arte contemporáneo. Artistas como Valia Carvalho, Angélica Heckl, Erika Ewel, Ramiro Garavito y Raquel Schwartz, ya habían participado en bienales internacionales. Roberto Valcárcel y Gastón Ugalde eran los referentes de esa generación y también de las nuevas. En 2003 el SIART había premiado tres obras de artistas conceptuales y en 2004 el CONART cochabambino se declaró públicamente contemporáneo.

Rada había llegado en el momento propicio.

Incansable, dedicó los siguientes años al trabajo. Entre 2006 y 2008 realizó más exhibiciones en salas del país, formó parte de muestras colectivas en San Pablo, Santiago de Chile, Venecia y Zaragoza, fue miembro del grupo de artistas que viajó junto a Kiosko a las ferias ArteBA, en Argentina; y La Otra, en Colombia. A finales de 2008 fue premiado por la Bienal de Santa Cruz de la Sierra.

Pero, por lo general, correr sin frenos trae consecuencias nefastas. A finales de 2008, Rodrigo Rada fue víctima de su propio exceso de velocidad.

VII

En 1975 Borges publicó un cuento titulado El Otro. La trama es sencilla: un Borges anciano y al borde de la ceguera se encuentra con un Borges veinteañero, mantienen una corta conversación, el anciano sabe que el encuentro es real, el joven Borges, por el contrario, piensa que todo es parte de un sueño. El anciano vivirá el resto de sus días con la sensación de haberse olvidado, el joven no guardará la conversación en su memoria.

En 2008, una noche antes de fin de año, Rada fue a cenar a la casa de sus padres, comieron juntos, charlaron. Luego Rodrigo se acomodó en el sillón de la sala y miró televisión.

Allí ocurrió el episodio.

Una embolia cerebrovascular se produce cuando uno de los vasos sanguíneos se obstruye y dentro de él se forma un coágulo de sangre que llega al cerebro. Los síntomas son los siguientes: dificultad para hablar y caminar, pérdida de la visión, disminución de fuerza en las extremidades o el cuerpo entero, problemas de coordinación en los movimientos, desequilibrio e inconsciencia.

El suceso fue violento, confuso e incesante. Rodrigo quiso hablar, pero no logró emitir palabras; intentó ponerse de pie, pero cayó; trató de entender, mas fue imposible. A continuación: oscuridad, flashes momentáneos: el auto de sus padres, una camilla de hospital, una habitación con las cortinas cerradas. La única certeza: el dolor dentro, muy dentro de su cabeza. Eso y nada más era real. 

Desde la cama del hospital, Rada miraba a las personas que le visitaban, le hablaban, le abrazaban. Él no podía asegurarlo, pero presentía que había olvidado demasiadas cosas. Un vacío se instaló en su mente. ¿Qué es un hombre sin memoria? ¿Qué es la vida si uno la olvida? ¿Le había mostrado su cuerpo sus propias limitaciones?

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Tras la embolia elaboró figuras de seres caídos con agujas en lugar de piernas o brazos.

En 1953, Jorge Luis Borges perdió la vista. No fue un incidente repentino, sino un proceso (“Se ha extendido desde 1899, sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo”, escribió en un ensayo al respecto). Esto no le impidió continuar con la escritura, así como tampoco le hizo abandonar la lectura (hacía que le leyesen en voz alta). El resultado obvio, sin embargo, fue un cambio en su estilo. “Si uno lee los textos de los ’40 y los compara con los de los ’60, hay que ser un marciano para no darse cuenta de la diferencia. No es el mismo escritor”, dijo Ricardo Piglia4 en sus conferencias magistrales acerca de Borges. 

Tras su embolia, Rada tampoco fue el mismo artista. 

En 2009 inició una serie de sesiones psicoterapéuticas y se dio cuenta de que, tal y como había sospechado, se vería obligado a re-aprender ciertas actividades muy básicas.

Fiel a su carácter, trabajó.

La primera obra que realizó tras la embolia fue un autorretrato. Pintó un cuello, hombros, y el contorno de un rostro; pero en lugar de ojos, boca y nariz, colocó una mancha. Tituló al cuadro: Chueco. En diciembre de 2009, presentó en Kiosko la exposición llamada Tregua. Fue un regreso a los dibujos y objetos, pero, además, la exhibición mostró a un Rada consciente de sus limitaciones y fragilidades. Las obras continuaban su reflexión acerca de “la otredad”, pero en esta ocasión había otras variables presentes: el tiempo, Dios, la memoria, el dolor. Elaboró figuras de seres caídos con agujas en lugar de piernas o brazos; objetos, como un Cristo clavado sobre una cruz hecha de dados, o una jeringa con una bala dentro, o una muleta con vidrios rotos en el lugar donde reposan las axilas.

En la invitación a la muestra Rada incluyó, a modo de epígrafe, un fragmento de la novela Tregua, de Mario Benedetti. Era el siguiente:

Lunes 24 de febrero.

Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas. Después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino y es más oscuro que antes, mucho más.

Durante los años siguientes invirtió más tiempo en su recuperación. Realizó una sola residencia, presentó dos exposiciones individuales y organizó el segundo festival de performance Cimientos, junto a la artista y curadora Alejandra Dorado. Fueron años de introspección y algo de desesperación; además de la angustia por la enfermedad, se sumaba la preocupación económica.

En 2012 presentó otra exposición trascendental, la realizó nuevamente en Kiosko. El título fue Meter poner sacar, Sacar poner meter, Poner meter sacar Y significó un retorno a la vida. En esta ocasión no hubo dibujos ni pinturas, solo objetos: un cinturón con candados negros en las hebillas; un alambre de púas hecho bola, con dos antenas de televisor clavadas en él; unas gafas de trabajo con espejos en lugar de vidrios; un guante de boxeo con un reloj cerrado a la altura de la muñeca; una cruz cubierta con cabellos; un globo terráqueo relleno con hojas de coca; un hueso con tres palabras tatuadas: “apenas puedo moverme”. No solo fue una reflexión acerca de las posibilidades de la escultura, sino que también mostró el lado más poético de la obra de Rada.

Ahora su trabajo artístico se encuentra en un punto de inflexión. Aún le interesan las mismas reflexiones de su juventud: la imagen de “el otro” y las posibilidades de la corporalidad, a la vez –y debido a sus experiencias– realiza observaciones acerca del tiempo, la memoria, la fe y la muerte. Sus objetos y dibujos parecen buscarse, conversar los unos con los otros, se podría decir que el artista vive un tiempo de maduración. Con más de cuarenta años de vida, la vorágine por exponer ha disminuido, por el contrario, sus actividades curatoriales ganan mayor espacio. Piensa constantemente en la generación de un discurso nacional del arte contemporáneo y mientras tanto espera el momento indicado para decir lo que desea, sin aceleraciones, sin presiones.

VIII

“El pensamiento es constante”, me dice, “los límites del ser, de la existencia, eso es lo que he presentado siempre, los dibujos hablan de eso, plantean esa pregunta: ¿cómo percibe la realidad un hombre que no tiene sentidos? ¿Es posible?”

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“No solo fue una reflexión acerca de las posibilidades de la escultura, sino que también mostró el lado más poético de la obra de Rada”.

Esa tensión es latente en la obra de Rada y asimismo en su propia existencia. ¿Cuándo inicia el artista y termina el curador? ¿Existe el uno sin el otro? ¿Cuáles son las fronteras de cada uno?

Actualmente, parece haber una tregua entre ambos Radas. Viven y trabajan en Santa Cruz de la Sierra, uno es el curador de Kiosko Galería, el otro sigue siendo artista. Ambos llegan a su oficina a las nueve de la mañana y se retiran de allí doce horas más tarde. Los fines de semana, en su departamento, el artista elabora nuevos diseños para obras. 

Hoy, mientras charlamos dentro de su despacho, en la tercera planta del edificio de Kiosko, rodeados por cientos de obras y con la luz gris del cielo nublado ingresando a través de los ventanales, uno de ellos me dice: “en algún momento, cuando volví a dibujar, intervine todas mis camisas, estaba obsesionado con las camisas blancas. Un día desperté y me dije: ‘ya no puedo más’. Entonces empecé a hacerles dibujos a todas; veintiocho en total, era una buena forma de no usarlas y también de explorar el límite entre uno mismo y la vestimenta. ¿Yo soy lo que uso? ¿Eso me representa? En mi última muestra, en La Paz el año pasado, hice unos objetos y un dibujo enorme, eso me generó un problema, porque estuve preguntándome: ¿cómo hago esto? ¿Cómo muevo mi cuerpo para realizar un dibujo de esta magnitud? ¿A qué velocidad debo mover el codo? ¿Cuánta fuerza debo imprimir? ¿Qué movimiento debe realizar mi brazo? Todo es bastante performático. Hay un montón de proyectos que aún tengo pendientes, nuevos caminos, nuevos objetos, nuevos diseños. Al final, la respuesta está en el proceso, el artista tiene que encontrar su sentido en el proceso, si analizo las cosas desde esa perspectiva, creo que me considero un hombre feliz”.

 

1 Alejandra Alarcón (Cochabamba, 1976), es una de las artistas contemporáneas más importantes de la actualidad. Reside en México. Ha participado en más de 80 exposiciones colectivas y 12 individuales. Es célebre por el uso que hace de la acuarela, y por las temáticas intimistas, feministas, oníricas –a veces aterradoras- que presenta en sus obras.

2 Arturo Borda (La Paz, 1883-1953) fue un pintor boliviano, especialista en el retrato y el paisaje, y representante de la vertiente pictórica del simbolismo. Comenzó a pintar a los dieciséis años. La práctica fue su única escuela, ya que nunca cursó estudios formales. También fue escritor. Su texto más célebre se titula El Loco.

3  La Universidad de las Américas Puebla (UDLAP) fue fundada en 1940. Su Escuela de Artes y Humanidades es una de las más prestigiosas de ese país.

4 Ricardo Emilio Piglia Renzi (Adrogué; 24 de noviembre de 1941-Buenos Aires; 6 de enero de 2017) fue un escritor, crítico literario y guionista argentino.

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