La Teodora, el mar, tan cerca, tan lejos…

A estas alturas del siglo XXI, hablar de racismo parece incluso anacrónico, sin embargo, todavía encontramos historias que nos hacen pensar en él como en parte de una realidad actual. A partir de la historia de Lucy y Teo, Diego Ayo propone no solo repensar el racismo, sino vincularlo con la Guerra del Pacífico y los pobres resultados que Bolivia obtuvo en la misma.

Jamás hubiese imaginado, ni en lo más recóndito del cerebro, las escenas de la Teodora cargando afanosamente el televisor de mamá con la ayuda, no menos sudorípara, de la Lucy –me quisiera no acordar de la Lucita, mi wawita chillona, ¡ay!, ¡siempre hermosa!–, su hija, “la niña”, como la habíamos bautizado en el seno familiar. 

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Aunque la pollera es símbolo de nuestra identidad, también ha sido objeto de discriminación. / Fotografía: Pablo Montero Ríos.

La Lucy, mi Lucita, se hacía llamar “la Jenny” en la celda 128 de la cárcel de mujeres de Obrajes. 

Catorce años había trabajado la Teo con mi familia. Yo le hubiera entregado calladito las llaves de la casa, la caja de chocolates Lindt asentada en el mueble de mi espejo, el álbum de fotos de mi promoción de colegio, los cd de Kolla Marka comprados a regañadientes (“¿Para qué compras tanta huevada? ¡Está todo en el Spotify!”, aconsejaba el Rodrigo, mi hermano), las nueve camisetas del Tigre resguardadas como reliquias (mi padre trajo una de esas camisetas del campeonato de 1974, “Mirá esta belleza que he traído de nuestro Strongest campeón”) y ese cajón cerrado con candado repleto de fajos de dólares. La Teo siempre cuidaba de mí y mis bártulos. 

Ay, Teo. 

Ella siempre ponía mis libros en su lugar, aquel estante alargado con los años y la sapiencia del Ernesto, ese arregla-todo del edificio, quien aumentaba anaqueles con indiscutible maestría. Hoy, ella ya no está y yo leo con ansiedad un ensayo sobre la Guerra del Pacífico titulado “Discursos racistas en Chile y Perú durante la Guerra del Pacífico (1879-1884)” (2012), del académico Juan Carlos Arellano, y la recuerdo. ¿Por qué puedo asociar a esta mujer con esta marabunta de libros? El meollo del libro es el racismo. Sobresalen las figuras del “roto” y del “cholo” como los arquetipos nacionales para homogenizar y exacerbar aquellas cualidades consideradas claves de los pueblos en pugna. Ah. Muy claro: perdimos la guerra “por cholos”,  afirmaría mi abuela. 

Nunca supe siquiera su apellido: “¿Mamani?, ¿Quispe?, ¿Choque?”, me cuestioné con la certeza heredada de papá, “ni para tener apellidos son originales estos tipos”, expulsaba mi progenitor con una insana reiteración acrecentada con la edad. Vertía su sabiduría con aquel tono de científico ganador de un premio Nobel. Quizás tuviera razón. No me haré el desprevenido: su hija, la Lu, apellidaba Mamani. O sea, alguito de verdad había en el mensaje esotérico-criollo de papá. No menos cierto hubiese sido gritar “¡Pérez!” en la Mariscal Santa Cruz, con el propósito de atraer a mi parentela separada por escasas generaciones: “¿Qué?”, respondería al menos una docena de ciudadanos emparentados en 1834 o 1915. Los óvulos paceños provienen de una misma cápsula. ¡No hay pierde! ¿Los óvulos andinos? También: la Lucy no reconocía al noventa y nueve por ciento de los Mamani del planeta, pero compartía genes con ese mismo noventa y nueve por ciento. Y yo, aunque lo venga negando con la misma lógica clánica, ¡seguro tengo más parientes que amigos!

“Así nomás son”, remataba papá recordando el aparato televisivo que jamás volvió a atisbar, contentándose con el televisorcito anaranjado del comedor, donde se zambullía en su mecedora a atestiguar la liga argentina, española, italiana, alguito de la inglesa, alguito de la francesa y alguito del gigantesco alguito extranjero restante. “Ladrona, ¡carajo!, ¡si ya sabía yo!”, añadía el doctor sin percatarse de que la ratera había sido por más de una década su más férrea aliada al ir a comprar sus cigarrillos Casino llueva, asolee o nieve. “Es que 100 años puedes tratarlos bien y el 101 te asaltan”, atropellaba mamá con taciturna elegancia, auxiliando a su incólume cónyuge. 

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Las trabajadoras del hogar conviven con las familias que las contratan, pero pocas son las que reciben un trato realmente "familiar". / Fotografía: Pablo Montero Ríos.

¿Verdad? Verdad. Los libros, de poco interés para los perpetradores de aquel delito, lo sabían y descansaban parsimoniosos a medio metro de la radio Toshiba. Una radio afanosamente extraída. Debo confesar que festejé la desaparición de este anciano aparato de música que mamá amaba a pesar de sus reiterados cortes. También nos percatamos de la partida (inducida) de la cocina adquirida en Multicenter hace más o menos treinta años: el parrillerito a gas Nexgrill en el que preparaba unas tiras de res, bifes y puntas que todavía me exaltan; los platos Dishware, que mamá adquiría a uno por año gracias a su poco amigable precio; y alguna otra baratija. Mis procreadores lagrimeaban. 

Y yo siempre cuidé de la Lucy, quien ya en prisión no quiso saber de ese apelativo cristianamente otorgado. “Soy la Jenny”, me replicó ese 14 de agosto, el día de su cumpleaños, en que fui a verla al penal. “Che, ¿y mi tele?”, la interrogué con sarcasmo. Me miró, no sé si quiso plantarme un lapo, escupirme o insultarme. No lo sé. Sé que me contempló en silencio, “jum”, refunfuñó, se levantó de la mesa del comedor, enrumbó a la salida y desapareció. Ya no la vi. 

Nunca más he vuelto a verla.  

Recuerdo la vez que le pregunté a la Teo, “¿A quién, pues, le gustaba el nombre de Teodora para que te bautizaran así?”, interrogué con curiosidad, tratando de sumergirme en su agreste altiplano e intentar conversar con sus padres. “Alcira, me llamo”, respondió atisbando a una mosca que merodeaba por la ventana. No entendí bien o creí no haber entendido bien lo que dijo cansinamente. “¿Y Teo?”, quise saber. ¡Necesitaba saber! “El primer día que me he venido, tu mamá Teo me ha dicho, ya Teo nomás es entonces”. No lo comprendí, no al menos ese instante. La señora tenía un nombre en su carnet, “Alcira”, y nosotros la llamamos, gritamos, ladramos y hasta susurramos con este fortuito apelativo con el que fue bautizada en mi hogar. Sin curas ni capellanes, mi madre tuvo el privilegio de hacerla renacer a pocos metros de las ollas, las galletas María y la sopa Maggy. “La Teo”, fue su nuevo nombre, su nueva chapa, tan común, tan diaria como decirle Kalimán a Kalimán y Batman a Batman. 

Por suerte, ni se inmutaron con los libros. Mientras descargaban el televisor, un nuevo artículo contempló el trámite racial burocrático al que nos vimos expuestos: “Los ‘cholos’ y los ’rotos’: actitudes raciales durante la Guerra del Pacífico” (1978), del profesor Jeffrey Klaiber. ¿Qué se atrevió este intelectual a aventarnos contra los maxilares de la cara mientras la Teo se encargaba de los enchufes del televisor? El prejuicio racial existía antes de la guerra. La victoria de Chile sirvió para confirmar, fortalecer y popularizar el mito de la superioridad racial chilena y el mito de la inferioridad racial peruana y boliviana. ¿Claro? Clarísimo: ¡perdimos el mar por racistas! Y en esta nueva ocasión mis padres perdieron sus lujitos del living por el mismo motivo. Vaya. 

“Se ha ido con otra el Armando”, me lanzó al rostro. ¿Quién se pudo ir con otra? Él, el padre de la Lucy, aquel que con mis dieciséis años me distinguía con el mote reluciente de “caballero”, igual que el Adolfo, el viacheño de mil años que regó el jardín por décadas, ufanándose en caballerizar a cuanto Cristo asomara en las proximidades de la calle 12 de Achumani: allá donde crecí. Oí aquella desconsolada confesión como quien siente el trueno detonando en el cielo o se calienta menudamente ante el sol, aparcándose por el norte a las 5:45 de la tarde: con naturalidad. Años después, mi querida Rosma, la prima hermana de mamá, funcionaria contratada en el Viceministerio de Participación Popular, gracias a algún amarre mío, profirió lo que era el énfasis social eternamente vigente: “siempre tienen otras…”, me restregó con hermosa condescendencia en el sillón del aeropuerto de São Paulo, adonde viajamos con una delegación nacional a dar una charla en “procesos de descentralización”. La atisbé de reojo, como quien espía subrepticiamente en un aquelarre saturado de brujas ebrias, y murmuré con cuidado: “igual que el tío Carlos”. Jamás esperé ese torrente de lágrimas silenciosas a milímetros de mi hombro al escuchar el nombre mellado de su papi. Mi tío, ¡tan picarón!

 “¿Por qué lo hiciste, Teito?”, me hubiese gustado preguntarle. “¿Te hubiera gustado quéeee?”, fue la sentencia guerrillera de don Pachito, mi vecino de extracción orureña, notable amigo de hábitos tan usuales en la mina de San José, donde sus ancestros deglutieron a mansalva el quejumbroso estaño de sus entrañas. Aferrado a su pistola M1911 como benemérito de la dictadura banzerista de los 70, acotó con picaresca vehemencia, esperando mi consentimiento como quien espera un salpicado de sangre ante el pinchazo de la jeringa: “Mejor meterle un plomito, ¿no?”. “Mejor”, respondí. Incluso sonreí…

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"Vuelvo a mi escritorio y no me sorprendo de que no se llevaran esa sarta de libros...". / Fotografía: Pablo Montero Ríos.

Ay, Teito, cómo me hubiera gustado conocerte un poco más, un poquito más, al menos, que a esas sopas de pollo, a esa sajta, a ese pique, que (me) hacías. 

Volví a encontrarme al Armando, el exesposo de la Teo, manejando su taxi Toyota como el piloto Alonso en su Alpine A522, rumbo a la Fórmula 1: similar deleite, el uno cargando pasajeros con destino al trabajo, el otro cargando modelos con destino a su alcoba. El Armando y el Alonso. No me reconoció o se hizo el opa (como luego lo sabría). Tomé aquella movilidad con la urgencia de ir a firmar un contrato en la Alcaldía de La Paz o como denominamos hoy en día a esta oficina: el Gobierno Municipal. No pude aguantarme y a los dos minutos de haber entrado dopado por la calma lo increpé: “La has dejado a la Teo, ¡eres un cojudo!”. Sentí su angustia. Sus ojos se crisparon y se aventuró a responder con los labios casi sellados de temor: “Bien mal se ha portado ella, don Diego”. Me irrité más y prometí llevarlo al Regimiento 4 de la Policía. ¿Expulsé alguna palabra disonante? Muchas, tantas que casi no sentí cuando detuvo el radiotaxi y me pidió que bajara. Sucedió lo inimaginable: “Ya bájese don Diego, nada no entiende usted o no quiere entender”. Descendí con la cautela desvirgada, sabedor de que él sabía, finalmente sí sabía, quién era yo. Ambos sabíamos quiénes éramos. 

Hoy ya lo sé.   

Vuelvo a mi escritorio y no me sorprendo de que no se llevaran esa sarta de libros. ¿Leerías a Voltaire teniendo un tiranosaurio detrás de ti queriendo morfar tus extremidades? ¿Te mandarías un poema de García Lorca con un tigre dientes de sable a dos segundos de mascarte el muslo? ¿Llorarías con Los Miserables agazapado por un liopleurodón en tu chapuzón marítimo anual? No pues. Agradezco a estas bestias su inagotable inquietud gastronómica y me sumerjo en un nuevo ensayo, postrado todavía en mi escritorio: “Personificación imperial: el racismo chileno y la Guerra del Pacífico” (2008), escrito por la profesora Ericka Beckman. Me olvido por un instante de mi pena y me pregunto con ansiedad: ¿por qué perdimos la guerra con Chile? No puedo afirmarlo, pero sé que la agresión militar quedó enmarcada en el torbellino del racismo. Los chilenos se adjudicaron a sí mismos el papel de colonizadores europeos disputando el futuro contra las “razas inferiores” del Perú y Bolivia. La “supremacía blanca” venció con alguna colaboración no menor de la Inglaterra del siglo XIX. Ese fue el imaginario dominante, y mientras ellos alababan a sus “rotos”, nosotros denigrábamos a nuestra “indiada”. Aquellas élites que nos gobernaban, aquel Hilarión Daza del que desciendo, se sentían más hermanadas con los criollos chilenos que con sus soldados de piel morena. 

No era pues la distancia geográfica lo que nos separaba. Era esa vorágine humana que aquel día se filtró en el hogar de mis padres y se cargó nuestros adminículos. Ay, Teodora o Alcira, ya no lo sé, retornaste a aquel 1879 y te apropiaste de una franja de mar. Venciste. No fue el chileno agazapado en su color de piel quien se salió con la suya. Fuiste tú. Venciste en aquella playa, Teo. Ganaste la guerra. 

¿O no? La Lucy, ya respectivamente ajenizada, lo sabe. Ella te lo dirá…

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