Bolivianos en Washington State

La vida fuera del país de origen suele ser complicada y apasionante. Pero ¿qué es lo que más extrañan los bolivianos fuera de sus fronteras? ¿Cómo buscan adaptarse a su nuevo entorno? ¿Cuáles son los principales problemas con los que se enfrentan? La crónica de Cecilia Beltrán nos brinda pequeños pincelazos acerca de estas y otras cuestionantes.

Cuando ya estaba segura de que me iba por un tiempo a Estados Unidos, me puse a husmear en la web. Quería buscar información en las redes sociales y ver si en el noroeste del país también nos congregábamos como los patriotas que nunca fuimos cuando vivíamos en Bolivia. Pensaba en esa clase que pasé varios años atrás en la universidad, en la que, por alguna razón, hablábamos de las fraternidades en España. A mi profesor le causaba risa que de pronto a la gente le nacieran las ganas de aprender quechua y bailar caporales en Madrid. Se reía de esa fragilidad y esa necesidad por pertenecer a algo; de aquello que yo ahora veo como afirmarse en un mundo diferente. Hoy me pregunto qué me diría si me viera aquí en este momento, buscando salteñas en la calle más concurrida de Pine Street o haciendo el viaje de una hora hasta Shoreline por una buena taza de almidón de yuca (las cosas que uno tiene que hacer por una buena tanda de cuñapés).

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Una ciudad del norte; una boliviana buscando conectarse con sus raíces; un país del que nunca te vas realmente. / Fotografía: Pablo Montero Ríos.

Yo sabía que había una pequeña llajta en Virginia, donde los vallealteños habían creado un lazo especial con sus kermesses y sus infinitos concursos de baile folklórico. También había escuchado de ese restaurante de comida rápida en el subway de Manhattan, donde un grupo de hermanos recreaba el legendario sándwich de chola. Mi última referencia era Edmundo Paz Soldán, el escritor cochabambino que se fue a estudiar Literatura y se quedó de profesor en Cornell. De vez en cuando los noticieros cubren este tipo de noticias, ¿no? ¿Para intentar darnos un poco de orgullo, quizás? Como si el entretexto te dijera: “¿Ve? ¡El boliviano logra cosas! ¡El boliviano tiene éxito fuera de este país!”. Luego de eso, no había más que pudiera decir al respecto; mi banco de referencias se quedaba ahí. Pero no me costó mucho encontrar algo, una hebra pequeña, un grupito de Facebook. Habemus bolivianos en Washington State.

Y bien, no éramos muchos; al día de hoy somos 287 y de vez en cuando se suma alguien nuevo y nos pide recomendaciones sobre dónde ir a comer o dónde renovar su pasaporte. Les digo lo mismo que me dijeron a mí en alguna ocasión, a modo de continuar con esta transmisión virtual de saberes: que hay un par de señoras en la lista de contactos que hacen salteñas a pedido por docena y un picante mixto una que otra vez; que aquí el consulado se cerró hace tiempazo y ya solo nos queda ir a California o Texas para hacer cualquier trámite. No, no hay consulado móvil y no hay otra forma. Sí, cuesta carísimo hacer todo ese proceso. Y sí, escapamos de la burocracia y nos condenamos aún más.

Era una recién llegada la primera vez que conocí a alguien del grupo. Confié en que las casas de cambio del aeropuerto estarían abiertas en medio de la pandemia, pero todo salió mal y llegué a Estados Unidos con unos bolivianos que necesitaba cambiar. Mi mamá había sacado del banco todo lo que mi papá me dejó antes de morir y me lo había dado con la esperanza de que pudiera hacer algo de mí, de que no me hundiera a pesar de la considerable diferencia del costo de vida. Con esa presión, no perdía nada preguntando si alguien me podía cambiar una suma que tenía por dólares. Y Freddy me hizo el favor.

Al día siguiente, llegué a su casa luego de que uno de mis nuevos compañeros de habitación aceptara manejar, técnicamente, hasta los límites con otra ciudad. Y ahí estaba él, un hombre de familia que vivía en una hermosa casa a las orillas de Lake Washington en una zona residencial. Los suburbios, la gran vida, todavía pienso en la lujosa salita con un espejo de marco dorado y esa gloriosa vista al lago que te atrapaba desde la entrada. Le conté que iba a empezar una maestría, pero que también iba a enseñar Español en la universidad para pagarme el programa, y me dijo que quizás y hasta me contactaba para que les enseñara a su esposa e hijos, porque él nunca tuvo la oportunidad de hacerlo. Creo que era un fin de semana, porque otra familia boliviana iba de visita a pasar un día de sol (esos que solo tenemos en el verano en Seattle). No me quedé mucho, tampoco lo volví a ver. Freddy se convirtió en esa imagen del sueño americano que nunca había visto antes en persona. Años después, le conté a mi novio gringo de esa experiencia y me dijo que seguramente se trataba de un hombre mayor, porque ese sueño ya no existía. 

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"A mi profesor le causaba risa que de pronto a la gente le nacieran las ganas de aprender quechua y bailar caporales en Madrid". / Fotografía: Pablo Montero Ríos.

Pasó el tiempo y aprendí a vivir por mi cuenta en una ciudad generalmente reservada y fría. Aprendí que aquí no suenan cumbias ni huayños ni nada en el transporte público. Y que a la gente le gusta que sea así. Empecé un juego personal de contar todos los sillones y muebles bonitos e intactos que encontraba tirados en la calle cuando iba a caminar por mi vecindario, pero perdí la cuenta luego de un par de meses. Descubrí mi amor por la comida tailandesa y que la de Etiopía no me cae bien. Luego de un año, empecé a extrañar el pollito al spiedo y las jawitas antes de clases.

La verdad es que el grupo de Facebook nunca fue muy activo, pero verlo de vez en cuando se convirtió en un pequeño ritual de check in personal. Ese que haces antes de subir a un avión para confirmar que sí vienes. Hice un par de amigos. Así conocí a Martín, que en uno de sus viajes me trajo una bolsa de chuños y tuntas que anhelaba cocinar. O Karel, la amiga que se casó con un norteamericano y empezó una nueva vida aquí. Hace una semana fui por primera vez a una reunión de estudiantes de postgrado de Latinoamérica en mi universidad y, para mi gran sorpresa, uno de ellos era de Bolivia. Nos miramos como quien ve a un amigo después de mucho tiempo a pesar de no tener la menor idea de quién era quién.

Lo primero que hicimos fue quejarnos de que no había ningún restaurante boliviano típico desde aquí a Los Ángeles (por lo visto, nuestra noción de patria está fuertemente arraigada a la comida). ¿Quién diría? Unas colombianas se reían a carcajadas mientras le intentaba dar la dirección de un pequeño restaurante fusión donde la dueña prepara algunos platos americanizados. Intentábamos contarnos sobre nuestros doctorados, él en ingeniería y yo en español, entre un par de amigas de Argentina que se tomaban selfies y se organizaban para ir a bailar la noche de latin music. ¿Y sobre el trabajo? Sí, yo también trabajo. ¡En la universidad también! Sí, sí, así pago mi tuition. La vida es muy cara aquí. ¡Debería organizar algo con Karel y Martín; así los conoces y preparamos algo especial! Sí, un par de señoras del grupo de Facebook preparan sonsos también. No, no te preocupes, mi pasaporte todavía no vence, así que no tendré problemas con los papeleos aún. ¡Es un lío! ¿Yo? Veo las noticias todos los días, sigo las de última hora en las redes. Hablo cada semana con familiares y amigos. ¿Viste lo que pasó en La Paz? ¡Qué fuerte! ¿Qué? ¿Que si vuelvo a Bolivia? A veces me pregunto si realmente me fui.

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