Doce monedas para el barquero de Adolfo Cárdenas

El autor Christian Jiménez comparte su lectura de ‘Doce monedas para el barquero’, un libro de cuentos del recientemente difunto Adolfo Cárdenas, maravillándose con los logros de la voz narrativa del autor de ‘Periférica Blvd’.
Editado por : Adrián Nieve

Retrato de poeta III
Humberto Quino
Cuando hayas abandonado tu cuerpo
Viejo poeta
Y seas una estatua de arena
Las renacidas ramas cubrirán tu canto
                -Tu marchita corona
Viejo poeta
Cuando seas un desvarío sobre un peldaño
Cuando hayas abandonado tu cuerpo y tu rocín
            Para Adolfo Cárdenas (1993)

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"Y la muerte adquiere muchas formas." / Portada del libro

Doce monedas para el barquero, como doce los cuentos que componen el libro y doce las monedas también, las que se pagarán al barquero que atraviese, uno a uno, cada cuento hasta su lugar de destino. O, quizá las almas de los difuntos nombrados en sus páginas. 

Sin duda este es el libro más oscuro que Cárdenas escribió. Doce cuentos que comunican la vida con la muerte, pero establecen con ella un pacto sagrado de reivindicación de lo humano a través de la disolución de la identidad. Porque ni los sahumerios, ni las velas, ni las oraciones o los ritos, logran convocar barreras simbólicas, terrenales o sagradas con la intención de detener el arribo de la muerte. 

Y la muerte adquiere muchas formas. Desde las representaciones tradicionales, hasta las más metafóricamente logradas por la prosa del autor de Vidas y marginalias. Pero, en todo caso, lo que tenemos en estos cuentos es la construcción de un universo autónomo y sólido que suplanta la vida e impone la muerte y la oscuridad. El horror de la carne, será por ello, solo un sucedáneo de la verdadera descomposición. Los cuentos que aluden a “noviembre” son clara muestra de lo que la tradición puede hacer cuando pasa por el tamiz de la ficción literaria. Y cuando los recursos de una prosa consolidada, logran hacerse en tiempo real, basta leer las primeras líneas de cada cuento para darse cuenta del contrapunto. 

Cada cuento es sombrío por naturaleza, pero para no entrar en el grotesco, ni en lo visceral, Cárdenas inventa una lengua parca, tersa, dueña de un estilo descriptivo y acabado, pero que sostiene la narración desde una distancia siempre conmovida y curiosa. Y poco importa que se use la primera o la tercera persona del singular, si el esfuerzo y el resultado conllevan la construcción de un cuento que disuelve la emoción para convertirla en una sensación plástica, casi visual. 

Así se perfila otro reverso en la obra de Adolfo Cárdenas. En principio, fue el humor. Luego, la música –que es otra manera de hablar–, y de ahí, la risa, y la parodia, para que, con el arribo de la duda metódica por la existencia de los seres humanos arrastrados en aras de su comercialización, encuentren la muerte como un escape o como vínculo con lo que no cambia. Quizá por ello, no sea casual que el libro, en su primera edición, haya sido publicado en 2005, cuando Cárdenas arribaba a la edad de 55 años. Que dentro del espíritu esotérico significa “grandes cambios emocionales” y “una relación más personal con la transición de un estadio al otro”. Siendo así, la muerte no es más que otro estado de la naturaleza de la materia. 

Por ello, en este libro, el hombre en tanto ser humano parece no ser el único que está disponible para enfrascarse en relaciones con la muerte y la “otra vida”. En ese sentido, este libro puede ser visto como un diálogo con las tensiones creativas o un establecer dentro de la tradición boliviana de la literatura, otra manera de relacionarse con lo mundano, con la leyenda, la tradición, el folklore, y el sentido de la muerte.

No es una indagación etnográfica, ni antropológica de la muerte o reducida a la fiesta como espacio para celebración de la vida y despedida del alma, con la certeza de que se encontrará mejor “allá a donde fuere gracias a sus actos”. En ese sentido, la ruptura de Cárdenas está en que para él el tratamiento de la literatura debe ser realizada desde el seno mismo de lo literario. Es decir, la fabulación y la creación verosímil de hechos que se narran por escrito. 

Lo demás –como diría Jaime Saenz, otro cultor de la muerte– es lo de menos. Y así en términos de discurso social, Cárdenas apuesta por la literatura porque conoce que los antes mencionados, si bien informan sobre lo que puede llegar a ser la muerte, no enseñan realmente su contenido y éste solo puede ser alcanzado con la prosa de ficción, es decir, con la literatura como autonomía de las ciencias sociales y humanas, en general, y dentro del cuento en particular. 

Y esto porque el cuento, gracias a su extensión, ayuda a realizar un recorte en la realidad. Dicho recorte es determinante para entender el “antes” y el “después” en la vida de los personajes que retrata Cárdenas.   

Por ello, cada cuento podría conectarse con el siguiente y la primera parte del libro con la segunda, pero lo que también sucede es que los cuentos son realidades alternas que se suceden al mismo tiempo y por ello conforman mundos distinguibles unos de otros. Aunque hay un aire de familia que los une. Un cierto tono, un espíritu de época, una manera fría y esquemática de narrar, unas frases que van de la descripción a la reflexión y un cierto sentido de la compasión por aquellos que son narrados por el autor. 

Siendo así, tenemos en Cárdenas no solo a un escritor dueño de su oficio, sino a un renovador del cuento de mediano alcance. En tanto extensión no necesita Adolfo Cárdenas de muchas páginas para describir realidades complejas y profundas. Y en ese sentido, bien cabe mencionar su trabajo como una renovación tanto del género como de la lengua y la prosa. Cosa poco común en nuestro medio porque, en general, no son variables estéticas que se mediten antes de iniciar una escritura. 

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