Feliz día del niño

Zulma Linares nos invita a realizar un enriquecedor paseo literario sobre el Día del Niño, un tema y una época que sin duda nos llevan a reflexionar. A través de su escritura, nos sumerge en la importancia de este día tan especial y nos invita a contemplar la infancia desde diferentes perspectivas.
Editado por : Humberto Pinto

12 de abril, día del niño boliviano: 
“Todas la niñas y niños tienen derecho a vivir libres de discriminación, en un ambiente sano, lleno de paz y amor...”

(Defensoría del Pueblo de Bolivia)

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"Todos con nombres bíblicos, pues la familia era fervientemente cristiana y creían en el castigo eterno si no aceptaban cuanto hijo dios les mandara." / Pixabay

Los Ramírez
Antes de que yo naciera, los Ramírez ya tenían tres wawas, una niña y dos gemelos. Desde que tengo uso de razón o me alcanza la memoria, doña Nelly siempre estuvo embarazada. Las breves temporadas que no la veía, seguramente eran aquellas entre el parto y el puerperio. Doña Nelly tendría que haber sido una mujer muy fuerte para trabajar hasta el día del alumbramiento y a los quince días ya estar totalmente recompuesta, y a los dos meses de seguro otra vez en la dulce espera, pues al poco tiempo de nuevo se le notaba la barriga.
 
Cuando cumplí ocho años, los Ramírez pasaron de ser cinco a nueve: Raquel, la mayor, los gemelos Ana y Juan, Esther, Miriam, Judith, Aarón, el que venía en camino y los padres. Todos con nombres bíblicos, pues la familia era fervientemente cristiana y creían en el castigo eterno si no aceptaban cuanto hijo dios les mandara. Una sola vez entré a su casa, era en carnavales. Por esos años todavía estaba permitido jugar con agua y aprovechamos que doña Nelly estaba lavando ropa para sacar cuanta agua pudimos para bañar al enemigo. 

Apenas entré en el patio pude ver una cantidad ingente de bateas, baldes y bañadores donde parecía remojarse la ropa de todo un batallón. Una puerta entreabierta que daba al interior de la casa me permitió ver anonadada un sinfín de juguetes, platos, vasos, colchas, frazadas y más ropa regada por cada espacio a donde llegara mi vista, en las gradas, en las ventanas y ni qué decir de la basura. Parecía que era la única casa de la cuadra a la cual había devorado un huracán. Y allí en el patio, debajo de las filas de warkuñas colgadas en el alambre, estaba doña Nelly con el sol en la espalda, doblada en dos, con la panza y los prominentes senos colgando, refregando los interminables tachos de calcetines percudidos y pañales. 
 
Pero los niños a veces suelen ser crueles. Recuerdo muy bien que siempre terminábamos por ralear a los Ramírez. ¿La razón? Olían a sopa. Pero no a cualquier sopa, a esa que se hacía a partir de las warkuñas, esos huesos blancos de res, salados y tirados al sol para conservarlos; pues antes casi nadie tenía un refri y mucho menos los Ramírez, que emanaban un olor penetrante a sebo, apio y cebolla. “¡Son unos hediondos!”, decíamos y nos íbamos carcajeando y burlándonos. Ahora comprendo que tal vez esa tarde de carnaval jugamos con ellos por mucho más tiempo porque el agua disipaba su particular olor a grasa, así como también entiendo que la sopa era quizás uno de los pocos alimentos que se podían costear. Los Ramírez llegaron a ser quince… quince platitos, cuarentaicinco cubiertos, treinta zapatos, así como panes y un promedio de cincuenta cuadernos que revisar luego de hacer la tarea a diario.

Los Choquitos
Jamás supe el nombre de los Choquitos. Su madre, doña Charo, era una mujer con serios problemas de alcohol por lo que no trabajaba de manera estable; una de las formas en las que se ganaba el pan era haciendo jugar pasanaku a los chóferes de la línea de minibuses que llegaban hasta la zona y que tenían la parada a la vuelta de su casa. Cierto día ya se vio encinta y un par de años después, nuevamente. No se sabe a ciencia cierta cómo habrá sido la crianza de los Choquitos, hasta que un día ya se los vio más grandes, más o menos entre los cinco y siete años. La gente del barrio decía que la Charo se había metido con alguno de los choferes quien jamás quiso hacerse cargo de sus criaturas y que por eso ella los maltrataba. A veces los veíamos llegar tranquilos de la mano de su madre, hasta parecía que era la mejor. Pero eran más las veces que los vecinos debían intervenir para que la Charo deje de golpear a las wawas y evitar una desgracia por la saña con que los majaba. 

Entre la peor de las tundas, recuerdo aquella tarde que no pude evitar escuchar el llanto amargo y la súplica de uno de los Choquitos que imploraba a su madre para que ya no lo pegue, mas ella no paraba. Tenía al chiquitín tomado de los dorados cabellos de ángel, y cual si fuera un costal de papas lo pateaba una y otra vez con más fuerza, mientras él, con los ojos hinchados y la garganta ronca de tanto llorar y gritar del dolor, le imploraba: “¡Ya no más mamita, ya no me pegues, ya no más, me duele!”. El Choquito menor, también llorando, ya se acercaba corriendo para salvar a su hermano, como siempre de la mano de alguna vecina o vecino que sabían de las inhumanas palizas. 

Si se lo preguntan, claro que los chicos sobrevivieron a las brutales golpizas y crecieron. Pero los niños a veces suelen ser crueles. Se convirtieron en criminales de baja monta para mantener sus graves problemas de adicción. Empezaron robándole a la madre y poco luego de cumplir los trece y quince, la abandonaron. Hasta el día de hoy, las palizas de los Choquitos que quedaron grabadas a fuego en mi memoria, a través de mi retina, forman parte de las más horribles de mis pesadillas.

La Kelly
Conocí a la Kelly cuando yo tenía trece y ella siete. Era la tercera de seis hermanitos, todos en intervalos de un año menos la mayor, Gabriela, ella tenía más o menos mi edad y no era hija del papá de los menores. La Kelly era delgadita como una muñeca patilarga, tenía los ojos enormes poblados de inmensas pestañas, la piel blanquita, tersa como el durazno y una sonrisa de ángel que parecía dibujarse justo en esa delgada línea entre la gloria y el infierno, entre la alegría y la amargura, entre la cruda realidad y las fantasías de su mente infantil. Se parecía mucho a su hermana mayor que siempre caminaba cabizbaja y sin el más mínimo atisbo de la particular sonrisa de su hermanita. 
 
Aquellas tardes que pasaba en la plaza, frente a la casa de la Kelly, con algún noviecillo de entonces, ella parecía vernos por la ventana y enseguida salía con su vieja pelota de básquet para invitarnos a jugar. Tras de ella corría raudo el Roger, su hermano mayor por un año, siempre a su lado o cerca. Era rarísimo no verlos juntos, bajando a buscar la pelota al río o trepando los cerros para buscar lagartijas. Pero cuando la Kelly estaba sola sucedía lo extraño, venía hacía nosotros y comenzaba a hacernos incómodas preguntas que quizás por mero pudor no lográbamos responder: “¿Qué es hacer el amor?” “¿Qué es sexo?” “¿Cómo nacen los bebés?”, y a pesar de ya saber a nuestra edad todas aquellas respuestas, nunca hallábamos la forma de contestarle y terminábamos desviando sus inquietudes con abochornadas risillas, algún caramelo, o simplemente aceptando su invitación a botar la pelota. 

Sin embargo, la peor ocasión ocurrió una tarde en que tuve que ponerme en medio de la Kelly y el noviecito aquel, pues ella aseguraba a toda costa que era suyo y no mío, que por eso quería que la besara en la boca y que le hiciera las mismas cosas que su padre le hacía a su mamá. Pero los niños a veces suelen ser crueles. Salimos huyendo de ella, confundidos, sin saber qué decirnos, nunca lo hablamos a fondo, solo preferimos rehuirla siempre que la viéramos acercarse. 

Algún tiempo después ella y su familia se marcharon del barrio. Al parecer, consiguieron ser beneficiarios de alguna ayuda para cambiar el estrecho mono ambiente que habitaban por un lugar más grande, solo quedó su hermana mayor al cuidado de la abuela. Por ahí corría el rumor de que si la Gaby era tan distante y retraída era porque habría sido testigo mudo de todo el abuso que su madre sufría de manos de su padrastro. “Y así muda quedó por mucho tiempo… porque tal vez ella también lo habría vivido”, decían. Más bien al final tuvo suerte, llegué a saber que es feliz siendo madre de tres niñitos, se casó con un petrolero, vive en Santa Cruz. De la Kelly jamás volví a saber nada.
 
La Andreíta
Tenía la Andreíta una amiguita que se llamaba Karen, vivía a unas dos casas de la suya. Les gustaba jugar en su patio porque tenía en medio un pino muy alto al que trepaban curiosas para ver los patios de las otras casas y también un poco de la autopista. La Karen la llevaba por un par de años, en aquel entonces estarían entre los siete y nueve. Cerca de su casa había una tiendita de barrio en la que felices gastaban los cincuenta centavos de su domingo comprando un buen lote de golosinas. Cincuenta centavos en los ochentas servían para comprarte un Tatín, un arrocito, dos hostias y un Bazooka. Siempre le pedían lo mismo al tendero, un retozón joven moreno que siempre aumentaba al pedido de las niñas un par de masticables, uno para cada una. Una tarde que la Karen no pudo salir a jugar, la Andreíta fue sola a la tienda por su lote golosinas. Salió el muchacho y le entregó los dulces con la misma “amabilidad” acostumbrada, solo que esta vez, al momento de aumentar el masticable al pedido, tomó la pequeña y tierna manecita como para depositarlo en su palma y de repente la apretó forzándola a frotar su bragueta. La Karen buscó por varios días a su amiguita para jugar, pero la niña no salió de su casa por un muy largo tiempo.

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"Tenía al chiquitín tomado de los dorados cabellos de ángel, y cual si fuera un costal de papas lo pateaba una y otra vez con más fuerza" / Pixabay

La Andrea luego se volvió mi amiga, cada vez que se ponía hasta atrás de todo lo que se metía me contaba esta y muchas otras historias parecidas que le habían sucedido en la vida desde ese día. Sin embargo, la que más caló hondo en su ser, según ella, es la que le tocó vivir con el novio de su madre, el arquitecto. “Nunca confíes en los arquitectos, no son gente de fiar”, me decía con la mirada perdida. Luego recordaba cómo en cierta ocasión uno de sus hermanitos voló a sus brazos para evitar que el arquitecto la forzara a besarlo. Me contaba que, aunque eran muy chicos, igual se daban cuenta de sus intenciones, aun pese a que su madre solía excusar aquellas intensas muestras de cariño bajo el pretexto de que el hombre no tenía “hijitas mujercitas”, solo un varón. “El arquitecto era un maldito, pero mi madre estaba muy ilusionada y nosotros solo queríamos verla feliz”, me decía. 

Cuando su madre supo que el hombre la engañaba todo llegó a su fin. Tenía familia y tres hijas, una de ellas muy enferma. Algunos días después de su ruptura amorosa, la madre de Andrea le habría pedido el favor de llevar un presente floral al arquitecto al velorio de su hija. Así lo hizo. Con sus once años, cargando el gran ramo mortuorio, se vio a la puerta de aquel departamento ubicado en la populosa zona del Gran Poder. Pero los niños a veces suelen ser crueles. Como en un sueño mejor, mi amiga rememora lo agridulce de aquel momento frente a frente con el arquitecto, cómo lo había mirado directo a los ojos y habiéndosele esbozado una enorme sonrisa le dijo: “Mi mamá le está mandando este ramito, hasta nunca dice”. Para la Andreíta la venganza ya estaba tomada en aquel otro inocente cuerpo inerte; y me confiesa que enseguida su sueño mejor se convierte por siempre en la peor de sus culpas. “Son fantasmas que me persiguen desde la infancia…”, murmura inhalando aquel humo para invocar el olvido. Pues la Andreíta necesita olvidar, entre otras cosas, que un día su madre le reveló en un ataque de furia que ella no debería haber nacido, que debería agradecerle cada día de su vida el haberse arrepentido justo en la puerta de aquella clínica de abortos clandestina. 

Los niños necesitan amor
Si los niños no van a ser felices, no deberían nacer. Todas y cada una de las wawitas del mundo deberían estar pegadas al pecho amoroso de sus madres, recibir de ellas su calor, cariño, ternura y cuidados. Todas las wawas deberían tener padres responsables que las quieran y les prodiguen todas sus necesidades, sobre todo las no materiales. Por eso no hay que obligar a las mujeres a parir ni hablar desde el privilegio de quienes “tuvieron suerte” y “siempre lo tuvieron todo". Porque si no deseas ser madre la consecuencia es clara: desapego, maltrato, violencia, un “nunca te quise y un no te quiero perpetuo”.
 
¿Has pasado alguna vez por la Ceja o la Garita luego de la media noche? Ahí están ellos, menuditos, desabrigados, pata pila y bostezando, unos vendiendo chicles, otros pidiendo limosna, algunos durmiendo sobre cartones, burlando con periódicos y nylon el frío de aquella selva de cemento. Allí duermen ellos, cerca al ruido ensordecedor de los autos, bajo el aliento alcohólico de sus padres, los empujones de los borrachos y el fétido aroma que emana de las negras alcantarillas. Qué diferente el lugar donde habitan estos ángeles expulsados del paraíso al de la cuna algodonada y el olor a manzanilla donde se mecen aquellos ángeles que sí fueron deseados y amados, incluso antes de nacer. Muy probablemente, ellos construirán el mismo mundo de amor en que fueron criados, no solo para sus familias sino para la humanidad. ¿Qué crees que pasará con los ángeles caídos? 

La confesión final
“Los años pasaron, mi querido Manuel Valadares. Hoy tengo cuarenta y ocho años y, a veces, en mi nostalgia, siento la impresión de que continúo siendo una criatura. Que en cualquier momento vas a aparecer trayéndome fotos de artistas de cine o más bolitas. Tú fuiste quien me enseñó la ternura de la vida, mi Portuga querido. Hoy soy yo el que tiene que distribuir las bolitas y las figuritas, porque la vida sin ternura no vale gran cosa. A veces soy feliz en mi ternura, a veces me engaño, lo que es más común. En aquel tiempo... En el tiempo de nuestro tiempo, no sabía que muchos años antes un Príncipe Idiota, arrodillado frente a un altar, preguntaba a los iconos, con los ojos llenos de lágrimas:

¿POR QUE LES CUENTAN COSAS A LAS CRIATURITAS?"

Y la verdad es, mi querido Portuga, que a mí me contaron las cosas demasiado pronto. ¡Adiós! 

Y… Feliz día del niño.

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