Esos eran cumpleaños

El ricachón del barrio festeja el cumpleaños de su hijo, ¿te suena conocido? En esencia, las costumbres y rituales no han cambiado gran cosa en décadas, y la gente tampoco.
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Cuando era muchacho, en el barrio en que yo vivía, un suburbio por entonces, confluía gente del proletariado, agricultores poseedores de vacas, gente de la clase media y algunos ricachones con mansiones que destacaban por su extravagancia. Este relato trata precisamente de uno de ellos.

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Torta, empanadas, golosinas... Algunos festejos cumpleañeros pueden causar indeigestión. / Ilustración: Guizada Durán.

Era un ciudadano protagonista de un enriquecimiento rápido y a quien le gustaba la ostentación. Paseaba en caballo con el hijo, dejando en las calles las boñigas de las bestias para que las aplastasen los autos; obsequiaba bancos a la iglesia con plaquetas donde figuraba el nombre del muchacho al que quería entrañablemente, tanto así que sus cumpleaños eran probablemente pensados con semanas de anticipación.

El chico, que, según recuerdo, se llamaba Johnny, pero a quien le decíamos Juani, llegaba al colegio y anunciaba: “El sábado es mi cumpleaños y todo el curso está invitado, menos tú, Miguelito, porque mi mamá dice que eres muy malcriado”. El aludido afirmaba que eso era el pasado, que ya iba a la misa todos los domingos, que ya no hablaba disparates y que próximamente haría su primera comunión… “Eso dile a tu mamá”, terminaba.

Al llegar el día, si la invitación era para las once de la mañana, muchos de los niños ya estaban listos a las nueve y media, haciendo tiempo para llegar al agasajo, inclusive unos minutos antes, portando obsequios que eran invariablemente libros de literatura infantojuvenil, pues, según las madres, era lo más apropiado para alguien que lo tenía todo.

Algún empleado nos dejaba entrar a una casa poco menos que espectacular donde, después de abrazar al homenajeado y entregarle los regalos, comenzaban las atenciones. Un mozo de saco blanco aparecía con una bandeja llena de salteñas y otro con gaseosas. Luego, con las manos pringadas, la ropa de domingo en desorden e influenciados por las películas medievales que exhibían los cines de la ciudad, jugábamos a los caballeros del rey Arturo o similares, dándonos de palos más o menos salvajemente hasta que la dueña de casa nos llamaba a la mesa. El almuerzo era del gusto del cumpleañero, con una sobreabundancia de postres, de los que algunos daban cuenta con mucho entusiasmo y poca templanza, entre ellos el Miguelito, que, pese a sus promesas de decoro, engullía de todo frente a las miradas hostiles de las niñas a quienes se les había instruido para que tomaran las golosinas delicadamente y con el meñique parado.

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El cumpleaños del ricachón del barrio era la fiesta más esperada. / Ilustración: Guizada Durán.

Es casi redundante decir que volvíamos al juego de darnos de palos hasta el momento en que el padre del Juani nos ofrecía salchichas y refrescos, según él, para reponer energía y esperar a que llegara la hora del té.

Al fin el momento más importante del día llegaba. Al declinar la tarde entrábamos nuevamente al comedor. En la cabecera sentaban al Juani flanqueado por sus padres, tomándose fotografías ante una mesa colmada de pastas, masitas, empanadillas y rollos de mermelada como acompañantes de la clásica gelatina, el helado, el chocolate y la torta, brillando casi con luz propia. El rito de soplar las velitas y cantar el “Cumpleaños feliz” marcaba la luz verde para dar cuenta de lo que había sobre la mesa. Luego, nos indicaban que en el salón habría una función de cine.

Por la nochecita, los padres ya llegaban a recoger a sus niños, que rogaban “un ratito más”, y el anfitrión invitaba a los padres a tomar una tacita de café y un coñac del que muchos no habían tenido noticia. La celebración terminaba y cada niño, al momento de irse, recibía una bolsita con dulces, chupetes y galletas y un trozo de torta. 

Salía de aquella casa junto al Miguelito, que cargaba dos bolsas de dulces, y, como yo lo miraba extrañado, me decía: “Son para mi hermanita…”. Comentábamos los pormenores de ese día mágico y esperábamos que se repitiese al año siguiente.

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