Ojos de Lucifer

Juntando su fanatismo, su amor por la música y sus recuerdos, Adrián Nieve conjuga en este texto un enamoramiento complicado e infernal y la música que le acompañó en esos momentos: la “frágil y feroz” voz de Fiona Apple, que expresa con intensidad y pasión, tal como lo hace este texto, esos sentimientos íntimos que no son fáciles de pronunciar.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Sus ojos brillaban como fantasías, claros tal cual la miel en las películas, casi amarillos se posaban fijamente en mí. Ni siquiera recuerdo el lugar, ni la situación, solo que esa mirada me envolvía y su piel morena parecía tersa, lista para ser memorizada por mis dedos, como si todas las banderas rojas del mundo no fueran más que invitaciones para lanzarse al abismo.

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“Sus ojos brillaban como fantasías, claros tal cual la miel en las películas”. / Ilustración: Seamless.

Venía advertido de Lucifer y sus mentiras. Le decían así, no por el brillo de sus ojos o por haber gestado alguna revolución, sino porque era una mentirosa empedernida, de esas que ni bien caían en la vida de alguien, derrumbaban todo hasta la mismísima ruina. Y al principio no quise ver la estela de escombros que dejaba a su paso, pero cuando por fin caí en cuenta de ello, mi conclusión fue que nos teníamos que volver novios. 

Era el 2010. Seguía en la universidad y ella me gustaba porque era linda y sabía de psicoanálisis. Su voz ronca pero aguda predicaba con esa absurda certeza de tener siempre la razón y cuando sonreía, incluso cuando fingía hacerlo, no solo lo hacía con la boca y los dientes, sino también con los ojos, esos ojos castaño oscuro que escondía tras un par de lentes de contacto color miel, casi amarillos, tan ciertos como diamantes de imitación.  

Faltaban 10 años para que Fiona Apple estrenara la que considero como su obra maestra, el disco Fetch the Bolt Cutters, pero ya para entonces amaba la diáfana intensidad de su música y su mirada ojiazul. Me la había mostrado una de esas personas inolvidables a la que, por supuesto, olvidé y, como todo buen iluso romantizador de imposibles (léase: nabo), estaba intensamente enamorado de ella porque, claro, conozco a la Fiona. No solo me sé de memoria los líricos de casi todas sus canciones, también los he leído y sobreanalizado, como tratando de encontrar a la persona que hay detrás. A eso se suma que gracias al internet tú, yo, nosotros, ellos y ellas nos enteramos de cosas bien íntimas de las celebridades. 

Cuando conocí a Lucifer y sus ojos ficticios, sabía que la Fionita adora a sus perros; que siempre tiene la televisión prendida (¡tal como yo, omaigá!); que su padre tenía una segunda familia; que desde siempre Fiona Apple tiene tendencia a padecer de depresión, ansiedad, así como sufre de desorden obsesivo-compulsivo; sé que Aime Mann la envidió, un poquito, cuando la vio ser, a sus casi dieciocho, la músico que ella siempre quiso ser desde joven; sé que fuma mota para dormir, aunque no sé si lo hace todas las noches; sé que empezó a componer en piano a los siete años; sé que un extraño, parecido a Jimmy Hendrix, la violó a sus doce años, en las escaleras de su edificio, mientras su perro ladraba impotente. 

Lo que mi cerebro no quería aceptar era que, además de los 7.711 kilómetros que aún hoy me separan de estar en el mismo lugar que ella, no había forma de que esa famosa mujer de treinta y tres años –la edad que tengo mientras escribo esto– se enamore de mí, un pobre iluso de veinte años estancado en Bolivia.

Entonces entró en escena Lucifer, esa simulacra de cera a la que podía adorar como consuelo de que nunca jamás en mi vida podré conocer a Fiona Apple. Ya no me acuerdo cómo fue que invoqué a Lucifer, ni cómo comenzamos a hablar. Todo lo que sé es que un día estaba sentado en el atrio esperándola, con “Paper Bag” a todo chancho en los audífonos, cuando llegó la primera de las tres profetas apócrifas, esas amigas mías que vinieron a advertirme en contra de las atenciones de Lucifer. 

“La Lucía es una mitómana de ojos falsos”, “también está en ondas con tu amigo y seguro que buscará armar drama entre ustedes”, “mi primo es su ex y vos no sabes la cantidad de cosas estúpidas que salen de la boca de esa chiquita”. Y yo asentía, les decía gracias y calladito ponía “Not About Love” para escuchar mientras la buscaba entre la multitud universitaria, ansioso de un día tener motivos para cantar esa canción, mi favorita de todas las que hizo Fiona, llorando y a viva voz.

Mi lógica era la siguiente: en temas de pareja, sentía que me faltaba cancha. Años atrás había encontrado varias musas y sirenas de las cuales me enamoré sin esperanzas y cuyos rechazos asumí sin jamás lanzarme al abismo. Tampoco podía decirse que fuera óptimo candidato para los sacrificios virginales o que no hubiera conocido el amor recíproco, ambas cosas las había vivido bien vividas, pero jamás de los jamases me había comprometido con el desastre. Hasta el día en que Lucifer y yo nos arreglamos, nunca en mi vida me había decidido a tapiar los agujeros de una carabela hundiéndose en alta mar. Y me dije: “Si puedes sobrevivir a Lucifer, ni Dios podrá detenerte”.

“Siento que traicioné a mi gente al convertirme en una muñeca de papel para poder ser aceptada”, dijo alguna vez Fiona, tratando de explicar por qué, en su famoso discurso en los MTV Music Awards de 1997, dijo que el mundo del espectáculo es mierda y que no deberíamos basar nuestras vidas en las mentiras que ahí vemos y admiramos. Y podría decirse que yo fui una muñeca de papel en mi temporada con Lucifer. Porque, aun si al principio traté de ser yo mismo, eso no era suficiente para mi flamante novia. No contaba con que el ser su novio oficial significaba cortarle el juego de ilusionar a los mil y un predispuestos pagafantas que volaban a su alrededor con las alas que ella misma les daba, lo cual a su vez significaba que yo, solamente yo, y nadie más que yo, tenía que llenar su agujero negro, el que se alimentaba de atención y que mantenía viva a la muchacha. 

Entonces, un día mi barba se hizo inaceptable, lo mismo que cierta ropa, peor aún ciertas ideas. La aparición de cualquiera de ellas significaba drama melodramático, peleas fuertes que, milagrosamente, se arreglaban en dos segundos, pero solo cuando ella decidía que ya la había mimado/rogado lo suficiente. Y yo sabía que todo eso estaba mal, pero hunger hurts and I want him so bad, oh it kills

Pese a todo, la Luci tenía su no sé qué interesante. Estudiaba dos carreras a la vez, en dos universidades diferentes, sacándose las mejores notas en ambas y hasta participando de actividades extracurriculares. Sus padres eran localmente famosos, cuando menos bien conocidos en círculos académicos, y ella era la hija única, la corona de sus anhelos, la heredera de un importante legado que ellos cimentaban, supuestamente, para ella. 

Me caía bien el señor, era un tipo peculiar. Cuando menos lo esperabas, te hablaba de esa vez que había ingerido San Pedro en el campo ante la mirada reprobatoria de su hija que no fumaba, ni bebía, ni nada en particular. Era la mamá la que no me gustaba, no porque no fuera una persona amable o interesante –claramente lo era–, sino que de alguna forma sentía que ciertas cosas que decía y hacía invisibilizaban –queriendo o sin querer– a su hija. Y que ahí se originaba el agujero negro que, en la intimidad, tenía que llenar yo. 

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Los artistas que amamos se vuelven personas íntimas a nosotros. / Fotografía: Archivo.

Ahora puedo admitir lo tonto y terrible que fue, pero, ¿para qué mentir? En esa época yo estaba chocho. Me gustaba el reto de una relación llena de peleas, anulaciones y mentiras, sentía que me ayudaba a crecer mediante el dolor. Porque cada día era una batalla de una guerra estúpida y perfectamente evitable; cada charla era un novedoso campo minado en el que no podías morir, solo quedar desmembrado; cada beso venía con la promesa de un acercamiento sexual que nunca de los nuncas terminaba en sexo, solamente en la ilusión. 

Mientras duró el noviazgo, fueron pocas las veces en que me arrepentí de haberme convertido en una muñeca de papel a la que mis amigos miraban de lejos por hastío. Así que cuando me aburría de la incansable necesidad que tenía Lucifer de tener la razón, cuando me inflamaba de ira el fingir que me tragaba las mentiras más ridículas que escuché jamás –y eso que trabajé en la televisión estatal–, ahí ponía la música de la ojiazul Fiona y cantando rebuscaba consuelos y motivaciones para continuar. 

Ya entonces sabía que, además de la Fiona, también me gustaba su música. Esas canciones espinosas de una discografía que mejora disco a disco, esos álbumes que se sienten como si tu amiga, la intensita, te estuviera contando su vida y sus secretos; te estuviera explicando con el lenguaje más hermoso cómo es vivir siendo una persona frágil y feroz, cómo es ser una de esas mujeres que renacen tanto como mueren y a las que la vida y el mundo les afecta.

Y es que la música de la Fionita es pura vulnerabilidad. En sus líricos sostiene una muy pública conversación con su yo del pasado, con su historia, esa que quedó grabada en los cuadernos que viene llenando desde que tenía quince años y que siguen alimentando su música ahora que tiene más de cuarenta. 

Conozco a la Fiona. Sé que después de que ha compuesto los líricos, recién entonces, se sienta a hacer la música, a crear una estructura musical una y otra vez, en ese proceso infinito, prisión de los obsesivo-compulsivos, hasta que suena tal como quiere su perfeccionismo. Gracias a ello, cada disco que hace parece una evolución en cuanto a melodía, ritmo, técnicas, pero a la vez todas sus canciones también tienen ese algo dramático, con bases rítmicas más parecidas al jazz que al pop, contrastando con arrebatos armónicos inusuales, acompañando esa su voz ronca, un tanto gruesa, como con caricias agudas, así como sufriente y algo solemne.

Entonces, cuando la Lucifer me dijo que en dos meses más tendría que irse del país a una –falsa– beca, yo escuché “On the Bound” y le dije que estaba muy feliz por ella por ser tan capa. Cuando me contó de su exnovio, un hacker todopoderoso que la tenía vigilada día y noche, yo ponía “A Mistake” y le aseguraba que no me importaba terminar vigilado también. Cuando me aseguró, llorosa, matando el suspenso de los silencios al exagerarlos, que su mejor amigo médico y cura le había diagnosticado una misteriosa enfermedad incurable que solo le afectaba cuando no estaban sus papás o sus amigas, yo ponía “Daredevil” y aprovechaba de abrazarla un poco mientras esperaba a que deje de fingir que estaba desmayada.  

Y es que, como suelen hacer los beatos con Dios, yo hice de todo para creer que Lucifer era más de lo que era. No me servía que fuera una chiquilla de diecinueve años que mentía compulsivamente para parecer importante, que escapaba de la intimidad ocultándola en varias máscaras, siendo la más obvia sus ojos falseados de amarillo. No, lo que yo quería era un reto, un caos para domar, ver si podía querer y ser querido por una persona tan detestada por todo mi entorno. Y, si soy más honesto todavía, ni por asomo era yo un Jesucristo tratando de salvar al Diablo. Era, más bien, un pobre diablo tratando de cogerse a una mitómana compulsiva.

El día que comencé a alejarme fue en una ocasión en que fui a visitarla a su casa y la pillé de salida con su mamá. Iban de camino al hospital porque la pobre Luci estaba con unos terribles dolores menstruales que no podía aguantar. Esta era la chica que me contaba que tosía sangre y aguantaba dolores nocturnos terribles para que a sus padres no se les rompiera el corazón al enterarse de esa misteriosa enfermedad terminal incurable que tenía, así que internamente sonreí escéptico, y me ofrecí a acompañarlas para ver si podía ayudar. Ya para entonces iba a almorzar con su familia los fines de semana y todas las tardes tomaba el té con ellos, así que la mamá dijo sí, sin darle tiempo a la hija de siquiera opinar, tal como sucedía siempre que la señora estaba presente en la misma charla que su retoño. 

De camino al hospital yo la abrazaba y la sentía gemir bien bajito. Estaba doblada, achicada, su ronca voz aguda no intentaba sobresalir en la casual conversación que sosteníamos su madre y yo. Fue entonces que lo noté. Le di un beso en la cabeza y ella me miró a los ojos para dedicarme una sonrisa leve, cargada de dolor. Que quizás habría sido linda, de no ser porque noté que, por primera vez en mi vida, la estaba viendo sin sus lentes de contacto.    

Sí, Lucía sin ojos de Lucifer. Sencillita, adolorida y asustada, sentada en silencio en los estériles pasillos de un blanco hospital. Sus ojos eran castaños y oscuros, su mirada menos intensa y, en algún punto, no me pude aguantar y le dije que se veía más hermosa así. “¿Así cómo?”, “Así, con los ojos oscuros, sin nada que ocultar”. Y ella no dijo nada. No sé si porque su mamá estaba ahí cerca, o porque no sabía qué responder, o porque un nuevo ataque de su útero la distrajo de mi epifanía.  

Al día siguiente todo volvió a la normalidad y ahí fue que comencé a aburrirme de la relación. Me di cuenta de que mi estancia en sus infiernos no se trataba tanto de Lucifer y su necesidad de existir en una vida que la anulaba; que quizás no era que ella fuera una intensa, sino nada más una chiquilla asustada que quería ser importante. Me puse a pensar que quizás el intenso era yo, pero que no me animaba a expresar mi intensidad y necesitaba esa relación para tener una excusa de soltar aquello que estaba dentro mío.

No lo sabía, pero admitir eso me ayudaría mucho en el futuro. No solo a ser más honesto conmigo mismo, además de conocer gente maravillosa y conservarla en mi vida, sino a disfrutar el Fetch the Bolt Cutters en todo su ardor. Me encanta ese disco porque es un collage de varios collages. El del arte del folleto, que parece hecho a mano, íntimo con fotos de Fiona y sus perros; el de cómo fue grabado, con ella como músico, compositora, cantante, ingeniera de sonido y productora; o el collage de la música misma, uno hecho de emociones intensas –como siempre han sido en sus discos– solo que ahora con música más experimental, con estructuras melódicas y sonidos caóticos que se mezclan con los cuidadosos, poéticos y crudos líricos que compone la Fiona. 

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Una mirada misteriosa y potente, que nunca termina de revelarse. / Fotografía: Jonas Lindstroem.

Me fascina que, de minuto a minuto y canción en canción, haya cambios rítmicos bruscos, protestas contra la sociedad, contra la violencia a la mujer, contra la hipocresía. Me desborda el alma que haya canciones que, para mí, dicen “no soy una puta fragilidad todo el día”, así como hay otras que dicen “quiero colores primarios, no medias tintas”, porque no es que su música sea más o menos honesta que la de otros. Simplemente es el lugar donde cierto tipo de gente, intensa como yo, nos podemos encontrar y expresar. 

“¿Conozco a la Fiona?”. Eso me pregunté la primera vez que escuché ese disco. El marketing de los noventa me la presentó como una sirena depresiva que cantaba sobre corazones rotos y traumas sexuales y, después de que dijo que el mundo del espectáculo es una mierda, la prensa se dedicó a ningunearla, recriminarle el presentarse como honesta y, de todos modos, mostrarse en ropa interior en el video de “Criminal”. Y cuando ella reaccionó con fuego ante esos ataques, la tildaron de “gruñona sin sentido del humor”, “idiota vanidosa”, o “desnutrida modelo de Calvin Klein”. 

Los noventa la odiaron por no ser la mujer escribiendo canciones sobre la fortaleza e independencia femenina de esa época y principios de los 2000. La odiaron porque era una mujer expresiva, llena de tristeza, que no lanzaba moralejas o reivindicaciones en su música, porque era una víctima que no deseaba ser victimizada. 

¿Lo era? A decir verdad, no lo sé. Quizás la Fiona es honestísima, pero no creo que eso signifique que la podamos conocer solo por escuchar sus canciones o ver sus entrevistas. Ni a ella ni a nadie. Amamos a los artistas porque nos ayudan a expresar una parte de nosotros mismos y por eso queremos creer que son como nosotros o que dicen la verdad en su arte. Pero no lo sabemos. Quizás sí, quizás no. Tal vez, más veces que menos, lo que escuchamos es producto de un cálculo comercial que quiere ordeñar nuestras billeteras. Eso no quita que lo que uno sienta sea real y genuino. 

Después de que le terminé, cuando al fin se aburrió de mandarme mensajes anónimos simulando ser su exnovio psicópata, Lucifer me bloqueó en todas sus redes sociales. Años después me enteré que el nuevo novio psicópata, hacker y obsesionado con ella, era yo. O lo fui, hasta que otro exnovio llenó mi lugar. Por medio de una amiga también me enteré que Lucifer, en sus mañas y sus tretas, no ha cambiado mucho. 

Las mentiras de Lucifer eran estúpidas, pero jamás creí que ella lo fuera. Tal vez simplemente era demasiado arrogante y creía que sus devotos estábamos tan detrás suyo, que nunca se esforzó demasiado en hacerlas creíbles. Con ella la mentira no se trataba del contenido, sino de la forma. De cómo usaba sus ojos, su tono de voz, su llanto fingido, sus desmayos convenientes, sus caricias provocadoras. Todo era una herramienta precisa para manipular y sentirse en control. Era su forma de tener poder y así superar sus propios demonios. Que existieran incautos atrapados en sus tenazas o locos idiotas –como yo–, dispuestos a caer en su gloria, eso es parte importante de un tango que ella todavía insiste en bailar.

Porque, si fuera una músico, diría que, a diferencia de Fiona, Lucifer es una artista que nunca tuvo el valor de variar el repertorio. Nada más hay que pensar que si hoy escuchamos a Fiona y no la sentimos como un fantasma de los noventa, sino como una compositora distinta a quien fue en sus primeros discos, es porque se animó a ser otra persona. Una persona que no conozco y jamás conoceré, pero que igual me acompaña con su arte. 

Así que las veces que me llegan rumores luciferianos, como que me dan ganas de invitarla a tomar un café y charlar, para saber si realmente sigue cuidando los mismos infiernos. Me da el morbo de ver directo a sus ojos en busca de contrastes oscuros en medio del amarillo ficticio y preguntarle si necesita un cortapernos para escapar de su prisión.

De ahí recuerdo que no es mi problema, ni tampoco me importa más allá de la nostalgia. Le pido al universo que le haga llegar a su propia Fiona y pongo Fetch The Bolt Cutters mientras me alejo del pasado y retorno al presente, donde al menos aprendí a ser más honesto conmigo mismo.

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