El peso de la genética

¿Puede una persona reescribir/olvidar/negar/inventar su historia familiar? Sin duda, hay algunos que lo logran con éxito; otros que, después de haberlo intentado, posiblemente se arrepientan, y hay quienes ni siquiera se lo planteen, a pesar de todo. En este texto, Mayra Romero describe, con algo de humor, parte de su historia familiar, que sugiere una respuesta diferente.
Editado por : Alicia Mariscal Monge

En 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba hundida en una crisis económica y social, esto obligó a muchas personas, parejas y familias a migrar al otro lado del charco. Entre esas parejas estaban mis abuelos maternos que, en busca de forjar una nueva vida, llegaron a Argentina, donde nacieron mi mamá y su hermana mayor.

597
Los lazos de familia son como un escudo que nos protege de la intemperie del individualismo. / Archivo

Pasado un tiempo, mi abuelo se ilusionó con las historias que le contaban de Bolivia y la riqueza de sus minas, así que, a pesar de que sus dos hijas todavía no habían terminado de vivir su infancia temprana, la familia volvió a migrar y fue a asentarse al altiplano boliviano. Ocho años después de haber consolidado su residencia en las frías planicies orureñas, recibieron al último miembro: la hermana menor. 

La familia (sobre)vivió hechos históricos que marcaron al país, hasta que cada hermana fue capaz de formar su propio núcleo. Los abuelos dejaron como legado tres cosas: 1) un apellido que nos obliga a deletrearlo cada vez que hacemos un trámite; 2) una genética poderosa, que provoca que los miembros de este clan seamos reconocibles fácilmente por nuestros rasgos, y 3) la completa desinformación sobre nuestros parientes en el viejo mundo… al menos, hasta hace algunos meses atrás.

Cuando mis abuelos dejaron el mundo terrenal, la hermana menor decidió alejarse de las mayores definitivamente, pues argumentaba que, con el afán de buscar un mejor futuro para sus hijos, lo más saludable era que los mismos no tuvieran relación con sus primos, en especial porque “eso era clave para mejorar su clase social”, según ella.

Fue así que, después de algunas décadas, la familia llegó a componerse solo por los maridos de las dos hermanas mayores y sus respectivos hijos e hijas, porque, como dije antes, el contacto con los parientes que estaban en Europa era nulo.

Algo con lo que seguramente no contaba la hermana menor fue que los primos de sus hijos creceríamos y nos convertiríamos en bichos activos de la sociedad; además del surgimiento del internet y las redes sociales. Y ahí es cuando las cosas comenzaron a ponerse divertidas… al menos para mí. 

Cuando comencé mis estudios universitarios, prácticamente había olvidado la existencia de esa historia y a sus respectivos protagonistas; sin embargo, no pasaría mucho tiempo hasta encontrarme con ella nuevamente ―y con la sutileza de un rinoceronte en estampida―, en mi primer día de clases. La docente me vio, leyó mi apellido en su lista y lo primero que me preguntó fue si yo era hija de la susodicha hermana menor, pues soy “igualita”. Cuando le conté que yo era sobrina y no hija, la cara de confusión de la docente era evidente. “Pensé que no tenía parientes aquí”, dijo con sorpresa.

Resultó que ―gracias al sentido del humor retorcido del destino― yo terminé estudiando y ejerciendo la misma profesión que la hermana menor de mi mamá, por lo que varios docentes siempre me preguntaban cuál era mi parentesco con ella, pues además del apellido extranjero yo soy una versión más joven (y más tatuada) de ella. Todos ellos, además, agregaban que creían que no tenía familiares en Bolivia.

598
“¿Cuál ha sido y es el afán de querer mostrarse como alguien que no eres?”. / Archivo

La historia que la hermana menor de mi mamá inventó fue que había estudiado en Europa, que su esposo era extranjero y que toda su familia estaba al otro lado del mundo. Claro, cuando llegó esta historia a oídos de sus dos hermanas mayores, fue motivo de burlas generalizadas en cada reunión familiar, ya que, para empezar, el esposo extranjero es más kolla que el chuño, y sus estudios los hizo en una universidad estatal; eso sin mencionar que, comparando rasgos y fotos tanto de mis abuelos como de todos los miembros de esta familia, llevamos los mismos genes, y que estos pesan, por lo tanto, no soy la única que se parece a ella.

Pero la historia no termina ahí. Hace poco recibí un mensaje, redactado en un español muy básico, en el que me preguntaban si mis abuelos eran tal y tal persona. Los remitentes del mensaje eran los parientes perdidos de Europa. El ejercicio de reconocer nuestras narices, ojos, labios y rasgos en general se dio de nuevo; no cabía duda, todos los que llevamos este apellido somos parte de un gran clan familiar.

El golpe de gracia de la vida fue cuando uno de estos familiares tuvo la grandiosa idea de crear un grupo de WhatsApp con toda la parentela que vivía alrededor del mundo, y se incluyó a mi mamá, mi tía y a su hermana menor, quien, desde entonces, guarda silencio y mantiene su perfil en un rincón oscuro del mundo virtual, pues ahí no tiene con quién alardear de sus historias fantásticas.

¿Cuál ha sido y es el afán de querer mostrarse como alguien que no eres? Nunca lo entenderé; pero no voy a negar que es divertido encontrarme con ella en eventos o en la calle, pues es imposible negar nuestro parentesco. Se le deforma la cara y, al parecer, el miedo se apodera de ella, ya que no sabe dónde meterse o cómo evadir la situación. 

La familia, nos guste o no, no solo se limita a estas relaciones interpersonales complejas. La taxonomía de nuestros rasgos nos encasilla en grupos sociales también complejos; depende enteramente de nosotros y de nuestra actitud para encarar la vida, de modo que nuestros clanes, nombres, apellidos y familias perduren en la historia de la mejor manera posible.

56 me gusta
384 vistas
Este texto forma parte del especial ¡Ay, mi familia!