Manchas de pintura

Las familias pueden ser muchas cosas y, mientras pinta, Luna Wagenheim reflexiona en la suya, pero también en la idea de familia en general, como manchas de pintura que le dan color a nuestras vidas en un conmovedor texto con el que esta joven autora se estrena en 88 Grados.
Editado por : Adrián Nieve

Me parece que el molde ideal de la familia se rompió hace mucho tiempo. Que ya dejamos atrás la estructura única y específica que alguna vez existió y que ahora hay espacio para que cada uno construya su propia idea de familia. 

Pero, al mismo tiempo, no.

588
El colorido contraste que resulta del choque de colores es algo que los pintores saben que forma parte de la vida misma. La autora del texto lo sabe más por las diferentes tonalidades que su familia le trajo a su vida. / Foto: Luna Wagenheim

En eso estuve pensando ahora que he descubierto el verdadero arte detrás de pintar. Cuando pinto en un lienzo en blanco no hay ninguna línea que me guíe. Poco a poco voy descubriendo cómo darle sentido a cada mancha y trazo que mi pincel hace, hasta que finalmente se asoma la imagen que busco. Y aunque no existe una línea visible que me diga por dónde ir, en el fondo hay ciertas reglas que casi inconscientemente sigo para darle sentido a lo que estoy pintando. Colores que debería usar menos o más, trazos que podrían ser más delicados o gruesos, o incluso sombras que antes de existir ya tienen un lugar en la pintura.

Si el mundo fuera una pintura, cada familia sería un color y cada ser que la compone una tonalidad única y nueva, nunca antes vista, y que jamás se volverá a ver. Si el mundo fuera una pintura, todos tendríamos bien presente que son los pequeños detalles los que terminan dando forma a las manchas de pintura, tal como en la vida y la familia son las pequeñas cosas las que terminan haciendo toda la diferencia.

En mi mundo de pintar, los primarios de la paleta de colores son mi mamá, mi papá, mi hermana y mi hermano. Son la base, la primera mancha en el lienzo de mi vida, ese mismo lienzo que es constantemente salpicado por colores nuevos. Nada me asegura que no serán cubiertos algún día por manchas blancas o reemplazados por otros colores. Pero mientras tanto los disfruto, porque son amplios e impredecibles, tal como pueden ser las familias que saben que el sentido al vivir está en las pequeñas cosas. 

Todo comenzó cuando dos personas de países lejanos se encontraron y formaron una familia. Bueno, dentro de lo que “familia” puede llegar a significar estructuralmente. Porque tuvieron tres hijos, dos perros, una casa, y un auto. Todo ello en Bolivia. Pero la paleta tiene muchos más colores, y ya que mi familia paterna es considerablemente más grande que la materna, más de la mitad de mi familia está en Noruega. Eso, inevitablemente, crea distancia. Algunos colores dejan de ser tan visibles y se vuelven más bien exóticos, más difíciles de mantener a la vista.

Así que, cada dos o tres años, tengo que viajar alrededor de treinta y seis horas para ver a mis abuelos. Puede sonar algo triste, pero no lo es. En mi mundo, en mi familia, eso es completamente normal, incluso emocionante. Ellos me enseñaron que si cambiamos la palabra “tengo” por “puedo” la situación da un giro completo. 

Entonces puedo ver más colores, puedo viajar. Estuve en Noruega varias veces a lo largo de mi -considerablemente- corta vida, lo que me dio la oportunidad de ver el mundo desde más de una perspectiva. 

Hace casi diez años, por ejemplo, nos despedíamos de nuevo de Noruega. No era ni la primera ni la última vez que lo hacíamos, pero esa vez en particular era distinta, de cierta forma especial porque mi bisabuelo estaba muy enfermo y pasaba sus días sentado en un sillón azul en su sala, viendo la tele o leyendo el periódico. Necesitaba ayuda hasta para ponerse de pie y ya casi no hablaba.

Pero el día que nos despedimos, se puso de pie y nos abrazó uno por uno. Nos dijo que había sido un placer conocernos y con un gesto tan chico, pero tan grande, nos dijo adiós. Ya no lo pudimos volver a ver en persona nunca más.

Estas, son el tipo de historias que vienen con la frase “mi papá es noruego y mi mamá es boliviana”. La frase que mi yo de seis o siete años repetía cada que le presentaban a alguien. Sentada en un nuevo colegio, en un parque frente a otros niños, ella no lo sabía, pero eso comenzó a convertirse en una de las partes más importantes de su identidad, porque la hacía sentir especial. Diferente y especial. Era su tonalidad.

Cuando era muy pequeña, mis papás decidieron que viviríamos en Noruega. Antes de irme, mi abuela boliviana recortó un pedazo de lana roja de la frazada preferida de mi abuelo y me la ató alrededor de la muñeca. Las lanas rojas tienen varios significados, pero esa lana color rojo significaba que estaría protegida y que no me enfermaría si extrañaba Bolivia.

Llegamos a Noruega y después de un par de semanas la lana se rompió y la perdí. Recuerdo haberme sentido triste, esa lana significaba tanto para mí, a pesar de que no entendía exactamente por qué. Mis abuelos noruegos dijeron que no me preocupara, que me darían una nueva lana roja. Pero yo quería esa lana roja. Ni ellos ni yo entendíamos el por qué.

Con el tiempo, ese recuerdo me ayudó a darme cuenta de que existen varias formas de querer. Que ambos lados de mi familia me mostraron cariño, pero cada uno a su propia manera.

Al final vivir en Noruega no funcionó y volvimos a Bolivia, pero las visitas a Noruega continuaron. Cuando sucedían, sucedían a lo grande. Visitas a grandes parques temáticos, ir al teatro, paseos tranquilos en el barco de mi abuelo o ir a recoger arándanos al bosque con mi abuela. Los colores eran fugaces, pero intensos. 

589
En los lienzos en blanco, las manchas de pintura se entremezclan, creando sombras, luces y colores que antes no estaban ahí. Las familias, según la autora, son algo parecido. / Foto: Luna Wagenheim

Con el tiempo, surgía un sentimiento de expectativa hacia la siguiente visita que iba creciendo conforme el viaje se acercaba. Y cuando el viaje por fin llegaba, se sentía una mezcla única de nervios y emoción por el reencuentro. 

Ni las llegadas ni las partidas son necesariamente permanentes. Siempre que me tenía que ir, sentía tristeza. A pesar de que sabía que volvería, mis ojos se llenaban de lágrimas cuando abrazaba a mi bisabuela en la puerta del aeropuerto y ella me daba una barra de chocolate para el camino. Así como al pintar, podemos cambiar un color mezclándolo con otro, para luego cubrirlo de blanco y perderlo por accidente al buscar iluminar otra parte de la pintura, en las familias todo es demasiado ambiguo e impredecible y no podía evitar preguntarme: “¿la volveré a ver?”

Existen tantas razones por las que la gente llega y se va, que sería muy limitante centrar la atención en la muerte, que a veces es lo primero que se nos viene a la mente cuando escuchamos que “la familia se va”. Pero, tal como la lana roja, con todos los encuentros y reencuentros a veces las cosas se pueden romper. Y, así como los colores fugaces de Noruega brillan en la memoria de mi familia, hay manchas blancas que afectaron a mi lienzo.

Un día, por ejemplo, dejé de ver a alguien que solía formar parte de mi familia, la que yo me construí más allá de mis colores primarios. Solíamos comer juntos y yo le contaba todo. Me enseñó gran parte de lo que soy ahora y me dio grandes pequeños momentos.

No creo poder describir experiencias o momentos específicos que me dio, por el simple hecho de que eran momentos tan sencillos como ir de compras, almorzar o conversar de camino a algún lugar. 

Describir los momentos les quitaría su magia, porque el momento se volvía especial por el sentimiento y no por el momento en sí. Intentar explicarlos sería como intentar explicar por qué el morado combina con el anaranjado. La explicación existe, pero basta con verlos para saber que contrastan, se complementan y se ven bien juntos.

Esa persona fue parte de mi familia, hasta que dejó de serlo. Un día le cayó una gran gota de pintura blanca justo en el centro, que se fue esparciendo poco a poco hasta cubrir todo su color. Aun así, puedo recordar cómo se veía esa mancha de pintura. A veces me cuesta, pero, aunque la mancha fue cubierta, sigue ahí.

Cuando esa mancha de pintura desapareció, cayó un nuevo color sobre mi lienzo. Una nueva persona, que, si bien no reemplazó el color anterior, me enseñó uno diferente.

Y dentro de todo ese caos de el ir y venir, de pintar y borrar, descubrí algo. Es muy fácil volverse parte de mi familia, y por lo mismo también el riesgo de que alguien deje de serlo es mayor.

Con esto, también me di cuenta de que la “familia” puede ser un sentimiento. Uno sólido como una roca, que nos mantiene atados a ciertas personas por el simple hecho de haber crecido con la idea de que son nuestra “familia”, o puede ser un sentimiento fluido, que crece y se encoge, que aparece y desaparece, que nos lleva a crear lazos con aquellos que nos aportan cierta sensación de calidez, que tarde o temprano nos puede llegar a quemar. 

Así y todo, creo que vale la pena correr el riesgo. Así como vale la pena correr el riesgo de pintar sin una línea definida hasta que lo que pintamos cobra sentido. Solo es cuestión de dejarse llevar, y dejar que las gotas de colores caigan, y de vez en cuando también sean cubiertas y borradas, para convertirse en el recuerdo de lo que alguna vez fueron.

141 me gusta
860 vistas
Este texto forma parte del especial ¡Ay, mi familia!