La casa de la General Achá
Según Canclini, “La preservación de los bienes culturales nunca puede ser más importante que la de las personas que los necesitan para vivir: al recuperar un Centro Histórico, la revaloración de los monumentos no debe pesar más que las necesidades habitacionales y simbólicas de sus habitantes. Un patrimonio reformulado que considere sus usos sociales no desde una actitud defensiva de simple rescate, sino con una visión más compleja de cómo la sociedad se apropia de su historia, puede implicar nuevos autores; no tiene porqué reducirse a un asunto de los especialistas en el pasado”. (Canclini García Néstor, Los usos sociales del patrimonio cultural. UNAM. México, 1999)
Bajé del avión con cierta angustia, sin prestarle mayor atención a mi emoción, seguí el camino de la pista hacia la terminal del aeropuerto. Hacía seis meses que me había ido de la ciudad.
Lo vi parado a un costado de la acera, esperándome con ansias, de inmediato noté que algo no andaba bien, me acerqué casi corriendo y lo abracé. Me dio un abrazo suave y triste, sus ojos estaban llenos de lágrimas: “Tu abuela murió esta mañana”, me dijo. De inmediato vino a mi mente una escena de hace muchos años atrás: mi mamá lustraba el piso de madera, nosotros jugábamos alrededor, escuchamos un portazo y vimos a mi papá en el vano de la puerta llorando; jamás lo habíamos visto llorar: “Mi padre murió esta mañana”, nos dijo. No recuerdo más. Se repetía la escena, fue la segunda y la última vez que vería lágrimas de dolor en sus ojos. La abuela había muerto y marcaba así un antes y un después en nuestras vidas y en el espacio que compartimos por tantos años. La abuela había muerto y con ella un poco de la casa también, la casa de la calle General Achá.
Era imponente y un poco sombría, fantasmagórica, pero también fue el espacio que nos cobijó, fue nuestro espacio. Blanca de pies a cabeza, con los balcones de época, hechos con fierro forjado negro, lucían un entramado colonial; puertas gigantes, que se abrían con dificultad por el largo de sus hojas. Llegué a vivir ahí muy pequeña ―tenía 5 años―, y lo primero que llamó mi atención fueron sus techos de tela que colgaban como sábanas, esas que usábamos para jugar a los fantasmas; también me gustaron los pisos multicolor, no había una sola baldosa igual a la otra, mal mirado, parecía un edredón de retazos que no combinaban, pero mis ojos veían magia. Era, por fin, una casa mía, grande y con suficiente espacio para construir y crecer.
Casi 50 años después de ese primer encuentro, la vería de nuevo. “General Achá y Junín por favor”, le dije al chofer, que se apresuró en la carrera, como si él también estuviera ansioso por llegar pronto y constatar que seguía ahí, de pie, no blanca, no colonial, no elegante, pero firme a pesar de los años. Bajé del taxi un poco preocupada porque, al hacer la investigación para escribir este texto, encontré noticias sobre casonas coloniales que se habían derrumbado por completo, otras de las que solo quedaba el cascarón y otras tantas que simplemente estaban abandonadas y se iban desmoronando con el tiempo.
Me costó superar la impresión, quizá derrumbada o descascarada me hubiese dolido menos. Hasta ahora no entiendo bien por qué en algunos lugares se honra tan poco al pasado, especialmente al patrimonio arquitectónico. El centro histórico de Cochabamba es un ejemplo de lo que digo, y sospecho que quizá no sea el único lugar en Bolivia. Recuerdo mi único viaje a Europa, Italia, Roma: el Coliseo Romano, el esfuerzo máximo y extremo para contar la historia, para que te la imagines como si la vivieras, cada cosa en el lugar preciso, cada detalle pensado y restaurado, cada objeto y pieza fundamental atesorada, pude imaginar hasta el aroma de ese lugar. Nuestra realidad es diferente.
Recuerdo haber leído en algún lugar que el patrimonio es, además de los edificios que lo conforman, la relación que forma la gente con ellos, que es la apropiación de estos espacios lo que hace posible que se forme un sentido de pertenencia e identificación en la sociedad, y que es por eso que somos conscientes de su “presencia” y sentimos su “ausencia”.
Y sí, eso era, me dolían los cambios. En la entrada noté que el pozo del patio en el que colgaba un balde ya no estaba, ni rastro de que alguna vez hubo uno en ese lugar, la evidencia fue tapada para siempre con cerámica de baño gris. En el vano de la puerta que un día fue mi dormitorio ahora colgaba un letrero que rezaba “Rectorado”, y en el que había sido de mis padres otro que decía “Aula 06”. La cocina y el comedor de diario, donde había compartido con mis hermanas tantas tardes de tareas y té con pan, fueron convertidos en una cafetería, que estaba repleta de estudiantes cargados con libros y computadoras, tan distante a pensar que ese espacio fue tan íntimo para nosotros.
La casa de la General Achá está intacta en mi memoria, sus muros eran gruesos, de adobe, blancos porque no se pintaban, se blanqueaban con cal. Pasaron muchos años desde que llegamos hasta que mis padres lograron ahorrar algún dinero para restaurarlos. Bajaron los techos, cambiaron las baldosas de colores por unas verdes sencillas y pintaron los muros grandes, amigables y protectores.
La calle que la sustentaba tenía aceras de cordel, de un ancho de “nueve varas” y debajo se podía ver un espacio adoquinado de manera ordenada y abultada al centro. Los espacios cercanos a la acera se iban hundiendo por el paso del tiempo, lo evidenciaban perfectamente las bicicletas en las que tantas veces nos escapamos del centro al norte, donde la gente vivía en casas de barrio, con tienda de abarrotes, jardín delantero y parque cercano. Mis hermanas, mis primas y yo vivimos rodeadas de librerías, imprentas, perfumerías, colegios fiscales por la tarde y la guarida de años de un ladrón conocido, con la nariz chueca, que cuando fue invitado a cenar por mi papá, buscó otras casonas donde hacerse de televisores, radios y tocadiscos.
Si miras desde uno de los balcones, a dos cuadras exactas, está la plaza principal, donde mil veces llevé a mis muñecas a tomar el sol en carritos de plástico, y si te agachas un poco más se pueden ver, a una cuadra, las oficinas del Correo, donde otras muchas veces llegué ansiosa a recibir las cartas de amor que me llegaban a la casilla número 31. Si te asomas al balcón de la esquina, te das de frente con el bar “El Corso”, que sigue tentando a los transeúntes hoy en día y de donde, varias veces, mi mamá sacó del cogote a mi papá.
En esas calles, hace tantos años, pegué con engrudo carteles políticos que apoyaban a Banzer y a Peredo, por supuesto, sin ni siquiera entender lo que hacía, ya a los 17 reaccioné a esas preferencias, buscando otras ―a mi modo de ver― más justas.
Al abrir el portón principal, que era de color café chocolate y estaba atiborrado de adornos dorados, te encontrabas con un zaguán, enorme y desordenado, oscuro, el escondite perfecto para el degenerado de bigote profundo que se escondía ahí y que en un descuido de los mayores, nos mostrara parte de sus genitales, abriéndose el abrigo. Recuerdo el momento exacto pero no las consecuencias.
No éramos pobres, sin embargo, mi papá necesitaba utilizar ese espacio como oficina y vivienda a la vez, ese era el motivo por el que no se nos permitía jugar en el patio de lunes a viernes. A partir del sábado en la tarde, cesaba el ir y venir de los trabajadores de la empresa y la casa era nuestra, se apropiaban de ella nuestras bicicletas, ollitas, muñecas, cartas, obras de arte de tiza y barro, y al aula inventada, donde la profesora siempre era yo.
Las escaleras curvas conducían a un segundo piso de cerámica verde que sostenía un corredor lleno de helechos; a mano izquierda estaba la cocina y el comedor de diario ―en la radio siempre sonaba Savia Andina y Kalimán, en la mañana; Bossa Nova y Roberto Carlos por las noches―. Si caminabas recto, sin detenerte en las puertas altísimas de los dormitorios, llegabas a una puerta delgada de madera y vidrio, que al abrirse daba al mejor lugar de la casa: el living y el comedor. Eran espacios grandes, llenos de sol y de luz, llenos también de recuerdos navideños y celebraciones de cumpleaños, de guitarreadas y cenas formales, ahí estaba el tocadiscos y las botellas de alcohol, que fueron fijación nuestra y de nuestros amigos en la adolescencia. Ahí recibimos las primeras visitas amorosas y los primeros besos, ahí vigilaba una ―por pedido de mi mamá― a la otra, en turnos, dependiendo del día. Ahí supimos que Papá Noel no existía, ahí me enteré que tendría una hermana más y que mi papá dejaría a mi mamá por otra mujer. En ese espacio de 5x9 se vivieron una serie de acontecimientos que cambiaron el rumbo de nuestras vidas como familia. Sucede que un espacio no es solo muros, sino también lamentos y risas.
Mi casa tenía tres patios hacia atrás y estaba dividida en dos; en la General Achá vivía mi abuela, rodeada de un aire que olía a rosas frescas. Mi abuelo murió joven, era militar, y ella convirtió el espacio que habitaba en un museo en su nombre; medallas, retratos, espadas y hasta el Cóndor de los Andes se hallaban en una vitrina. También olía a “chupe llokalla”, ese que no podía faltar de manos de la Jacinta. En el segundo patio de la casa, vivía mi tía con sus dos hijas, mis primas, con las que compartí una vida de travesuras, peleas y amor incondicional. En la Junín vivíamos nosotros y teníamos la suerte de contar con la esquina. Mi dormitorio era muy grande y estaba dividido en cuatro, arriba mis hermanas menores, abajo yo y mi hermana bebé. Solo teníamos un baño, pero era tan grande que cabían tres bañeras; el segundo patio de la parte nuestra era de las empleadas, pero como no teníamos, lo convirtieron en depósito. De ese patio es del que venían los ruidos de cadenas que se arrastraban y es ahí donde vivía el señor de abrigo y sombrero que nos acompañaba, sobre todo en la noche, cuando teníamos la necesidad de ir al baño, debíamos salir al pasillo y buscar el de visitas en la otra esquina por el miedo. Ese señor con sombrero y abrigo negro vivía con nosotros, incluso lo tomábamos en cuenta en los puestos de la mesa y lo extrañábamos cuando pasaban días sin que su visita se hiciera clara en el vano de alguna puerta o ventana.
El tercer patio estaba clausurado, nunca lo vi, nunca se abrió la puerta atravesada por tablones de madera de caja de manzana, clavados de un extremo a otro. Nunca pregunté, nunca me contaron.
Nuestra parte de la casa estaba conectada a la de mi abuela y de mis primas por un pasillo angosto y eterno, lleno de ratones y oscuridad pegajosa; para mí, cruzarlo era un martirio, casi siempre lo hacía corriendo y llegaba al otro lado jadeando y acalorada. Antes de ese pasillo estaba el cuarto ―a mis ojos de niña, gigante― de la tía abuela de mi abuela. Se llamaba Concepción, Conchita para los más cercanos. Era beata y solterona, se vestía siempre de negro y lloraba constantemente. Nunca fue a un baño moderno, guardaba una chata debajo de la cama, que usaba a discreción y que mi abuela lavaba una vez al día con agua hirviendo. No recuerdo en ningún momento que haya usado una tina o una ducha, ella utilizaba una palangana de fierro enlozado y una jarra del mismo juego, con estampado de flores rosadas y bordes azules. Su cuarto era semejante a la iglesia de la Compañía de Jesús ―en versión capilla―, templo que estaba a una cuadra de mi casa y que fue testigo de todas nuestras ceremonias; ahí celebramos la misa de nueve días cuando ella murió, a los 110 años. Estaba atiborrado de cuadros de santos, cajas, muebles negros tipo Secreter, y de estampitas, fue el espacio en el que se resignó a su destino.
Ella cuidó y crió a mi abuela; su madre murió en el parto, al igual que su abuela. Ella fue el reemplazo de madre que le dio la vida, sin embargo, la diferencia de edad era notable y las convicciones también, asumo que por eso mi abuela se casó muy joven. Conchita nació en esa casa y también fue parte de la vida de la hacienda que tenía la familia; nunca se acostumbró del todo a la vida en la ciudad, sin pongos que la alzaran para que no camine y sin empleadas que la vistieran y lavaran a diario, como a una princesa. Su dormitorio es uno de los espacios que mejor guardados está en mi memoria por el olor, el espanto y la mala vibra que sentía cada vez que lo visitaba.
La casa y mi historia están irremediablemente ligadas, fue ahí donde entendí la vida; me escondí entre sus pasillos, besé por primera vez y cuando partí se me rompió el corazón. El día que la vi convertida en un instituto técnico, volví a creer en la familia. A pesar de las sensaciones, creo que una casa no es solamente un espacio, sino un castillo donde resguardar tus mejores recuerdos, es un refugio donde esconderse en los días lluviosos, es parte de tus historias mejor contadas, tus muertos, tus mascotas y tus lágrimas. Una casa es un personaje que protagoniza el mejor cuento que se escribe en una familia.
Re leo la cita de García Canclini que encabeza este texto y pienso: el mundo cambia y los tiempos avanzan, como también lo hacen las personas, las calles, los parques y las casas. Nuevos sueños se verán crecer en la que fuera mi casa, sin embargo, en la memoria no, ahí no hay cambios, ahí se resguardan intactos los momentos, las emociones, los olores, los sabores y sinsabores. La casa de la General Achá y Junín será siempre mi casa y tendrá un lugar privilegiado en mi corazón y mis recuerdos.

