Mi familia (vida y libertad)
Como parte de mi reflexión y de la opresión que vivió mi familia Aramayo, en especial, queda decir que desde el colegio he sido estigmatizado con eso de los “Tres Barones del Estaño” (Patiño-Hochschild-Aramayo); una educación escrita por fachos milicos y sus gobernantes, que perdura hasta el día de hoy, es decir, por mi pinta me creían jailón. Pero la verdad es que mi padre recibió en quiebra el Legado que sobrevive hasta el día de hoy, gracias a su fe y arduo trabajo. Es más, yo le vine a perjudicar un cacho, ya que, mientras esperaban mi nacimiento sorpresivo y seguidito del parto de mi hermano mayor, tuvo que replantearse las cosas y terminó en una oficina en la ciudad por más de 15 años. Mi madrecita me enseñó a tenerle asco al dinero, diciéndome cuando pibe –al pedirle quivos–, que los niños ¿para qué quieren plata?, o que el dinero es sucio.
Otrora ese estigma de multimillonario pesaba, desde siempre… y peor ahora con el racismo del cholaje paceño, la nueva burguesía boliviana, que desfila airosa en Gran Poder y construye cholets de fantasía o película (Transformers) en la ciudad de El Alto, ha tomado el Poder Estatal y, con certera programación de mentes, con la llegada del evismo e indigenismo-comunista o socialista, ha sembrado más odio, pobreza y clasismo, además de separatismo y racismo. Mi apellido paterno siempre estuvo maldito, por eso realicé un poemario y álbum intitulado El maldito Aramayo (Wakala Discos, 2023).
Detalle fascista de Bolivia la India, que nacida bajo el manto del colonialismo, o parida de él, ha afectado en estos últimos 16 años la identidad de miles de seres, gentes que se sienten de todo –en este mundo global– menos cien por ciento bolivianos(as), sino croatas, asiáticos, gauchos, brasucos, peruchos, gringos, árabes, europeos, etc., pero bolitas ¡no! Hasta el camba es camba antes que boliviano.
Ese racismo brutal encubierto de democracia es el que vivo cada día, como ciudadano de a pie, que tiene dos cuentas bancarias con cero ahorros, que vive al día o sobrevive día a día, empobrecido por el corrupto Estado Profundo que impera desde siempre, cerrando el camino a los que creemos en el Arte y la música para el desarrollo humano, y abriendo el paso al comerciante informal y al narcotraficante.
Luego de años de existencia, como padre de familia, y responsable por el hogar de mis wawas, me declaro de la Clase Humilde, antes Clase Media por herencia familiar, pues es duro contar con dinero para disponer en efectivo, para pagar empleadas o trabajadoras del hogar, ni para el colegio privado o estatal hay ahora, que todo es carísimo.
Las wawas están en casa, yo ganando algo on-line, que solo alcanza para la canasta familiar, y, hay que hambrear porque la ansiedad nos hace comer todo, recibiendo subsidios y donaciones de caridad de los familiares cercanos, para no sentir tanta pena, mientras oramos y nos sumamos al luto sembrado por la pandemia y sus secuelas, que ha golpeado, y lo sigue haciendo, las puertas de nuestras familias.
Como digo, el peor impuestazo para la humanidad ha sido la “plandemia”, y ahora otra “Guerra”. La vida de pobre –digno–, antes que la muerte de rico –impío–, es mi consigna para sobrellevar la oscuridad y la esclavitud a la que hemos sido sometidos. Un tremendo y desconcertante sabor amargo pasa por mi garganta, pues estoy consciente que después de tantos años de entrega musical y carrera artística ininterrumpida –30 años con el micrófono en mano– no tengo jubilación ni pensión ni la distribución de mi música, ya que, en este Estado, la cultura y el arte comprometido son motivo de censura y/o burla, con poco y exigente público que infravalora la producción local.
Mi familia nunca aceptó mi labor en el Arte, pero que el Estado nacional y sus gentes compatriotas tampoco lo haga es el colmo de los males; los artistas que hemos entregado nuestra Alma en canto a la humanidad y su desarrollo, sembrando música consciente y de entretenimiento, con mensajes positivos y de valentía, ni jubilación ni seguros médicos ni gremios ni sellos disqueros ni públicos ni mercados ni nada, estamos en la peor irrealidad de todas.
Para colapsar la familia, el efecto de vivir en suelos tan áridos y despectivos, te llevan al filo, te empujan al exceso y sus consumos, legales e ilegales, a los usos y abusos de sustancias controladas y descontroladas; entras en un Sistema que han creado para atraparte y para que sufras penas inimaginables, así mantenerte atado a sus leyes, reglas y órdenes. Una cárcel dentro de otra: la droga, el alcohol y el submundo que, al parecer, en Bolivia es mejor obviarlo. No les conviene saber y saberse que somos un “pueblo enfermo”, viciosos(as) y carnavaleros(as), chupacos(as) y promiscuos(as), así nos condicionan y empujan los controladores, programándonos a sus “placeres” y “vicios”, a sus cadenas y prejuicios.
Yo soy Alcohólico enfermo; cuando puedo, asisto a mis reuniones Doble A en la parroquia de la Virgen de Guadalupe. Mi Señor Padre me recomendó ir en 2021, como regalo de su cumpleaños 72, acepté; antes he estado por mala conducta –y contra mi voluntad– en el psiquiátrico San Juan de Dios (2010), mi mamita se encargó de llevarme en la patrulla del 110, luego de perder los estribos, y de ahí escapé en lo que canta un gallo. Luego de mi matrimonio forzoso a causa de un embarazo (2007), la separación (2008) y el divorcio (2010), cagué pilas. Entré en un cuadro de depresión crónica y “me eché a perder”, como dicen en Tarija. No pude encajar en los cánones formales sociales de ciertas edades, tardé en sentar cabeza y tomar consciencia.
Por la displicencia y malcriadez, fui desheredado y confinado al ahora llamado “ghosting” (me hicieron desaparecer como un fantasma de sus vidas, empezando de mi querido padre, pasando por mi amada madre, mis hermanos, primos, tías, el primogénito –eso sí que me duele como espina en el corazón–).
Ahora tengo 46 años y vivo momentos de zozobra, desazón por culpa de nuestros Estados Profundos y sus leyes, sus reglas, que se han encargado de dividir familias con sus políticas y agendas oscuras, no solo quedé dañado de la mente, de la psicología, sino que familiarmente he recibido el veto. Primeramente, mi papá me ha prohibido el ingreso al campo, su amado Chivisivi en el valle de Sapahaqui, el área donde fui concebido y aprendí a caminar, jugar, soñar, a la montaña trepar y con los jok’ollos travesear, mi hogar. Mi enfermedad lo asusta en verdad, lo apena más que a mí, tengo la certeza de que le doy vergüenza ajena.
Para continuar, la familia de mi hijo mayor me lo ha apartado, desde noviembre de 2017 que no nos vemos en presencia uno del otro. Dicen que no me quiere ver, que le hago daño y que cuando quiera, me avisarán. En este caso usaron el argumento de la marihuana y punto. Precisamente, cuando pienso en él, luego de cinco años de su ausencia física, evoco su presencia espiritual para charlar de lejitos, y decirle que lo espero, que lo amo, que quisiera abrazarlo eternamente y apapacharlo como cuando nació en mis brazos. ¡Puta mierda!, me estoy olvidando de los momentos felices, pues los “dementors” o malos pensamientos quieren cobrarme factura hasta del Ajayu (Espíritu).
Y para rematar, mi actual situación conyugal es tan frágil, que, si sopla el viento, se cae. La compañera y madre de mis dos wawas (ella de siete y él de cinco) sufre de ataques nerviosos, celosos y otros problemas psicológicos; también efecto del consumo de sustancias en la vida pasada y de los errores que uno comete como “famosito” y “popular”, que le llevan a perder la privacidad y el anonimato, y que le persiguen y atormentan hasta llegar a procesos penales de muy mal tono (violencia intrafamiliar y asistencia familiar). Ella piensa que mi objetivo es cogerme a toda fisionomía que se me presente, sea quien fuere la mujer; una celopatía que tal vez yo provoqué, y hasta me gané los cuernos bien puestos, otra vez como dicen en Tarija: “¡Qué la parió!”.
Las leyes nos ayudan a sacarnos la mugre, no favorecen para nada a los seres que vivimos penares mentales o psicológicos, económicos, sociales, familiares o estructurales, dentro de los sistemas y subsistemas que se crearon. Para evitar el confronto, la violencia física y verbal, debo abandonar las labores de casa, el oficio que amo como Trabajador del Hogar: adoro limpiar, lavar, ordenar, poner en su lugar –o en otro– las cosas (juguetes, disfraces, montañas de ropas, darle de comer a la Michi, que me ronronea y aprecia como ninguno de su especie antes; es una maravilla, me enternece el corazón de chicharrón).
Entonces, si acaba el “Tiempo Tregua”, suben las desconfianzas, las paranoias y las discusiones o peleas, las wawas se ponen muy mal, al igual que nosotros, se quiebra el “abrazo de familia”, un ritual que tenemos físicamente desde hace años, y que nos ayuda en círculo a sentirnos y amarnos en energía positiva, todo eso se acaba, las salidas al parque se frenan, la palabra “papá” se silencia y vuelve muda, pues debo escapar antes de pelear, como dice una frase célebre: “MAKE ART NOT WAR”.
Cuando me preguntan –en la cotidianidad de los días–, “¿cuántos hijos tienes?”, aprendí a responder que ninguno, he concebido por decisión propia a tres, que viven con sus mamás. Yo no los tengo.
Mis abuelos paternos (José Luis Aramayo y Gilda Valenzuela) vienen de ese hermoso valle que mencioné anteriormente; si por mí fuera, ya estaría allá viviendo desde siempre. Pero no se puede, decía mi viejo. Por su prejuicio y su miedo, por el “hacendado” que lleva en su Ser, tampoco se deja ayudar, por lo católico y eso de cargar la culpa, le cuesta perdonar los errores ajenos, es decir: retomar confianza en su hijo, el que fue una oveja negra y ahora le pide ayudarlo cuando él quiera. Mi padre prefiere estar alejado, medio año se la pasa en el campo y, como siempre brindando empleo y jornales al campesino laburante, así vive en su pequeña industria de vinos y vinagres, manteniendo el Legado Familiar.
Los Estados Profundos han sembrado brechas generacionales con programaciones respectivas para destruir a las familias; en mi caso, la marihuana está satanizada y no hay vuelta que dar. A mí, enfermo alcohólico, lo único que me ayudó fue el cannabis medicinal, pero ese chistecito no se lo traga mi mamá Charo, quien es una detractora de la planta de cáñamo. ¡Mi vieja aborrece su olor, su color, su existencia total, ni en pomadas ni en gotas ni en nada!, como la FELCN.
Eso de que la familia es primero, mi papá no lo aplica para nada en este caso y tiempo. Piensa que iré a plantar mota a su campo y como no le cayó bien mi actitud de concubinarme (2015) y hacer wawas fuera del matrimonio, su mentalidad conservadora hace que me dé la espalda de frente. Debe querer que me arrepienta –como católico de dogma– por mis errores garrafales, me golpee el pecho, y así lo vengo haciendo.
Rememoro que ayudé desde chango a envasar los vinagres y otras labores en el campo o en la bodega de la ciudad, nunca recibía un quinto de remuneración; tampoco lo quería con urgencia, pero hubiera servido para pagar los helados de turno y comprarme los cassettes del momento. Es un ch’enko total vivir en un mundo capitalista y no ser bien entrenado desde casa, a esa edad tan jovencita (14 a 17 años) hubiese sido genial prepararme y aprender para forjar un carácter y una complicidad laboral entre padre e hijos.
Ahora lo que tenemos es un Ingeniero Agrónomo –solitario– propietario y gerente, que hace en la Hacienda de sus antepasados una labor vinícola por tradición, pero la familia apenas se mete cuando él pide algo de colaboración logística, el trabajo de campo es del campesinado. Mi hermana menor (Bubi) y mi hermano mayor (Pepe) colaboran en toda logística para mantener la buena y linda relación que tienen, entre ellos se entienden de maravilla, desde que recuerdo. Ya no hay fines de semana donde disfrutemos del valle y del campo, eso se acabó, ¿Por qué? No lo sé, pero me matan de pena y tristeza esas cosas, simple y llanamente, no las comprendo ni comparto.
Quedarse estigmatizado por culpa de las reglas y leyes del Estado, además que los padres se acomoden a ciertos cánones que los militares dictaminan, como siempre, hacen que estemos en una crisis mundial de valores, contravalores, dualidades que al final favorecen a ellos, a los controladores. Yo desde mis errores he tratado de enmendar y brindar un apoyo desinteresado a la gente de bajos recursos, a esos que son pobres del Espíritu, que es más triste que ser pobre de monedas.
Como anécdota, perdí la libertad en 2002, cuando viajaba a Santiago de Chile y fui detenido por posesión de marihuana, ¡me imputaron! Salí en libertad alegando consumo, no microtráfico; en 2006, cuando regresé al vecino país, me multaron por aquella falta, la Alcaldía de Arica me imputó nuevamente debido a nuevas Leyes estatales; se me mandó al Penal del Achá para cumplir condena por un par de días. Esas experiencias me llevaron a dictar talleres en el Recinto Penitenciario de San Pedro en diciembre 2004 y retomar el proyecto en 2016; luego, con el proyecto La Libertad Tras Las Rejas / Tallerap en 2019, grabamos un álbum con los internos que participaron. No lo hago por dinero, sino por acción social o altruismo, se lo lleva en la sangre desde mi bisabuela María Zapata. Mi maestro le llama Karma Yoga o Servicio Desinteresado.
¿He sido mal pagado por talleristas y gente que apoyé? Sí, es la verdad, desde 2004 en El Alto, los changos aimaras y hostiles se volcaron como cuervos para arrancarme los ojos, lamentablemente lo que no te mata te fortalece, y esas traiciones y faltas de respeto forjaron mi templanza y actitud guerrera. Como músico y artista contemporáneo, he llegado a considerar como hermanos y ahijados del Rap / Hip Hop a los que pasaron en buena onda por la casa, el home studio bautizado La Casa de la Awicha (Wakala Discos). Con muchos seguimos manteniendo una relación fraterna y de respeto.
Aunque nunca me sentí un millonario de dinero, soy un afortunado por las venas, yo fui un Principito en su mundo, allá en el campo, donde literalmente aprendí con el paso de los años que “lo esencial es invisible a los ojos”, como dice la novela de Antoine de Saint-Exupéry. De tal manera me conecto con el lado femenino de mi Ser, y recuerdo a mis abuelos maternos (Juan y Pilar) que desde Cochabamba hasta Sacaba me hicieron vivir una infancia y juventud inolvidable, los echo de menos y rememoro en mis rezos.
Como ya nadie se ve con nadie, prefiero irme al cementerio a visitar a mi primo Alejandro Thielen Pantoja (+), rendirle homenajes póstumos y remembranzas siempre que pueda, y aunque partió en 1991 a la vida eterna, tras un súbito accidente en la ducha del baño, cortándose su existencia a los 14 añitos, me puedo comunicar imaginariamente, con el poder de la oración y tratar de mantener contacto a la distancia entre planos existenciales. Eso me ayuda a sentirme y vivirme, el viaje es hacia adentro, definitivamente. Su mamá, la tía Anabella, dice que soy como un hijo para ella, y es un honor tener una tía amada, que atravesó el luto de su hijo, que me recibe en el mismo hogar dulce hogar donde pasaron todos los primos correteando y las tías-abuelas jugando rummy con las cartas.
Realmente en aquella casa del barrio de Miraflores, calle Cisneros a una cuadra del Stadium, me siento niño, adolescente, joven y adulto, soy varios años en uno. Las líneas del tiempo se nos cruzan y con el simple olor del ambiente, el cerebro empieza a viajar sin dudarlo un segundo, conectando al Espíritu Omnisciente, Omnipotente y Omnipresente.
Quiero aprovechar la oportunidad para evocar a la memoria de la Madre Pepa, a una monja de claustro (Carmelitas) que era la mejor amiga de mi abuelita Gilda, quienes se conocían desde la infancia, en el valle de Sapahaqui, y que siempre estaba en casa de la Villalobos –o en el campo– desde que tengo uso de razón, mimándome cuando nene, apretándome fuerte y diciéndome que era como su hijo, otro honor para mí, ahora que ella goza de la vida eterna desde 1998. Yo me encomiendo a sus brazos cada que caigo en la pena, en el miedo, en la tristeza social y espiritual. Recuerdo que cuando hacía renegar a mamá, corría rápido a esconderme, metiéndome entre su hábito y así evitar la waska y los ch’irlazos (mis wawas le dicen ch’arlizos –ja ja ja-–).
Yo lucharé por el amor de mi familiares y ancestros, por los Aramayo-Valenzuela y los Mérida-Soliz que amo, y que ahora de mí se han alejado; por mi papá José Luis Aramayo y mi primogénito Tenshi Aramayo. También lucharé por mi hogar, por mis wawas y por su madre, que sufre mucho el penar de las heridas que dejaron sus pasos por el Estado Plurinacional de Bolivia, y que cargan miles de mujeres –como ella– que fueron ultrajadas en un sistema machista y bélico, donde el juego es “sacar ventaja del otro y la otra a toda costa”, y ya no es “compartir o vivir”, es “servir o morir”. También resistiré por el canto y la música que blinda a mi Alma y corazón, el pan de batalla que le da sentido a la vida en este juego.
Se despide con el corazón en la mano, Pablo Alfonso Aramayo Mérida, aka Alfonseka Marraketa Blindada.


