El Chueco en el Chaco II

Luis Carlos Sanabria entra más profundo en las fauces del Chaco junto al escritor Augusto Céspedes para continuar contándonos la historia de cómo este ícono de la literatura boliviana, tal como su país, fue cambiado por la Guerra del Chaco. Una imperdible entrega que profundiza, entre otras cosas, figuras históricas como la del general Kundt y lugares como Villazón durante la guerra.
Editado por : Adrián Nieve

El trajín intenso de Villamontes tiene absorto a Augusto. No sabe si es solo el movimiento constante de vehículos y personas –civiles y militares– al servicio de la guerra, o es también el calor que se anticipa a la canícula y que tiene todo en un constante y agitado estado de ebullición. Por lo mismo, el cronista se encuentra fascinado ante ese espacio caótico que no sabe si definir como un pueblo, una ciudad intermedia o un enorme campamento.

563
Ya en Villazón, se decía que pronto se iba a “entrar” al Chaco, como si aquel pueblo devenido en casi una ciudad fuera el umbral, el último respiro, antes de que las cosas dejaran de ser usuales y devinieran en la violencia de la guerra. /Foto: Americanosfera.

Es esta última imagen la que más se acerca a sus intereses narrativos y se aferra a ella para intentar describir el movimiento que tiene ante sí, enredado, pero con un orden interno y preciso. Como si el desorden funcionara con mecanismo de reloj suizo. Esta imagen lo acosa hasta esa noche, cuando por fin puede construirla al elaborar el despacho correspondiente:

En Villamontes la gente se pierde, como en Detroit o en Shangai. En la gran extensión del caserío todo el mundo manifiesta una actividad febril. Chóferes, telegrafistas, tenderos, hoteleros, empleados con cascos coloniales, militares, todo el mundo está ocupado. Parece que esta población estuviese asistiendo a la explotación de una empresa de lavaderos de oro.(…)
Total, Villamontes: dificultad de pensar, como se apreciará en esta crónica, 42 grados, blanca. Riberalta en tiempo de la goma o California en tiempo de oro. Villamontes, la población que más se parece a sus fotografías, todo el mundo en mangas de camisas amarillas.

El movimiento de Villamontes le recuerda un poco a otra población de retaguardia importante y en la que estuvo poco tiempo atrás: la ciudad de Tarija. La diferencia, empero, es substancial: Tarija es una ciudad capital, mientras Villamontes un pueblo saturado por la logística de la guerra.

Los primeros tragos de la guerra
Algunos días atrás, en su camino de Villazón a Tarija, el joven cronista experimentaría su primer sorbo de experiencia de guerra. Aún faltaría para presenciar combates de cerca y sentir el silbido de balas sobre su cabeza. Aún faltaría para aprender la conducción de tropas bebiendo del ejemplo de oficiales que admiraría y cuyas muertes romantizaría. Sin embargo, la guerra se empieza a manifestar poco a poco, como un mate amargo cuyo gusto se adquiere sorbo por sorbo. Como aguardiente cuyo incendio, como la sobriedad, es cada vez menor. 

Tal vez jugando con esta imagen describe así el viaje en el camión que le hace descender de la altipampa de Villazón a los valles de Tarija, para luego dar su paso definitivo al Chaco:

Venimos en el camión soldados de tropa, algunos suboficiales, los periodistas, y esto que es fundamental: una cantimplora llena de pisco.
Primero se canta. Luego se acude a la cantimplora y cuando esta ha sido completamente evacuada lógicamente los cantos se van apagando. Más tarde el silencio y la sombra se condensan bajo el toldo del vehículo, y las siluetas de dos suboficiales que se han puesto cascos coloniales con argelinas sobre las nucas, me dan a ratos la impresión de que estamos viajando por la indochina.

Estos apuntes son parte de su despacho del 14 de febrero de 1933, y esta imagen, que tiene los elementos del llamado a la aventura, comienza a prefigurar también la nostalgia y el miedo ante el primer encuentro con heridos. Personas que vuelven de la línea con la carne abierta y el espíritu confundido. 

Céspedes se lanza a la ayuda del camión plantado que obstaculiza el vado, aquel que lo sacó de sus reflexiones estilísticas y sus apuntes de la conversación con Busch. 

A las 10 de la noche nos detenemos en la ribera del río de Iscayanchi en cuyo lecho alborotado está detenido un camión, sin chofer, con los faroles apagados y el agua hasta cubrir sus ruedas.
Contemplo el camión, del que se desprende una inmensa soledad. Es un lunar sobre la corriente blanca. De pronto, de ese camión que parece vacío surge una voz que llega hasta la orilla.
–¡Chofer, sáquenos pues…!
(…)
Ya en la orilla les hago el reportaje:
–¿De dónde vienen ustedes?
–De Nanawa.
No dicen nada más, porque es innecesario.

El encuentro con los heridos le ha movido una fibra de sensibilidad que sabe manejar con sobriedad en su despacho. Es también innecesario escribir en su crónica que, para febrero de 1933, Nanawa ya trasciende por la fiereza de sus combates y por irse convirtiendo en una especie de obsesión para el comandante del Ejército de Bolivia, el general alemán Hans Kundt. Ha trascendido para muchos historiadores que Nanawa fue vista como una especie de Verdún para el comandante alemán.

La primera batalla de Nanawa se peleó del 20 al 26 de enero de 1933. En el intento de conquista del fortín paraguayo, el ejército boliviano sufrió 4000 bajas entre muertos y heridos, mientras que 108 combatientes paraguayos perdieron la vida y 104 resultaron heridos. 

Ante el vano sacrificio, el ejército de Bolivia se atrincheró frente a las posiciones paraguayas para preparar la madre de las batallas en suelo americano y que se pelearía del 4 al 7 de julio de 1933. Céspedes llegaría a presenciar los preparativos para la segunda batalla de Nanawa y ahí surgiría la inspiración para su cuento “El pozo”, tal vez el más célebre de los textos de la Narrativa del Chaco.

Pero no nos adelantemos. 

Estos heridos dejan en Céspedes esa extraña sensación de empezar a distinguir la sombra de un monstruo. Aunque aún es optimista, los nervios, la tristeza y el susto dan vueltas por su cabeza y se filtran un poco en sus palabras, cargadas también de un estilo literario que crece con libre albedrio en los momentos en los que es precisamente necesario. Dosifica, en justa medida, los niveles de melancolía:

Ya son quince horas en el camión. En la cuesta de Tanana la noche se acumula. La niebla nos escolta, infinita y próxima, parece sólida sobre el abismo. Los faros la penetran difícilmente. En medio del zumbido de tonos intermitentes del motor, el suboficial Saldías canta:
“I can’t return to see my mother
And I can´t return to see my girl”.

14 de febrero

Uy, los alemanes
En el valle de Tarija, la guerra se respira más que en ninguna otra ciudad grande del territorio boliviano. Al sur del país, enjambres de militares y civiles recorren las calles y avenidas, zumbando enérgicamente en el afán bélico. A tanta distancia del aliento de la muerte, es inevitable que se sienta como un falso afán, como un lugar ideal para que emboscados y muñecudos cumplan con el deber patrio. Este prejuicio se mezcla con la realidad de la maquinaria de la guerra, que mueve a uniformados, empleados civiles, y a la población manifiesta en sinécdoque en las mozas tarijeñas de ojos calmos; y produce lo que el periodista define como una ciudad mixta:

Y este desdoblamiento entre la paz y la guerra en que se vive la vida tarijeña, adquiere relieve más evidente por el hecho de ser esta ciudad el cruce obligado en el que se detienen, para darse un abrazo, los que entran al desierto chaqueño y los evacuados y permisionarios que salen hacia los días de descanso y paz. Así, por ejemplo, el capitán Montes que se va a La Paz, conversa largamente con el capitán Busch, que vuelve hacia el Chaco, camino del segundo Sacrificio.

Tarija es un pulmón en el que la guerra y la paz se encuentran y procuran mantener su equilibrio. Un limbo en el que el tormento bélico encuentra energía para poder seguir manteniendo el esfuerzo. 

Tarija es una ciudad mixta, entre lo militar y lo civil. Villamontes es, en lo opuesto, un enorme campamento militar, un pueblo ocupado para comandar a distancia. Con aire de pícaro, Augusto aprovecha que ante los ojos civiles de las tarijeñas, todo varón llegado de La Paz ostenta un grado militar:

El tránsito de las tropas y de los oficiales que han pasado por aquí ha fijado estilos y salutaciones jerárquicas. En el hotel, por la mañana, el mozo me trajo el desayuno y por el solo hecho de verme con camisa de kaki me ascendió a teniente.
–¿Le sirvo té o café, mi teniente?
Y el peluquero:
–Mi teniente, ¿afeito y recorto?
Una morocha:
–No sea exagerado, teniente.
Hube de rectificar, asegurando que no era teniente, sino mayor.
–¿Mayor?, no lo hubiera creído, tan mocito…
Desgraciadamente, el sweater y la gorra jockey me devolvieron mi personalidad civil.

El cronista no lo sabe, pero en el apelativo militar que le otorgan hay algo profético: después de su misión periodística regresaría al teatro de operaciones como soldado, y terminaría la guerra con el grado de teniente, obtenido en campaña.

Augusto aún no ha pisado el campo de Marte, pero siente que Tarija es una especie de aduana o de puesto migratorio en la que uno se declara a sí mismo quién es antes de entrar.

Esta idea, el entrar, viene tomando forma en la cabeza del cronista conforme la travesía se constituye en un descenso al averno; una especie de penetración al corazón mismo de las tinieblas.

Sin embargo, más que todo esto atrae, con insistencia acelerada, una ansia de partir, de “entrar” como se dice, arrojando esa palabra, igual que un lazo, a lo desconocido. Partimos mañana, con la última y sutil sensación de paz que nos entrega la ciudad de Tarija que dejamos, y un impulso con algo de angustia hacia el embrujo del Chaco, que tiene fascinación y sangre como la mujer.

El ejército en campaña parte con optimismo a pesar de las dificultades de los primeros combates y la derrota en Boquerón y el posterior desbande del ejército que fue frenado en el Kilómetro 7, bajo el temple y conducción fría y acertada de Bernardino Bilbao Rioja. Este mismo militar potosino, artillero y aviador, sería parte fundamental en la organización de la aviación en campaña –posteriormente la Fuerza Aérea–, así como en las victorias de Cañada Strongest, Retoma de Alihuatá y la Defensa de Villamontes. Bilbao Rioja moriría el 13 de mayo de 1983, bordeando las nueve décadas. Fue ascendido póstumamente al grado de Mariscal en 1986.

El optimismo en las tropas tiene que ver también, justamente con la victoria en Kilómetro 7, con el heroísmo de nombres como Bilbao Rioja, como Busch, como Jordán, como Pabón. Justamente este último, as de la aviación boliviana, tiene sobre su pecho, como condecoración, el mérito de haber librado el primer combate aéreo –con avión derribado– en suelo americano durante los enfrentamientos del Kilometro 7. El hecho se suscitó el domingo 10 de diciembre de 1932 a las 11:00. En el enfrentamiento perdieron la vida dos aviadores paraguayos. Pabón fallecería en su ley, arrostrando a la muerte, montado en su Tigre Hanks –como llamaba a su avión Vickers– el 12 de agosto de 1934. 

El optimismo también tiene que ver con que desde diciembre de 1932 el ejército en campaña se encuentra comandado por un viejo conocido de Bolivia, el general alemán Hans Kundt, que regresaba de Europa con experiencia ganada durante la 1ra Guerra Mundial.

Kundt nació el 28 de febrero de 1869, en Mecklemburgo, en el norte de Alemania. Proveniente de una familia de oficiales, llegaría a Bolivia en 1911, durante la presidencia de Eliodoro Villazón, con el grado de mayor y como jefe de la misión alemana de adiestramiento que había sido concretada por el Gobierno. El ejército de Bolivia de principios de siglo XX tenía una influencia más bien francesa en estructura y uniformes, resultado de misiones militares anteriores. Robert Brockmann señala en su documentado libro El general y sus presidentes una particular anécdota sobre viejas heridas de la Guerra Franco Prusiana en La Paz:

[El mayor Friedrich (Fritz)] Muther fue designado director del Colegio Militar y en breve causaría la indignación no solo de los militares francófilos al comerse las palomas mensajeras, que él creía entrenadas por la descontinuada misión francesa –era toda una declaración de principios– pero que en realidad habían sido entrenadas por militares argentinos.

El gobierno de Villazón terminó en 1913 y fue sucedido por Ismael Montes en su segundo mandato (1913 – 1917). La misión alemana sería reforzada con nuevos oficiales en 1914, mismo año que Kundt retornaría a Alemania haciendo uso de sus vacaciones. Nadie contaba con el estallido de la Primera Guerra Mundial aquel año, y la consiguiente orden del Kaiser: el repliegue de misiones militares alemanas para sumarse a los contingentes beligerantes.

Kundt y Montes se volverían a encontrar en el Chaco, poco más de 20 años más adelante, Kundt como comandante y Montes como asesor militar nombrado por el presidente Salamanca. De esta manera Montes se convertiría en el único presidente boliviano en haber participado en tres conflictos internacionales: La Guerra del Pacífico, contra Chile (1879), a la que asistiría como soldado con 18 años y en la que destacaría por valentía en la batalla del Alto de la Alianza; La guerra del Acre, contra los filibusteros y el Brasil (1900 – 1903), marcha que encabezaría como comandante; y la Guerra del Chaco (1932 – 1935), a la que asistiría como asesor militar a los 71 años y en la que dejaría una pierna enterrada, por un cuadro de tromboflebitis acaecido en la campaña y cuyas secuelas terminarían con su vida el 16 de octubre de 1933. Montes también había participado en la Guerra Federal de 1898 bajo las órdenes del general José Manuel Pando.

Pero volviendo a Kundt, el alemán se pondría bajo banderas de su patria casi apenas llegado. Durante la Gran Guerra comandó un regimiento en el Frente Oriental y fue jefe de Estado Mayor y comandante de la 42° Brigada de Infantería en el frente occidental. Concluyó su servicio en la guerra con el grado de General de División. 

El modelo prusiano, instaurado por aquella misión militar encabezada por Kundt, se reforzaría unos años más adelante, en una segunda misión, dejando en las fuerzas armadas de Bolivia un esquema e influencia que persiste hasta la fecha.  

Esta segunda misión tuvo un origen más accidentado. Tras la Primera Guerra, en 1921, Kundt regresó a Bolivia con el fin de llevar adelante algunas inversiones. Estando en el país, el Gobierno le ofreció los cargos de Jefe de Estado Mayor y Ministro de Guerra, que fueron aceptados por el militar alemán a pesar de las observaciones diplomáticas de su país y los reclamos franceses: el tratado de Versalles, que definía las condiciones de paz tras la Gran Guerra, prohibía a Alemania tener oficiales en misiones militares en el mundo. 

La respuesta de Bolivia fue afirmar que se trataba de un acuerdo entre el país y Kundt de manera particular y sin mediación alguna del gobierno o ejército de Alemania. Además Kundt había adoptado la nacionalidad boliviana. Por su lado, el país germano optó por sacar una publicación en medios de comunicación que señalaba, precisamente, que la decisión tomada por Kundt de servir en el ejército boliviano era estrictamente personal y que no involucraba el estado alemán, en una especie de lavado de manos. 

Con el tiempo y el ascenso de Hitler al poder, los nacionalistas alemanes hicieron eco gradual de sus reclamos al tratado de Versalles, lo que derivó en que eventualmente Kundt vuelva a reclutar a sus connacionales en el ejército de Bolivia. 

Esta relación con militares alemanes contó con la participación del tristemente célebre Ernst Röhm, capitán ambicioso que con el tiempo se convertiría en uno de los hombres más importante del partido Nazi y comandante en jefe de las SA. El que tuteaba a Hitler. 

Röhm partió hacia Bolivia hacia finales de 1929 y ascendió rápidamente en el ejército, donde obtuvo el grado de Teniente Coronel e intentó desplazar a Kundt, generando una situación de conflicto que terminaría en una acalorada discusión en octubre de 1930. Para entonces, Hitler había instruido el regreso de Röhm a Alemania, asignándole el mando del Estado Mayor de las SA.

Röhm moriría asesinado, justamente porque el crecimiento de su figura implicaba una amenaza para el Führer, en el evento conocido como “la noche de los cuchillos largos”. Llevaría, hasta el final de sus días, la estrella de seis puntas entre ramas de laurel prendida en la solapa de su uniforme de Stabschef de la SA. La insignia del Ejército de Bolivia se luciría en el rimbombante uniforme nazi de uno de los responsables de la infamia histórica más grande de la humanidad.

A mediados de 1930, Kundt también tendría que abandonar el país, exiliado por su afán de convencer a los militares bolivianos de sumarse al golpe que orquestaba el presidente Hernando Siles para acceder a otra gestión de Gobierno. El general alemán regresaría al país a finales de 1932 para ocupar el cargo de comandante del Ejército en campaña, invitado por el gobierno de Daniel Salamanca, gesto que respondía, también, a un clamor popular.

Céspedes describiría en sus Crónicas su primer encuentro con el jefe alemán en la batalla de Campo Jordán el 11 de marzo de 1932, siendo el único periodista que llegaría hasta la mismísima primera línea de acción. Narraría así el encuentro:

En ese momento los centinelas del camino anuncian la llegada del general Kundt. Entonces se produce otra escena pictórica: empinados sobre un promontorio de tierra desde el que se domina todo el Campo Jordán, las siluetas de Kundt, Toro y Peñaranda se destacan sobre el horizonte con los índices extendidos y los prismáticos clavados hacia la batalla. Y por encima del panorama los disparos de artillería trazan en el cielo sus aullidos.

EL GENERALÍSIMO Kundt, enorme, grueso, colorado, viste uniforme de kaki con botas altas de charol negro. Tiene un bastón en la mano. Su mirada azul de acero va del campo a nosotros.
–Se han poggtado bien los muchachos.
En ese momento por un sendero pasan dos soldados armados.
–A veg, vengan esos soldados.
–Soldado de la 2da Compañía del Regimiento “Pérez”, mi general.
–Soldado de la 2da Compañía del Regimiento “Pérez”, mi general.
–¡Qué elegantes ustedes! ¿De dónde han sacado esos unifogmes nuevos?
–Hemos guardado, mi general, para ponernos hoy día.
–Muy bien, les felicito. ¡Pero cuidado se los agujereen! ¿De dónde vienen?
–Hemos rancheado, mi General.
–Tienen más suerte que yo, pogque todavía no he rancheado.

Este diálogo entre Kundt y los soldaditos tiene por fondo la tarde y el campo de batalla.

Este fragmento sirve para de manera implícita terminar de cerrar la reputación del comandante alemán como un militar “tropero” en desmedro de sus capacidades de Estado Mayor.

Algunos años más adelante, en 1936, Céspedes volvería a servirse de esta escena caricaturizada para uno de los pasajes de su cuento “La coronela”, en el que se manifiesta la desconfianza que los oficiales nacionales sentían por el comandante y los jefes alemanes, y que naturalmente no podía expresar en sus crónicas controladas por la censura militar. 

En “La Coronela”, el coronel Santiago Sirpa se encuentra camino a Nanawa después de haberse repuesto de heridas de combate y del corazón:

Se curó en Villamontes y regresó, cuarenta días después, con la mano encogida, destinado al Primer Cuerpo del Ejército en el sector de Nanawa.
Al pasar por Muñoz se presentó ante el general Kundt. Este le recibió de pie, rápidamente, en la puerta de su pahuichi de la plaza, llenándola con su corpulencia colorada. Clavando en Sirpa sus fríos y claros ojos de acero, era Europa que enseñaba a América a matar.
–Yo quiego teneg buena gente en Nanawa, Coronel. Yo he dicho que osté es buena gente. ¿Soy mentiroso, Coronel?
–No, mi General.
–Bueno. Osté fuma, ¿no?
–Sí, mi general.
–Cagamba, hasta ahora no puedo encontrar un solo Coronel que no fume. Tendré que pedir más cigarros pugos a Estigarribia, jó, jó, jó. Aquí tiene uno, Coronel, buenas tardes.
[En otra conversación…]
–Ya vamos al año de guerra –murmuró Hinojosa–. Pensábamos estar de vuelta de Asunción y recién estamos en Nanawa. ¿Han llegado los tanques?
–Están en Aguarica. Los vi en Villamontes. Son unos monstruos. Tienen cañón incluso. Con ellos puedes atravesar cualquier campo de tiro y pisar las ametralladoras de los pilas.
–¿Sabes, compañero? No me entusiasman mucho los tanques. Yo no creo en nada bueno que pueda hacer el gringo. ¿Quiénes manejan los tanques? Alemanes, ¿no es cierto? Es nada más por traerse alemanes que Kundt trae tanques.

Pero de los tanques hablaremos más adelante.

Kundt fue relevado de su cargo a finales de 1933, después de los desastres de Campo Vía y la caída de Alihuata, por desinteligencias entre el Comandante y su Alto Mando, afectando negativamente la moral combativa y comprometiendo al Estado a conformar un nuevo ejército para sostener la campaña. Como maldito por el Chaco, el general alemán se marcharía de Bolivia en 1936 con la mancha de la derrota en su impecable uniforme prusiano. Moriría a los 70 años en Lugan, Suiza, el 30 de agosto de 1939. 

Como si la estela de su vida hubiera estado marcada por la pólvora de la guerra, Kundt falleció dos días antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial.

Despedida de Tarija
Los empleados civiles y secretarios de retaguardia acantonados en Tarija tienen la suerte –como “casualidad” y no como “dicha”– de despedir a las tropas que caminan rumbo al campo de muerte, al son de las baladas de caballería, el ritmo “de moda”, por así decirlo. 

El optimismo también se siente en la elegancia marcial de las bandas militares, que en la preguerra interpretaban sus boleros en las plazas, en la hora dominical de la retreta. Ahora, en campaña, las bandas parecen ser un componente vital no solo para marcar el paso, pero principalmente para mantener la moral combativa de la tropa a través de cantos victoriosos y ritmos intensos. 

Parte de la misión modernizadora alemana también reformó las bandas de los regimientos y se motivó la formación profesional de militares en música. Señala Jenny Cárdenas, en su muy recomendable Historia de los Boleros de Caballería:

Bajo la presidencia de Bautista Saavedra había sido nombrado Jefe de Estado Mayor General el célebre Gral. alemán Hans Kundt en 1925, y con motivo del primer centenario de la independencia de Bolivia se renovó en totalidad el instrumental de música de todas las bandas del Ejército Nacional, adquiridos de una de las fábricas de Alemania.

Las bandas han estado asociadas a los ejércitos desde que el hombre fue tecnificando y cargando de simbología arbitraria la aniquilación del prójimo. Han acompañado desde siempre a los soldados que parten a lo desconocido, marcándoles el paso, marcándoles la moral. Los músicos de banda militar cargan terciando su instrumento, solo para abandonarlo cuando todos los esfuerzos han sido rebasados y cambiarlo, al estilo del tambor de Juancito Pinto, por un fusil.

Cárdenas cita el siguiente apunte de Rigoberto Sainz, músico benemérito y autor de Historia y organización de las bandas militares y su evolución hasta nuestros días:

Estallada la guerra el 12 de julio de 1932, la mayoría de las bandas militares fueron movilizadas al Chaco, dejando de pertenecer a sus unidades […] En la ciudad de Cochabamba se organizó una banda de música con todos los voluntarios del valle, lo mismo que en el pueblo de Uyuni con los músicos de Llica, Salinas de Garci-Mendoza; estas dos bandas fueron movilizadas al Chaco. En el combate, las bandas desempeñaban dos funciones igualmente importantes: contribuyendo a exaltar el sentimiento nacional, transportando a los hombres guerreros del Chaco, a los límites del paroxismo del cual nacen las acciones heroicas, fruto de exacerbación, misticismo, mezcla de supremo valor y suprema resignación. Tácticamente, los músicos componentes de las bandas del Chaco eran utilizados como camilleros, como proveedores de munición, y como personal de bastecimiento. 
[…]
En Alihuatá y en Kilómetro 7, los músicos del Regimiento “Loa 4 de Infantería”, al mando de su director, el capitán músico Alfredo Aguirre tuvieron una destacada intervención habiendo perecido varios de ellos en acciones de armas. Fue esta banda la que, al entonar el Himno Nacional, impulsó a mil voluntarios a dar “un paso al frente” para construir la columna vertebral de la defensa de Kilómetro 7. Otra actuación importante fue realizada por la banda del “Regimiento Ballivián 2 de Caballería”, dirigida por el Tte. Músico Marcos Sardón en la defensa de Aguas Calientes, cerca de Charagua.
Ha habido bandas que han entrado hasta la misma línea de fuego a alegrar a nuestros combatientes con aires netamente nacionales, como la banda de la 9na División, que iba hasta la línea de fuego dos veces por semana, dando cumplimiento a la orden del Comandante de la división.

En su cuento “La Paraguaya” Céspedes describe brevemente uno de los usos para bandas militares citados en el texto de Sainz. El teniente Paucara y otros oficiales reciben a una comisión de damas que, dejando la comodidad de las ciudades, visitaron la línea de combate:

Almorzaron, bailaron al son de la banda militar. Paucara, al tomar entre sus brazos a la elegida, iniciar el fox y sentir sobre su pecho el peso del seno, se sintió apoderado de un horror virginal. 

En Tarija uno de los boleros más famoso es, justamente, Despedida de Tarija. Esta pieza fue compuesta en 1924 por el músico y director de bandas militares Saturnino Gregorio Ríos que, según el libro de Jenny Cárdenas, había sido movilizado de La Paz a Tarija con el Regimiento Loa 4 de infantería. En esta ciudad pasaría el resto de su vida. Cárdenas también cita las investigaciones de Juan Carlos Rabaj en su texto Historia del bolero “Despedida de Tarija”:

Hans Kundt –el militar alemán ya mencionado– había llegado [a Tarija] el año 1924 para sofocar una sublevación iniciada en Yacuiba, región fronteriza de Tarija, con tropas del ejército en las que se encontraban muchos compañeros entrañables de la niñez y juventud del músico y compositor Saturnino Ríos. Este los despidió el día de su partida con su banda “que tocó cuecas, bailecitos y kaluyos de su propia creación” (Rabaj Jurado, 2003:77). Después de la despedida e inspirado en este hecho:

[…] nació el bolero marcha Despedida de Tarija como esencia adolorida del drama nacional y las emociones de la patria. A los pocos días, en retreta, cuentan sus compañeros Cecilio Ruiz y Adrián Martínez, venerables músicos, ya ancianos, que viven en Tarija. Despedida de Tarija retumbó bajo el cielo estrellado […] en aquel novedoso año de 1924 (Rabaj Jurado, 2003:81).

Es interesante observar el proceso de resemantización de los boleros de caballería y su importancia como telón musical para los grandes acontecimientos de la historia boliviana en el siglo XX. Dice Cárdenas: 

La guerra, la Revolución Nacional y los hechos fatídicos como la muerte de Villarroel, fueron acompañados por boleros. 

564
Hans Kundt, militar famoso tanto en su Alemania natal como en Bolivia, la patria donde más medró. /Imagen: Mi País

Si bien la intención fue, desde un inicio, infundir moral en la tropa –objetivo evidentemente notorio en marchas como Talacocha– desde Tarija las tropas marchaban al Campo de Marte al ritmo del bolero ya mencionado o de Terromoto de Sipe Sipe, del compositor Daniel Albornós, y en cuyas notas se siente la tristeza por el desastre que azotó a la población cochabambina de homónima el viernes 23 de julio de 1909. 

Cárdenas señala:

En el marco de la Guerra del Chaco, Tarija, pequeña ciudad ubicada en el sudeste de Bolivia, era la puerta de ingreso a las desconocidas y lejanas tierras ubicadas en ese bastión de Bolivia, el Chaco Boreal.
Las bandas militares que acompañaban al ejército despedían a los soldados que, al dejar la ciudad de Tarija, se dirigían a la guerra, en una partida que tal vez no tendría retorno. Desde esos años, el Bolero de Saturnino Ríos, junto con el de Daniel Albornós, igualmente interpretado para despedir a las tropas, quedó en el imaginario de todos los soldados y la gente que directa o indirectamente sufrió la experiencia de la guerra.

Esto, sumado a la horrorosa experiencia bélica pero principalmente a la derrota y la mala conducción, acabaron por perfilar a los boleros de caballería como música fúnebre y de duelo. Incluso en esta metamorfosis, estas marchas no perdieron su relevancia para la Revolución Nacional de 1952. 

La perseverancia de este ritmo en el imaginario boliviano del siglo XX iría mutando de acuerdo a también a los momentos sociales. En su libro, que además abunda en entrevistas, Cárdenas cita una respuesta de Ana María Romero:

En diferentes ocasiones, también, por supuesto, cuando la Revolución del 52, recuerdo el bolero de caballería… yo recuerdo que en mi casa todo el mundo esperaba las noticias, y tocaban boleros de caballería por la radio. No olvidemos que estaba entonces Urriolagoitia y dejó a Ballivián la presidencia: entonces iban dando las noticias, y yo recuerdo a la familia pegada siempre a la radio; todas las noticias estaban envueltas en boleros de caballería. (Testimonio).

Gradualmente los boleros acompañarán las demandas de la población. Después de la guerra y de la Revolución del 52, los boleros de caballería comienzan a ser usado en sepelios fúnebres de héroes de guerra y políticos notables. Luego, conforme la guerra cobraría su factura a los sobrevivientes, los boleros comenzaron a acompañar los anuncios necrológicos de beneméritos del Chaco. Luego cualquier anuncio necrológico y después se extendería en las áreas dispersas del país, significando, para siempre, muerte:

[…] como parte del proceso de tales reapropiaciones y desplazamientos del BC, los anuncios de las notas necrológicas en aymara y quechua comenzaron a ser emitidos con la música de estos boleros, al modo de una cortina musical de fondo, de manera generalizada, es decir, no solamente para anunciar la muerte de un benemérito, sino de cualquier persona.
[…] Este papel, que inicialmente tuvo lugar entre los sectores populares –pero también en sectores de clase media de algunos barrios del centro– y de las laderas y barrios marginales de La Paz, como continuidad de su emisión radial en notas necrológicas, al pasar de los años se fue ampliando y “migrando” hacia otros sectores sociales, hasta llegar en el presente a ser utilizado, principalmente, por sectores indígenas de áreas rurales y semiurbanas, aunque también por sectores populares migrantes ya asentados de segunda o tercera generación.

Hoy en día los boleros de caballería se escuchan cada vez menos. Hace unos pocos años sus melodías melancólicas volvieron a retumbar con fuerza en las ciudades, haciendo las veces de réquiem apresurado para quienes, como en una guerra, murieron por miles durante la crisis sanitaria por el COVID-19. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra oportunidad.
    
Villamontes: las fauces de la guerra
Tarija no es solo el último gran centro urbano en el camino a la guerra, también es la frontera en pisos térmicos familiares tanto para Céspedes como para gran parte de la masa combativa. El ingreso a la guerra debe sentirse incluso en el clima, y es menester que la temperatura vaya incrementando conforme se ingresa al Infierno Verde. Céspedes, con su agudo olfato de narrador más que de periodista, aprovecha los contrastes que va encontrando en su ingreso para dejar postales dignas del viaje:

El camino que lleva de Tarija a Entre Ríos tiene el encanto de la maestría de su trazo y la belleza de su recorrido que, partiendo del valle y cortando la roca de los cerros, desciende por en medio de la atmósfera vibrante de calor a una vega donde se encuentra el pueblo de Entre Ríos. Esta vega es boscosa, muy semejante a los yungas de La Paz o a los del Chapare, con un claro río al fondo.

En la pequeña población realiza su trabajo de reportería entrevistando al coronel Modesto Alcoreza,

que no es modesto ni vanidoso, sino un militar grueso, enérgico y bien educado que ha organizado con tenacidad y laborosa constancia […] todo el conjunto de hechos sobre los que reposa el tránsito de tropas.  

Luego de la conversación sobre la logística de la guerra, el cronista no resiste la tentación, impulsado por el calor que aún no es el chaqueño, pero ya es suficiente para desprenderse de sus ropas y buscar, desesperado, la frescura del río.

Estar en ropa interior le resulta particularmente cómodo. Luego del baño que cae como verso al alma, y aprovechando las últimas luces del día, Augusto trabaja su despacho. 

Aquella sensación de silencio y paz generan en él una especie de angustia: algunos kilómetros más allá está el estruendo ensordecedor de la guerra. Invadido por este estado del alma tan propicio para la escritura, Céspedes se deja seducir por Clío y Calíope y baña a su prosa de imágenes poéticas. Concluye así su despacho del 15 de febrero de 1933:

El calor se ha cansado durante el día y el campo tórrido duerme, mientras hilvanan su sueño las agujas de las luciérnagas. Iluminan las calles los reflectores de enormes camiones que recortan nítidamente siluetas de soldados.
Gritos. Nombres. Voces. Luego el silencio. De la posada surge un coro de guitarra y mandolina. Allá están dos suboficiales que tocan unos bailecitos, dulzones y ligeramente melancólicos. Están también Germán Busch, los aviadores Paravicini y Pascoe, los hombres de pluma y los de bisturí: Guzmán Téllez y Sardón.
Alrededor de la lámpara de carburo acuden las mariposas, y afuera, más largo que la noche, invade el campo el ronquido de la cigarra. La noche es tan tibia y fragante que casi se la puede tocar.

El viacrucis continúa a la mañana siguiente rumbo a Villamontes. Los militares que ingresan con él y que ya conocen el suelo chaqueño –Busch entre ellos– le advierten que el calor está recién por comenzar. Unas horas más adelante lo confirmaría:

Villamontes, 42 grados a la sombra. Había sido cierto. También es cierto que a veces el calor se fatiga y tiene cierta consideración por los mortales, cosa que no sucede en este instante, por lo cual las deficiencias de la presente crónica pueden justificarse por la temperatura, impropia tanto como para escribir como para la gimnasia sueca.

También escribiría en su despacho del 18 de febrero:

Invade todas las horas y todos los lugares, magnifico como un puerco, somnolente, ineludible; el pueblo de Villamontes está condenado al calor perpetuo. Vive sumergido en un baño turco. Es uno de los puntos donde el planeta tiene calentura, como el Senegal, la Costa de Oro o Sumatra. Se suda sin horario. Con el más pequeño esfuerzo se siente correr sobre la piel, en el dorso y en el pecho las víboras del sudor, con cabeza que parece una perla de corbata. Por ejemplo ahora.

El aire es de plomo, inmóvil y pesado y la llama de una bujía puede arder en pleno campo sin mecerse, siempre que las ratas no se coman antes la bujía.

Esta cita, además, prefigura una imagen y a un tema que serían trabajados más adelante en cuentos de Sangre de mestizos

El primero hace referencia a la imagen del hilo de sudor serpenteando los cuerpos. Más adelante, reportando los preparativos para el segundo ataque a Nanawa, volvería a pensar en el sudor como una culebra:

Fenómenos de una vida extraña y ciega se operaban ahí adentro. El sentido del espacio se reducía a una noción de negrura, de calentura y de amenaza rodeándome. El calor envolvía los movimientos del cuerpo al arrastrarme como con fajas de arena salitrosa y yo sentía el sudor que como serpientes minúsculas me corría por el vientre.  

Y sirviéndose de esta misma imagen escribió en su cuento “El Pozo”:

Los soldados, desnudos de medio cuerpo arriba, relucen como peces. Víboras de sudor con cabecitas de tierra les recorren por los torsos. Arrojan el pico que se hunde en la arena aflojada y después se descuelgan mediante una correa de cuero. La tierra extraída es obscura, tierna. Su color optimista aparenta una fresca novedad en los bordes del buraco.

El otro tema es el de las ratas. Sin muchas sutilezas, Céspedes utilizó la voracidad implacable que esta plaga tenía con los pertrechos de la tropa, como metáfora para hablar de emboscados y empresarios que lucraban del Estado a costa del esfuerzo bélico. El título del cuento tampoco es nada sutil: “Las ratas”.

Pero, de nuevo, no nos adelantemos.

Villamontes tiene fascinado al cronista, como vimos previamente, y pasa algunas horas paseando el pueblo y conociendo su historia. Ubicado en las faldas de la serranía del Aguaragüe y a orillas del río Pilcomayo, el 24 de julio de 1860 se fundó la misión de Francisco Solano por los curas Alejando María Corrado y Marino Mariani. El país se encontraba presidido entonces por el general José María Achá. 

Algunas décadas más adelante, el 27 de diciembre de 1905, el prefecto del departamento de Tarija y comandante de la expedición boliviana al Chaco, Leocadio Trigo Achá, fundó Villamontes. El Decreto Supremo que daba nacimiento a la nueva población fue firmado por Ismael Montes en su primer mandato, con la misión de establecer ahí un centro administrativo donde residirían autoridades civiles y militares. 

El destino de Ismael Montes parece estar ligado a las fronteras de Bolivia. Ha dejado algo de sí –literal y metafóricamente hablando– en tres de ellas.

Como se observa en los despachos de Céspedes, el conflicto en el Chaco, que arrancó con fuerza en los albores del siglo XX en una larga preguerra, fue el encargado de permitir el crecimiento sostenido de la población y encontró en la guerra una explosión monstruosa: 

Pero más que todo la guerra ha traído a Villamontes una actividad y una densidad de población como la que imaginamos en los pueblos del noreste en el auge de la goma.

Para que sus lectores comprendan lo que ve, es inevitable que el periodista recurra a las comparaciones con La Paz, la sede de Gobierno y donde sus textos están en circulación, aunque con sus respectivas licencias y dosis de humor. Así señala, por ejemplo:

Con sus galpones de madera, sus “pahuichis” con paredes de caña hueca, sus construcciones de muros enyesados que solo alcanzan hasta la mitad, dejando entre el muro y el techo un espacio sostenido por palos verticales, y algunas de sus casas con corredores sobre la avenida, Villamontes evoca la impresión que daba la feria de La Paz, naturalmente que muchísimo más grande.

Otra comparación natural para el periodista es la del costo de los pequeños placeres necesarios para arrostrar el calor del Chaco y el tedio y cansancio de la campaña:

Felizmente hay una fábrica de hielo y unos heladeros que instalan sus rotativas bajo los árboles. El helado cuesta 30 centavos y el “raspadillo” 10. Muchas de las cosas que se cuentan acerca de la caristia de los precios en Villamontes son fantásticas. Así, por ejemplo, los cigarrillos sucrenses cuestan 50 centavos. Los fósforos, 10. Un fresco con hielo, 30. La cerveza Paceña de 2 a 2.5 bolivianos lo cual, bien visto, no es exagerado, ya que ese precio es común también a algunas zonas privilegiadas de la misma ciudad de La Paz.

Para concluir las comparaciones, el autor pone a la ciudad frente al enorme vivac y acaba concluyendo temerariamente que Villamontes es más grande que La Paz:

Las manzanas no están llenas, pero de todos modos Villamontes parece más grande que La Paz: para ir del hospital al hotel de Huff es necesario conseguir un automóvil o exponerse, de otro modo, a achicharrarse andando tres kilómetros en una escandalosa temperatura de 40 grados.

Finalmente, otro aspecto que parece ser de un interés constante en los testimonios sobre el Chueco son los lupanares y las damas de aguerridas costumbres. El interés, finalmente, responde a una inclinación personal. En su Evocación de Augusto Céspedes, Mariano Baptista Gumucio propone una biografía nutrida de testimonios personales y de gente muy allegada al autor, con nombres como Carlos Montenegro y Víctor Paz Estenssoro. 

También incluye un testimonio de su hijo Alejo Céspedes, a quien las propias palabras de Baptista Gumucio definen así:

Él dice que de su padre ha heredado la tendencia al sarcasmo, pero a pesar de su vocabulario subido de tono (muy parecido al de Augusto) y a sus adjetivos descalificadores, según opinión generalizada, es un hombre profundamente bueno, aunque, como verá el lector, agobiado todavía por los fantasmas del pasado.

Evidentemente se siente un trauma en las palabras de Alejo que dan cuenta, más bien, de una paternidad conflictiva y muy distante. Mientras el hijo relata la genealogía familiar comparte con los lectores una faceta del galanteo de su padre a su madre, la actriz Matilde Garvía, que actuaría en el film ambientado en la Guerra del Chaco titulado Hacia la Gloria

Después de un conflictivo galanteo, interrumpido por el conflicto bélico con el Paraguay, los enamorados fugaron a Chile, donde empezaron su vida en pareja, a la par que Augusto ejercía un cargo de prensa en la legación diplomática en Santiago y terminaba de pulir los cuentos de su primer libro y obra capital: Sangre de mestizos. De esa relación nacerían sus hijos Alejo y Gilka Wara. Luego se separaría de Garvía y contraería nupcias con Graciela Postigo, madre de otra gran escritora boliviana: Luisa Fernanda Siles.

Pero volviendo a los gustos de Augusto, Alejo señala:

De ahí comenzó la relación furtiva, bajo los ojos vigilantes de la tía, que no consideraba mucho a mi señor padre pues este tenía muy mala fama, de frecuentador de casas de tolerancia, bolichero, farreador, además con ínfulas de literato, presagiando una futura mendicidad…

Luego, Alejo comenta otra anécdota que da cuenta del complicado inicio familiar y de la personalidad de su padre. Augusto, enterado de que un acaudalado pretendiente tiene la aprobación de la tía, ejecuta un plan de pandillero: se consigue unos matones y propina tal golpiza al empresario que este acaba desistiendo de sus intereses románticos.

Esto llega a oídos de la tía que, viendo desaparecer de forma oprobiosa al pretendiente, jura venganza y a la primera se desquita con mi futuro progenitor. A decir de ella misma, salía Augusto de una casa de tolerancia que existía en la calle Murillo, donde la familia moraba, le aguaita y al encontrarle le araña el rostro haciéndole un scacchiere, tablero de ajedrez, a decir de mi padre, episodio del cual él se acordaba años después pero en otro contexto.

Como vimos antes, su afición por las “casas de tolerancia” fueron determinantes para su primer encuentro con Germán Busch, antes de la guerra. 

El factor logístico del sexo en tiempos de guerra es un tema manifiesto tanto en las Crónicas heroicas como en Sangre de mestizos. El cronista camufla su deseo y sus hábitos pendencieros con afán periodístico y se aventura a la “Casa Blanca”, el único lupanar en el gran campamento. 

Y para que la impresión sea exacta no podía faltar la presencia de las hetairas, sobre las que también se han contado fantasías. Son unas midinettes en decadencia, concentradas en una casa con patio, llamada La Casa Blanca, donde al aire libre y la luz de un lampión de gasolina, se reproducen escenas de las tabernas de “La quimera del oro”, con mucha menos fotogenia, pero con el mismo ambiente de multitud. Rige la ley seca y a las diez de la noche la ronda policiaria desocupa a todo bicho viviente.

Sin embargo, factores como la censura militar dosificarían un poco este único pasaje, y ya sin tapujos de ningún tipo acotaría lo siguiente en 1975, en la introducción a sus Cronicas heroicas juntadas en un volumen. En un pie de página en el que enumera las dificultades de la masa combativa en el Chaco, el autor comenta:

Anticipándose al “Pantaleón” de Mario Vargas Llosa, se ensayó un servicio de “visitadoras”, pero, al nivel de todo el aparato logístico, las deficiencias en esa sección no cubrieron ni el uno por mil de los requerimientos de oficiales y tropa a lo largo de tres años. 

El conocimiento de primera mano de esta realidad sería fundamental para la construcción de su relato “La Paraguaya”, uno de los mejores cuentos de Sangre de Mestizos. Es un cuento que juega mucho con las imágenes, la dimensión aurática de la fotografía, las representaciones, el deseo; pero también con la abstinencia sexual. En el texto, teniente Paucara y su patrulla abaten a un oficial enemigo –lo saben porque, a diferencia de la tropa paraguaya, sí lleva calzado– y en la inspección al cadáver encuentran la fotografía de una hermosa mujer paraguaya. La especie de obsesión que se va generando con la fotografía también es pretexto para hablar de la vida sexual del joven oficial:

Casi adolescente, había saltado de la práctica militar en las quebradas paceñas de Calacoto o en las frígidas pampas de Viacha, a la calcinada planicie del Chaco cálido, cubierto de infinitos árboles taciturnos y tristes como un entierro bajo el sol.
[…]
Perdió la instantánea [de una antigua pretendida] en La Paz, ya en el curso militar de su aprendizaje, al iniciarse en un burdel de la Locería. Allí conoció a otra mujer: Violeta, pequeñita, enfundada en un traje azul eléctrico que brillaba sobre los senos minúsculos, y que le dijo primero: “señor Teniente”, luego “milico”, y más tarde “paco” y “ñatito”.
Un orangután sirio-palestino, de enormes brazos, exhibiendo una embriaguez asiática ofendió la pulcritud de Violeta con ademanes impropios que estimularon la gallardía del cadete, ebrio también por haber ingerido dos copas de whisky fabricado en la casa. Se “trenzaron” a trompadas, siendo derrumbado el orangután, a quien Violeta remató con un magistral golpe de zapatilla. Y luego, haciendo sentar a Paucara sobre sus rodillas, lo ascendió a coronel.
−¡Mirá qué hombre! ¡Qué macho! Me gusta el ñato… ¿Serás mi marido, ñatito?
Fue su marido. Ella, al irse a Chile, le obsequió también una gran foto y una gran dedicatoria, que quedaron en La Paz.

En el cuento, tras recibir la visita de una delegación de damas de la ciudad en la línea, Paucara es acosado por un deseo febril en una pesadilla erótica. Conforme el relato avanza también vemos cómo el estado mental del teniente boliviano se ve afectado por las imágenes femeninas y el deseo hasta casi un estado de locura. Y el final es de un gesto y giro maravilloso.

Lean “La Paraguaya”, no hay pierde.

Si Tarija es la aduana de la Guerra, Villamontes es el umbral, la antesala. Es el 18 de febrero de 1933 y Céspedes siente el llamado del Chaco, esa fuerza gravitacional que habíamos comentado antes, que atrae a los guerreros a la inevitable caída, a lanzarse al abismo de la aventura, a entrar. Ya había descrito levemente esta sensación en su despacho desde Tarija. Ahora, ya en el Chaco y cada vez más cerca de la línea, lo va sintiendo con mayor fuerza en sus propios latidos. La sensación se camufla un poco en un comentario apenas relevante en sus crónicas de Villamontes:

Aquí y allá, en la enorme perspectiva de las calles sobre cuyo fango los camiones dejan amplias huellas, se alzan solitarios los plátanos y los toborochis gigantescos, bajo los cuales buscan los soldados la siesta a que les obliga el calor y la permanencia forzosa en este horno verde.
–A este aburrimiento es preferible estar “adentro” –dicen.

Esto en las crónicas es apenas la repetición de un gesto identificado en los combatientes. En Sangre de mestizos este tedio y esta atracción son descritos como tal vez lo sintió el mismo Céspedes en carne propia, pero en la voz del coronel Santiago Sirpa, personaje de “La Coronela”.

La anatomía de los huesos penetrantes abrillantaba su negrura, no disimulada por la barba rala, anidada en las comisuras de los labios y debajo del mentón. Rechazó la licencia que le ofrecieron para salir a curarse La Paz. Se sentía orientado hacia “adentro”, hacia el Chaco en cuyos espinos dejara las hilachas de su alma andina. Al entrarle por los ojos los caminos surcados por las huellas de camiones, las arboledas mustias y grises, los horizontes desolados, las figuras de combatientes, no hallaban en su interior incolmable otro fondo que no fuese el mismo Chaco.

En la escena Sirpa conversa con su amigo el capitán Hinojosa, que como su camarada, como Céspedes y como combatientes que impresionarían al periodista y sobre los que escribiría, siente el embrujo de la guerra. La atracción a la muerte heroica y absurda. El llamado del abismo. La alegría del capitán Hinojosa o del coronel Francisco Manchego:

−Todos piden salir. Yo también, pero pienso que en realidad no quiero irme. Me amarra todo al monte. Nada es bonito, −¡qué va a ser, carajo!− pero yo respiro, me siento vivir aquí. Lo único que quisiera es que no me falte trago y un caballo como el “Monstrenco”.
[…]
−Ahhh, todo lo de atrás no vale la pena, ché. Lo único que vale en la vida es la guerra. En el segundo ataque a Toledo (tú estabas en Villamontes) corría mucha bala, y  tokes. Cuando me metí por un campo libre, no por este monte sucio, revólver en mano y oí gritar a nuestros repetes en medio de la tostificación bárbara, yo sentía una impresión de… ¿de qué crees?... ¡de alegría! ¡De alegría, hermano! No es para dármelas de macho. Después de todo, ¿qué ps, hijo?

La atracción propia de Céspedes a “entrar” lo tiene inquieto y por ello le cuesta conciliar el sueño. La ansiedad, el calor y los insectos conspiran en su contra. En unas horas más se internará a los fortines y campos de batalla.

70 me gusta
789 vistas
Este texto forma parte del especial El Chaco en llamas