Vida con Gatos

Las familias son diversas, distintas. Cada una responde a una dinámica particular, propia y privada. En este texto, Nayra Huanca narra las peculiaridades de una familia no solo conformada por humanos sino donde también se ven incluídos dos (hermosos) gatos.
Editado por : Lourdes Reynaga

Podría involucrarme en las enredaderas familiares, donde hubo una ascendencia de terratenientes que perdieron sus derechos de tierra por una idiotez; en cómo aún se rumora acerca de ser parte del árbol genealógico de uno de los malditos más malditos de este país. Pero pregunté y ese es un chisme familiar que se volvería demasiado largo o muy poco específico y corto para estar acá.

Así que solo quedan los gatos.

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Los gatos llegaron para quedarse y rápidamente se integraron en la rutina familiar. / Ph. Briam Cute en Pixabay

Mi hermano y yo, a diferencia de muchos otros niños, nunca pedimos mascotas; ellas llegaron a nosotros; bueno, en realidad, mi mamá decidió adoptarlas. Un león gris peludito, Gin, y una tigresa aún más gris, Gina (admirad la creatividad de dos niños de once y trece años). La fascinación nos duró un mes antes de entender por qué algunos padres insisten en persuadir a sus hijos a renunciar a la idea de tener mascotas. Limpiar sus desechos y lo caprichosos que eran con el tipo de comida que consumían llegó a ser un martirio. Sin embargo, fue un buen tiempo; a pesar de los altibajos de tener esas dos bolas de pelos, eran como hijos para mi mamá y para nosotros lentamente se volvieron hermanos, y les tuve mucha envidia.

Cuando llegó la pandemia, yo estaba en otro país; podía contar con una sola mano a la gente que conocía de rostro, nombre y voz. Encerrada en un cuarto, en mitad de un desierto, sentí, a diferencia de otros, una gran felicidad intercalada con periodos depresivos y suicidas. El destino y el tiempo que un humano empleaba en salir y en la productividad del mismo, fueron aterradores; había empezado como adolescente y terminé siendo adulta. El tiempo pausado en mi pequeña caja en medio de un desierto se quemó y solo quedé en un mundo que cada día iba más y más rápido y no quedaba tiempo para llorar o sentir miedo, había mucho o que hacer y yo ya estaba demasiado retrasada. 

Al volver al país, después de la nostalgia y la alegría de encontrar rostros que sí conocía y amaba, no sentí nada. Aun así, ahí estaban esos gatejos, ambos en sus casitas de gatos. Uno se había vuelto más perezoso y la otra, más gruñona; luego de pasar por un periodo de depresión, el pensamiento de que ellos habían pasado por cosas similares a las que yo pasé, me hizo darles otro tipo de cariño lleno de empatía y me llevó a sentir una gran envidia.

Ellos podía seguir viviendo tranquilamente, pero yo debía continuar, ser adulta. Creo que aún hay veces en las que desearía tener una vida de gato, perecer cerca de los veinte  y vivir la mitad de mi vida durmiendo y la otra comiendo. Muy seguido me he planteado vivir con ese plan.

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El vínculo que generamos con nuestras mascotas, muchas veces se asemeja al que tenemos con otros miembros de nuestra familia. / Ph. ElizabethLI en Pixabay

Luego recuerdo que por cada año humano ellos tienen cuatro, un promedio de vida de setenta años gato. Recuerdo los tiempos en que se perdieron y pienso en que lo que fueron días para nosotros, fueron semanas de calvario para ellos; aun así no quisieron morir, y recuerdo también el dolor e insomnio que nos embargó en esa época. A pesar de lo andrajosos que volvieron, conservaban el brillo en sus ojos, el mismo que tenían cuando llegaron a casa, vivos y con deseo de seguir existiendo.

Si ellos podían, yo debía poder; después de todo eran mis hermagatos. Tengo el orgullo de hermana mayor que no puedo perder, no (en) la vida.

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Este texto forma parte del especial ¡Ay, mi familia!