Reencuentros: dudas en torno a las selfies y los velorios

Ricardo Mikio Obuchi nos encara a uno de los ritos, inevitablemente, más practicados por nuestra sociedad: el funeral. Un “evento dentro de otro evento” que, gracias al humor y la buena observación del autor, nos permitirá un encuentro con la mortalidad propia y la ajena.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

En un VIP, un VIP, ey
Saluden a Tití
Vamo' a tirarno' un selfie, say cheese
Que sonrían las que ya se olvidaron de mí

“Tití me preguntó”, Bad Bunny

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Un momento para ver la cara de nuestra muerte y la vida del otro. / Ilustración: Helen Lizárraga.

Todos alguna vez hemos pasado por esto: recibes un mensaje por WhatsApp, miras quien, y es un número desconocido, en el tono más paranoico preguntas que quién es. Resulta ser un amigo que no ves hace mucho tiempo (da lo mismo si es de niñez, colegio o universidad). Por un lado, te sorprendes; por otro, te llueven preguntas sobre su vida por los años que no se ven. Quedan en un reencuentro. Ese día vas rodeado de emociones e incertidumbres. Volver a verse siempre es un evento dentro de un evento: en reuniones familiares, en reuniones de promoción en bautizos, fiestas nacionales y en especial en los velorios. Bien sabes que muchas veces el reencuentro es una emoción ligada a la nostalgia.

(Este texto habla del hecho de reencontrarse, del lugar del reencuentro, de la incertidumbre que produce lo que está fuera de lo acostumbrado y quizás de las preguntas que te surgen cuando vez algo fuera de lo común). 

Aquel día Llegaste al salón velatorio puntual, cumpliste con los protocolos para con los dolientes. La escena es casi siempre la misma, gente reunida con caras tristes, confundidas, se ve el dolor haciendo de las suyas y también se puede observar cómo tratan de ocultar ese sentimiento, todos reunidos al lado del cuerpo del que en vida fue y el que dejó de habitar este mundo para hallar un sitio en un cajón de madera...

Los que acompañaban a los dolientes recordaban al fallecido en vida y preguntaban: ¿Cómo murió?, ¿cómo fue su estadía en este mundo?, recordamos una serie de hechos guiados por la presencia de la ausencia. Sin embargo… ¿qué tiene que ver esto con los reencuentros?... (uno nunca está preparado para esto).

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La herramienta que nos acompaña en nuestros momentos más íntimos. / Ilustración: Helen Lizárraga.

Ves llegar a un desconocido (varón, casi cincuenta) que se acerca a quien debe ser el hijo (tiene las mismas características del desconocido y dices “debe” porque conoces a los dolientes en persona, menos a ese señor bien trajeado con lentes oscuros, escuchaste decir a la señora de atrás: “Es su hijo”), el desconocido saluda a los dolientes, les da el pésame con tono apenado y se retira a las sillas de los asistentes (eso es lo habitual en un velorio), luego llega otro desconocido y hace lo mismo. Miras el ataúd y piensas: “Seguramente el fallecido se debe sentir feliz rodeado de estas personas pues con tantos conocidos, nadie lo va a olvidar”.

De repente viste que más desconocidos saludaban muy sentidamente al hijo, los miras, están reunidos animadamente unas filas detrás de ti, escuchas lo habitual: “¿No sabía que estaba enfermo?”, “Pobre cuate seguro le va extrañar”, “¿Te acuerdas cuando íbamos a su casa?”, “Siempre nos recibía de una u otra forma era muy buena”, “¿Qué fue de tu vida?”. (Tal vez sea irrespetuoso escuchar las conversaciones ajenas, pero sabes que en los velorios llegas a puntos muertos y todo te distrae).

Pasado un tiempo ves como el hijo va a reunirse con el ahora animado grupo (supones que están así por el inesperado reencuentro, ¿te diste cuenta cómo surgen estos eventos?) que a estas alturas está hablando de las travesuras del colegio, te parece extraño ver eso, sin embargo, recuerdas que cuando fuiste a otros velorios también te reencontraste con algunos viejos amigos y fuiste parte de escenas similares… pero también rememoras que la charla animada se desarrollaba fuera del local, quizás por respeto, quizás por no molestar, el hecho es que este no es el caso, la charla animada se produce en la cuarta fila de las sillas de los asistentes.

Sales del velorio con la seguridad de volver en un rato, el grupo sigue hablando sobre el pasado, los dejas atrás, camino a casa piensas en esa duda que te surgió en el velorio: “¿Qué pensaría el muerto ante su velorio?” “¿Cómo viviré mi velorio?” También tu mente te proyecta varias cosas sobre el animado grupo y algo te susurra la palabra “reencuentro” y es que una muerte también señala todo tipo de reencuentros, en este caso pienso en el hijo. Un hijo que no aparece mucho en casa de la madre, la llama ocasionalmente por lo habitual cuando hay problemas, cuando necesita algo, etc.; te acuerdas en cómo tus muertos cuando aún vivían te veían con los amigos, los mismos con los que te divertías antaño, mientras el fallecido cuando estaba con vida los miraba protectoramente quizás recodando su época infantil, quizás forjándose una opinión sobre ellos…

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Vivimos entre reencuentros y rituales que los propician. / Ilustración: Helen Lizárraga.

Cuando vuelves al salón velatorio descubres que el grupo animado ha crecido (unas siete u ocho personas) es inevitable escuchar cómo hablan sobre sus travesuras en colegio y ríen, de repente una voz, quizás la del hijo, dice: ¿Nos sacaremos una selfi? Ves con reprobación cómo se juntan, mientras alguien saca su celular y toman una foto grupal dentro del salón velatorio. Piensas que es curioso, para evitar tu lado más conservador que piensa: “Es una falta de respeto”. Quizás sea una forma de evadir el dolor, un descuido… cierras los ojos ante la escena, pero: ¿Qué pensaría el muerto?

“Es mi hijo, lo quiero mucho, aún recuerdo cómo tenía que irlo a visitar cruzando media ciudad, al final de cuentas él no puede venir, está ocupado, tiene su mujer, su negocio así que yo voy a ir… mira cómo están rodeándome, yo fallecí y no vino hasta verme en el salón velatorio, míralo tan lindo se está sacando fotos con sus amigos… Ya no lo voy a ver más… adiós, hijito”.

Ahora cavilas: seguramente estás desactualizado, a pesar de que el hijo es unos años mayor que tú, tiene el coraje de sacarse selfis con sus amigos y en un velorio, quizás tú estás criado a la antigua, los reencuentros no discriminan lugar, las emociones no discriminan protocolos y te cuestionas: ¿Cuánto ha evolucionado el concepto de muerte? ¿Cuántas formas distintas hay para escapar del dolor de una pérdida? ¿Quién me velará? ¿Se tomarán selfis en el velorio mis hijos? ¿Quiero algo así para mi velorio? ¿Quiero un velorio? ¿Estoy fuera de onda? ¿Me gustaría que en el álbum familiar o en Facebook aparezca mi hijo con sus compañeros en una foto que diga: “Reunión de la promoción 2045 en el velorio de mi papá”? 

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