Algunas ciudades en mi vida: Nueva York

De la mano de Andrés Canedo, quien escribe desde Bolivia, nos adentramos en las calles, edificios y actividad teatral de la capital del mundo: Nueva York.
Editado por : Daniela Murillo

Vi, hace algunos días, una interesante película norteamericana que se llama La terminal. Es la historia de un buen tipo, de un supuesto país de la parte asiática de la ex Unión Soviética, que, por una serie de vicisitudes, queda obligado a vivir durante algunas semanas en el sector internacional del aeropuerto de Nueva York hasta que, finalmente, logra salir y acceder a la gran ciudad. Por alguna razón, me hizo recuerdo a las dos veces que estuve en Nueva York: la primera, durante dos o tres días, cuando iba a estudiar a París; y la segunda, más larga, cuando fui invitado a conocer la actividad teatral estadounidense.

Nueva York me pareció desde el primer momento una maravillosa ciudad y una muy digna capital económica del mundo, que es como decir ‘la capital del mundo’. La primera vez estuve alojado en un modesto, pero limpio y acogedor YMCA. Gracias a la colaboración desde Bolivia de Jan Stahlie, conté con la ayuda generosa de una familia boliviana que trabajaba en la misma empresa que Jan, y que, aunque vivían en Long Island, se dieron el tiempo de hacerme conocer algo de la Gran Manzana. Más allá de algunos prejuicios que rápidamente fueron dejados de lado, recuerdo mi emoción, desde que bajé del avión, de saberme en la tierra de Henry Miller, ese maravilloso escritor que por aquel tiempo me volaba la cabeza. Recuerdo, de igual manera, el impacto de la belleza contrastante entre el edificio clásico de la Gran Estación Central y un gigantesco edificio muy moderno de vidrios negros que se levantaba justo detrás de la misma. Recuerdo también, un paseo rápido por Little Italy, y las visiones, desde afuera, claro, del imponente hotel Plaza y del emblemático rascacielos de las Naciones Unidas. Imagino que en aquel tiempo no existían las Torres Gemelas, pero vimos, por supuesto, el Empire State, de una belleza un poco aterradora. 

510
Desde las calles, desde la cima de las inmensas edificaciones y de la mirada subjetiva de sus visitantes es posible observar la actividad, complejidad cultural y el paisaje urbano que ofrece la Gran Manzana./ Fotografía: Archivo Pixabay.

Toda esa acumulación de imágenes con diferentes estéticas, pero siempre impresionantes, me hacían saber que estaba en una ciudad que era más que el centro del poder mundial, sino que tenía una vida que yo intuía como apasionada y apasionante, y donde latía una intensa vida cultural, pero que en ese momento no fue para mí evidente.

La segunda vez estuve con más tiempo, con más medios (estaba invitado a recorrer varias ciudades de los Estados Unidos) y con un guía especializado y compañero permanente que era mi ‘scort’, Kim de Steiger, un tipo fantástico. Entonces, no fueron solamente las alucinantes construcciones y las calles y avenidas, sino algunos de los museos profundos y vastos, junto con aquella vida cultural que no había estado a mi alcance la primera vez. En esta oportunidad, y sin vértigo, estuvimos en el último piso de una de las Torres Gemelas, anduvimos por el Central Park y fuimos asiduos de Broadway y Off Broadway. Tomábamos unos tragos en el bar del hotel y, entonces, nos largábamos a llenarnos de teatro excelente, bueno y no tanto. Comíamos, casi todos los días (para complacerme a mí), unas chuletas que nada tenían que envidiar a las de estos pagos y desayunábamos en lugares con dueños o dueñas amables, y hasta verdaderamente cariñosos, que te decían “buenos días, querido” al ofrecerte el menú. 

Del teatro visto, voy a citar un par de obras: Evita, en Broadway y Final de partida en Off Broadway. Evita, el musical de Lloyd Weber y Tim Rice, fue una de esas megaproducciones sorprendentes e impecables y contó con una maravillosa cantante-actriz (que si mal no recuerdo se llamaba Patty Dupont). Vi la obra dos veces entre el asombro y la emoción, porque para mí, debido a mi infancia en Argentina, el personaje tenía ya las características del mito (cuando era niño, yo también recibí un regalo de Evita, que me llegó por correo para Navidad) y, a pesar de algunos rasgos con los que no podía estar de acuerdo, me conmovió. La otra fue Final de Partida, de Beckett, obra que nosotros habíamos presentado poco antes en La Paz y que, en la versión Off Broadway, nos mostraba a Nagg y Nell, no metidos en tachos de basura como pide el autor, sino en esa especie de ataúdes frigoríficos de las morgues de los países ricos. Había ido a verla por recomendación de mis amigos del TOLA (Theater of Latin America); también me pareció impecable y me emocionó. Lo cito de paso, pero vi un musical típicamente norteamericano, denominado Sugar Babies, desde la alucinante cabina de luces del teatro, en la que todo estaba programado y que me hizo pensar en la precariedad, pero también en la nobleza, de nuestros medios en Bolivia. Ahora bien, había mucho más que eso: las calles multitudinarias, las hermosas mujeres y también, porqué no, a pesar del frío intenso del invierno, esa sensación, a ratos, de Pesadilla con aire acondicionado, como dice Miller. Pero era Nueva York, bello, cordial e inclemente, y mi espíritu se encontraba abierto y ávido de todas las sensaciones. 

511
“Toda esa acumulación de imágenes con diferentes estéticas, pero siempre impresionantes, me hacían saber que estaba en una ciudad que era más que el centro del poder mundial, sino que tenía una vida que yo intuía como apasionada y apasionante, y donde latía una intensa vida cultural”./ Fotografía: Archivo Pixabay.

Conozco y he vivido en otras grandes metrópolis: París, Buenos Aires, Berlín; he estado en ciudades menores en las que la belleza del paisaje y la topografía nos colman de sensaciones: Río de Janeiro, San Francisco, La Paz, y muchas más que exaltan la intensidad del recuerdo por haber estado ligadas a algún amor transitorio e inolvidable. Tal vez en el futuro hable de ellas; y, cómo no, de esta ciudad de los anillos en la que vivimos y que sentimos tan hondamente, que es parte fundamental de nuestra identidad y desde la cual escribimos estos textos.

98 me gusta
573 vistas