El hombre o el bebop de la muerte

A cinco años del estreno de la película El Hombre, Carlos Gutiérrez Andrade, quien también actúa dentro del filme, comenta desde su posición como espectador y repara en detalles específicos de esta innovadora producción boliviana.
Editado por : Daniela Murillo

Ya son 5 años del estreno de la película El hombre, una simbiosis entre celuloide y cómic que le dio otra ‘vuelta de tuerca’ al cine boliviano. Contiene innovaciones en el guion al utilizar distintos actores para un solo personaje; tomas que fusionan o entremezclan historieta y recursos fílmicos abigarrados; y donde el espectador puede ver alusiones a samuráis, ametralladoras, así como música de los años 40, blues, jazz, bebop y soul; ritmos sui géneris en Bolivia. Aquí recordamos el alumbramiento de esta audacia cinematográfica boliviana puesta en la pantalla gigante.

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Se distinguen en la fotografía al director, Daniel Moreno Catalano, actores y equipo técnico de la película, tras el preestreno del filme en pantallas de la Cinemateca, en La Paz./ Fotografía: Archivo Carlos Gutiérrez Andrade.

El día 21 de septiembre de 2018, en La Paz, se proyectó el pre estreno de la película El hombre en la Cinemateca. Días después, en Sucre, más precisamente en el cine Magnus, perteneciente a la carrera de Comunicación Social, a las 19: 00, tuvo lugar el estreno. Ahí estuvieron presentes el equipo técnico, el director de la película Daniel Moreno Catalano y los actores.

La ópera prima de este joven cineasta es policial, detectivesca y criminal. Es una película contundente en cuanto a su estética de lo sórdido. De siluetas, más que de trazos, así como de luminosidades, esbozos, difuminaciones y fantasmagorías. En la pantalla, el espectador podrá ver desfilar un aquelarre de rarezas, como por ejemplo las gárgolas habitantes de una ciudad parecida a Gotham City, donde los contornos de la realidad y la personalidad son difusos y caóticos. Esto se traduce en una visión sórdida de la sociedad de los años cuarenta en Bolivia, con lugares infames donde sus personajes se arrastran siniestros. Por eso, creo yo, es difícil percibir la Bolivia de esa década. Sus personajes son más universales, al igual que la música y la estética. Apenas una sugerencia de música andina, lo demás es música jazz o, más propiamente, bebop.

En sí el filme es la historia de un hombre que busca vengar a su mujer asesinada. A partir de allí, la narrativa de la película orquestará la danza de la muerte al ritmo del bebop. Precisamente, el referente de la música es la dualidad estética y semántica como propuesta en esta cinta. El bebop se considera como una transición musical devenida del jazz que se desarrolla en los años cuarenta del siglo XX. Este se caracteriza por un aparente ritmo caótico, pues cada instrumento se independiza de los demás. Es una polirritmia, con un estilo nervioso, cortante y frío. Además de estar presente una búsqueda consciente de una oscuridad en la elección de temas. 

Los compositores por su parte formaban parte de una estirpe de desclasados marginales: poetas, homosexuales, artistas, traficantes de drogas y proxenetas. En literatura se llamarían los de la generación beats. Los benditos oprimidos o lo que llamaría Sabina “benditos malditos”. De ahí la opacidad de esta cinta sombría, caótica, arrítmica/rítmica, donde cada uno hace lo que le da la gana. Sin ley, anacrónica, machista, distópica y sin rasgos morales. ¿Dónde está esta ciudad? ¿En la Paz, en Cochabamba o en ningún lugar? Puede estar donde sea. Tal vez en el infierno. Pero lo importante acá es la esencia del ser humano, la condición del hombre que es de autodestrucción. El hombre (no interesa el nombre) busca venganza. Han matado a su mujer y la policía es incompetente. Lo único que le queda es su sed de venganza (literal, con sendos vasos de whisky sin hielo) que no se aplacará hasta no encontrar a los culpables. Para ello deberá internarse en un laberinto de bares y fiestas clandestinas donde las personas se diluyen. Matar a la sombra, acechar como depredador rapiñero.

Pero ¿de qué abrevaderos se ha nutrido este cineasta?
Desde Quentin Tarantino, Robert Rodríguez y, porqué no decirlo, de las películas del hampa norteamericano de los años cuarenta, a lo Al Capone. Tuertos con parches, ametralladoras, espadas samuráis, navajas y pistolas enormes. No en vano están también los fantasmas de Frank Miller y sus arquetipos de maldad, con personajes de cómic de una crueldad inimaginable. Nada parecido a la realidad, pues esta es peor. Ficción que, al final, nos hace respirar, en nuestras butacas, tranquilos de saber que al salir de la sala podremos reír e ir tranquilos a casa. 

Ahora bien, pese a lo dicho, hay humor en las escenas; muy pese a las miradas diabólicas del hombre. Se trasunta así un humor cáustico, como beber un vaso de trago con vidrio molido.

Estética cinematográfica de la sordidez
Es una película filmada en claros oscuros, con muchas tomas de picada, abundantes close up y planos detalles tan significativos como un cigarrillo empotrado en la frente de un personaje. Destacan también la innovación de la multiplicidad de actores para representar un solo papel, el del hombre, así como los cameos del director al inicio de la secuencia y en el cierre, tras la última escena. 


Por su parte, lo mencioné al inicio, están presentes: la anexión del cómic, como elemento estético, donde los personajes terminan siendo caricaturescos y grotescos; la escena difusa, de negativos, como si el espectador estuviera viendo a través del negativo de un daguerrotipo; y la voz en off. Las escenas, casi totales en la noche o la luz de una débil lámpara. Porque rompe con la cronología de la linealidad, la secuencia argumental que le imprime desvaríos a nuestra mente acostumbrada a lo razonado. Algo parecido a la estética de Gaspar Noé y su criatura endiablada Irreversible. Creo que es lo único que no puedo hilvanar bien. A ratos parecieran fragmentos colados a la fuerza o un collage fílmico donde el personaje salta de un lugar a otro como teletransportándose. A ratos hace falta un poco de luz como contraste; no hay tomas de día en la mañana. 

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Afiche de la película El hombre, el mismo que, junto con stencils o plantillas, tuvieron gran difusión en la urbe./ Fotografía: Facebook.

Los personajes de El hombre, que se transfigura como camaleón, otorgan una novedad fílmica nunca hecha en Bolivia: la improvisación del actor como reto (pero que a ratos le quita fuerza al personaje debido a que algunos actores no tienen el mismo ímpetu de la mirada). Se puede destacar, por ejemplo, cómo el actor Alejandro Gonzales imprime a la escena de la fiesta una fuerza electrizante; su mirada es diabólica y sádica, gesto no logrado por los demás. 

Sobre las locaciones para grabar, algunas fueron realizadas en Sucre. Es así que algunos actores y estudiantes de la carrera de Comunicación Social participaron gracias a un taller de cortometraje. Se puede apreciar su actuación en las escenas uno y catorce.

Las paradojas
Para el cinéfilo compulsivo, las paradojas saltan a la vista como una filosa navaja. En ese sentido, es curioso ver cómo los personajes beben vasos de whisky sin hielo, sabiendo que un buen vaso debe tener tres cubitos. Tal vez es una metáfora. La vida se derrite o la vida es así: un whisky sin hielos. Otra de las paradojas es que en ese mundo utópico todos son jóvenes. No se ven viejos. Algo así como ‘un país de nunca jamás’. 

Como reminiscencia, puedo recordar la película Fuga de Logan, de Michael Anderson. Una civilización distópica del futuro donde no se permitía pasar de los treinta años. Así, una civilización de los años cuarenta con jóvenes de veinte es todo un desafío a la razón y un divertimento para el espectador. Gente vieja de veinte a treinta años. Otra paradoja sumada a la anterior es que en esta fauna no hay escenas de sexo, apenas una fugaz silueta de apareamiento nocturno. En fin, la vida está hecha de estas paradojas, sobre todo la sociedad boliviana. Todo matizado y contrastado con una voz en off que da a elegir al espectador la posibilidad de cerrar los ojos y oír la película o, simultáneamente, ver y escuchar la narrativa cinematográfica como una novela. 

Entonces, la criatura de Daniel Moreno se compara a lo que acontece en El Señor de las Moscas; algo así como niños ingenuos jugando a ser grandes. Niños jugando a la guerra sin saber que esta es horrible. Por eso, el hombre sentencia: “Jugamos a ser personas, somos carroñeros”, depredadores. Sus escenas, pese a lo dicho, son lentas y soporíferas, lo que me lleva a pensar que tal vez le hace falta una dosis de acción. Son, finalmente, viñetas que deben ser vistas como un cómic. Algunas te sorprenderán y otras te dejarán apático en la butaca. Un fresco vetusto, una antigualla revitalizada, en la que no sabemos cuánto se invirtió para lograr una escenografía de niños que juegan a ser hombres bebiendo whiskys sin hielo. No obstante, lo que más me gustó fue la poderosa síntesis del leitmotiv de El hombre en el tango de la muerte. Bella y poética recreación de la vida en una eterna danza con la muerte, que viene siendo la última paradoja en una película de ritmo bebop. El bebop de la muerte.

Me permito cerrar con lo que Borges sentencia: “odio los hombres y los espejos porque estos se reproducen”. Aquí hay más metáforas que desentrañar. Tal vez haya que ver esta película varias veces para descubrir sus claves secretas del inconsciente. ¿Será que los hombres son monstruos de vanidad machista que practican la depredación del hombre por el hombre o finalmente la autodestrucción? Esa cualidad exquisita que tiene el humano para reproducirse y luego aniquilarse a través de sus instintos. Podríamos pensar, más bien, que esta película solo es eso, una pesadilla; que es fruto de la imaginación de Daniel Moreno Catalano y Paola Cáceres, y que, al salir de la sala, como fue en el pre-estreno, nos espera música de jazz, bebop, blues, la presencia de Charlie Parker, canapés y una copa de whisky en las rocas.

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