Adolfo Cárdenas: los recuerdos que nos dejó

Daniela Murillo recuerda a Adolfo Cárdenas y casi puede escucharlo preguntarle si sigue escribiendo. En este texto, la autora escribe para homenajear a su maestro y, a la vez, nos cuenta cómo fue que Cárdenas pesa en su literatura.
Editado por : Adrián Nieve

Conocí a Adolfo en un taller de escritura creativa que tuvo lugar gracias al Convenio Andrés Bello, allá por el 2012. Todavía estaba en colegio y tenía mucho interés en ser escritora, pero igual no recuerdo cómo me topé con este curso. Fue muy repentino, pero lo agradezco en sobremanera. 

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"Él fue el primero en abrirme los ojos ante todo lo que la literatura puede ofrecer." / Fotografía de Archivo

Hasta entonces no sabía quién era Adolfo Cárdenas o su trayectoria y recién después tomé consciencia y, de a poco, conocí su obra. Desde el primer momento en que lo leí me interesó la estructura de sus cuentos, al igual que de los capítulos de su novela. La complejidad de los personajes no convencionales, las infinitas referencias e intertextos, la escritura del habla popular y la cultura del mundo suburbano. Resulta que no era cualquier persona la que me ayudaba a ensayar mis prácticas de escritura cada semana, sino que después se convirtió en el autor de una de mis novelas favoritas: Periférica Blvd.

El curso era de seis meses, tiempo en el que aprendí desde cero las características y las bases del género cuento y fue también cuando empecé a leer con más seriedad. Durante el transcurso del taller, en mi inocencia de “niña” (literal, así era como él me llamaba) no tenía miedo de mostrarme como era y mostrarle a él, junto a los compañeros, todos mis intentos, errores, esbozos y primeras creaciones. Gracias a ello, puedo decir que aprendí de Adolfo bastante a través de la teoría, pero mucho más a partir de la práctica.

Mucho después, el 2015, gracias a Adolfo, nos pusimos en contacto con otras tres personas que hicieron y terminaron el taller del 2012. Álvaro, Adriana, Marisol y yo terminamos publicando cuatro cuentos cada uno con la editorial 3600 y titulamos el libro compilatorio Inquitudes irresueltas; las letras de Adolfo están impresas en la contratapa.

Pero ya antes de publicar pude darme cuenta de que había mucho camino que recorrer, así que decidí continuar el rumbo de las letras. Entendí con él, entre charlas, que, si yo quería ser escritora, no necesitaba estudiar Literatura, que la Carrera formaba más que nada críticos literarios. Evidentemente era así y lo confirmé después, aunque no desmerezco las herramientas y el conocimiento que me ha brindado la teoría, la crítica y leer a otros, pues también considero que inciden en la escritura. 

Entonces, de alguna manera, fue gracias a él que estudié Literatura, pero resulta que para el 2014, año que cursé mi primer año en la UMSA, Adolfo ya no daba clases ahí. Así y todo, agradecí el haberme acercado anteriormente al escritor desde la posición de estudiante. Él fue el primero en abrirme los ojos ante todo lo que la literatura puede ofrecer.

Realmente era muy bueno en su oficio de docente, lo sé, porque recuerdo la humildad con la que corrigió mis textos del colegio a mano. Ahora me doy cuenta también de que fue mi primer editor. En ese entonces le pedí que me ayude editando un añillado con diez cuentos míos que escribí para un trabajo final de la prepromoción (era un documento muy importante para mí en ese entonces, aunque, ahora que lo veo en perspectiva, los textos me dan un poquito de vergüenza). Pero él no reparó en leerme y editarme, pese a que esto iba más allá del taller. Le pasé mis hojitas anilladas y él me las devolvió poco después con varias anotaciones hechas con micropunta. A pesar de que obtuve el premio de ese mini concurso en el colegio, gané mucho más de todo lo aprendido con él desde entonces.

Sobre él, como persona, como amigo entrañable, puedo destacar su actitud simple y accesible. Esta la pude apreciar desde que lo conocí y, un poco más objetivamente, durante el tiempo que trabajé en la FIL, cuando, aparte de venir a saludarnos casi todos los días al stand junto con su tierna esposa Sonia, siempre se veía dispuesto para conversar, para un abrazo, para una foto y con la pluma lista para firmar (al revés, por cierto, esta era su forma). 

En sí, todas mis interacciones con él fueron memorables. Sé que todos los que pudieron conocerlo se llevaron una impresión similar o incluso mejor, de esas que quedan. A mi parecer fue uno de los pocos autores cuyo trato y forma de ser era tan buena como su obra. Y el claro ejemplo de ello es todo el cariño ofrecido durante el homenaje en su honor que tuvo lugar en Miko Art Gallery, el viernes 3 de marzo del 2023, donde varios de los que lo conocieron a él o a su obra se encontraron para contar anécdotas, leer algunos cuentos, poemas y tocar la guitarra en su honor. 

Él no está, pero gracias a la escritura conservo, conservamos, una parte de él, la que nos dejó en su obra. Queda su legado y me encuentro enteramente agradecida por ello. Siempre estará presente, como siempre lo ha estado cuando se lo lee, cuando se lo estudia, cuando se comparte lo aprendido de él, cuando se lo menciona como fundador del preste de la Carrera de Literarura. En mi vida en particular, por ejemplo, cuando reparamos en él durante el diplomado de edición que curso o cuando me resulta inevitable mencionar su obra a mis alumnos de colegio.

Sentí su pérdida tanto como la de mi padre, quien falleció el 28 de marzo de 2022, justo el día en que conocí la casa de Adolfo por primera vez. Recuerdo esa vez que lo visité, no solo por la fecha que luego tuvo otra connotación, sino por el cariño que demostró él conmigo, el simple hecho de recogerme del teleférico, de llevarme con Sonia en su auto, de invitarme tesito y charlar mucho más allá del tema que nos concernía, que era la edición de su último libro publicado en vida, El Chaco y después. Fue una tarde muy edificante a su lado. Encuentro ese tipo de coincidencias interesantes. Ahora, un año después, le tocó partir a él, lo cual fue igual de inesperado.

Escribo estas palabras con cariño, más que tristeza, la cual me acompañó esta última semana. Atesoro cada encuentro que tuvimos, siempre mágico, singular, entrañable y rodeado de varias coincidencias. Lo recordaré preguntando —nunca olvidaré su tono—: “Y, ¿qué tal la Carrera?”, “¿quiénes están?”. Además, siempre me quedará su voz preguntando: “¿y, niña, vos estás escribiendo?”, siempre con la intención de animarme a continuar.

Te respondo con estas palabras que preceden, Adolfito, y lo seguiré haciendo. Gracias por todo lo enseñado y todo lo compartido. Te extrañaré, querido amigo.

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Este texto forma parte del especial Adolfo Cárdenas