Un café con Adolfo Cárdenas, homenajeado en la Feria del Libro

El escritor paceño, referente de la literatura boliviana y que ha influido a generaciones de jóvenes narradores, habla con 88 grados sobre su carrera y sus proyectos actuales y futuros. Como es habitual en él, la ironía fluye con naturalidad en sus opiniones.

* Esta entrevista fue realizada por Liliana Carrillo Valenzuela y ha sido publicada en el primer número de la Revista 88 Grados.

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Adolfo Cárdenas había decidido, “como un caballero templario”, asumir la pobreza en términos de un juramento: “todo por la estética”. / Fotografía de archivo

Su acento –muy paceño, si tal cosa existiera– despinta desde la primera frase la imagen de vikingo que le da esa barba rubia que cede a las canas. “Mis pretensiones de habla cotidiana son muy alambicadas, como contrapropuesta a lo que escribo, que es un lenguaje horroroso”, advierte y ríe con ganas, como para desmentir su tono deliberadamente serio, de escritor... del escritor que sigue ganando lectores y provocando a académicos con una obra que tiene al cuento “Chojcho con audio de rock pesado” y la novela Periférica Blvd. –que ahora se lanza en formato de novela gráfica– como punta de lanza.

–La Feria del Libro te va a hacer un homenaje, ¿cómo te cae la noticia?

–Mal, porque no soy una persona que guste de ese tipo de cosas. No quisiera otro diploma, ya no, son feos. A ver si me dan una medalla para que la cuelgue aquí –y muestra el pecho con sonrisa pícara.

–¿No será muy pronto para recibir homenajes?–insisto.

–Quizás algo quiere decir: basta, ya no jodas y no escribas más. –En la biblioteca de su casa, Adolfo Cárdenas tiene el encanto de cierto tipo de seres especialmente dotados para ironía.

Con 20 años, Adolfo Cárdenas había decidido, “como un caballero templario”, asumir la pobreza en términos de un juramento: “todo por la estética”. Corría la década de los 70. “Estaba, yo creo –evalúa ahora–, el fenómeno político de por medio: había la ilusión de un Estado ideal donde obviamente quien más se comprometía era la juventud. Cuando tienes veintitantos años no estás pensando en tu estabilidad económica ni mucho menos, tienes el resto de la vida para ello; por eso, si te dicen ‘¿haremos guerrilla?’... Meta”.

Para entonces, Cárdenas estudiaba Administración de Empresas; eventualmente –durante los períodos de cierre de la Universidad por una seguidilla de golpes y contragolpes–, traía mercadería de Argentina y, con especial dedicación, exploraba los márgenes de la ciudad en la que había nacido dos años antes de la Revolución del 52. Su padre era un conocido movimientista –Adolfo Cárdenas Dick–, y su madre, una “empedernida lectora”.

“El corto verano udepista ha servido para que todos los grupos culturales que han vivido ese momento descubran la realidad boliviana en su cotidiano, ya no dentro de la fenomenología sociológica o política. Entonces, ha sido todo un grupo –René Bascopé, Humberto Quino, Jaime Nisttahuz... alguno más– que hemos entrado, porque de alguna manera la corriente nos estaba llevando por ese lado”. Ha adquirido otra vez la seriedad del escritor. “No es extraordinario. Jaime Saenz ya había dado alguna pauta a partir de su novela (Felipe Delgado, 1979). Seguíamos ese gesto de tratar de reconocer la ciudad desde otra óptica, otra perspectiva y la formula era reconocer ese margen. Entonces, sí, se descubren esas chinganas, esos aguantaderos, esos lugares que sirven de material para una literatura”.

Los de su generación se reconocen: juntos exploraron y reinventaron una ciudad. El poeta Humberto Quino, hace pocos años en otra entrevista, había dejado claras las reglas de la vieja complicidad: “El gran deber de la amistad de un escritor con otro escritor es leerse(…). Somos amigos, pero a partir de la no identificación; somos amigos porque no somos iguales: él es de Obrajes y yo de Chijini”.

Evoco esa charla y Adolfo retoma la idea del vate: “En términos generacionales, creo que La tumba infecunda (de René Bascopé) y Delirios de un Fauno en la avenida Buenos Aires (de Humberto Quino) se complementan, porque el estrato social de los escritores ya había cambiado en La Paz, ya no era el riquillo que no tenía nada que hacer y el padre le decía: aunque sea escribí, che”.

Mientras el anfitrión prepara otro café, aprovecho para husmear los libros del amplio estante que separa el living del comedor. Había conocido esa biblioteca hace muchos años, cuando los alumnos del Taller de Cuento de la carrera de Literatura invadíamos su casa para pasar clases. En el estante hay ejemplares nuevos, pero no opacan a aquellos antiguos que ojeé alguna vez e irremediablemente me remiten a Cárdenas: una edición empastada de Ulises, de Joyce; la colección completa de las Aventuras de Sherlok Holmes, de Conan Doyle.

–Algunos críticos han sugerido que eres el “Joyce boliviano”.

–A los bolivianos siempre nos gusta buscar referentes extranjeros; tenemos hasta nuestro Bukowski –alude a Víctor Hugo Viscarra–, pero creo que hay en ello un gesto no necesariamente veraz, sino de humor e ironía.

–Otros han dicho que con el “Chojcho” y Períferica Blvd., obras en las que dos agentes policiales venidos a menos intentan resolver un crimen de pandillas, has inventado “el policial a la paceña”.

–Lo que yo quisiera que se entienda es que lo que hago son parodias de la literatura policial, a partir de un entendimiento de que la literatura policial no es posible hoy, porque implica posiciones antagónicas, del bien contra el mal. En nuestro medio, establecer esas valoraciones no funciona, porque no sabemos en qué momento estamos haciendo bien o mal; a veces hacemos mal por hacer bien. Hay una serie de parámetros que hacen que lo policial no sea posible en este mundo caótico y corrompido; eso no quiere decir que no se lo pueda hacer, aunque los mundos policiales de algunos jóvenes escritores no son muy verosímiles, no obedecen a una realidad real.

–Esa parodia en todo caso ha sido un best seller nacional y figura en estudios académicos como ejemplo de ruptura en la tradición literaria boliviana.

–A ver... En un tratado de estética, Georg Lukács decía que un “reflejo”, le llama él, que podría acercarse a la obra de arte tendría que mantener el equilibrio entre lo que se entiende comúnmente y lo que entenderían las clases ilustradas. Si se logra ese equilibrio, probablemente lo que se ha hecho podría estar cerca de lo que se entiende por arte, ¿no es cierto? Me parece haber aplicado por lo menos inconscientemente esa regulación en el “Chojcho” y Periférica. Por otro lado, también soy un admirador profundo del realismo socialista, de toda la teorética que ha encarado la cultura como una propiedad de todos que debe llegar a todos.

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"A los bolivianos siempre nos gusta buscar referentes extranjeros; tenemos hasta nuestro Bukowski" / Fotografía de archivo

–Como escritor, has influido en generaciones de narradores que retoman la oralidad marginal en su obra. ¿Qué opinas de ellos?

–Si le preguntaran a Joyce qué opina de sus discípulos, seguramente él diría: “me parecen una huevada”. A mí también, sobre todo algunos chicos que pretenden que escribir equivale a textualizar el habla. En ellos no creo que haya un trabajo real de lenguaje, simplemente le meten lo cotidiano. Pero algunos buenos hay.

Sonia ha llegado a casa después del trabajo, ha saludado afectuosa, y con un té caliente, trae otra vez el tema del homenaje de la Feria del Libro.

–No vas a agradecer muy cortito –le recomienda.

–Solo voy a decir “gracias totales”, como el Cerati.

Se conocieron hace cuarto siglo, cuando él llegó para impartir clases de inglés (había pasado temporadas, trabajando primero y estudiando después, en EEUU) en el colegio donde ella trabajaba como profesora de primaria. Nunca más se separaron, “hasta ahora que somos abuelos”, bromea Sonia y muestra una foto de Luna, su nieta de cinco años, hija de Libertad, hija única de Adolfo, que también es escritora.

“Cuando está escribiendo, que no es siempre, hay que dejarlo con su trabajo. Cuando estaba terminando el ‘Chojcho’, no volaba una mosca”, cuenta la maestra que sigue enseñando a los niños a leer y que también publicó cuentos infantiles. “No soy escritor todo el tiempo, escribo a saltos. Si se
me ocurre algo, dejo que se enfríe unos cuatro o cinco días para retomar la cosa. No soy como dicen que son los escritores. Un conocido
intelectual contaba que como cualquier trabajador escribía ocho horas, de 8.00 a 4.00, cada día... con razón escribía tanta huevada”, comentaría al rato el narrador.

–Y ahora, ¿qué estás escribiendo?

–Estoy terminando una novelita sin importancia de la onda de El caso del Pérez de Holguín. Pero una vez acabado eso –yo no puedo escribir, como otros, tres cosas a la vez, ni siquiera puedo escribir una–, voy a dedicarme a lo que me está revolviendo los sesos hace mucho tiempo: una novela sobre la vida del famoso Picasso, que es un personaje que vivió realmente en el corto verano udepista. Ya aparece como un dipsómano en una escena de Periférica Blvd. Cronológicamente, esta novela contaría un momento anterior de este que tuvo una vida verdaderamente hemingwayana.

Picasso tenía la virtud y la gracia de llamarse Jorge Sanjinés, como el director de cine, y además era su sosias, porque era igualito a él. En Portugal, una vez lo confundieron con el cineasta, y él mutis. Aparentemente recibió una serie de homenajes a su llegada, pero ese gobierno portugués duró muy poco, vino un contragolpe y el Picasso tuvo que rajar a Angola, y ahí apareció con guerrilleros cubanos. Es fascinante, y todo esto lo estoy tratando de meter en un proyecto. Siempre he creído en el escritor investigador, y cada vez aparecen más datos, y fiel a ese estilo que me han colgado, que es el barroco, debe ser mucho más consistente la cosa. Eso me va a llevar seguramente el resto de mi vida... y listo.

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Esta FIL, la editorial 3600 concreta un antiguo sueño y publica Periférica Blvd. en formato de novela gráfica. El proyecto, que demandó dos años de trabajo, presenta el trabajo de artistas de la talla de Álvaro Ruilova y Susana Villegas, acompañados por un joven valor: Óscar Zalles. Francisco Leñero y el propio Adolfo Cárdenas intervinieron como guionistas.

“La verdad es que el cómic ha sido una inquietud en la que he tenido que ver. Soy de una generación en la que la presencia revisteril era importante. Yo tenía una obsesión especial con la factura de historietas; una especie de metáfora de lo que académicamente se va a dar pues”, explica el autor y se remite a su infancia marcada por la lectura de historietas de clásicos y aventuras.

“Aparte de la historieta mexicana, que era la que más leíamos, de editorial Novaro me acuerdo bien, hay también un histórico esfuerzo por crear un cómic nacional. Allá por los 60 nace la revista política Cascabel, donde José Luque, Rulo Vali, Coco Manto comienzan a dar pautas de lo que hubiera sido una revista independiente de la política; pero todo el proceso se rompe cuando irrumpe –para hablar como Cabrera Infante– Banzer con su golpe y destruye toda pauta cultural que se había dado hasta ese momento.

La gente de Cascabel tiene que salir al exilio y se corta esa tradición, que ya debería ser larga, de unos 40 años, hasta fines de los 90, cuando hay un esfuerzo por reanimar la llama del cómic –explica–. Entonces, un día charlando con el Marcel (Ramírez, director de 3600) concretamos el proyecto, que ya tenía antecedentes, como el trabajo de un curso de la carrera de Literatura, que hizo un esbozo de caricatura del “Chojcho” (cuento que es
primer capítulo de la novela)”.

La adaptación al lenguaje gráfico se realizó a partir de un sinóptico de guion realizado por el autor. “Lo han variado de acuerdo a ciertas imágenes de los dibujantes; cositas que no engarzaban las han eliminado, pero siempre conservando el lenguaje de Periferica Blvd.”, explica Cárdenas, y se confiesa “muy satisfecho con el resultado gráfico”.

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Este texto forma parte del especial Adolfo Cárdenas