Baise-moi, la mejor peor película perturbadora
Todo mundo ha visto cuando menos alguna película que considera perturbadora. Se me escapa una definición apropiada del término, personalmente podría hallar perturbador el que bodrios interminables se conviertan en clásicos referenciados y analizados, como Titanic (1997). Para situarnos trataré de focalizar a qué nos referimos con película perturbadora de la mejor manera que puedo, con ejemplos. Pensemos en producciones en que se simula la coprofagia o el paso más allá, como la obra maestra Pink Flamingos (1972, el mismo año que la Solaris de Tarkovsky), o la típica mezcla secuestro/violación/tortura de miles de películas japonesas, la trilogía infame August Underground de Fred Vogel o, sin ponernos tan subterráneos, A Serbian Film (2010).
Probablemente comprendan a qué me refiero, al terminar ciertas películas no dan ganas de tener una conversación edificante con tu pareja o comerse el típico jadoc nocturno, sino más bien ducharse un rato largo; una sensación diametralmente distinta al paso efímero de la catarsis en cintas más tradicionales, que puede en parte arruinarte o revelarte algo personal que desconocías. Cual las adicciones, tienen la virtud de revelarte tus límites.
Si siguen mi lógica y vemos al arte cinematográfico como un círculo cromático, existe otra categoría claramente definida en el espectro, el so bad it's good como le dicen los gringos, películas salidas de una combinación de indomable impulso creador y las evidentes carencias o incapacidades de los realizadores. Un nicho de cine más difícil de explicar que el perturbador y que sigue la tradición del legendario Ed Wood, cineasta norteamericano que allá por los años cincuenta publicó una seguidilla de producciones desastrosas en las que los errores logísticos y las limitaciones interpretativas de todos los actores se mezclan para crear un conjunto estético propio, involuntario quizá y quizá incluso más valioso por eso mismo. Ed Wood nunca cosechó el éxito en vida (de hecho su numerosa obra tardía está compuesta exclusivamente por cine para adultos), su nombre tuvo que esperar las décadas posteriores a su muerte para calar en la cultura popular. Hoy en día es el referente más claro de este tipo de cine e incluso hace poco fue filmada una película basada en un antiguo guion suyo (I Awoke Early the Day I Died (2022)).
¿Será distinto el destino de cineastas que juntaron unos pesos y a gente que les debía favores o a la que caían particularmente bien? Fácilmente es el fondo del pozo del subterráneo cinematográfico, el nivel abisal del iceberg, donde los casos de cintas que recuerdan más de veinte o treinta personas, digamos Manos: The Hands of Fate (1966), no son lo común. Una película como Trashcans of Terror (1985) probablemente no haya sido vista por mucha más gente que su director y los familiares y amigos que ayudaron en su momento. Me los imagino, lectores, diciéndome que cualquier primera producción de estudiantes de escuela de cine calificaría. Yo les digo que, tal vez. Nadie sabe dónde podría encontrar el siguiente desastre tan mal hecho que fascina, la clase de filme que te deja durante semanas preguntándote cómo fue posible que más de una persona haya sido arrastrada hasta terminar con una película hecha. Justo como pasa con Baise-moi (2000), mi propuesta para el punto de intersección de estas dos tendencias contrahechas del cine.
Baise-moi, o Fóllame, o Viólame, dependiendo del traductor (2000), es la adaptación de la novela homónima de Virginie Despentes, notoria figura a quien se debe el clásico del pensamiento feminista contemporáneo La teoría King Kong. También toma las riendas de la dirección de la película junto a una novata Coralie Trinh Thi, hoy en día autora de libros de sexología y en su momento estrella del cine porno. Conjeturo que su trabajo era coordinar las escenas de sexo, completamente explícitas, aprovechando que gran parte del staff de la película venía de la industria pornográfica y demostrando cierta intención de fidelidad al material original, una de las novelas más brutales y cargadas de violencia sin concesiones, especie de Escupiré sobre vuestra tumba de Boris Vian pero con incluso más sexo.
La novela la protagonizan Nadine, una prostituta adicta al porno, y Manu, una actriz, ya lo saben, pornográfica, nihilista y carente de cualquier escrúpulo, en lo que en un principio es una fuga de la policía y narcotraficantes y termina como un desproporcionado festival de muertes que gravita entre la comedia negra y el violento discurso misantrópico. Justo el tipo de material para una película que dañe montón de sensibilidades, de hecho toda la escena de la violación de Manu, que ocurre casi al principio, es un dolor, genuinamente escabrosa e incómoda y más por el sexo no simulado.
El resto de las escenas sexuales carecen de esa potencia y en ocasiones son ridículas. Ese es el tono general de la película. Es fascinante cómo las actuaciones son tan tiesas, pareciera que los actores fueron convencidos a último momento y leen sus líneas en carteles. Todo está filmado en formato Digital Video, estilo que saben aprovechar algunos cineastas japoneses como Sion Sono, dado su carácter crudo. La intención que tenía Despentes fracasa totalmente, la peli no se ve auténtica y en todo caso el formato aporta una fealdad carente de estética, no es dable hablar de una peli... despentiana como lo haría de una tarkovskiana (que hay miles), la factura final apenas si pasaría un examen de final de curso de alguna escuela de cine poco exigente. Y así y todo, es involuntariamente divertidísima. Los efectos especiales son un descaro, las protagonistas vacían sus cargadores tantas veces que uno se pregunta de dónde sacan la munición y por qué nunca vemos a nadie recibir un disparo en tiempo real, solo el arma, un corte y un cadáver.
Sería una estafa si hubiese pagado la entrada. No me imagino verla en el estreno, tal vez reiría tanto como cuando la vi por primera vez (y más ahora que la volví a ver para escribir este texto). Justamente el mismo tipo de gracia que me causa ver The Room (2003), la legendaria película paradigmática del so bad it's good que si no han visto, deberían ir a hacerlo en este momento. El tipo de hilaridad que viene del desparpajo de un creador tan involucrado con su idea que abandona el sentido común y la autocrítica. Y encima se atreve a ser brutal y hasta, aunque por un momento, perturbadora. El fascinante arte cinematográfico, que el ya citado Tarkovsky defendía incluso ante la poesía, es capaz de hacer valiosas hasta sus obras más deformes y contrahechas, deberíamos celebrarlo.
