Florencia

En esta ocasión, Andrés Canedo propone un texto que nos adentra a Florencia, Italia, así como a momentos puntuales de su historia, del arte y la literatura.

Camino por las calles de Florencia, Firenze, y mi alma entera se convierte en una multitud de ojos y en un gigantesco corazón que bulle y se sacude violentamente en mi pecho. Con toda la belleza que se me presenta, me colmo de emociones, pensamientos y recuerdos. Todo en mí se vuelve tan caótico que necesito serenarme.

Me deja casi paralizado ver ante mí la Catedral de Santa María del Fiore; la increíble cúpula de Brunelleschi (conjuntamente con el tesón, esfuerzo, ingenio y sentido de la belleza que involucran); la fachada neogótica que sé que es muy posterior al duomo, pero que es increíblemente bella, no desentona, es más, se une y armoniza también con las imágenes mentales de las fotos que había visto antes; el campanario; el alucinante Baptisterio (allí, donde fue bautizado Dante Alighieri) y sus puertas. ‘Todas’ Puertas del Paraíso, las mismas que fueron trabajadas por Donatello, Ghiberti, Pisano, Brunelleschi, durante años de años de esfuerzo, tenacidad, dolor y placer para crear arte, para hacer que nuestros ojos, mis ojos, puedan contemplar lo sublime. Allí estoy, en el mismo lugar donde Miguel Ángel o Michelangelo, todavía aprendiz en la Casa Medici, quedó deslumbrado y llamó, a un par de aquellas, precisamente, Puertas del Paraíso. Veo formas manifestándose en arte; entonces, vendavales de letras y palabras me asaltan, imágenes y páginas enteras de libros leídos desde la adolescencia; pienso en Florencia y su destino.

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“Me deja casi paralizado ver ante mí: la Catedral de Santa María del Fiore; la increíble cúpula de Brunelleschi (conjuntamente con el tesón, esfuerzo, ingenio y sentido de la belleza que involucran); la fachada neogótica que sé que es muy posterior al duomo, pero que es increíblemente bella…”. / Fotografía: Archivo Wikimedia.

La villa militar romana (donde, más o menos cincuenta años antes de Cristo, Julio César tenía un destacamento) fue llamada Florentia, que significa ‘florecimiento’. Cuando pienso en "Florencia y su destino" surge en mi mente la imagen de los romanos, esos campesinos que resultaron brillantes militares y políticos que, además, tuvieron el buen gusto de copiarse todo de Grecia: su arte, sus dioses, parte de sus sueños… y Julio César mismo, que tuvo igual de buen gusto en enamorarse de la rutilante adolescente Cleopatra que emergió desnuda del rollo de una alfombra; estética erótica, belleza en carne viva, oferta palpitante de cielos e infiernos. “Florencia y su destino”, pienso, pues después, en la segunda mitad del 1.200 d.C. estuvo Dante, que se enamoró sin consuelo ni esperanza, únicamente, desesperadamente y para siempre de una niña florentina en honor a la cual elaboró su obra gigantesca. Florencia y su destino, porque después, poco después, apareció Boccaccio y escribió sobre sexo, sobre palafreneros que con ingenio y voluntad le hacen el amor a reinas descuidadas o sobre reyes astutos y comprensivos que prefieren perdonar y olvidar.  Así, Boccaccio y Petrarca empiezan a esbozar lo grande, lo enorme que vendrá; esbozan el humanismo y destacan la importancia y el protagonismo del hombre, del ser humano.

Camino, camino por las calles de Florencia y me voy adentrando en su esencia, en su misterio, en sus revelaciones. Veo, o por lo menos mi mente ve, un hervidero de gente hecha de luz, que trabaja, que crea formas, que combina colores, que imagina caminos misteriosos y mágicos al pincel y al cincel; que planea, desde la pasión y la fiebre, desde el dolor y el sueño, cómo convertir los ladrillos en esplendor, en hermosura, en regocijo para quienes, luego, contemplarán la magia de las formas que el hombre, ese centro del universo, puede convertir en arte.

Camino y mis desgastadas articulaciones ya no me reclaman, ya no me imprecan ni claman piedad. Estoy frente al Palazzo Vecchio y lo reconozco, es algo que ya he visto, que de alguna manera ya he vivido, es una especie de dejà vu, como dicen algunos psicólogos. La torre, la piedra, las ventanas con arcos trilobulados, los estandartes, el fronstipicio, la sensación del poder y la riqueza. Desde allí los Medici gobernaron. Y, principalmente, desde allí surgió el mecenazgo a los artistas, de manera que, como testimonio de aquello, en la vecina Piazza della Signoría, un conjunto de esculturas nos observa desde la eternidad el David, de Miguel Angel (no el original, pero una réplica perfecta), las de Donatello (también réplicas) la denostada, pero no menos bella obra de Baccio Bandinelli. Sé, y eso apenas me mortifica, que los originales están en otra parte, pero mi mente hace un esfuerzo de sustitución y me siento rodeado de tanta belleza que, por ser tanta, duele. Sé que por este mismo lugar caminaron y soñaron y amaron Miguel Ángel, Leonardo, Giotto, Botticelli; que por allí andaba a los gritos el monje Savanarola, que de tanto imprecar terminó quemado; sé que por aquí, sobre estas mismas piedras, conversaba Miguel Ángel con el filósofo humanista Pico de la Mirandolla.

Estoy en el Renacimiento, en su cuna, en el lugar y en el tiempo en los que se acaba con la prisión y las tinieblas de la Edad Media, con el teocentrismo y, obra de los humanos, surge al antropocentrismo liberador (y también nocivo). De allí surgirán nuevas visiones, nuevas filosofías, nuevos principios de libertad. Aunque también se me ocurre pensar si también desde aquí, desde toda esta maravilla, no se habrá generado el posterior eurocentrismo, tan discriminador, tan cruel para con los otros pueblos de la tierra. No lo sé, creo tener la conciencia y el impulso, tal vez la pulsión, de que es tiempo de sentir y no de pensar.

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Un lugar que continúa favoreciendo al florecimiento de recuerdos y a la inpiración de letras./ Fotografía: Archivo Public Domain Pictures.

En la tarde tendré cita con Sandro Botticelli y Simonetta Vespucci, en la tarde iré a ver El nacimiento de Venus y me encontraré con la bella mujer a la que el maestro florentino pintó (y que posiblemente amó) en innumerables ocasiones. Recuerdo enamorarme de esa mujer desde la adolescencia, con una pasión un tanto más liviana de la que me ligaba (me liga) a la misteriosa Nefertiti egipcia. Ella, la Venus, que fue asediada por todos los artistas y numerosos personajes del Renacimiento, aquí, en Florencia. Ella, que enamoró a uno de los poderosos Medici; ella, que fue pintada por numerosos grandes pintores; ella, de una belleza tan contemporánea y eterna, que murió tan joven y a la que después de su muerte siguió pintando Botticelli, quien inclusive pidió (y logró) ser enterrado junto al sepulcro de su amada inmortal. Florencia me sobrepasa, es abrumadora para mi desgastado corazón. Debo respirar, debo descansar.

Mis ojos escapan de tantas visiones y se posan en la calle poblada de turistas y algunos pocos caminantes locales. Una muchacha hermosa camina refulgiendo entre la multitud anónima. A dos pasos de mí, se cruza con un hombre joven que le dice: “Ciao, Fiorella”, como el nombre original de Florencia, y ella, derramando luz desde sus ojos claros, le responde: “Ciao”.

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