Diez meses

La precariedad del sistema de salud en Bolivia no es ninguna novedad. Sin embargo, es difícil comprender cuán complicado es acceder a ciertos servicios de salud, hasta que nos toca personalmente o hasta que conocemos a alguien que debe atravesar por ese proceso. Este texto de Carlao Delgado acompaña la peregrinación de Juana en su búsqueda de un diagnóstico y un tratamiento oportuno para el cáncer.

Un diagnóstico y veinte bolivianos

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“En una enfermedad como el cáncer el tiempo es oro”. / Fotografía: Daniel Vera.

El catorce de mayo de 2021, mientras entraba al pasillo de recepción, Juana pensó que todas las veces en que estuvo en ese lugar fueron situaciones incontrolables. Esa mañana, Juana fue al Centro de Salud de Villa Copacabana porque, desde hace ya un buen tiempo, todos los días su cuerpo sangraba sin parar. Además, tenía un malestar corporal que no se pasaba. El diagnóstico fue conseguir otro diagnóstico: “Te tienes que hacer una colposcopía. Anda al Hospital La Paz”. Realizó las sumas: movilidad, pan para el tecito en casa, lograría llegar. No lo pensó en ese momento, pero el paso que dio al salir por la puerta del centro de salud sería el movimiento inicial en el tablero del Seguro Universal de Salud – SUS.

En el Hospital La Paz, la atendieron de manera tan rápida y sin rodeos que Juana se permitió pensar que la atención sería siempre así. La respuesta que le dieron en la ventanilla fue uno de los diagnósticos más acertados y oportunos que recibió en su vida: “No tenemos los equipos para hacer la colposcopía. Puede ir al Hospital de la Mujer”. La señorita que atendió a Juana le dio una derivación, la firmó con relativa rapidez y le puso el sello del Hospital La Paz. Luego de hacer unas preguntas adicionales sobre cómo llegar, Juana se puso en marcha. Contó una vez más la plata de los pasajes. Estaba todo cabal. Juana ya tenía experiencia en hacer viajes largos por toda La Paz. Trabajó durante catorce años cobrando aportes para una fundación, así que aprendió a ordenar la ruta, las paradas y los costos de cada viaje por la ciudad. Mientras el minibús aceleraba, ella se dio cuenta de que incluso le alcanzaría la plata para, de hacer falta, sacar algunas fotocopias.

El mismo día que fue al Hospital de Clínicas, en la puerta la atendió un empleado encargado de dar las fichas. Vio sus papeles: “Anda a sacar fotocopia de esto, esto y esto”. Al volver con las copias le pidió veinte bolivianos para darle una ficha. “Así vas a tener ficha y te va a atender la jefa de oncología. No vas a estar madrugando”. Juana no tenía veinte bolivianos, así que al día siguiente madrugó a las dos de la mañana. Cuando repartieron las fichas encontró al mismo señor, que se negó a darle ficha. Su pretexto era que la jefa de oncología solo iba a atender a sus pacientes y le sugirió que vuelva en la tarde para sacar otra ficha. Juana le dijo, en frente de los otros pacientes y los otros doctores, “Usted me quiso cobrar veinte bolivianos para que yo sea la ficha número uno hoy en la mañana”. Varias personas se sumaron a su voz desde la seguridad de la fila y el grupo, “Así siempre es él. Siempre nos cobra”. Un hombre llorando le dijo “Desde que no te doy plata ya no tienes ficha para mí. Pero igual tengo que venir temprano”. El hombre no supo dónde meterse. Pero eso no cambió las cosas. No le dieron ficha.

Esa mañana, Juana hizo fila. No le dieron ficha por voluntad del hombre que le pidió veinte bolivianos y tuvo que quedarse hasta las once de la mañana. Era la número uno. Ahí conoció a su oncóloga, la doctora Gerónima, que la acompañaría en este proceso. Pero, en el trascurso de la mañana, Juana buscó en el Hospital el lugar donde podía hacer una denuncia. La mandaron directamente a la Dirección, no a una oficina con ese fin específico, entrando por la puerta principal, a mano izquierda y subiendo las gradas. Habló con el director y con otra persona del lugar. Le pidieron que haga una carta donde cuente quénl e pidió, cómo pidió, porque sin un escrito ellos no podían hacer nada. Juana recordó a las personas que la apoyaron en la fila, recordó al señor que protestó llorando, así que escribió la carta con nombre y apellido.

El hombre de los veinte bolivianos ya no está en oncología, pero sigue trabajando en el hospital. No hubo proceso ni respuesta a la denuncia. Ahora una señora entrega las fichas.

Una fila

Así es como se hace una fila. El paciente va a la puerta del Hospital de Clínicas a medianoche, armado de ropa de abrigo, un cartón para suavizar la espera en la acera y un nailon grande en caso de lluvias. Debido a la pandemia, el hospital no da varias fichas para las especialidades. Por eso cada paciente trata de ser el primero en conseguir un cupo para su especialidad, porque si se agotan, el enfermo se queda sin atención. A veces no solo es por la especialidad, sino por conseguir cita con el doctor que conoce el caso particular de cada uno. “Hacía usted fila toda la noche y repartían ficha al mediodía del día siguiente. Y le daban ficha para pasado. Así funcionaba. Ahora dan ficha para hoy. El año pasado era así. Fui un martes y me atendieron un jueves”.

El primer examen, que le correspondía realizar a Juana, era el de urología. Pensó que una vez pasada la brecha de la revisión inicial, los demás pasos ya iban a ser directos, que ya había cumplido con su cuota de espera y sacrificio en la fila de medianoche. La doctora le explicó que para la cita en urología tenía que sacar nuevamente ficha. Y así tendría que hacerlo con las demás especialidades que tuviese que necesitar. Aunque Juana pensó que no tenía ningún problema con hacer las filas que hicieren falta, al mismo tiempo recordó lo que le dijeron cuando le dieron su diagnóstico: “En una enfermedad como el cáncer el tiempo es oro”. Por eso no perdió el tiempo, le pidió a la doctora que le indicara cuál iba a ser el primer estudio que necesitaba.

  1. Urología: Era medianoche en las puertas del Hospital de Clínicas. La fila ya estaba comenzada. Los pacientes eran bultitos ordenados uno detrás de otro y envueltos en nailon para combatir el frío y la lluvia. Dormían. Mientras tomaba su lugar, Juana recordó que, debido a la pandemia, el Hospital solo entregaba dos o tres fichas por especialidad. Y es que, como le explicó días antes la doctora que le practicó su revisión, ese era el siguiente paso: pedir ficha para la especialidad de urología. La primera espera vino con su amanecer y con la noticia de que los pacientes que estaban antes de Juana eran todos para urología. Tendría que volver esa noche. Pero el resultado fue el mismo: los que estaban antes de ella, todos, querían la misma especialidad, que se perfilaba ya como la más cotizada. Pero Juana lo intentaría de nuevo esa misma noche, no tenía opción. A las ocho de la noche de ese mismo día, ya estaba haciendo fila en la puerta del Hospital de Clínicas. Y la espera funcionó: al amanecer siguiente, bañada en lluvia, le dieron la ficha para urología.

Juana llegó a las ocho de la mañana, la hora indicada en la ficha por la que esperó tres días con sus noches. El piso del pabellón era frío, incluso a través de sus suelas Juana podía sentir el frío de la piedra. Finalmente, se abrió la puerta del consultorio, salió un doctor en bata blanca que les dijo a los pacientes: “No estoy con secretaria. Van a tener que entrar según como me han traído las carpetas”. Juana miró detrás de ella para ver cuántos pacientes eran: cuatro personas, incluyéndola a ella. Y el doctor les acaba de decir que necesitaba una secretaria para que lo ayuden a organizar cuatro carpetas. La atención del doctor comenzó recién a las diez de la mañana. Pese a ser la primera ficha, no llamaron a Juana. En su lugar, los otros tres pacientes fueron entrando uno a uno. Al mediodía seguían sin atenderla, así que Juana se acercó al doctor en uno de los pequeños espacios intermitentes en que abrieron la puerta:

—Disculpe, doctor, ¿qué rato me van a llamar? Yo era la primera ficha –le dijo extendiendo el papel que venía estrujando toda la mañana.

—Yo ya no tengo más carpetas. 

—Pero doctor yo soy la ficha uno. Todos han pasado antes que yo.

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“Largas filas que comienzan en la madrugada del día anterior para que los pacientes sean atendidos dos días después”. / Fotografía: Daniel Vera.

—Como le digo estas son las fichas que me han traído.

Como si la fila, la ficha y la presencia del paciente no fuesen trámites suficientes para atenderlo. Al final, ante la evidencia de la ficha, la fila y la presencia de Juana, el doctor fue a buscar en persona la carpeta y volvió para atenderla. Pero Juana se preguntó si la pérdida de la carpeta no era una represalia del Hospital por haberse quejado con el director.

Hasta ese momento Juana no había recibido  ningún tratamiento contra el cáncer.

  1. Proctología: Desde el momento en que Juana transitó los pasillos del Hospital de Clínicas, buscó en las paredes y en las ventanillas algún cartel que describa cómo es el tratamiento o el proceso para tramitar el siguiente paso en el área de proctología. Porque cada análisis, cita o laboratorio es un trámite individual, similar al que se hace ante una oficina pública o ante el banco, y que a Juana la hacía pensar en que trataban el cuerpo como un papel más. Pero en las paredes blancas encontró colgados los posters de rigor sobre el silencio, que es la medicina que todos podemos dar, la importancia de vacunarse o las reglas de distanciamiento, pero no los requisitos para cada laboratorio. Así que Juana recurrió a la única herramienta verdaderamente universal: preguntar. Con su experiencia en urología escarmentó suficiente, así que esa noche fue a hacer fila no a medianoche, sino a las ocho de la noche. Funcionó. Obtuvo la ficha número uno, y fue la primera vez que preguntó sobre los documentos que necesitaba. La encargada del fichaje, al momento de entregarle la ficha uno, le dijo todos los papeles que Juana debía llevar para que la atendieran. Ella los anotó y llegando a casa preparó el eterno folder envuelto en nailon para el día siguiente. Aunque se sintió tonta por la ilusión que le hacía tener todo ordenado, estaba feliz porque ya no la iban a tomar por sorpresa.

Al día siguiente, la secretaria de proctología le dio una rápida hojeada:

—No. No tienes todos los papeles. No te voy a atender

—Señora no puedo seguir esperando. Estoy con sangrado. Estoy muy mal. Cuando pregunté me dijeron que únicamente lleve estos documentos. Por favor, espéreme un rato, iré a sacar la copia en este momento

—No sé. Depende de vos. Si yo ya voy a sacar las fichas yo ya no te voy a dar ficha.

Juana, paciente de cáncer de cuello uterino, tuvo que correr desde el Hospital de Clínicas hasta las fotocopiadoras que hay al frente, en la avenida Saavedra, y volver a proctología para que le agenden cita. La secretaria no estaba en su escritorio. Preguntando a la gente, llegó a estadística, donde finalmente la encontró y pudo pedirle que la atiendan. El doctor llegó pasadas las 9: 30. De ser la número uno, Juana pasó a ser la número cinco. La mañana pasó como todas las mañanas en que tramitó algún procedimiento de especialidad: esperando y con frío. Finalmente, el doctor la llamó para atenderla. Era el primer análisis proctológico de Juana, y comenzó como ella no esperaba. En lugar las típicas instrucciones, el doctor se puso a hablar con ella:

—Te tengo que hacer rectoscopia. Dime, ¿a qué hora te has puesto anoche enema?

—Perdón, ¿me puede repetir la pregunta?

—¿A qué hora te has puesto anoche enema?

—Doctor, nadie me dijo que tenía que ponerme enema.

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“Los pacientes eran bultitos ordenados uno detrás de otro y envueltos en nailon para combatir el frío y la lluvia”. / Fotografía: Daniel Vera.

—No pues –el doctor cerró la carpeta de Juana– entonces tengo que suspender el estudio, porque no te puedo hacer rectoscopia sin enema.

—Pero doctor nadie me explicó.

—Qué pena. Tenías que preguntar.

La semana anterior, Juana preguntó sobre el procedimiento cuando le indicaron que tenía que acudir al proctólogo. El día inmediatamente anterior, cuando la secretaria le dijo que no la iba a atender, Juana le preguntó también. La mujer leyó la palabra “rectoscopía” y no le dijo nada sobre el enema. El doctor le reprogramó la cita para el próximo jueves, que caía en Corpus Cristi. Pese a que el próximo jueves era feriado, a Juana le programaron cita para ese día. Pensando en esto, Juana fue al Hospital de Clínicas el martes previo a pedir que le reprogramen por el feriado. “Cuando uno va a esos lugares, tiene que estar pilas. Si usted no está pilas…”. Pasó otra semana y, la noche del miércoles, se puso su enema.

Hasta ese momento Juana no recibió ningún tratamiento para el cáncer.

  1. Tomografía con contraste: Para ese entonces ya estaban haciendo tomografías con contraste en el Hospital de Clínicas a ochocientos cincuenta bolivianos, monto que cubre el líquido de contraste, las agujas y el disco compacto. “Y me programaron, póngase, de aquí a un mes, porque estaba relleno. Fui a amanecerme tres días. Un día fui, no alcancé. Al día siguiente fui, no alcancé. Pero no era ir cualquier día. Tenían días específicos: lunes, miércoles, viernes. Fui noche antes, domingo y martes. Ya el jueves fui a las ocho de la noche a hacer fila para alcanzar y que me den esa ficha. Esa vez mi wawita fue a dormir para hacérmelo fila. Mi cuerpo ya no daba. Conseguí eso. Me atendieron. Me lastimaron mucho. Creo que era por mi cáncer también, porque me pinchaban y me pinchaban, y salía el líquido. No pues, es que es cáncer, es cáncer, decían”. Cuando le entregaron sus estudios, Juana pensó que el tiempo que esperó mientras llegaba la fecha programada había valido la pena. El cáncer no invadió el recto ni la vejiga, limitándose al útero. Podía ir a radioterapia.

Hasta ese momento Juana no recibió ningún tratamiento para el cáncer.

  1. Radioterapia: Radioterapia tiene una ventanilla para la atención de pacientes. Detrás de ella hay cinco personas trabajando. La quinta vez que Juana las llamó, una de ellas acudió a la ventanilla, visiblemente fastidiada. Le explicaron que lo procedente era hacer programar la radioterapia. “Ponga que fui el veinticinco. Me programaron para el otro veinticinco”. Fue más de un mes, de hecho; casi dos meses, porque estaba todo lleno”. Llegado el día, fue con todos sus análisis al hospital, más temprano de lo usual, porque la ley de la fila seguía vigente: si no estás en hora, te programan para el próximo mes, o dos meses después. La sala de radiología era grande, con varios sillones para los pacientes. Las enfermeras de radioterapia le dieron la noticia de que iba a hacer las dos terapias al mismo tiempo: quimio y radio. Juana no entendía bien las implicaciones de ello, y no habían doctores presentes para aclarar sus dudas. Pero aceptó. Le entregaron un montón de formularios ya llenados y un bolígrafo.  Eran consentimientos, y se los pasaron para que los firme, incluida una hoja por la cual deslindaba responsabilidades.  “Decía que en caso de que yo me muera, yo estaba avisada de lo que me iba a pasar”. Juana se preguntó por sus opciones. No tenía ninguna. Firmó y salió de la consulta para ponerse a llorar. Luego volvió para iniciar su tratamiento.

Recién en ese momento comenzó el tratamiento real para el cáncer de Juana.

  1. Braquiterapia: Al terminar la primera ronda de procedimientos en Oncoservice, a Juana le dijeron que debía esperar ocho días para pasar nuevamente por radioterapia. Pero al volver al Hospital, las doctoras aprovecharon cada pequeño momento con Juana para advertirle: “Cuidado con quejarse. Cuidado con estar hablando con el director”. Después de que denunció su caso ya no la atendieron como a los demás pacientes. Le dijeron que febrero ya estaba lleno, y que en el mes de marzo iba a cambiar la modalidad para las fichas. Este proceso comenzó en diciembre de 2021. Debía esperar ocho días. Pero recién en el mes de enero de 2022 mandaron su carpeta. Porque el proceso era el mismo: el Hospital tenía que mandar su carpeta al Ministerio de Salud para que ellos aprueben la braquiterapia. Esta se llevó a cabo a mediados de enero. Debieron ser tres sesiones, pero terminaron siendo cuatro. “Me sedaban para hacerme el procedimiento, porque es muy doloroso”.

El aguante

El cáncer de cuello uterino lo cubre el gobierno a través del SUS. Para llegar a ser sujeto de cobertura, uno debe tener los papeles y los estudios requeridos para que en el Ministerio de Salud evalúen el caso y avisen al paciente que ya debe empezar su tratamiento. El aviso lo realizan a través de una llamada telefónica.

Juana se encontraba en la etapa en que debía esperar a que el Ministerio de Salud evalúe su carpeta y la califiquen como apta para recibir el tratamiento en el marco del SUS. “El dolor aumentaba cada vez más. Pero no había cuándo lleven la carpeta. Vuelva de aquí a dos semanas. Así me tenían. Fui al centro de salud. No podía aguantar más”. Fue primero al Centro de Salud en Villa Copacabana, donde luego de evaluarla le indicaron que lo procedente era que sea derivada al Hospital La Merced. Fueron dos semanas de continuos sangrados y dolor, pero llegó el momento de acudir a La Merced.

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“El mismo sangrado llevaba caminando por todas las partes de la ciudad”. / Fotografía: Daniel Vera.

Una vez en el lugar, a la enfermera le bastó con revisar el nombre completo de Juana para darle el diagnóstico: no le correspondía que la atendieran. Juana sintió un golpe en el pecho. Su cuerpo le dolía todo el tiempo. Era un malestar de cuerpo completo con el que aprendió a lidiar desde su diagnóstico, y a través de las noches de fila en el Hospital de Clínicas. Pero otro dolor distinto golpeó a Juana en ese momento. Es el dolor de sentir que todo paso era errado, que siempre pasaría algo para que nada le saliera bien. Se sentía impotente. Salió llorando del hospital y decidió ponerse camino a casa. Esa noche no durmió. El dolor no se lo permitía, así que estuvo despierta desde las dos de la mañana, cuando sonó su celular. Era su hermano, una de las pocas personas con las que no tenía que ser puras sonrisas, con las que podía mostrar cómo se sentía por dentro. Cuando respondió al teléfono ya estaba llorando, y no esperó a que la saludaran o le hicieran la pregunta de rigor sobre su salud. Simplemente le dijo el motivo de su llanto:

— ¿Por qué me mandan ahí si no me corresponde? La doctora de mi centro no me dijo nada.

—Juana, qué ha pasado.

Se lo contó. Dos días antes de eso, Juana fue al Hospital de Clínicas. Su sangrado era severo. El mismo sangrado que llevaba caminando por todas las partes de la ciudad. Lo único que esperaba era que evaluaran rápidamente su carpeta, que le autorizaran el tratamiento y que el tratamiento funcionase. Le preguntó a la doctora que la atendió entonces:

—¿De qué depende que vaya mi carpeta al Ministerio, doctora? Ya es mucho tiempo.

—Señora, usted no es la única paciente. Tiene que esperar.

—Doctora, por favor, quisiera que comprenda. Estoy sangrando demasiado. No aguanto ya los dolores.

—Pero entonces vaya por emergencia. Que le pongan un tapón.

Su hermano ya estaba preparándose para volver al taxi. “Esperame –no dejaría que Juana siguiera sola–. Vamos a ver qué pasa en ese hospital. Solo es llevar una carpeta”.

En oncología buscaron a la doctora que le hizo la primera revisión a Juana. No eran personas de pelea ni de escándalo. Nunca resolvieron sus problemas así. Juana tenía un don de gentes que le facilitó mucho su trabajo durante catorce años. Su amabilidad era el arma que conocía. Su hermano habló con la doctora: no pueden seguir esperando a que la carpeta vaya al Ministerio. La doctora accedió a preguntar en radioterapia. Esperaron. Y fue en ese momento que un chico que no conocían se les acercó. Primero se disculpó por oír su caso y entrometerse, pero luego les dijo que había una asociación de pacientes con cáncer, que esta asociación había ayudado a que su papá recibiera su tratamiento. Les habló de la presidenta de la asociación, que siempre sacaba la cara por los pacientes que recibían maltrato. Les dijo que hablen con ella, que ella los podía ayudar, y les dio su número.

Las carpetas

“Para que vea cómo es Dios. La presidenta de la asociación tenía reunión ese mismo día a las once de la mañana con el director del Hospital”. Luego de llamar a la presidenta de la asociación y exponerle su caso, Juana sintió por primera vez que no estaba sola. “Así es. Así es el trato que recibimos todos los pacientes con cáncer. El personal de ahí no sabe lo que nos pasa. Lo que a ustedes les pasa”, le dijo la presidenta cuando por fin se conocieron, ese mismo día en el hospital.  El director, mientras tanto, estaba en reunión con el representante del Gobierno Central. Al final, Juana consiguió un espacio para hablar con el director. Le contó, lo más resumido que pudo, toda la tardanza en su atención, las largas filas y la burocracia previa a los estudios. Le contó incluso lo del tapón. Fue ese último relato el que hizo abrir los ojos al director, que desde ese momento le prestó más atención a Juana.

—Doctor, por favor, vayamos a radioterapia. Yo quisiera que le digan a usted qué pasa, para que yo pueda entender por qué tanto tarda. Si hay que tipear algo, yo lo hago. No les cobro un centavo. Quiero empezar mi tratamiento.

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Para la mayoría de los pacientes con cáncer en Bolivia parece no haber una luz al final del tunel. / Fotografía: Daniel Vera.

—Vamos a ir conmigo. Deme un momento.

Fueron a radioterapia. Al entrar, estaban la doctora del tapón y la responsable del área. Juana sintió que estaba de más en el grupo de personas que entraron a hacer un control sorpresivo. En un mismo grupo estaban el director, la presidenta de la asociación y otros pacientes que tenían casos similares a los de Juana. Las doctoras no entendían el porqué de la presencia del director, que no se detuvo en formalismos ni saludos. Les preguntó a los responsables: “¿Cuántas carpetas tienen para mandar al Ministerio de Salud?”. Desde el momento en que Juana estaba acompañada por el director y la presidenta, las doctoras solo tenían ojos para Juana. “Y si sus ojos pudieran matarme, yo ya estaría muerta”. Se sintió vulnerable, se sintió mal, porque mientras el director y la presidenta hablaban, ellas le reprochaban en voz baja con frases hirientes: “Por qué estás haciendo este lío, no eres nuestra única paciente”. “Pero matarme no podían”.

Las doctoras reaccionaron inmediatamente y pusieron delante de él los expedientes, pero Juana no supo cómo reaccionar. Finalmente vería su expediente; había esperado este momento. Era consciente de la gran cantidad de pacientes y por eso mismo esperaba agilizar su caso ayudando en lo que pudiera para que su carpeta fuera al Ministerio. Y si se podía, Juana pensó que incluso podría ayudarles a despachar otros casos y así disminuir la cantidad de carpetas acumuladas.

No eran ni veinte. Juana pensó que tenían cien carpetas pendientes, algo imposible de acelerar. “No entendía, yo dije, de cómo. No eran ni veinte carpetas. Y se querían justificar”. Las doctoras expusieron su caso también: las carpetas no siempre están llenas, no siempre están completas. No pudo quedarse callada un minuto más:

—Doctor. Mi carpeta está completa. Estoy esperando tanto tiempo. Tengo todos los estudios.

Pero el director quería saber otra cosa.

—¿Quién le dijo que se ponga un tapón?

Juana no tuvo el valor de mirar a los ojos a la doctora aludida. Quería decirle que ella fue la que le dijo que le pongan un tapón, que ella era un profesional de la salud y la trató como si no tuviera una enfermedad de gravedad.

A la una de la tarde Juana y su hermano dejaron el hospital. Él la llevó a casa, y una vez ahí, ella hizo lo que siempre funcionaba: orar. Al día siguiente la llamaron del Ministerio para decirle que iba a empezar su tratamiento.

Otro diagnóstico

En la fila de radioterapia Juana nunca estaba tranquila. Comenzaba el mes de marzo de 2022, a dos meses de que se cumpliera un año de su primer diagnóstico. Hoy le iban a dar la lectura emergente de la braquiterapia. Ya no sentía el miedo inicial a los trámites desconocidos o a los habitantes de detrás de las ventanillas pues, a fuerza de sufrirlos, Juana había aprendido cómo hacer los primeros y cómo lidiar con los segundos. Ahora sentía preocupación por su enfermedad.

El tratamiento dio resultado. La braquiterapia había funcionado. Los puntos de radiación colocados de manera localizada junto al tumor cumplieron su cometido. El tumor disminuyó su tamaño. Le indicaron que ahora correspondía hacer seguimiento. Debía volver cada dos meses para evaluarla y al sexto mes, si todo iba bien, debía hacerse una ecografía y un Papanicolau. Si todo iba bien, debía volver en seis meses más, y así, sucesivamente, pero si en diez años estaba bien, Juana podría decir que venció el cáncer. “Bendito Dios”.

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