El Pajla en quién-sabe-dónde

Este texto es un homenaje íntimo a Xavier Albó que no busca centrarse en su amplia obra, sino en esos momentos pequeños que construyen a una persona. De esta manera, la convivencia cotidiana que tuvo con la autora, Fernanda Verdesoto, y las charlas en las que sembró sus ideas mantendrán latente su presencia.

Han pasado un par de días desde que el Pajlita nos dejó. Hoy, contemplo cómo pasa el tiempo sin él cerca, sabiendo que no lo voy a volver a ver. El Pajla ha estado presente toda mi vida y no siempre he estado consciente de esto. 

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“Quién-sabe-dónde son todos los lugares, todas las palabras y todos los puntos de la tierra a la vez, quién-sabe-dónde es un lugar de magia, porque allí está y estuvo mi amigo el Pajla”. / Fotografía: Pedro Laguna.

Empezaron los días en que él ya no está. Ya no irá a cenar a la casa de mi mamá, ya no celebrará misas en lugares donde se supone que no debe celebrarlas. Ya comenzaron los días de su ausencia. 

No creo necesario hacer un recuento de su vida y sus hazañas. Todos sabemos que estuvo firme en la huelga de hambre con la Domitila y el Lucho Espinal; todos nos enteramos que escribió más de lo que cualquier ser humano puede escribir; es vox populi que el concepto del pluri-multi-tutti frutti nacional lo concibió él, hace muchísimos años. Es de conocimiento de todos que él soñó un país para absolutamente todos y todas. 

La verdad quiero hablar del Pajla en los momentos más mundanos, en su cotidianidad y su sencillez que lo hizo un ser humano tan especial. 

Mi mamá es muy amiga de los curas revolucionarios, aquellos de los 70 que entendieron y, sobre todo, practicaron la teología de la liberación. Ellos, quienes se ganaron la simpatía de hasta el más ateo, estuvieron presentes y se bancaron las peores chanchadas que un Estado podría hacer a sus habitantes. Mis hermanos vivieron esa época, y allí los tenían a los padrecitos haciendo de tíos. Yo me tardé en nacer, y llegué a este mundo cuando las aguas se calmaron un poco. Pero cuando llegué, el Pajla estaba allí. 

Siempre estuvo allí.  

Cuando me bautizaron tenía cuatro meses de nacida. Fue decisión de mi madre creyente, pese a las objeciones de mi padre agnóstico. Más que una admisión a la institución de la Iglesia Católica, creo que mi madre pensaba este bautizo como una forma de ingresar a una comunidad más chica, de piadosos que realmente practican lo que predican. Tenían que bautizarme el Pajla y el Lucho Alegre, y, sin embargo, el Pajla se excusó, porque tenía que irse de viaje a quién-sabe-dónde. Nadie nunca supo dónde era quién-sabe-dónde, todavía no encuentro un registro escrito en el que se hable de ese viaje del Pajla, pero lo que sí sabemos es que era una comunidad pequeña, difícil de llegar, ¡quién sabe! Lo importante es que quién-sabe-dónde fue una comunidad perdida, dolida, invisible para los burócratas de cualquier gobierno. Una comunidad que no era escuchada, hasta que llegó el Pajla. No me cabe duda de que quién-sabe-dónde fue un espacio que recibió al Pajla con lo mejor que podían dar, que al Pajlita le dio frío en su cabeza y se la cubrió con un ch’ullu, que apenas llegó, escuchó, escuchó y escuchó. Tengo absoluta certeza de que celebró una misa divertidísima, de esas misas tan suyas en las que aprendes y no repites, en las que realmente te dan ganas de abrazar al desconocido que tienes al lado. Desde mis cuatro meses estoy segura  de que ese día, Xavier estuvo donde tenía que estar. Los habitantes de quién-sabe-dónde y el Pajla se necesitaban uno al otro, y se encontraron. 

Seguramente, a su regreso, hicieron un almuerzo o una cena para verse con él. Esto no lo sé, probablemente me lo esté inventando. Pero lo que tengo seguro es que no hay etapa de mi vida en que el Pajla no haya estado. Las cenitas de mis padres siempre me parecían aburridas; sin embargo, cuando lo invitaban a él, las conversaciones se volvían de lo más entretenidas. Siempre había discusión, alguno que otro grito y luego risas. Y ahora resuena su risa y su voz en mi cabeza, y me da miedo que el tiempo llegue a borrármela. Tanto a mis diez años, como ahora a mis treinta y tres, esa voz particular y sus bromas fueron una de las pocas cosas que lograron ponerme de buen humor, aunque estuviera sumergida en agua de cañería. 

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Una breve dedicatoria puede abrir otros mundos. / Fotografía: Fernanda Verdesoto.

En 2002 hice mi primera comunión y quien la ofició fue el Pajla. Llegó temprano a mi casa, porque el mejor cura del mundo oficia misas donde quiere, y poquito a poco se fue poniendo sus ropas de gala. La sotana y el cuello son para gente aburrida. El Pajlita usaba unos aguayos de colores chillones, muchos de ellos regalos de agradecimiento, usaba su ch’ullu y –sospecho– que se desordenaba la barba, que con los años se puso cada vez más rebelde y que solo hacia el final conoció el filo de la afeitadora, tanto que casi no lo reconocí. Antes de iniciar cualquier cosa, me regaló un libro que a lo largo de más veinte años viajó mucho y que revisé incansables veces. Un libro que hoy atesoro como nunca y que rescataría si mi casa se incendiara. Se trata de ¡Lucho vive! de Alfonso Pedrajas, cuya edición es de lo más pedagógica y tiene fotografías de muchos aspectos de la vida de Lucho Espinal. Yo ya me había leído Oraciones a quemarropa, pero todavía tenía muchas preguntas sin responder. Mi respuesta llegó con este regalo, cuya dedicatoria decía: “Fernanda… tanto has escuchado de Lucho, ahí tienes toda una compilación, para que te acompañe a lo largo de la vida. Que dure, lo iniciado este jueves… ¡y que crezca!, Xavier Albó, mayo de 2002”. 

Poco me duró lo que empezó ese jueves porque, ni tres años después, no quería saber nada más sobre rezos, ni credos, ni instituciones. Cuando dije hasta aquí llegué en la religión, el Pajla fue una de las primeras personas con las que hablé. No trató de convencerme de otra cosa, no me reprendió, solo escuchó lo que tenía que decir. No trataré de reproducir exactamente lo que me dijo, porque no me acuerdo. Y eso sí que no me quiero inventar. Sin embargo, sí recuerdo la sensación de dolor de panza, tener un poco de susto por lo que me fuera a decir. Al final, me dio a entender que otras eran las prioridades en la vida. Porque el Pajlita no era dogmático, el Pajlita era la persona que usaba aguayos para dar misa, el que no pasaba dos oraciones sin hacer una broma, ese k’onana que discutía tan efusivamente en las sobremesas, el que analizaba a profundidad las lecturas y no solamente mandaba a alguien a recitarlas, el que ponía sus ojos en blanco cuando tenía que mencionar a Ratzinger en la misa. Entonces, claro que las prioridades eran otras. Lo que tenía que durar era la curiosidad que me provocó la lectura de ese libro y mi entendimiento de la historia de Bolivia y de las personas que siempre están –aunque no estén–; lo que tenía que durar era el estar dispuesta a ayudar y a entender que el mundo no gira a mi alrededor, el escuchar siempre al Otro. Lo que tenía que durar era el gastar la vida, no mi estadía en la Iglesia Católica. Y ahí recién comprendí bien lo que decía el Pajla en su dedicatoria. 

Además de buen escuchador, el Pajla era el más parlanchín de la vida: hablar para expresar sus ocurrencias, hablar para escribirlo después, hablar para discutir, hablar para defender sus ideas, hablar para contar chistes, hablar para decirte que te quería, hablar para criticar, hablar para analizar –creo que no para cantar–, hablar para decir verdades, hablar por hablar, hablar para revolucionar. Y con los años, su conteo de palabras fue disminuyendo. Iba a las típicas cenas en casa de mi mamá, nos mostraba su cabecita hueca que le dejó ese cáncer, como para justificar que se iba a cansar más temprano. Y así pasaba, se cansaba antes del postre y poco a poco, hablaba menos. Se notaba su ausencia, pero la entendíamos. Hacía esfuerzos por mantenerse en la conversación, pero resaltaba más su faceta de oyente. 

Y la muerte es así, simple, tonta. Todos soñamos alguna vez con una muerte majestuosa y de película, pero a veces viene a crédito y a veces al contado. El Pajlita se nos fue de a poco, pero sí que la peleó los últimos años y, sobre todo, los últimos días. Fue este 15 de enero que la cosa se puso irreversible, y no sé si la fecha fue una broma del destino o una manera de grabar en piedra que ese es el día en que se van aquellos que marcaron la historia de Bolivia. De una u otra forma, ese fue el día en que el Pajlita comenzó a irse, y aguantó cinco días más. Cinco días en que –me imagino– se estaba despidiendo de todos, le estaba pegando una última discusión, un último debate, esta vez con la muerte. Porque k’onana era el Pajlita, hasta para irse.

Me enteré de la muerte del Pajla una hora tarde. Decidí encerrarme en mi trabajo y olvidarme del teléfono. Estuve días asustada cada vez que replicaba mi celular por miedo a que llegue ese mensaje y, cuando llegó, yo estaba perdida en la estratósfera laboral. La veíamos venir, pero pucha que dolió. Esperé un par de minutos para llamar a mi mamá. Lloraba como se llora al perder un amigo de toda la vida. Poco a poco, sus tres grandes amigos jesuitas se fueron, a Lucho Espinal se lo arrancaron, Lucho Alegre se fue enfermo también y el Pajlita todavía pareciera que se fue de viaje.

Mi autoexpulsión de la Iglesia Católica no me hizo perder la ilusión de la magia. No esa del aquelarre, del tarot o la institucionalizada; sino la magia bonita, la de las curiosas casualidades, la de sentir, la de continuar pese a que todo se fue al caño. Siento que el Pajla sigue de trotamundos, como siempre, quién-sabe-dónde. Al final, nunca importó dónde está ubicado quién-sabe-dónde, porque el Pajla siempre fue bien recibido y siempre fue un gran huésped. A fin de cuentas, quién-sabe-dónde son todos los lugares, todas las palabras y todos los puntos de la tierra a la vez, quién-sabe-dónde es un lugar de magia, porque allí está y estuvo mi amigo el Pajla. Y desde allí, yo sospecho que me ayudará a ser más curiosa y más incorregible, algún día, quién-sabe-cuándo.

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