Los muñecos chinos

Carlao Delgado nos da un recorrido por su infancia, por un lado con el alto valor de algunos juguetes originales y, por el otro, las réplicas a un costo accesible, pero con el agrado de siempre poder tenerlos junto a él, sus famosos muñecos chinos.

La aparición
Todas las navidades, en un momento cualquiera entre la comida y la conversación, recuerdo mis juguetes perdidos. 

La aparición llegó en la navidad de 1991, cuando era un niño abriendo un regalo. Meses antes se estrenó Terminator 2, y papá alquiló un VHS de la película que nunca devolvimos. Ese año no hice otra cosa más que ver la cinta, rebobinarla y verla otra vez. El veinticuatro de diciembre mis papás me dijeron que abra una de las cajas bajo el árbol. Contra las indicaciones de mamá, destrocé el papel de regalo y entre la lluvia de pedacitos de papel picado vi al Terminator con traje negro de motoquero y la mitad de la cara como una calavera metálica, todo acomodado en un molde de plástico transparente pegado a un cartón. Fue perfecto. Mi primer tesoro. Detrás del cartón había dibujos y descripciones de los otros muñecos de la colección. Obviamente yo los quería todos, pero mis papás fueron definitivos: no había plata para pagar todo ese derroche. Para mí era una contradicción. Los juguetes eran maravillosos. ¡Qué cruel era ponerles precio!, como si levantaran una muralla para evitar que los niños tengan uno. Pero la realidad era así: los juguetes se tenían que comprar y no eran baratos. Dos lugares los tasaban y los vendían: la ya extinta galería ISMAR y la más que nunca vigente Huyustus. 

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Dragon Ball y los sueños de miles de niños por parecerse a sus héroes, pues ellos son capaces de salvar el mundo. / Fotografía: Por el autor.

Las galerías ISMAR estaban en la calle Comercio, y las visitaba siempre que las salidas de mamá le permitían que la acompañe. Bajaba las gradas blancas y corría a la estantería de vidrio, donde todos los muñequitos colgaban en sus empaques de plástico y cartón. Estaba el resto de los muñecos de Terminator, las primeras figuras de la saga de Alien, las tortugas ninja en todas las variantes posibles: surfistas, repartidores de pizza, futbolistas, pero nunca de ninjas. Les ganaban las maestras de las profesiones: las Barbies. Ejercían como abogadas, veterinarias, arquitectas, fotógrafas, mecánicas, dibujantes o salvavidas. Todos eran mis amigos, y los visitaba en su casa para recordarles con mi presencia que nunca los olvidé. El precio no era un problema simplemente porque no podía pagarlo, entonces mi alegría y resignación era visitarlos. 

La Huyustus de entonces era menos poblada, pero ya anunciaba la magnificencia que iba a ser. A su entrada en la avenida Buenos Aires, la promesa de una empanada frita y de paso ver juguetes era lo que me animaba a subir. Entre la oferta de ropa y de electrodomésticos, colgaban muñecos de todo tipo, pero a un precio incluso más lindo que el juguete en sí. El problema era que no me podía quedar quince o veinte minutos parado frente a un puesto para ver a la figura colgando. Los caseros me veían raro a los cinco minutos, porque ni compraba ni dejaba comprar. Mis visitas entonces duraban menos, pero curaban igual. 

La revelación
Una mañana de sábado en que me escapé a la Huyustus, uno de los caseros me hizo la revelación. Él vendía los juguetes a un precio mucho menor que en los otros puestos. Yo no le creí, pero delante de mí tenía las mismas figuras de G.I. Joe y de Star Wars, y en serio eran mucho más baratas. De cerca noté las pequeñas diferencias. Algunas eran descaradas, como las tortugas ninjas a las que les faltaban dientes o los Terminator sin pintar. Otras eran un hermoso homenaje, como las primeras figuras de Dragon Ball que vi en mi vida y que compré sin saber bien qué eran. Aún conservo un Vegetto que me esperó dos semanas colgado a que reuniera las monedas suficientes para llevármelo a casa. 

Pensé que el mundo se había puesto de acuerdo para bajarle el precio a los juguetes. Que una organización que ponía el precio a los muñecos decidió que todos sean accesibles a los niños del mundo. Un casero distraído me dijo la verdad, con palabras que escucharía el resto de mi vida y con el repetido tono del que deja caer la realidad como una lluvia: "Es chino". Y es que en la tierra donde nace el sol, el mejor homenaje por las cosas que admiran es replicarlo. Como si cada copia fuera un tributo al original, una oración material que agradece su belleza reiterándola en la realidad. El precio era menor porque no tenían que pagar por marcas o diseños registrados. Es decir, era el negocio perfecto. 

Ahí comenzaron a llegar los muñecos chinos. Con el tiempo, ahorrando entre recreo y recreo, fui juntando la platita para comprar uno u otro. Incluso pude sumar a la plata de la movilidad y la de la empanada frita que no podía comprar. Se sucedieron uno tras otro: Luke Skywalker, Darth Vader, la princesa Leia, Chewbacca, y filas y filas de Storm Troopers. Tenían fallas menores, algún sable de luz doblado o un rostro mal pintado, pero eran lo de menos. Los tenía y podía jugar con ellos. El primer ahorro significativo que hice fue para comprar un Spawn, una de las figuras de acción más raras y más bonitas que tuve en mis manos. Los siguientes fueron los Small Soldiers, réplicas de una película sobre juguetes que dejó algunas figuras alucinantes.  

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La felicidad por la que todo niño desea estar presente en navidad o en su cumpleaños, un regalo, una figura de acción que los acompañará por años. / Fotografía: Por el autor.

La desaparición
Como les pasa los verdaderos tesoros, el Terminator tuvo un destino cruel. Entre juegos, limpiezas y mudanzas, el muñeco se fue descuartizado lentamente. Primero un brazo en el jardín, luego una pierna bajo la cama, y una tarde fatídica su cabeza de calavera. A la fecha solo me queda el recuerdo de ese muñeco con la cara de Schwarzenegger, que lo fue todo a mis seis años. Mis padres fueron solidarios con mi pena, pero equivalentes en su enojo. Los juguetes eran caros. El regalo fue un sacrificio que privó a mis hermanos de otros regalos. Más pronto que tarde no tuvimos ni un rastro de su paso por la casa. 

Ese fue el origen de mis muñecos chinos. Los pocos que sobrevivieron a los descuidos de ese niño los tengo guardados en una caja encima del ropero, a salvo del tiempo, jubilados del daño. Talvez este enero para honrar una hermosa sincronía, visite la Huyustus, me compré una empanada frita, y vuelva a casa con un nuevo juguete bajo el brazo. Buena falta me hace.

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