24 de Enero

En Estados Unidos hay gente que celebra Halloween decorando temáticamente el árbol de navidad y Adolfo Cárdenas se pregunta qué pasaría si en Bolivia hiciéramos lo mismo con una de las fiestas paceñas más importantes: las Alasitas.

Una tardecita de enero, con las fiestas de fin de año ya como historia pasada, mientras desprendíamos los juguetes del pino familiar, le comentaba a mi hija que algunos gringos exhiben el árbol desde el mes de octubre, poco antes de esa celebración que ellos tienen y que es la noche de brujas. Le decía que lo adornan con calabacitas y colgandijos de color naranja, el color que preside las celebraciones  de otoño, dando un sitio preponderante a la también naranja calabaza, la que se manifiesta en todo tamaño y como ornato principal  del mentado árbol.

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En enero, las miniaturas de Alasitas son el ornamento más común en las casas paceñas, tal como los adornos navideños lo son para las ciudades estadounidenses desde noviembre, incluso octubre. / Wikimedia

Así permanece un par de semanas hasta que, a mediados de noviembre, o antes simplemente, le cambian de ropaje con los  típicos adornos de navidad y sustituyen los colores del otoño por el rojo y el blanco que hace tiempo impuso la Coca Cola.

Luego de pensar un momento, ella dijo: “también nosotros  podríamos pensar en un destino alternativo para el árbol de navidad y así mantenerlo hasta el mes de febrero con un ropaje distinto, que serían las figuritas propias de la feria de Alasitas”.

Se explicó diciendo que si bien el árbol navideño simbólicamente representa para la cultura occidental una sensación de bienestar económico, el 24 de enero es para nosotros, sin distinción de clase, un día donde todos somos millonarios y adquirimos bienes necesarios e innecesarios, nos convertimos en propietarios de casas, autos, edificios, buses o camiones. Llenamos la despensa con bolsas de harina, azúcar, arroz y fideo y, como el dinero es lo que menos falta, adquirimos pasaportes y compramos doctorados en universidades privadas.

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La feria desde arriba no muestra ese algo lleno de vida que la hace interesante y que, años después, sigue manteniendo viva la tradición. / Wikimedia

Y los que tienen la fe a flor de piel, agradecen a nuestro propio Papa Noel, que viene a ser el Ekeko, cuya efigie debería, según mi hija, estar en la cúspide del árbol adornado, esta vez  con todo el producto alasitero: soldaditos de plomo, artículos de primera  necesidad, bolsas de cemento, calaminas, ladrillos, carretillas, camiones de lata, figuras de yeso masitas, churros, buñuelos  y, también, deberíamos darnos banquetes de comida criolla para celebrar que en esos días la ciudad se convierte en una fiesta.

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