Paso 1: No pienses en la guerra

"Resistir" y "aguantar", dos palabras que parecen destinadas a marcar el encuentro de la autora con una Shakira muy particular. Pero ¿qué hacer cuando el contexto se complica aún más con un evento tan atroz como la guerra?

Paso uno: No pienses. Si lo único que puedes hacer es publicar cosas a favor o en contra en tus redes sociales, entonces mejor no pensar. No pensar en la guerra. Sangre, hueco, fuego. No pensar en los presos políticos. Grito, lánguido. No pensar. Mejor respira. Vuelve a ti. Abre los ojos. Mira. Estás en el bus amarillo que lleva del centro de la ciudad a tu casa en los suburbios. Son las cinco de la tarde en Iowa City y es de noche. Afuera hacen menos dieciocho grados, la nieve cae como plumas diminutas. El bus está en su parada, a punto de partir. En el asiento de atrás, junto a la ventanilla, duerme una mujer negra apoyando la cabeza en unas bolsas de plástico rellenas de algo suave, un gorro de lana en la cabeza. El bus está por salir, pero sube una oficial de policía, una mujer gorda, cabello del color del chocolate y mejillas sonrosadas. Camina directo hasta la mujer de las bolsas, la mujer negra del gorro de lana, y le dice Shakira. No puedes hacer esto, Shakira. No puedes hacer esto y lo sabes. La mujer negra, Shakira, abre los ojos muy despacio, se incorpora como si el aire fuera espeso y reconoces el sopor, como cuando despiertas a las cinco de la mañana porque la flota ha llegado a Potosí; como cuando afuera hace frío y la tibieza del adentro te ha inducido un coma. Así se levanta Shakira, pesadamente, así recoge sus bolsas de plástico y su mochila que alguna vez fue azul, mientras la oficial de policía le dice tú lo sabes, Shakira, no puedes hacer esto, vamos, baja. No puedes hacer esto y lo sabes. Shakira no discute, no responde, no se enoja. Como si fuera una obra de teatro ensayada hasta el aburrimiento, Shakira baja del bus y empieza a caminar hacia la izquierda, perdiéndose inmediatamente en la oscuridad de las calles mal iluminadas. La oficial de policía baja y se va por la derecha. Deber cumplido.

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“Una bicicleta vale más que una billetera olvidada en un bus”. / Ilustración: Pedro Sánchez.

El bus arranca. Mal plan. No pienses en Shakira. Si no hay nada que puedas hacer por Shakira, no pienses. ¿Qué puede tener ella que ver con resistir? ¿Resistir qué? ¿La culpa? Alguien seguro rescatará a Shakira esta noche de nieve. Alguien en posición de ayudarla, la ayudará. Como en las películas. Como en las historias destacadas de los canales de televisión que cuentan anécdotas conmovedoras de personas ayudando a personas. Si lo único que puedes hacer es escribir su historia, ser testigo y escribir el pedazo de su historia que te fue concedido, no pienses en Shakira. Pero tampoco pienses en la guerra, en la mujer embarazada que sobrevivió el bombardeo ruso de un hospital en Mariupol, solo para morir junto a su bebé horas más tarde en una sala de operaciones improvisada en un sótano; en la mamá y sus dos hijos que murieron en plena calle tratando de huir de Irpin. No pienses que el varón tenía la edad de tu hijo, que la mamá se llamaba…, no pienses en la niña de nueve años que usaba lentes. Mejor baja del bus en tu parada. Reconoce tu bicicleta, abre el candado, sube, pedalea. ¿Resistencia de qué? El aire es helado. Jamás conociste el aire helado antes de Iowa City. Es esto, esto que pega en la cara cuando vas en bicicleta por las calles mal iluminadas. ¿Cómo resistir el aire helado? Resistiendo. Pedaleando, siguiendo. Resistir las ganas de llorar, las ganas perpetuas de llorar que se alojan en el sitio donde la clavícula de la derecha se une sin unirse a la clavícula de la izquierda. Vacío donde nace el cuello. Nace el llanto. Llegas a la puerta del edificio en tu condominio rodeado de bosque, de pradera cubierta de nieve. Bajas de la bicicleta frente a la puerta, apoyas la bicicleta en el anclaje negro y a la distancia ves a una mujer. La mujer, cabello gris que sale del gorro de lana magenta, espalda encorvada, cruza la enorme explanada de césped cubierto de nieve cargando bolsas de mercado y una maleta con rueditas parecida a la que usaste hace seis meses como equipaje de mano para venir a este país. Se ve pesada. La mujer avanza dos pasos y tiene que descansar. Las rueditas no sirven en la nieve. Cuántas veces cargaste tú con algo así. Sin ayuda. Sin miedo a la distancia ni al peso. Completamente sola. Dejas la bicicleta apoyada, tu celular y tu mochila apoyados en el suelo. Te acercas, la puedo ayudar, sí por favor, los ojos azules, la maleta es tan pesada como parece, la mujer te dice tengo ahí la evidencia de los juicios que le estoy haciendo al FBI, como pidiendo disculpas, dice, no la dejo en casa por miedo a que me roben, cuando camino por el asfalto no hay problema, la jalo y rueda, pero atravesar la nieve… Ahora fui a la farmacia para recoger mis prescripciones, claro, le dices, es imposible arrastrar esta maleta por la nieve, cargas la maleta hasta llegar a la acera. La colocas en el suelo, paradita. ¿Puedes creer?, te dice, ¿puedes creer que esos hijos de puta me quitaron a mis cuatro hijos y dijeron que yo estaba loca? Solo la miras. Sus ojos son de veras muy azules. No te preocupa la bicicleta apoyada en el anclaje. A pesar de que lo único que roban en esta ciudad son bicicletas. Has dejado tu billetera olvidada en el bus amarillo y te la devolvieron con todo el dinero. Pero las bicicletas las roban. No pienses en la bicicleta. ¿Puedes creer? Después de años, después de que cinco psiquiatras concluyeron que no había nada malo con mi cabeza, después de que los jihadistas (¿acaba de decir jihadistas?) me amenazaron porque yo era un agente encubierto del FBI, y nuestro gobierno es corrupto, me quitó a mis hijos y protegió a los jihadistas, no importa el partido, yo ya no tengo partido, yo ya no voto, yo hago juicios. Miras un instante en dirección de la bicicleta, que ha quedado fuera de tu línea de visión, tapada por el muro. Tu bicicleta, celular, mochila, porque creías que era solo cargar la maleta. Porque reconociste su peso. ¿Puedes creer? Les hice juicio y me devolvieron a mis hijos. Los jihadistas no son islam. Yo soy judía, no tengo nada contra el Islam. He conocido jihadistas americanos, jihadistas blancos y negros, hijos de cristianos. Después de mi denuncia, arrestaron a un jihadista en México por comerse a su hijo. Él había dado mi nombre como agente del FBI. Se lo tiene merecido. En el mundo hay personas buenas y personas malas. Eso es todo, te dice. No importa la ideología, hay buenos y malos en todas partes. Gracias por ayudarme con la maleta.

Cuando vuelves a la puerta de tu edificio, la bicicleta sigue ahí. 

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Solo una ventana separa dos realidades: la posibilidad de morir congelada y la de vivir. / Ilustración: Pedro Sánchez.
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