Fico

Tras una larga conversación en El Banzer, bar en donde se reunieron Alvaro y Fico, este último empieza a contar su historia familiar y laboral volviendo a este personaje un ser carismático que ha tenido que sobrellevar una vida difícil, pero nunca con malas intenciones. La familia es el núcleo que él extraña y a través de ciertos mensajes nos devela que siempre es importante estar con ellos.

—Don Alvarito –dijo Fico en esa forma confusa de estima, respeto y confianza que había elegido para dirigirse a mí– quiero invitarle dos cervezas en el “Banzer”.

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Empezar de cero después de escapar de casa, ver que nada es tan fácil, pero seguir de pie. / Fotografía: archivo

El “Banzer” era un bar que se hallaba cerca de la Plaza del Maestro, en Villa Fátima. Obviamente tenía otro nombre que nunca supe u olvidé antes de memorizar, pero todos conocían el local con el nombre del dictador devenido en demócrata, porque el propietario parecía gemelo del funesto militar. Además de ser el dueño, atendía también las mesas junto a los otros garzones, y siempre estaba ebrio. La primera vez, al verlo llegar tambaleante entre el humo de los cigarrillos hasta nuestra mesa con las seis botellas solicitadas repartidas entre ambas manos, pensé que mucha gente podría aprovechar su permanente beodez para engañarlo. Ingenuo de mí; el pequeño, calvo y bigotudo personaje ponía las cervezas sobre la mesa sin soltarlas del todo, mientras anunciaba con voz potente y autoritaria el monto que había que pagar por la bebida. Sin pago inmediato, se llevaba las botellas insultando soezmente y a voz en cuello a todos los que estuviesen en la mesa, prohibiendo a su personal que los atiendan, así que por lo general dejaba las botellas mientras se llevaba el dinero, quizás prometiendo regresar pronto con el cambio. El Banzer jamás dejaba una deuda sin cobrar, pero podía, a veces, olvidar devolver el cambio a los clientes.

Me extrañó que la invitación de Fico pareciese ser solo para mí, y mostré mi reticencia argumentando que teníamos que trabajar al día siguiente, y que mejor dejáramos la reunión para el viernes. Pero Fico me dijo que no me preocupe, asegurando que serían solamente dos cervezas, y enfatizó que él las pagaría. Estaba a punto de negarme, pero lo último que dijo, mirándome a los ojos y con voz entre ronca y temblorosa, me convenció.

—Necesito hablar, don Alvarito. Dos cervecitas nomás.

No fueron dos, cierto, pero tampoco fue una noche de borrachera, estuvo lejos de serlo. Y Fico no me dejó pagar nada aquella vez.

Tras los primeros brindis, y luego de algunas frases comunes, Fico tomó aire y me miró fijamente.

—Quiero contarle algo de mi vida, don Alvarito –dijo con voz insegura. 

Yo no sabía mucho de su vida. Había empezado a trabajar en la empresa en que lo conocí apenas unos meses antes, pero me había caído bien desde el principio. Era un hombre pequeño y delgado, pero no daba la impresión de ser débil. Tenía un cuerpo correoso y sorprendía a todos por su capacidad de cargar cajas, no solamente por el peso que levantaba sin esfuerzo aparente, sino por la forma en que lo hacía, apilando varias cajas sobre su cabeza, y no sobre un hombro, como lo hacían sus compañeros del área de almacenes. Sus manos apenas rozaban las cajas, que mantenía equilibradas sobre la cabeza con leves movimientos de su cuello, que parecía alargarse para jugar con el peso de la carga y la posición de su cabeza y su cuerpo entero.

Tenía la risa fácil (pero no esa risa tonta y permanente que algunas personas usan como escudo ante el mundo) que además era contagiosa, y al reír casi desaparecían sus ojos, ya de por sí achinados y pequeños, sobre esos pómulos salientes, apuntalando una piel seca y tensada por horas al sol, en un rostro con un bigote incipiente que nunca crecía ni desaparecía.

Creo que empezamos a hacernos amigos la vez que me pidió permiso (con varios días de anticipación) por una tarde. Me dijo que era el bautizo de su hija menor, en el día en que cumplía años (así mato dos pájaros de un tiro y gasto menos, me dijo riendo). Le dije que sí, claro, que me diera el permiso para firmarlo. Le sorprendió que no le pida una copia del certificado de nacimiento de su hija o algo así, para comprobar la veracidad del motivo del permiso, y a mí me sorprendió que alguien pudiese pedir tal prueba. Un día antes del bautizo, le entregué un pequeño paquete con un juguete que había comprado para su hija, lo cual fue efusivamente agradecido, hasta casi hacerme sentir incómodo. Luego, Fico me dijo que debíamos definir cómo iría él a llamarme. Ese era un tema pendiente porque desde el primer día el personal me llamó “inge”, y yo siempre les contestaba que no era ingeniero, que si las cosas iban bien (estaba en el último año de universidad) pronto sería licenciado, pero no ingeniero. Ante mi insistencia, un día el supervisor del almacén (jefe de Fico) me dijo que ya sabían que yo no era “inge”, pero que igual me llamarían así. La decisión no parecía tener mucha lógica, pero tampoco merecía ser rechazada por ello.

Ese día Fico me dijo que le parecía bien que yo no quisiera hacerme llamar “inge” sin serlo, sobre todo cuando en la empresa había tanto cojudo que no sabía nada y que se hacía llamar así (Fico no era de naturaleza precisamente gentil ni diplomática con quienes no le caían bien). Le podría llamar don Alvaro, continuó, pero usted es todavía joven, así que, si le parece bien, lo llamaré don Alvarito, concluyó. Entre risas, le dije que estaba bien, y eso fue todo.

Esa noche, en el “Banzer”, Fico empezó a hablar de su vida, pero desde el principio pareció que todo lo relatado era apenas el preámbulo de lo que realmente necesitaba contar, según él mismo había comentado. Este preámbulo, sin embargo, mereció toda mi atención, y resultó por demás ameno.

Me contó que cuando tenía catorce años, más o menos, vivía cerca de Riberalta, con su familia, y que ayudaba a su padre en las tareas de la siringa, que aún producía algo de dinero para la familia. Un fin de semana, pidió permiso para ir a una fiesta porque quería encontrarse con una peladinga que le gustaba mucho. Su padre le negó el permiso repetidas veces, pero ante su insistencia, le dijo que podría ir si en la mañana alcanzaba a hacer los canales en todos los árboles de la zona en que trabajaban.

Calculando que no iba a poder terminar el trabajo en una mañana, Fico salió de su casa de noche, y corriendo primero a la zona de trabajo y luego de árbol en árbol, esforzándose mucho más de lo que normalmente hacía (pese a que trabajaba duro) logró terminar el trabajo. Cansado, hambriento y con las manos cortadas volvió a su casa para el almuerzo, contento por saber que podría ir a la fiesta esa noche. Su padre, sin embargo, luego de mirarlo en silencio por un rato, le había dicho que no. “Pero usté me dijo que podría ir si terminaba el trabajo”, había protestado Fico. Se lo dije solamente porque pensé que no iba a poder hacerlo, fue la respuesta de su padre, junto a una nueva y definitiva negativa.

Impulsado por la rabia de lo sucedido, esa misma noche, ya resignado a no ir a la fiesta, metió algo de ropa a una bolsa, tomó el poco dinero que encontró en su casa y tomó un camión que iba al Brasil. Había escuchado que ahí se podía trabajar y ganar dinero, así que no lo pensó más. Viajó toda la noche, y parte de la mañana siguiente, hasta que les dijeron que debían bajar del camión. Sin poder entender lo que la gente decía, y asustado porque veía solamente a personas de raza negra (que nunca había visto antes), apenas pudo hacerse entender para que le indiquen dónde conseguir otro camión que lo lleve de regreso.

Mientras recordaba, Fico echaba el cuerpo atrás en la silla, mientras una gran sonrisa ocultaba sus ojos, recordando aquello que pudo haber sido tragedia, pero que prefería ocultar con alegría. Algo que parecía haber sido una constante a lo largo de su vida.

Al regreso, su rabia aún no había desaparecido, así que, en lugar de detenerse en Riberalta, siguió camino hasta La Paz. Otra vez, varios días de viaje, comiendo apenas, asumiendo el terrible hecho de ver que su futuro no era nada más que un signo de interrogación, que crecía con cada vuelta de rueda del camión que subía trabajosamente desde los verdes llanos de su tierra hasta los casi 5.000 metros de altitud que en La Cumbre le quitaron el aliento, en sentido tanto literal como figurado.

Unas horas más de viaje lo dejaron en la zona de Villa Fátima de la ciudad de La Paz, donde Fico se puso a buscar trabajo antes de siquiera pensar en comida o alojamiento, pues sin laburo, como le gustaba decir, era imposible pensar en nada más.

Tuvo suerte, pues ese mismo día consiguió trabajo de ayudante de llantero, además de permiso para utilizar un rincón de la llantería para dormir. Los pocos pesos que recibía de paga le permitían comer a diario, así que sus necesidades básicas, las realmente básicas, estaban satisfechas. Lujos como ropa, tres comidas al día y una cama deberían esperar.

Luego de unos meses, quizás tres, cuatro o algo más (Fico no recuerda su vida por fechas, sino por etapas) se fue a trabajar de ayudante de un mecánico, también con un espacio para dormir en el taller, y con una paga algo mayor que en la llantería, además de un overol usado para no envejecer las pocas prendas que había traído, ni el par de chompas que había conseguido para paliar el frío de su nueva ciudad de residencia.

Trabajó en ese taller más tiempo que en la llantería (debió ser como un año o algo más, dice Fico sin mucha seguridad), aprendiendo lo básico de mecánica y los trucos necesarios para lograr que los motores funcionen en caso de emergencia. Su trabajo consistía básicamente en ayudar a su jefe, que era mecánico. Pero ya luego (aprovechando las ausencias, cada vez más frecuentes, del dueño del taller, afecto a la bebida) al sentirse más seguro de su propia capacidad, en lugar de llamar al mecánico ante la llegada de camioneros con problemas (los clientes más habituales), arreglaba el desperfecto por sí mismo, guardando para sí el total del pago, que en ocasiones igualaba o superaba lo que el dueño le daba por una semana de trabajo. Me iba bien, don Alvarito, decía riendo Fico, para luego pasar a contar que un arreglo chapucero de su parte originó el retorno al taller de un airado chofer de camión, que reclamó al dueño por el mal trabajo realizado. Preguntar este al camionero cuánto había pagado, si Fico había realizado antes algún otro trabajo para él y hablar con otros choferes al respecto, dejó al ayudante de mecánico sin empleo apenas unas horas más tarde. Además del despido, el dueño del taller reclamaba a Fico el dinero que había cobrado por los trabajos realizados. Pese a los años transcurridos, Fico aún era vehemente al asumir su defensa:

—No tenía por qué darle la plata, si él no había hecho nada del trabajo –argumentaba– si estaba chupando en el bar de la esquina, mientras era yo el que trabajaba. Además, con la miseria que me pagaba, yo me veía obligado a hacer lo que hice. Al final, era culpa suya, más que mía.

Los argumentos esgrimidos por el dueño del taller (seguramente atendibles, al menos en parte) simplemente no tenían cabida en la mente de Fico. Era como si hablasen idiomas distintos.

Se encontró nuevamente sin trabajo (aunque con algunos pesos más en el bolsillo que la anterior vez), y nuevamente la suerte fue benévola con él. Apenas uno o dos días después de su despido del taller, uno de los choferes que ya conocía le ofreció que trabaje con él como ayudante. Debería cargar y descargar las cajas que transportaba el camión cuando hiciese falta, además de arreglar desperfectos que pudiese presentar el motor durante los viajes, que normalmente eran de Tambo Quemado hasta La Paz.

—Don Alvarito, sin pensarlo, por fin salí de Villa Fátima después de casi dos años de haber llegado de mi pueblo –dijo Fico, para sorpresa mía. Luego comprobé que esa realidad se replica en muchos de los migrantes de Los Yungas, del norte de La Paz y de alto Beni. Tras varios días de viaje, llegan a La Paz, y cuando poco después de cruzar la tranca deben bajar del camión o el bus, buscan dónde alojarse y comer, luego buscan trabajo entre las personas que van conociendo (acuden en especial a personas de la misma zona de la que provienen) y se quedan ahí, muchas veces por años. Están en La Paz, y eso basta, ¿para qué ir más allá de donde hallan todo lo que conocen y que de alguna manera los mantiene en contacto con el lugar del que vienen?

Desde que existe, Villa Fátima (y ahora la zona que se extiende hasta Minasa, incluyendo Villa el Carmen y otras), fue un espacio en el que los migrantes dejaron su impronta. Hay en abundancia oferta de comida y bebida de las zonas calurosas del norte: asado con yuca, yuca con chorizo, empanadas de charque, somó, etc. Muchas de las personas que se instalan en la zona con esa oferta culinaria hallan natural el contratar luego a los recién llegados, paisanos suyos, que conocen la comida, y si saben prepararla, se convierten automáticamente en los mejores candidatos para el puesto. Los que prefirieron trabajar en otro rubro, también, al ser consultados, recomiendan a un paisano suyo cuando se presentan oportunidades para nuevos trabajadores. De esa manera, se forman grupos de amigos e incluso familias que al cabo de los años cambian de domicilio y de trabajo, pero rara vez cambian de zona.

Fico recuerda ese trabajo con cariño, pues le permitió conocer parte del resto de la ciudad, así sea de pasada, y también el altiplano.

—No pensé que podía hacer tanto frío don Alvarito –confiesa al recordar las noches en que no bastaba tener una chompa gruesa con una chamarra encima, sino que se necesitaba además una frazada sobre los hombros para dejar de temblar mientras el camión dejaba El Alto (en ese entonces una zona más de la ciudad de La Paz), para llegar hasta Patacamaya y luego tomar la carretera (en esos años aún sin asfaltar, y con mantenimiento deficiente) hasta Tambo Quemado, frontera que debía pasarse para llegar hasta Arica. Más de 450 kilómetros, con altitudes entre de 4.000 y 4.600 m.s.n.m. En época de invierno, resulta fácil creer a Fico que el frío que enfrentaba era algo inconcebible a la luz del recuerdo de su tierra natal.

Viajes nocturnos, solo hasta la frontera, en la que no se produce nada, y retorno a La Paz con el camión con carga completa. No se requiere mucho esfuerzo para entender la naturaleza del trabajo del camión en el que Fico trabajaba como ayudante, sin apenas pensar en todo ello. Parecía que sus valores estaban al margen de la legalidad (o no) de una situación dada; tenía una noción de justicia que se basaba sobre todo en aspectos de necesidad y satisfacción de esta, y eso significaba una concepción diferente de la vida, tan simple como eso.

Un talento que Fico descubrió en los meses que trabajó como ayudante de camión fue su capacidad para cargar cajas, muy superior a la que sugería su esmirriado físico, capacidad que marcaría luego, y por largo tiempo, su vida laboral.

En un viaje, pese a la experiencia del chofer y a las habilidades mecánicas de Fico, el camión fundió el motor a medio camino entre La Paz y Tambo Quemado. Los reproches mutuos acerca de quién debía haberse fijado en la cantidad de aceite que tenía el motor para lubricar su funcionamiento no ayudaron en nada a solucionar el problema. En realidad, no existía una solución que pudiera implementarse de manera inmediata, el daño sufrido precisaba de un trabajo mayor. Luego de unas horas de reproches, en las que la rabia cedió ante el sentido común, el chofer dijo que apenas amaneciese, tomaría un camión que estuviese yendo hacia La Paz, y regresaría lo antes posible con otro motor, y con ayuda para hacer el cambio en plena carretera. La otra solución posible era buscar remolque hasta La Paz, pero tomaría más tiempo, y un costo adicional al del cambio de motor, que de todas formas debería realizarse, así que el ayudante fue conminado a quedarse a cuidar el camión por un par de días, para que el vehículo no sufriera robos ni daños mayores.

Sin otras opciones, Fico se dispuso a permanecer en la carretera, aguantando el sol del altiplano, que quema en el día, y cuya ausencia, en las noches, implica temperaturas que se miden en grados bajo cero. 

Los primeros días algunos choferes paraban para preguntar qué había pasado y, solidarios, dejaban ya una frazada, ya comida, o una botella con algo de singani para combatir el frío. Parecía que la espera no sería tan sufrida como en un primer momento podía temerse. El paso de los días, sin embargo, disminuía la solidaridad de los conductores, y hasta originaba algunas bromas de quienes ya habían pasado antes a lado del camión averiado.

—Tu jefe se ha olvidado de ti, deberías buscarte mujer por estos lados, ya formas parte del paisaje –escuchaba Fico día tras día mientras intentaba sumarse a las risas de quienes se burlaban. Hubiera querido tener dinero para encargar algo a los conductores que conocía, pero al no contar con recursos, la frustración de Fico aumentaba y la desesperación se adueñaba de su ánimo.

Luego de más de dos semanas en las que su situación no cambiaba en absoluto, Fico supo qué debía hacer. Con ese sentido práctico que siempre le permitió salir adelante, obteniendo ganancias incluso en las situaciones más difíciles, y viéndose literalmente abandonado en medio del altiplano, empezó a ofrecer en venta la rueda de repuesto del camión que estaba bajo su cuidado. Conocedor del precio de cada parte del camión, pedía por la rueda poco más de la mitad de su precio real a todos los camioneros que por ahí pasaban. En el curso del primer día hizo la venta, y antes de que decida qué hacer con el dinero, alguien le dijo que estaría dispuesto a pagar un buen precio por la batería del camión, otro preguntó por algún repuesto, un tercero por un reflector…  la voz se corrió y no hay mucho más que decir.

En pocos días Fico tenía suficiente dinero para pagar su retorno a La Paz, además de haber generado un buen “ahorro” durante el par de semanas que vivió en la carretera.

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Las calles transcurridas del mercado por más de una vez, idas y vueltas de gente común, esforzada y digna. / Fotografía: Wikimedia

—¿Y no pensaste en que alguien podía robarse el camión? –pregunté entre risas.

—Qué más le podía pasar, si ni las llantas ya tenía completas, era imposible que nadie se lo robe, además que dejé las puertas aseguradas con llave —me contestó Fico, riendo tanto como yo a carcajadas. Al recuperar el aliento y después de brindar por el camión, me dijo que lo primero que hizo al llegar a La Paz fue buscar al conductor del desmantelado camión, a quien encontró en uno de los locales a los que solía ir a beber. ¡Casi muero de hambre, desgraciado!, recuerda que fue lo primero que le dijo, y ante la promesa de que justo mañana pensaba ir a recogerte hermanito, es que no fue fácil encontrar el motor, le tiró la llave del camión, recitándole todo lo que ahora debía llevar, además del motor, para poder volver a utilizar su vehículo (una lista larga, presumo).

Fico me dijo que nunca más supo del chofer (me imagino que hizo lo posible por no encontrarlo), y que el dinero, fruto más de su ingenio que de su sacrificio, le sirvió para sobrevivir mientras buscaba otro trabajo.

Fico parecía tener cierta facilidad para conseguir dinero por cualquier medio, pero poseía la misma capacidad para gastarlo. Una vez me había contado que, ya casado y con hijos, había hablado con su esposa sobre la posibilidad de que ella pusiese un puesto para vender zapatos en la feria 16 de julio. Luego de preguntar precios de mercadería, del sentaje en la feria, cuotas, transporte y otros, había calculado que necesitaba mil dólares para iniciar el proyecto. Privándose de muchas cosas, logró ahorrar setecientos dólares, me dijo. Ahorrar trescientos más no parecía tan difícil, pero justo llegó un fin de semana largo, porque había dos días feriados seguidos, y con mi mujer nos fuimos a una fiesta de preste a la que nos habían invitado, y usted sabe que ahí se toma fuerte, prosiguió. En resumen, Fico había querido corresponder a las invitaciones de otros invitados y decidió gastar cincuenta dólares, luego otros cincuenta, y otros más… y al final de los feriados había gastado todo lo ahorrado.

Y contaba lo sucedido entre risas, como si se tratara de la historia de alguien más, y no la suya.

Cuando trabajábamos juntos, poco antes de la noche de larga charla en el “Banzer”, Fico entró a mi oficina diciendo don Alvarito, me encontré este reloj, y no sé de quién pueda ser. Pregunté, pero nadie sabe nada (Fico podía ser muy considerado si creía que un objeto era necesario para alguien más). Si nadie lo reclama, no sé cómo podrías devolverlo, le contesté. Más tarde, cuando ya parecía haber decidido que el reloj sería suyo, me preguntó qué significaba “water proof” (texto que aparecía bajo la mica del reloj). Al traducirle la frase, se mostró escéptico. ¿Y de verdad usted cree que el reloj no se arruinará si le entra agua?, preguntó. Supongo que en realidad el agua no le entra, contesté, aclarando que cabía la posibilidad de que el reloj no fuera a prueba de agua, pese al texto que lucía, agregando en broma que debería esperar a que llueva, para probar la veracidad del texto.

A la hora del almuerzo, Fico apareció con un balde que había llenado hasta la mitad con agua, y lanzó su reloj dentro el balde, diciendo que después del almuerzo sabríamos si el reloj era o no a prueba de agua. 

Recordando eso, cuesta creer que Fico pudiese alguna vez llegar a ahorrar la suma de mil dólares, necesaria para empezar su emprendimiento comercial.

Entre los trabajos que recordaba haber desempeñado, Fico me contó de aquel en el que debía cargar varios sacos de harina para una empresa molinera o algo así. Su labor consistía en llevar los sacos de la fábrica a los almacenes de los compradores, donde le tocaba descargarlos. Al conocerse mejor con sus compañeros de trabajo, idearon entre todos (cuatro o cinco personas) que, en el camino, “dejarían caer” un saco en un lugar ya definido de antemano, donde estaría esperando un amigo suyo.

La empresa asumía que había pérdidas en los despachos, decía Fico, así que en realidad no había ningún problema. Vendiendo un saco cada día o cada dos días, nos iba nomás bien, recordaba sonriendo. Confiesa luego que, por ambiciosos, empezaron a dejar caer dos sacos, luego tres, y cuando la cantidad llegó a seis, ya los dueños, que seguramente sospecharon desde el segundo o tercer saco extraviado en cada viaje, habían aumentado los controles y descubrieron lo que sucedía. 

La consecuencia fue, obviamente, el despido de los involucrados, a quienes además se negaron a pagarles el salario que les adeudaban del tiempo transcurrido del mes en curso, so pena de denunciar el robo a la policía.

Como ya habíamos terminado (con holgura) las dos cervecitas que originaron el encuentro, y acabábamos de pedir dos más, pareció que Fico ya había encontrado el valor (o juzgó que ya había llegado el momento) para contarme lo que en realidad necesitaba contar, según sus propias palabras.

—Don Alvarito, ¿usted vio ese programa de televisión que se llama “Personas buscan personas”? –me dijo, refiriéndose a un programa de la televisión local que se hizo bastante popular en esa época previa a las redes sociales, a través del cual las personas que habían perdido todo contacto con algún familiar o amigo iban a ese programa para dar los datos generales de la persona a la que buscaban, esperando que alguno de los telespectadores la conociese.

Contesté que no veía el programa, pero que sí sabía de qué se trataba.

—Mi hermano apareció en ese programa, buscándome. Y yo no estaba en mi casa, pero mi vecina también vio el programa, y anotó el teléfono que dieron como referencia, y me entregó un papelito con los datos cuando llegué, más tarde esa noche.

—¿Llamaste? –pregunté.

—Anoche –contestó Fico, con voz trémula.

—Don Alvarito –continuó, emocionado–, hablé con mi viejita.

Durante varios segundos ninguno dijo nada, porque dos lagrimones que surcaron su tez quemada por el sol y arrugada prematuramente por su risa fácil eran más elocuentes que ninguna palabra, y yo porque prefería ignorar el nudo que sentía formarse en la garganta ante el llanto de mi amigo.

Chocamos los vasos y tras tomar un largo trago que aclare las gargantas y las ideas, le pregunté cómo estaba su mamá.

—Bien, gracias a Dios –contestó Fico–. Muchas veces pensé si no habría muerto en todos los años que pasaron desde que escapé de mi casa. Pero no… está bien –decía mientras reía con el rostro humedecido por las lágrimas que, mansas, portadoras de consuelo más que de dolor, mojaban su pequeño rostro.

—Pero si pensabas en tu mamá y tu familia, ¿no pensaste nunca en viajar en las vacaciones que dan en la fábrica? –pregunté.

 —¡Claro que lo pensé! –respondió Fico, aclarándome luego que en la empresa en que trabajábamos las vacaciones se daban luego de la época de picos más altos, que se daban en navidad, y que ésa era época de lluvias–. Si pudiera sacar vacaciones a medio año, podría llegar a mi pueblo en unos cuatro días, estar allí una semana y volver en otros cuatro días, pero en enero, que es época de lluvias, la flota tarda en llegar casi quince días, así que ya debería estar trabajando el día que llegue allí, sin contar el viaje de regreso, así que es imposible –concluyó Fico.

Y tenía razón. El camino hasta la parte norte del país es apenas transitable en época seca, y puede ser imposible de recorrer en época de lluvias. Caminos mal mantenidos, angostos, sin asfalto, precipicios de cientos de metros al salir de La Paz, kilómetros de suelo gredoso ya en zona tropical, pueden ser el paraíso para motociclistas o conductores de vehículos todo terreno en busca de aventuras, pero son todo lo opuesto para pasajeros de un bus incómodo y sobrecargado que solo buscan terminar el viaje de cientos de kilómetros, que pueden hacerse larguísimos cuando se tiene urgencia de llegar a destino y regresar lo más pronto posible, para no perder el trabajo.  

Luego de explicar por qué nunca pudo visitar a su familia, y de aclarar que cuando él salió de su pueblo en su casa no había teléfono, siguió contando que había hablado también con su hermano, y creo que con una hermana también.

—Mi hermano es médico, ¿puede creerlo? –me dijo.

—Ah, ¿te volviste curacaracha? —le pregunté en broma, y me contestó muy serio. 

—Qué pasa pues hermano, no soy curacaracha, soy cirujano.

Creo que se enojó un poco, pero yo no se lo dije por maldad. Cirujano, mi hermano… repetía entornando los ojos, pensando, seguramente, en qué hubiera sido de su propia vida si esa noche, indignado ante la promesa rota por su padre y acuciado por una pena de amor, no habría emprendido esa huida que fue más bien un salto al vacío.

Después de algunos instantes de silencio, me animé a preguntar a Fico sobre su papá.

—Ah, dice que sigue vivo ese cojudo –contestó, y tomó un largo trago de su vaso.

Al ver mi cara de sorpresa, dijo:

—No puedo perdonarlo, don Alvarito. Quisiera, pero no puedo, aunque hayan pasado tantos años. No quiero hablar con él… Quizás otro día –añadió luego de unos segundos.

—Quizás –contesté, buscando a mi vez respuestas, palabras o lo que fuera en mi propio vaso, adivinando el llanto quedo de Fico al otro lado de la mesa.

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