Mujeres del sol

“Si mi hijo saliera así, yo le diría: Maldita la hora en que te parí”, afirma contundente una de las vecinas de Suegay. Y es que en el pueblo ayoreo, como en muchas comunidades bolivianas, la homosexualidad no está nada bien vista; sin embargo, ello no hace que no exista. En este texto, Edson Hurtado se aproxima a la historia de Martina y Eva, dos mujeres ayoreas que creen que el amor puede abrirse paso más allá de la relación entre un hombre y una mujer.

El secreto de la abuela

Martina está sentada en una banca vieja, con las piernas abiertas, abanicando un trapo sobre su cara. Son las tres de la tarde y arrecia el calor en Suegay, pequeña comunidad ayorea de Santa Cruz. El viento levanta la arena y cacarean las gallinas. Ella me mira fijamente. Quiere contarme su historia y no se anima. Le sonrío, y sin embargo, ni se inmuta. Me quedo quieto y espero. Unos cinco minutos después comienza a hablar.

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A veces, nacen amores inolvidables, destinados a marcar a fuego la vida de las personas, incluso si la sociedad no está lista para aceptarlos. / Ilustración: Pedro Sánchez.

―Le voy a contar mi secreto ―me dice mirando al horizonte―, pero tiene que prometerme que no se lo dirá a nadie más.

Habla bajito, como si tuviera miedo de que la escuchen. Asiento con la cabeza. Más tarde le explicaré por qué tengo que hacer pública su historia.

Martina debe tener unos sesenta y cinco años. Tiene arrugas y cabello cano. Sus manos son ásperas, aunque sus ojos siguen llenos de vida. Sonríe muy seguido y hace ademanes mientras habla. Le faltan dos dientes de adelante, pero eso parece no importarle. Me recibió afuera de su casa y no permitió que entrara. No hay nadie más. Su marido falleció hace años y sus dos hijas están trabajando; su nieta, en la escuelita y su sobrino en la ciudad. Estamos solos y, sin embargo, ella se pone nerviosa. Mira para todos lados antes de continuar su confesión.

―Yo me enamoré hace muchos años. Fue un amor lindo. De esos que lo marcan a una y se llevan hasta la tumba. Por eso nunca la olvidaré ―dice, aún sin mirarme.

―Entonces… usted se enamoró de otra mujer ―le pregunto, aunque ya conozco parte de su historia.

―Sí. Eva. Se llamaba Eva. Evita. Fue hace muchos años, pero aún me acuerdo de todo ―dice, esta vez volteando y mirándome por primera vez desde que comenzó a develar su secreto.

Oí la historia de Martina en un viaje que hice por la chiquitanía. Me pareció bastante peculiar y atípico que la existencia de lesbianas ayoreas fuera de conocimiento público. Por eso seguí preguntando hasta encontrarla por fin.

―Ya nos conocíamos desde antes, pero nuestro amor comenzó una tarde en el río. Estábamos lavando ropa. Ella se sacó la suya y yo me quedé viéndola. Creo que fue la primera vez que el cuerpo desnudo de una mujer me llamaba tanto la atención. Ella se dio cuenta, pero no hizo nada. Siguió bañándose, refregando su vestido, con la mitad del cuerpo fuera del agua y las tetas al sol. Era hermosa ―recuerda con algo de vergüenza.

―¿Y qué pasó después? ―le pregunto con cierto morbo.

―Yo también me quité la ropa, claro. Y nos bañamos desnudas las dos ―me responde con una sonrisa picarona.

―¿Se besaron?

―Sí. Fue el primer beso de las dos. Éramos muy jóvenes, yo tenía catorce y ella quince.

―Y desde ese momento se hicieron novias.

―No, no, no ―dice, cambiando el dramático tono de su voz por uno más histriónico―. No podíamos ser novias porque éramos mujeres, pues. Además, nadie lo podía saber.

―¿Le gustó estar con una mujer?

―Mire ―me dice viéndome a los ojos, cambiando una vez más el tono de su voz―, fue una de las cosas más intensas que me han pasado. Fue doloroso al principio, pero luego fue tierno. Nunca he vuelto a tener una experiencia como esa.

Me quedo mirándola. No sé si a ratos habla en serio o está exagerando. Tiene reacciones confusas, pero es sincera. Sé que no me está mintiendo. Me cuenta que esa tarde se quedaron juntas en la orilla del río, desnudas, contemplándose, deseándose, queriéndose. No hablaron mucho. No tenían palabras después de la intensa conversación que habían mantenido sus cuerpos. El sol iluminaba sus pieles oscuras y húmedas. Sus ojos brillaban. Todos sus sentidos estaban excitados. Poco a poco la luz fue desapareciendo y la noche las envolvió en ese recuerdo que Martina aún mantiene fresco en su cabeza.

Luego volvieron a sus respectivas casas, con sus familias, que aún no sospechaban lo que pasaba entre ellas dos. Martina pasaba sus días intranquila. Por un lado, estaba enamorada de una mujer, y eso ya de por sí la atormentaba. Pero lo que era peor es que a finales de ese verano su madre la iba a casar con el hijo de su compadre. Las familias ya lo habían acordado cuando ambos eran niños1. Estaban destinados a estar juntos. Martina, evidentemente, se encontraba en medio de un conflicto que no sabía cómo enfrentar.

―No nos vimos por unas semanas. O sea, no nos vimos a solas, sino en reuniones de la comunidad o yendo en grupo al pueblo para comprar víveres entre todas ―continúa su relato.

―¿Y usted la extrañaba? ―le pregunto, intentando hacer que fluya su relato.

―Yo no dejaba de pensar en ella ―me responde bajito. Otra vez está nerviosa―. No sabía si ella estaba enamorada, si solo fue un momento de arrechera y nada más.

―Pero ella también estaba enamorada ―le digo, interesado.

―¡Claro! Pero eso recién lo supe después que me casé. Antes no dijo nada ―dice, frunciendo el ceño y volteando la cara hacia el sol que la ilumina y la hace brillar.

Se volvieron a encontrar varias veces después del primer beso que se dieron en el río mientras lavaban su ropa y la de su familia. Siempre a escondidas, buscando excusas para alejarse de la comunidad, para estar a solas. A veces era un matorral en medio de la serranía, a veces se iban río arriba, se amaban y volvían al anochecer. No hablaban mucho; al menos no de lo que estaba sucediendo entre ellas. Les bastaba el contacto de su piel, los jadeos y contorsiones que lograban cuando sus cuerpos se unían.

Ese verano fue particularmente caluroso. Las temperaturas no bajaron de los cuarenta grados centígrados. Hubo una gran sequía y tanto su comunidad como otras aledañas tuvieron que ponerse en alerta para enfrentar la falta de agua, de alimentos y la mala salud de los pocos animales que tenían. Martina estaba encargada de hacer la comida para los peones. Tuvo que convertirse en una cocinera muy creativa.

A pesar de todo eso, nunca dejó de hacer su trabajo. Era una jovenzuela aplicada y responsable. Nunca defraudó a su familia. Conocía la situación de su comunidad y de su pueblo en general, que llevaba en su historia el sufrimiento y el sacrificio. Su deber era contribuir, apoyar, trabajar y avanzar junto a las mujeres de su comunidad. Su rol como ayorea estaba definido y no podía apartarse de aquel papel que le había sido asignado únicamente por ser mujer.

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“Estábamos lavando ropa. Ella se sacó la suya y yo me quedé viéndola. Creo que fue la primera vez que el cuerpo desnudo de una mujer me llamaba tanto la atención” / Ilustración: Helen Lizárraga.

Así pasaron las semanas y el verano poco a poco fue marchándose de esas tierras húmedas, mientras la fecha del matrimonio de Martina llegaba inexorablemente.

Evita

En medio del río, con el sol cayendo sobre su espalda, Evita se entregó en un beso a la mujer que tenía enfrente. No se sintió mal. Desde que al llegar a Suegay se encontró por primera vez con Martina, sabía que ese momento habría de llegar. Soñó muchas veces con estrechar sus labios con los de esa morena quinceañera a la que deseaba en silencio.

Evita llegó a la comunidad con su familia, huyendo de la abrumadora sequía que se extendía por todo el norte del departamento. Su madre y ella fueron las primeras en abandonar Tie Uña, alentadas un tanto por su tía, que hacía años vivía en Suegay y que no la estaba pasando tan mal. Luego arribaron su padre y sus demás hermanas. Se asentaron y comenzaron desde cero, construyendo su propia casa y entablando relaciones con la comunidad.

Evita no iba a la escuela. Trabajaba en lo que podía y a veces viajaba a la ciudad, se perdía y regresaba varios días después. Luego ayudaba en las tareas de la comunidad; en su casa lavaba la ropa de sus hermanos o cocinaba. Pero la mayoría del tiempo se la pasaba conversando con sus amigas, con las amigas de su madre o simplemente se sentaba a orillas del río, en silencio, pensando quién sabe qué cosas.

Allá en su comunidad había aprendido de sus primas, que más o menos tenían su misma edad, a trabajar poco y disfrutar de la vida. Antes de la sequía, de la migración masiva que sufrió su comunidad, muchas mujeres tomaron el control de la economía doméstica, arreglándoselas para abastecer ellas solas a sus hogares. Evita aprendió a manejar allí el poder de su cuerpo y comprendió que podía estar tranquila trabajando ocasionalmente, y luego descansar y vivir cómodamente.

Pero en Suegay no conocía a otras mujeres como ella y no se animaba a hablar del tema con ninguna. Además, Martina se había anclado en su cabeza de tal manera, que poco a poco se fue olvidando de esos “malos días”.

Sintió, pues, la necesidad inevitable de enamorarse, ya que a su edad muchas mujeres tenían marido e incluso hijos. Pero fue particularmente difícil, teniendo en cuenta que a ella le gustaban las mujeres, especialmente Martina, quien también parecía corresponderle. Estaba confundida. Por eso, después de aquella tarde en que estuvieron juntas por primera vez, experimentó sentimientos confusos y tuvo ideas erráticas que la sumieron en una especie de depresión que, afortunadamente, supo manejar a tiempo y de la cual salió ilesa.

Alguna vez quiso proponerle a Martina que se fueran juntas, que huyeran, que se buscasen la vida en otro lado, en la ciudad, lejos de ese ambiente que parecía atemorizarlas tanto. Pero nunca se animó. Martina iba a casarse ese año y Evita sabía que iba a perderla para siempre. No quería terminar lastimada por un amor imposible. Y sabía que el suyo lo era. Por eso prefirió guardar silencio y vivir intensamente los momentos al lado de esa muchacha que la encandilaba tan solo con mirarla.

Cuando Martina le contó que iba a casarse con Jacinto, su compañero de la escuela, Evita hizo un berrinche cual adolescente despechada. Se negaba a aceptarlo. Primero se enojó y dejó de hablarle. Pasados algunos días de llanto e impotencia, se reunió de nuevo con Martina y volvieron a hacer el amor. La perdonó por eso. Sabía que no era su culpa. Pero aun así, la sola idea de que un hombre tocase a su amada le provocaba un dolor muy grande. Un amor adolescente es particularmente intenso; el suyo no fue distinto y le causó mucho sufrimiento: dos jovenzuelas atadas por sus pasiones, la efervescencia de una relación urgente que podría terminar en cualquier momento, una trágica historia de amor.

Evita sabía lo que pensaba la gente sobre las lesbianas, sobre los homosexuales. Muchas veces había escuchado comentarios y habladurías en varias comunidades sobre la presencia o existencia de estas personas. Se ponía triste. No entendía cómo algo tan natural como lo que ella sentía, podía ser despreciado y amenazado por gente que desconocía otras formas de amar. Alguna vez oyó conversar a su madre con una vecina sobre el tema.

―Es feo, porque si mi hija ve a una de sus amigas besarse con otra mujer, ella también podría buscarse otra amiga para besarse. ―La vecina no dudó en responderle―: Qué será que aparece tanto eso. Antes no había. Debe ser el cambio climático.

―Si mi hijo saliera así, yo le diría: Maldita la hora en que te parí ―afirmó en otra ocasión una vecina que comentaba sobre unos jóvenes de la ciudad.

El pensamiento de los suyos2 contrastaba con sus sentimientos. Lo peor era que Evita no podía hacer nada más que callar y escuchar.

Pasaron los meses, esos inolvidables meses en que mantuvieron su amor a escondidas, hasta que llegó el día de la despedida. Ninguna lo había planificado, pero ante la inminencia de la boda de Martina con Jacinto, Evita decidió acabar con su angustia antes de que esa relación se saliera de control y terminara hiriendo a más personas. Una tarde, la última que se vieron, Martina adivinó lo que Evita iba a decirle con tan solo mirarla.

Desde hacía varias semanas, Evita había estado ideando maneras y formas de cambiar ese destino al que estaba condenada. No quería perder a Martina. Obsesionada y dispuesta a hacer cualquier cosa, pensó incluso en secuestrarla y llevársela, como hacían algunos hombres con las muchachas de las que estaban enamorados. Pero desistió de todas sus ideas descabelladas. No podía ganar una batalla para la que no estaba preparada. Jacinto no era un mal tipo y, aunque lo odiaba por ser el hombre con quien Martina pasaría el resto de su vida, sentía cierto cariño por él. Habían conversado algunas veces y le parecía un hombre noble, muy trabajador y simpático. A sus veinticinco años, aún no había encontrado mujer. Jacinto intentó alguna vez preguntarle sobre los paseos que daba con Martina, pero Evita nunca se lo permitió.

Por otro lado, Jacinto estaba emocionado por el matrimonio. Sabía que con el tiempo Martina iba a quererlo y a darle hijos, y juntos trabajarían para formar un hogar. Su padre le había contado que él también se había juntado con su mamá de ese modo. Sus familias llegaron a un acuerdo y gracias a esa unión, consiguieron tener el terrenito en el que levantaron la casa en la que ahora vivían. Jacinto sentía mucha atracción por Martina, pero, más allá de esa sensación física, le importaba en realidad convertirse en un hombre casado y respetado en la comunidad. Ya corrían comentarios que cuestionaban el que a su edad aún no hubiera formado una familia.

Jacinto salió de Suegay a los quince años para estudiar en Santa Cruz y volvió con su título de veterinario. Fue uno de los primeros ayoreos de esa comunidad en tener estudios superiores, gracias a su esfuerzo y el de sus padres. Hicieron una fiesta cuando volvió al pueblo, fue honrado y le agradecieron el no haberlos defraudado. Jacinto aprendió en la ciudad que no era necesario casarse a tan temprana edad y que primero debía terminar su formación para luego pensar en una familia. Cuando le anunciaron lo del acuerdo familiar, no hizo ningún comentario y aceptó. Las cosas le estaban saliendo bien y no quería entorpecer esas señales que le daba la vida y que lo hacían sentirse satisfecho con sus logros.

Evita, en cambio, estaba destruida. No sabía qué iba a hacer después de que perdiera a Martina. Una noche, visiblemente acongojada y llorando a raudales, anunció a su familia que se marcharía a la ciudad y así lo hizo. Partió un día antes de que Martina y Jacinto se unieran para siempre. Nunca más volvió. Fue a buscarse la vida como solo ella había aprendido a hacerlo.

El amor y el tiempo

Martina guarda silencio. Las serranías que nos rodean se difuminan y se mezclan con el cielo rojizo que ya anuncia la llegada de la noche inevitable. Hago un par de preguntas más y no recibo respuesta alguna. Martina está evidentemente afectada por los recuerdos que acabo de remover en su interior. Me quedo mirándola, tratando de entender el amor que aún siente por Evita, a su edad, después de tantos años.

―No solo era el sexo ―me dice―. Nosotras nos queríamos de verdad. Pero no estábamos destinadas a estar juntas ―añade, mientras se enjuga una lágrima.

―¿Sabe algo de ella? ―le pregunto.

Se queda en silencio y agacha la cabeza.

―Una vez fui a la ciudad y la vi ―responde con una voz triste y melancólica―. Estaba en una esquina de El Arenal, seguro esperando algún cliente ―continúa.

―¿Cliente? ―pregunto desconcertado.

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“No solo era el sexo ―me dice―. Nosotras nos queríamos de verdad. Pero no estábamos destinadas a estar juntas” / Ilustración: Helen Lizárraga.

―Sí, ella se encontró con sus primas y trabajaba con ellas. Sus primas eran putas. Y ella también. Trabajaba ahí, en Los Pozos, cerca de esos alojamientos baratos.

―¿Cómo sabe eso? ―pregunto curioso.

―Uno de los amigos de mi difunto marido me contó. Creo que él estuvo con ella. No sé muy bien, pero la cosa es que yo la vi, así, con un vestidito brillante y cortito y toda pintada. Como una puta. ¿Qué más iba a estar haciendo ahí a las cuatro de la tarde? ―responde con rabia.

Antes de llegar a Suegay, Evita ya había estado en esa situación. Con la construcción de una carretera que pasaba cerca de Tie Uña, muchos hombres buscaban los servicios sexuales de mujeres ayoreas. Evita fue iniciada por sus primas cuando apenas tenía trece años. Formaban una especie de comisión para instalarse cerca del campamento de los obreros. Armaban una choza y allí los atendían. Hacían buen dinero y trabajaban apenas unas horas al día. Muchas mujeres iban acompañadas de sus hermanas o hijas, pues era un negocio bastante lucrativo y siempre les pagaban en efectivo.

Hasta que un día una de las primas de Evita cayó enferma, víctima de una extraña fiebre acompañada de hemorragia vaginal que terminó con su vida. Nadie supo dar explicaciones. Las demás mujeres guardaron el secreto y no se lo contaron a nadie. Más adelante, Evita se enteró de que su prima murió de sífilis. Dejó el trabajo y volvió a su hogar, presa del miedo y la angustia de haber perdido a un ser querido. Luego migró con su familia y dejó el trabajo sexual comercial por un tiempo.

―¿Cómo se siente? ―le pregunto a Martina, ya despidiéndome y dando por terminada la entrevista.

Martina me mira con cierta indiferencia, pero sus ojos, húmedos y tristes, me indican que no quiere que me vaya. Cerca de las ocho de la noche sigue haciendo mucho calor. Martina me invita un poco de refresco, lo último de la jarra que preparó cuando llegué. Camina a mi alrededor con la parsimonia de las mujeres de su edad. Está cansada. Ha trabajado mucho en la vida y por eso ahora se queda en casa, esperando que su familia traiga el pan de cada día.

―No sé por qué a usted le interesa tanto mi historia ―me dice intrigada.

―Soy periodista ―le respondo―, solo quiero contar su historia, la historia de su amor, que es lo que me interesa.

―Entonces, ¿sí va a contar esta historia? ―me pregunta resignada.

Le respondo que sí, que una historia tan linda como la suya merece ser conocida, a pesar del triste final; que no revelaré su identidad, ni la de su amada, ni la de su comunidad. Nuevamente se queda en silencio. Los bichos de la noche trajinan sobre la arena, de árbol en árbol se escuchan extraños sonidos, la luz del pequeño foco de la puerta apenas alcanza para distinguirnos entre los dos.

―Le mentí en una cosa ―confiesa antes de sentarse nuevamente.

―¿En qué parte? ―pregunto sorprendido.

―Yo la volví a ver de nuevo cuando ya estaba casada. Nos besamos y estuvimos juntas de nuevo.

―¿Cuándo fue eso?

―Esa tarde que la vi en la ciudad. Yo no había podido olvidarla nunca y me acerqué. Ella no me reconoció de inmediato. Pero luego vi el brillo de sus ojos. Fue como la primera vez que nos amamos ―continúa.

―¿Qué hicieron luego? ―pregunto entusiasmado.

―Nos fuimos las dos a ese alojamiento donde ella trabajaba y nos quedamos juntas toda la noche, como si no hubieran pasado los años. Me olvidé de mis hijos y ella de sus clientes. Fue hermoso.

No digo más. Ella se queda sentada y en silencio. Me levanto y me acerco para despedirme. Me sonríe y me da unas palmaditas en el hombro. Salgo caminando lentamente, mientras ella me observa con esos ojos tiernos que derraman algunas lágrimas. Llego hasta la carretera para esperar transporte. Cuando volteo ya no está. Sigue suspendida en el tiempo recordando, una y otra vez, ese amor perfecto que tuvo la suerte de vivir.

*  Este texto forma parte del libro La Madonna de Sorata.

1 Si bien no es una tradición del pueblo ayoreo, algunas familias acuerdan casar a sus hijos para mejorar sus relaciones intercomunitarias y expandir su alcance territorial.

2 Testimonios incluidos en la investigación “Diversidades sexuales y de género en pueblos indígenas del oriente boliviano (Ayoreo, Guarayo y Chiquitano)” Colectivo Rebeldía. Santa Cruz, 2012.

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