Demasiados hombres (o cómo narrar el sexo)

Hay vivencias que no pueden ser atrapadas fácilmente por la escritura, ¿cuál es el truco, la técnica, para sacar el impacto personal que sentimos y transmutarlo en letra o en acción? Lourdes Reynaga vierte esta pregunta en torno al encuentro sexual y las emociones que lo trastocan. Mostrando la dificultad de comunicarse y dejarse entender con ese lenguaje que, a pesar de haberse nutrido de diversas experiencias, es insuficiente.

–Quiero entender… es que suena muy violento… quiero entender si fue algo… –Eliana elige con cuidado la palabra antes de continuar y el tono de su voz marca un énfasis que casi suena a deletreo– con-sen-sua-do.

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“Mientras de a poquito me iba dejando ir para ser solo piel, solo carne, amoldándose a su cuerpo”. / Pintura: Nicolas François Octave Tassaert

–Sí, sí –aclaro de inmediato–, la persona que me concedió la entrevista dijo que lo fue –sé bien que hay una mentira en esta afirmación, pero no tiene que ver con el consentimiento.

–A mí me suena a casi un ensayo –Nelson no necesita elegir las palabras que se adaptan perfectamente a la contundencia de su tono de voz–. No me llama a seguir leyendo.

–Quizás describiendo la escena previamente… –apunta Soledad.

–Me gustó la primera variación –señala Paola–, es que, no sé, empezar un texto con “Puta del mundo” suena hasta brutal.

Estamos en un taller de escritura y, en cuatro sesiones, es la primera en la que he conseguido una participación tan abrumadora. El cebo ha sido compartir dos ejercicios míos (muy mal ejecutados) sobre, quizás, uno de los temas más difíciles de narrar: el sexo. 

Mi incomodidad es evidente. Es la primera vez en toda mi trayectoria como docente o facilitadora que propongo uno de mis textos para ser criticado. Es decir, he creado ejemplos acordes a los temas que íbamos a tocar, ejemplos que fueran de utilidad para comprender algún concepto o el uso de alguna herramienta de escritura; sin embargo, nunca había permitido que nadie (mucho menos mis estudiantes o talleristas) tuviera acceso a un escrito mío en proceso. Tiemblo y sé que de cuando en cuando me sonrojo, especialmente cuando me toca leer en voz alta los dos fragmentos del texto que llevo semanas sin poder concluir. Para evadirme, les digo la que quizás es la primera mentira consciente que lanzo en un taller, la crónica no es acerca de algo que me ha pasado, la crónica surge a partir de la entrevista a una persona que ha vivido esa experiencia.

Y es que cómo hablar de ellos. Estuve ahí, sé lo que pasó. He leído decenas de veces los mensajes que me enviaron al día siguiente, guardo la notita que dejó uno de ellos y una fotografía del mensaje que dejó otro en la cajita de Welcome to dollhouse (Todd Solondz, 1995) y, aun así, siento que la experiencia excede mi lenguaje. 

De fondo, suena C. Tangana con “Demasiadas mujeres” (2022) y no, no es casual, llevo semanas escuchándola obsesivamente, repitiendo una y otra y otra vez el “No he olvidado el olor / de la que me follé en el baño de un garito, borracho en Berlín, / escuchando un techno que me hacía empujarla como un animal / música del infierno que sonará el día de mi funeral. / Aún me acuerdo de ti. / Demasiadas mujeres”. Repitiéndolo porque parece ser el único que, en esa mezcla de ligereza y de pesar (que a veces se exime de toda culpa, pero sin poder omitir algo que bien podría llamarse dolor) le habla a esa sensación ambigua que me vuelve cuando pienso en aquello.

“Sí, fue consensuado”, me repito, pero esa nunca ha sido la pregunta para mí. Nunca hubo el menor resquicio por donde cupiera la menor duda respecto de un consentimiento absoluto. Mi conflicto supo filtrarse por otro lado.

Un hombre más

–¿Por qué estás tan misteriosa? Estás muy misteriosa.

–Estoy escribiendo y cuando escribo me vuelvo intratable.

–No. Tú escribes todo el tiempo. Escribes en Facebook, en WhatsApp, por Messenger, escribes por trabajo, vamos, escribes hasta por hobby, así que no es eso.

No me atrevo a levantar la mirada, soy una criatura atrapada en falta y sé que solo podré responderle si no lo miro. Le lanzo una serie de excusas –verdades, sí, pero a medias– y seguimos caminando. Porque decir la verdad no es una opción, decir sencillamente: “Estoy de mal humor porque te atrasaste casi media hora”, porque, aunque en ese tiempo mi gata Chinchilla huyó para esconderse en el garaje manteniéndome ocupada, mi mente no dejaba de repetirme que no vendría, que no aparecería, que no volvería a verlo. Y yo, que no muestro emociones ni sentimientos (que a veces he pensado que carezco de muchos de ellos), que he aprendido incluso a suprimir el llanto, me veo de pronto reducida a un manojo de inseguridades. 

“Sé que es un hombre más”, repito mentalmente la letra de la canción, mientras P. ata los cordones de sus zapatos –apoyado en una de las columnas de la planta baja de las Torres, justo en el límite del suelo transparente que da hacia el estacionamiento–, “y he tenido tantos, debo saber que es un hombre más, solo uno más”, mientras mi caja de herramientas parece abrirse exhibiendo la técnica más adecuada para provocar un acercamiento, eligiendo la piel que tengo que mostrarle para que termine en mi cama, creyendo que fue él el de la idea. El problema –y lo sé demasiado bien– es que las rarezas que envuelven mi vida probablemente no sean compatibles con sus gustos y su consumo cultural, ni con el absoluto escepticismo que sí se articula con el anarquismo que predica, pero en el que yo no podría encajar ni en sueños. El problema, en el fondo, es que no quiero que sea uno más.

[Horas más tarde transcribiré en el celular los fragmentos que mejor recuerde de la charla –incluyendo esos vergonzosos que eventualmente querré olvidar–; horas más tarde, crearé un archivo que guardaré en la carpeta “Cosas que quizás no debería tener y que probablemente borre” de mi Laptop, junto a las fotografías que he descargado de sus redes sociales y de las de sus amigos y parientes; junto a archivos –documentos en Word, fotos, audios y videos– que registran charlas con otros hombres que alguna vez significaron algo para mí y que voy eliminando o renovando en un mal llamado proceso de sanación.]

La escritura del sexo

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Las pasiones desbordadas atraviesan el cuerpo con una violenta sensualidad. / Pintura: William-Adolphe Bouguereau.

Algo de violencia parece desprenderse en el hecho mismo de narrar un acto sexual. La imagen precisa de la penetración implica una suerte de invasión que agrede de alguna forma el cuerpo femenino. Los ejemplos que tengo cerca de narradoras mujeres –los que me vienen a la mente, mejor dicho– pasan por el abuso, la violencia o, en el mejor de los casos, lo inapropiado. Pienso en Mónica Ojeda, en el cuento “Las voladoras”, en la maravillosa manera en que inserta el abuso en el diario de Cecilia en Nefando (2016), una de las mejores novelas que he leído en los últimos meses. O en Kathy Acker con el incesto narrado en Aborto en la escuela (1984). Ni siquiera se salva Anaïs Nin porque su idea de placer va ligada también al incesto y a algo de violencia. El sexo, entendido desde el placer, quizás solamente podría encontrar un referente amable en el delicioso monólogo de Molly Bloom, hacia el final del Ulises (1922) de Joyce, o en la serie de documentales Indie sex (Lesli Klainberg, 2007) que buscan describir cómo se aborda el sexo en el lenguaje cinematográfico. 

Quizás pienso en esos ejemplos por su proximidad, porque son los que se me ocurren, porque tal vez, durante los últimos meses, he estado tan concentrada en la narración de la violencia que he olvidado por completo los momentos textuales y cinematográficos en los que el sexo también era placentero para las mujeres. Y al olvidar estos momentos, he olvidado también cómo narrar un encuentro sexual desde el placer. Quizás por ello mis primeros intentos escribiendo este texto terminaron como ejemplos de lo que no se debe hacer cuando se busca narrar algo. Quizás por ello dejaron en Eliana la sensación de algo no consensuado y en Nelson la de estar leyendo el inicio de un ensayo.

Las pasiones son jodidas

“Interpreto”, inicia su mensaje, respondiendo a una brutal provocación que le había lanzado, acusándolo de no ser capaz de interpretar lo que se le decía, de tomar todo de forma demasiado literal, de no entender las frases hechas ni el sentido figurado. “Interpreto y tú estás molesta conmigo por algo más. Estás molesta desde ese día de las Torres del Poeta, pero supongo que es desde antes. No sé qué te molestó, pero si seguimos hablando en código morse, no llegaremos a nada”. 

Quiero llorar.

Muchos alegatos después, me rindo: “¿Qué crees que es, entonces? Ya no sé qué decir…”.

Ya para entonces ha comenzado la obsesión con C. Tangana, pero aún no he llegado a aferrarme tan brutalmente a “Demasiadas mujeres”. Para entonces es “Un veneno” la que suena en el celular y en mi cabeza por igual, repitiendo: “Esta ambición desmedida / por las mujeres, la pasta y los focos / me está quitando la vida / muy poquito poquito a poco”. P. no lo sabe, pero es lo que voy escuchando mientras le escribo, mientras, como siempre, nos enviamos enormes testamentos intercalando Wapp y Messenger, llenándonos de referencias, datos, autores y algo que podría pasar por una suerte de debate o de diálogo. Él no sabe, aunque probablemente dentro de su esnobismo prejuicioso lo imagina, que es esta música la que escucho mientras le discuto como nunca antes he discutido con ningún hombre, mientras me permito salir de mis casillas como no suelo hacer, mientras no dejo de leer sus mensajes una y otra vez para estructurar una respuesta racional, desnuda de cualquier apasionamiento (desnuda también físicamente, pues he adquirido el fetiche de irme desprendiendo de cada una de mis prendas a medida que la conversación con él avanza; eso, claro, cuando estoy sola en casa). 

Que le hablo en código morse dice P., que no soy directa. Pero cuando llego a serlo, él también lo es y, mientras va partiéndome el corazón, me dice que “las pasiones son jodidas”, y agrega que al principio me dolerá escuchar la palabra “amiga” en lugar de… “pareja” (no se atreve siquiera a escribir “amante”) y yo sonrío, porque C. Tangana se queja junto a Niño de Elche y parece tan a tono que no puedo sino sonreír: “Es un veneno que llevo dentro / en la sangre metido / que va a hacer que me mate / sin que me hayas siquiera querido”. Y es que no me lo creo. No me creo que sea P. quien hable de apasionamientos, no me creo que sea él quien me parta el corazón cuando he sido yo la que, apenas una semana antes, me enredaba en los brazos de otro hombre y unía su boca a la mía en una aventura que no iba a existir al día siguiente. 

Es que mi conflicto va por ahí. Por la incapacidad de leerme en los textos escritos por mujeres, en la perfecta empatía que me despierta un tipo cantando sobre lo vacío que se siente después de haberse cogido a decenas de mujeres en decenas de situaciones diferentes, en el miedo de arruinarlo todo (de nuevo) con la mujer que está amando. Ese mismo miedo que no me abandona desde que entendí que me había enamorado de P. Ese mismo vacío que no se me había despertado ni siquiera cuando un antiguo amante me escribió con un dejo de rencor que lo había hecho sentir como un pedazo de carne. 

Mi conflicto está y estuvo en cómo entender un sentimiento que no había experimentado, y encima hacia alguien que tampoco puede comprenderlo, pero por razones opuestas a las mías. En cómo saber qué ofrecer a una persona que no comprende el único lenguaje que he sabido articular con los de su sexo y que ha terminado por vaciarme. Cómo beso a alguien que odia besar, cuando siempre he creído que un beso no se le niega a nadie. Cómo lo toco, lo acaricio, lo muerdo, sin que le suene al eco de lo que hacía con alguno de mis amantes. Cómo me adueño del aroma de su cuerpo sin asociarlo también con lo malo que me ha pasado. Cómo le explico que no me duele que me llame “amiga” porque así me llamó también uno de mis amantes, el mismo que, con el tiempo, terminó por poner “Amiga mía” de Los Prisioneros en una casetera viejísima, mientras me desnudaba lentamente sobre su cama (bueno, lo de “lentamente” no es algo muy preciso ya que si recuerdo esa tarde es justo porque mi sujetador rosadito terminó destrozado y tuve que pedir prestada una de las camisetas del amante en cuestión porque mi blusita quedó hecha harapos). 

Demasiados hombres

Es verdad que uno de los chicos escribió “Puta del mundo” en la cajita de mi película. También es cierto que otro me dejó una notita en alemán que decía: “Ich will dich wieder in den Arsch ficken”, mientras el tercero se abstenía de cualquier mensaje escrito. Ninguno lo planeó y todo se dio de forma espontánea, primero besos entre todos y, de pronto, cuando volví de buscar un encendedor, los encontré de pie, semidesnudos, abrazados, besándose y acariciándose. Pensé en irme, en dejarlos solos, en no estorbar. Era de madrugada, pero podía quedarme a oscuras en la otra habitación. Juro que fue lo primero que pensé. No es que no fuesen atractivos. No es que sus cuerpos masculinos no desprendieran un aura erótica maravillosa. No es que no pensara que no había mayor muestra de belleza que la masculinidad que parecía brotar de la piel de cada uno de ellos. Es que simplemente no quería interrumpir el espectáculo que se estaba ofreciendo ante mis ojos. 

Él fue el primero en notar mi presencia. Nunca he podido olvidar su sonrisa, mientras me tendía la mano y me conducía al centro de su abrazo grupal. Nunca he podido olvidar la manera en que las manos de todos me iban acariciando y desnudando, mientras intercambiaban besos y continuaban explorándose. “Si pudiera contar todo lo que sentí…”, pero no puedo, el lenguaje parece quedarse corto, encontrar su límite, ser incapaz de traducir las sensaciones de esa madrugada sin caer en lugares comunes que mutilarían de forma absurda lo que mi cuerpo sí supo decir y supo entender. 

Al final, solo uno me penetró, mientras los otros nos dejaban solos. Y el sonido de sus gemidos todavía permanece grabado en mi memoria. Gemidos que se intercalaban con leves jadeos mientras sus manos se paseaban por mi cuerpo, deteniéndose a veces en mis pechos o sujetando con firmeza mis caderas. Mientras yo intentaba con todas mis fuerzas no arañarlo ni morderlo, mientras intentaba enseñar a mis dedos una ternura ajena a ellos, mientras buscaba sin éxito que mi boca aprendiese a soltar alguna cursilería, mientras de a poquito me iba dejando ir para ser solo piel, solo carne, amoldándose a su cuerpo.

“Sí –le digo mentalmente a Eliana ahora–, sí fue consensuado”. Y “no –le digo a P.–, no me duele que me llames ‘amiga’. No me molesta que marques distancia, que le temas a la pasión, aunque ni te imagines lo bien que la conozco”. Me duelen el vacío, el exceso de vida, la intensidad que rodea mi historia. Me duele mi ambición desmedida por pieles masculinas que apenas he aprendido a dominar con los años, sin extinguirla. Me duele esa incapacidad por generar sentimientos profundos. Incapacidad que me hace resiliente y que me ha salvado cuando me han agredido, pero que pasa factura dejándome hueca, hecha de momentos fugaces que al final no importan porque no sé cómo narrarlos, porque eventualmente solo “desaparecerán como lágrimas bajo la lluvia”.

Y, por si fuera poco, no sirvo para narrar escenas de sexo.

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