Hasta que la dignidad se haga costumbre

En este texto se destaca el tránsito que experimenta el autor en una determinada etapa de su vida; un devenir interno y el descubrimiento de una nueva tierra, Bolivia. Humberto nos hace parte de los acontecimientos, descritos en primera persona, que se vivieron durante el proceso de reforma educativa en Chile y nos invita a la reflexión de temas como la diferencia entre humildad y pobreza, y entre conciencia y acción.

Mi infancia transcurrió en la primera década de este milenio, y, durante esa etapa, casi no recuerdo haber usado ropa nueva, la ropa que usaba era antigua, ni siquiera tenía el logo de una marca poco conocida. Utilizaba poleras con estampados relacionados a  campañas políticas o publicitarias de algún lugar en los Estados Unidos. Mi madre las compraba en las ferias de mi ciudad natal, Melipilla, Chile, y costaban alrededor de un peso boliviano al cambio. La ropa nueva solo la usaba en ocasiones especiales y casi siempre para Navidad.
 Mi familia era de condición humilde; todos éramos parte de ese núcleo y sabíamos en la situación que nos encontrábamos; no saber qué habría en la mesa al día siguiente era algo habitual.

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Cartel alusivo a las protestas que se vivieron en octubre de 2019 y que dan título al artículo. / Foto: Carlos Figueroa.

Cuando pasé a Secundaria, en el año 2012, tuve una conversación con mi mamá sobre mis estudios. Había llegado el momento de pensar hacia dónde me dirigía, todos mis compañeros querían ser médicos, abogados o ingenieros; sin embargo, yo no tenía un rumbo claro, no tenía mapa ni tampoco brújula.

La pregunta era simple: ¿iría a la universidad? Ella ya sabía la respuesta, pero sus labios no podían pronunciar aquello que su cabeza le dictaba. De a poco soltó lo que estuvo evitando decir por mucho tiempo: yo no iría a la universidad, pues no teníamos dinero suficiente para costear los gastos. Esa tarde me sentí frustrado, pero el tiempo pasó y la sensación se fue desvaneciendo. Me di cuenta que en las palabras de mi madre se escondía una amarga pena por no poder darme lo que para otros padres era algo normal, una educación superior.
Desde aquel momento, comencé a ser más consciente de mi situación, puedo decir que sentí la pobreza a flor de piel; me empezó a dar vergüenza usar siempre la misma ropa, no tener un celular moderno y recibir los útiles escolares que repartía el Estado a las personas de escasos recursos.

Todo aquello era como una estaca clavada que debía desprender de mí, por lo que  me hice cargo de esa realidad. Entendí que la humildad no es sinónimo de pobreza; la humildad es comer todos en porciones iguales, mantener un orden, respetar a los demás y caminar por la vida con la certeza de que hay obstáculos por delante que se deben superar. Años más tarde, hice el mismo ejercicio y comprendí que la pobreza no es sinónimo de carencia, pues existe mucha gente con recursos que es pobre en otros sentidos. 

El tiempo me hizo repensar mi situación y de a poco entendí que en ese momento pagar mis estudios en la universidad significaba no comer y, a la vez, no comer significaba morir. Mi mamá siempre me dio lo más importante que tenía: amor y confianza, con eso bastaba.
Mi deseo de estudiar se desvaneció por un tiempo, pero cuando cambié de colegio brotó nuevamente. Ese año, pasaron muchas cosas importantes a mí alrededor: entre ellas, se realizó la votación de la nueva directiva del centro de alumnos ―lo que me producía bastante expectativa―, la música que escuchaba empezó a motivar en mí consciencia de clase, y comenzaron a alzarse voces de lucha en pro de la educación pública.

De a poco, empecé a entender los problemas sociales de mi país y, en general, de Latinoamérica; también me agarró el gusto por descubrir más sobre la historia de Chile.  Debo decir que la música influyó en mi despertar crítico a esa realidad, y creo que no solo fue en mí, sino en todos y al unísono.

El clamor por una educación pública de calidad fue un arma fundamental que tuvimos los estudiantes de aquella época. Por el año 2014, recuerdo, asistí a una de mis primeras marchas con un grupo de amigos. Cabe destacar que las movilizaciones estudiantiles comenzaron en 2006, con la denominada “Revolución Pingüina”, que manifestaba su descontento por la administración del sistema educativo.

Paulatinamente, me fui integrando más al movimiento y cuando convocaban a las manifestaciones, éramos los primeros en enterarnos. Sin saber mucho de los detalles, sabíamos por experiencia que el sistema estaba podrido, y que debíamos manifestar nuestro descontento. Pedíamos lo justo, lo que cualquier ser humano merece: una educación de calidad y gratuita, pues es un derecho innegable.

En  2015, la entonces presidenta de Chile, Michelle Bachelet, promulgó una ley que contempla la gratuidad de la educación superior, uno de los grandes hitos de la reforma educacional. 

Aunque sentí que la promulgación de esa ley era una victoria; en mi caso, y en el de muchos otros, el costo del transporte representaba otro obstáculo importante en nuestro camino hacia la formación académica. El viaje hasta la capital chilena representa, aún en estos tiempos, un dolor de cabeza para muchos en sentido económico, pues cada cierto tiempo vuelve a subir el precio del pasaje. Para julio de este año, subió a lo que al cambio serían 15 pesos bolivianos, solo el costo de ida. Mis sueños se habían truncado nuevamente.

Hace unos años atrás, la gente volvió a manifestarse, esta vez debido, justamente, a la subida de las tarifas del transporte público, del tren subterráneo (Metro), en la capital. El incremento era de 30 centavos al cambio, y, aunque pueda parecer una suma insignificante, para la gente de clase obrera el incremento significó ser aplastada una vez más por un Estado que está acostumbrado a abusar de ella. Además, sabemos que esos 30 centavos luego se multiplican y así sucesivamente.

Explotó como una bomba expansiva. Ocurrió un estallido social que a las horas se había masificado completamente. Ver  todo ese movimiento despertó en mí la ilusión de ver a un Chile diferente, más justo y con una educación que llegue a cada rincón del país.
Recuerdo que el 16 de octubre de 2019, por televisión, escuché cómo Clemente Pérez, expresidente del directorio del Metro, restaba méritos a los estudiantes que se manifestaron: “Cabros, esto no prendió”, dijo, haciendo alusión a que “nadie” los apoyaba y resaltó que la primera movilización solo fue una anécdota en la historia. Sus palabras lo sepultaron, pues dos días después las convocatorias hacia la evasión del Metro se habían multiplicado.

Fue recurrente salir a protestar contra el gobierno de Piñera, exigiendo nuevas condiciones sociales y oportunidades para acceder a mejores trabajos y salarios, y aumentar el nivel educativo del país. La consigna: “No fueron 30 pesos, fueron 30 años”. Treinta años en los que se recuperó la democracia luego de la dictadura de Pinochet, en los que, sin embargo, siempre se gobernó a favor de la misma clase, y nunca para los que realmente necesitaban; treinta años en los que la gente metió en su cabeza, como si fuera un recipiente, dolores, sufrimientos e injusticias.

Existía un descontento que pesaba más que el mismo miedo, eso nos motivaba a salir cada tarde a las marchas masivas en todo el país. La gente salía con sus ollas, sartenes y cucharas de palo para hacerlas sonar e invitar a los demás a integrarse a la  manifestación. Por mi parte, me concentraba en Melipilla, pero mis amigos también iban a Santiago, que era el epicentro del asunto, la zona cero.

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Marcha del 21 de octubre de 2019, Santiago de Chile. / Foto: Crilling, CC BY-SA 4.0, https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia Commons.

Lastimosamente, ninguna batalla se ha librado sin víctimas y esta no sería la excepción. Muchos de los estudiantes y gente que estaba a favor de las exigencias hacia el Gobierno perdieron un ojo ―en algunos casos, los dos―, debido a los ataques realizados por la Policía con armas que disparan balines de goma.

“Ayer, una pequeña niña va vendiendo flores por el parque forestal, y hoy, unos muchachos aspirando gasolina bajo el puente. Qué pena, qué pena ese rostro de Chile”. Es un fragmento de una canción escrita por el Tata Barahona, titulada Retrato de Chile. Pensando en ella, comprendí que era cierto aquello que decía: siempre hay quienes están ahí como carne de cañón, son los mismos que le sirven a la élite como mano de obra barata, que reciben sueldos míseros que no alcanzan para mantener a una familia de cuatro integrantes. Esa era mi realidad y me molestaba pensar que ese futuro se repetiría en mi caso y que se acercaba cada vez con mayor rapidez. Entonces, el objetivo era luchar para conseguir una meta: un futuro que, por lo menos, nos garantice un sueldo digno que  nos ayude a solventar los gastos, porque a esas alturas, estudiar ya se había convertido en algo difícil de alcanzar para mí. Me quedaban las ganas de luchar por un futuro en el que un día mis hijos tuvieran las oportunidades que yo no tuve, para que mis abuelos reciban una pensión digna y para que mi madre tenga la oportunidad de ganar más por el trabajo que realiza desde hace años, pero que le permita vivir en mejores circunstancias.

Recuerdo que el estado de sitio no se respetó, pues todos salían a caminar y ver lo que sucedía por los demás barrios. Se estaba logrando el objetivo que todos buscábamos, ahí me di cuenta también que, como nosotros, había muchas otras familias que se encontraban en una situación similar, y eso me produjo una sensación de alegría porque todos nos entendíamos y buscábamos lo mismo. La dignidad se empezó a hacer costumbre. 
Durante todo ese tiempo, surgieron grandes representantes sociales, como Fabiola Campillai, Gustavo Gatica y la Tía Pikachu, Giovanna Grandón. Fabiola perdió la visión y el olfato a manos de la Policía chilena, lo mismo Gustavo, un estudiante que perdió la vista por perdigones descargados por la Policía.

Finalmente el pueblo hizo retroceder al Gobierno nacional y se consiguió aprobar un referéndum para determinar si los ciudadanos estaban de acuerdo en iniciar un proceso constituyente para redactar una nueva Constitución, diferente a la que se hizo a puertas cerradas durante la dictadura de Augusto Pinochet. Creo que en ese plebiscito se restableció la conciencia cívica de la ciudadanía, pues un sinfín de personas de diferentes rangos etarios tomaron el gusto por ir a votar. Hoy, la mayoría participa en las diferentes votaciones que se hacen a escala nacional, porque se siente parte de la política, aunque el sufragio no sea obligatorio.

Cuando ganó el “Sí” para una nueva Constitución, se vivió un carnaval de alegría, todos estábamos felices, pues sentimos que la tormenta llegaba a su fin. Después de 30 años, la alegría volvía  a los chilenos y chilenas. Pero era el inicio de un final que nunca llegaría.
Pasó el tiempo y hasta ahora no se ha redactado una nueva Constitución, pero lo que se vivió durante esos años creó una conciencia de lucha.

Hacia finales de 2019, el amor fue un factor decisivo que cambió mi vida. Mi actual esposa, por ese tiempo novia, vivía en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Pensar en irme de mi país en ese momento era difícil pues las condiciones no eran aptas para viajar, pero aprendí mucho de todo lo que habíamos vivido durante las movilizaciones. Ya no creía en el “no se puede”. Pensé en mil razones que podrían llevarme al fracaso absoluto, pero también pensé en la única posibilidad de vencer a esas mil otras; y la balanza me dio la razón, pues entendí que nada se logra pensando de esa manera, había mucho que ganar y poco que perder. La misma mentalidad que teníamos contra el Gobierno se vio plasmada en otras áreas de mi vida, como esta, pues para el 2022, y después de visitar Bolivia en un viaje anterior, esa única oportunidad triunfó ante las mil otras.

Al llegar a Bolivia, me di cuenta de las muchas diferencias que hay entre ambas  naciones; acá se tiene la oportunidad de crecer en un área desde abajo, hay una competencia fija, pero existe la posibilidad de competir. Al otro lado de la cordillera es casi imposible.

Bolivia, a pesar de que ha sido un país avasallado en diferentes guerras externas con países vecinos, e internas por cuestiones políticas, ha sabido salir del paso y crecer pese a las dificultades. No puedo dejar de mencionar que es un país rico en cultura, que la protege ante todo, y que en sus mallas curriculares universitarias se exige, en algunos casos, aprender lenguas de pueblos originarios como materia obligatoria. Entonces, ¿es mala la educación boliviana?, creo que no. Pienso que un país que mantiene sus costumbres y lenguas tiene memoria. Chile en ese sentido la perdió, pero pienso que está en camino de una reconstrucción histórica, que hará de él un país más justo y equitativo con el tiempo, porque “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. 

Considero que hay una herramienta que tiene el poder de cambiar la vida de todos, y es la educación: primero la que te imparte la familia y luego la de formación. Es cierto, falta mucho por avanzar en Bolivia, pero lo principal está, porque un país que piensa, un país que tiene hambre de aprender, es un país firme que no se deja aplastar por nada ni nadie.

A veces pienso que estudiar en la universidad es un capricho, un capricho que persigo desde la adolescencia, pero cada día me desprendo más de esa idea. 

Hoy, mi madre está feliz al verme en la universidad. Ese siempre fue mi deseo y ella siempre cargó con el peso de no poder ayudarme a conseguirlo. Cuando hablamos por teléfono, sonríe y eso basta para saber que me enseñó algo fundamental en la vida: luchar por lo que quieres ser en ella.

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